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El último hijo pródigo

Remigio Molina estuvo a punto de ganar una medalla de bronce en Barcelona 92. El último concordiense en un Juego llegó a disputarle el título del mundo a consagrados del box internacional.

Domingo 29 de Julio de 2012

José Luis Ballesteros/ Ovación


El último hijo pródigo que Concordia supo tener en los Juegos Olímpicos fue el boxeador Remigio Daniel Molina. En Barcelona de 1992, el por entonces púgil de 22 años llegó a pelar por la Medalla de Bronce ante el marroquí Mohammed Achik, que la perdió por puntos.

“Fue lo más grande que hay porque es un evento donde todo deportista quiere llegar. Ahí se presentan boxeadores de todo el mundo”, contó a Ovación el boxeador que debutó a los 18 años y como aficionado disputó 114 peleas, perdiendo solo siete y empató dos.

Su vida en esta disciplina guarda una paradoja por demás llamativa: nunca le gustó el box. “Si tenía que elegir un deporte era el fútbol o el tenis, no había otra. Cuando vine a Concordia no tenía el dinero para comprarme los botines, entonces mi hermano mayor Marcelo me dice: ‘vamos a boxear’. Ahí les digo que ni loco boxeaba. No me iba a subir a un ring para que la gente aplauda para que te agarren a trompadas. Pero mi hermano me dijo que te pagaban por boxear y ahí ya lo mirás con otros ojos”, cuenta el púgil de 41 años que debutó en 1988 y dos años más tarde ingresó a la Selección Argentina para pelear por los Panamericanos en Mar del Plata.

Remigio fue Campeón Argentino Amateur en ocho ocasiones, Campeón Sudamericano Amateur y Subcampeón Preolímpico. Su despedida fue en 2005, pero antes peleó 47 veces en el campo rentado, con 38 victorias (14 nock out), ocho derrotas y un empate. Además tuvo el honor de enfrentar, entre otros a Naseem Hamed, Erik Morales y a Juan Manuel Márquez, en las grandes catedrales del box.

—¿Cómo fue la final ante el marroquí Mohammed Achik por el bronce en Barcelona?

—Horas antes de la pelea yo estaba almorzando y en eso veo que se viene un grupo de periodistas. Me dicen que 33 millones de argentinos iban a estar mirando la pelea porque yo era el deportista que iba a poder sacar la primera medalla para el país. Ahí perdí la pelea. Cuando entro al ring, en vez de subir con los 54 kilos que era mi peso, subí con 120 kilos. Fue imposible moverme con la responsabilidad que tenía.

—Más allá de eso viviste un Juego Olímpico desde adentro.

—Me contacté con mucha gente, estuve a la par con grandes, como Oscar de la Hoya. Un Juego Olímpico deportivamente te abre la mente porque ya no querés competir barrialmente, sino peleas más importante. Después de hacer un buen papel y quedar cuarto, cuando llego al aeropuerto me esperaban dos empresarios para que pelee para ellos. Les dije que no, que yo peleaba para mí.

—¿Cómo siguió tu carrera después de Barcelona?
—Seguí en la Selección y me retiré del box en 1992 porque pensé que ya había llegado al máximo. A fines del 94 retomé, debuté ganando por knock out. En categoría de 55 kilos y después de 27 peleas invictas (durante tres años), se me abre la posibilidad de pelear por el título del mundo. Fui a pelear con Naseem Hamed a Manchester (Inglaterra) en 1996. Él era campeón del mundo con 22 años y perdí. En eso estamos atrasados en Argentina, porque nosotros tenemos campeones del mundo arriba de los 25 años.

—¿Con qué otras grandes figuras del mundo peleaste?
—Volví a pelear por el campeonato del mundo contra Erik Morales en 1998 en Tijuana, México. En el 99 volví a pelear por el título del mundo contra Juan Manuel Márquez en Las Vegas. En tres años recorrí 18 países, vivía dos meses en la Argentina y después andaba afuera.

—¿A qué boxeadores admirabas en tu época?
—Mi ídolo siempre fue Locomotora Castro. Nunca vi otro boxeador taquillero como él, o Coggi, Vázquez, el Gordo Domínguez, que llenaban estadios. Hoy no hay boxeadores que llamen a nivel nacional.

—¿Qué te dejó el boxeo?
—Solo me dejó muchas amistades. A veces tristeza porque uno se acostumbra a estar arriba.

—¿Ahora retirado, sentiste eso que se habla, el amigo del campeón, que cuando estás arriba tenés mucha gente a tu lado?
—Eso es normal. He tenido millones de amigos, pero me di cuenta de que no tenía tantos cuando tuve un accidente en una moto que casi me maté en el 97. Estaba solo en una sala del hospital en Concordia, únicamente estaba mi familia y José Luis Ibarrola, que es mi único amigo hoy.

—¿Y en esa época tuviste otros grandes allegados?
—Lo tuve como amigo a Jorge Locomotora Castro, a Concordia lo traje cuatro veces. Después hubo cierto roce, nos separamos, discutimos y nunca más. Capaz que nos juntamos ahora y no pasa nada, porque lo que la gente no sabe es que el boxeador no es rencoroso.

—¿Qué consejo se le puede dar a un chico que se inicia en el boxeo?
—Tienen que dedicar el 95% al gimnasio. La vida pasa por ahí, porque si no estás en el gimnasio estás con la vagancia. Y más que nada respetar a los rivales.

—¿El boxeo te forma como persona?
—Sí porque estás peleando con tu rival, con la vida, hasta con vos mismo. Te forma y te estabiliza porque te hace pensar en lo bueno y lo malo. El boxeo es para las personas tranquilas.

—¿El boxeador es una persona sufrida?
—Muy sufrido porque el boxeador viene de abajo. El boxeo es un deporte de humildes.

—¿Tus hijos nunca se inclinaron por el boxeo?
—No y me gustaría que no. Como boxeador sé lo que se sufre. A veces te ponés a entrenar chicos, te encariñás con los pibes y no te gusta que les peguen. Imaginate si le están pegando a tu hijo.

—¿Cuándo fue tu última pelea?
—En 2005, en Francia contra un armenio (Levan Kirakosyan) por el título mundial europeo. La llevaba bien, pegaba fuerte, me habían dolido algunas manos. Cuando llego al séptimo round, me siento y me pongo a pensar ‘para qué quiero un título europeo, si soy sudamericano’. Y ahí me quedé sentado y no salí a pelear.

—¿Y por qué la decisión de dejar todo?
—Durante 14 años que duró mi carrera boxística, yo me levanté todos los días a las 5 o 5.30 de la mañana a correr 14 o 15 kilómetros por día. Iba al gimnasio en total 7 u 8 horas por día y a lo último cada vez iba menos al gimnasio. Me di cuenta de que ya no tenía ganas y tenía que dejar. Cuando volví a la Argentina dije se terminó. Si no entrenás te cagan a trompadas.

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