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Más allá del 27 de octubre

"...En nuestra Argentina, la historia cíclicamente nos recuerda la necesidad de un pacto social...."

Viernes 18 de Octubre de 2019

El 25 de octubre se cumplen 42 años de los Pactos de la Moncloa celebrados en la España posfranquista con el fin de sanear su economía y detener la inflación, a la sazón, en el preocupante índice del 26%, el desempleo que rondaba los 6 puntos y el déficit externo de 11.000 millones de dólares.

El acuerdo incluyó a representantes políticos de derecha, izquierda, empresarios, productores, sindicalistas y otros actores sociales y económicos. Desde entonces, se toma como ejemplo de refundación para la recuperación de cualquier país.

En nuestra Argentina, la historia cíclicamente nos recuerda la necesidad de un pacto social. En otras palabras, algo así propone el candidato con más chances en las próximas elecciones generales, Alberto Fernández.

Nosotros tuvimos dos Moncloa antes de la original, y dos después. Todas con idéntico resultado: el fracaso.

La primera fue el Acuerdo de productividad y bienestar social, propuesto por Perón en 1954 con finalización al siguiente año en manos del gobierno de facto autodenominado Revolución Libertadora. Básicamente falló por dos razones: el derrocamiento del gobierno democrático y la negativa de los trabajadores a ceder conquistas de derechos adquiridos en el período anterior en pos de mejorar las ganancias empresarias.

La segunda se llamó Acta de compromiso Nacional para la reconstrucción, la liberación Nacional y la justicia social, fue promovido, otra vez por Juan Domingo Perón en su tercera presidencia (1973) y su ministro de Economía José Ber Gelbard. El pomposo nombre contenía un acuerdo basado en: aumento salarial y posterior suspensión de paritarias por dos años, congelamiento de precios y contención de la inflación.

Luego de un auspicioso comienzo, el plan comenzó a declinar a causa de factores externos, como la crisis del petróleo y la negativa de Europa a seguir comprando carnes argentinas. Tampoco faltaron fallas internas como la inestabilidad política, las reiteradas violaciones del acuerdo cristalizadas en desabastecimiento y mercado negro.

Con el sencillo pero prometedor nombre de Primavera se conoció al siguiente pacto social de la Argentina (1989). Lo llevó adelante el presidente Raúl Alfonsín junto al ministro Juan Vital Sourrouille. El objetivo prioritario: combatir la amenaza de la hiperinflación. Para ello se apeló a congelar precios, privatizar empresas estatales, abrir la economía, tarifazo y posterior congelamiento, desdoblar el mercado cambiario, entre otras medidas.

Las consecuencias no se hicieron esperar, resultando, justamente, lo que se quería evitar: la tan temida hiperinflación. Como siempre, a la crisis la pagaron los sectores más vulnerables, con desabastecimiento, remarcaciones de precios minuto a minuto, y aumento del dólar de un 80%.

Nuestro cuarto “acuerdo” se llamó Acta de coincidencias, abarcó la segunda mitad de la década del 90 e incluía propuestas relacionadas con la reforma laboral y el compromiso tripartito de gobierno, sindicatos y empresarios. Una vez más, terminó en nada.

Si se confirman los resultados de las PASO, las condiciones en que Cambiemos deja la economía, hacen ineludible la gestación de un acuerdo entre todos los sectores. Se pondrá a prueba la pericia y capacidad de negociación del –casi seguro– nuevo gobierno, la generosidad y hasta –apelaré a una palabra en desuso– el patriotismo de cada actor social.

Con millones de desocupados, compatriotas excluidos del sistema, clase media empobrecida, asalariados al tope de endeudamiento y un país que deberá ingeniárselas para afrontar monstruosos vencimientos de intereses de acreencias, será necesario ser un firme piloto de tormentas.

Pero además, evitar la candidez de creer que se puede conformar a todos. Después de todo, el “inventor” de los contratos sociales Jean Jacques Rousseau lo dejó claro ya en el siglo XVIII: “No conozco mayor enemigo del hombre que el que es amigo de todo el mundo”.

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