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La urgencia de ser menos hombres

"...El mandato de masculinidad es ser proveedor; tener una mujer o éxito con las minas, y también un grupo de amigos a quienes contarles de ese éxito..."

Martes 10 de Marzo de 2020

La herida que abrió el femicidio de Fátima Florencia Acevedo obliga a replantear muchas de las prácticas establecidas en un amplio abanico de situaciones, desde las decisiones en los más altos niveles de gobierno, hasta la reproducción automática de hábitos mínimos y cotidianos.

En las calles, en las charlas, en las discusiones y también en los textos periodísticos, se repite que el sistema falló, que una vez más no funcionó la organización estatal que debió frenar los ataques hacia la víctima y evitar el desenlace trágico. A la luz de los acontecimientos, esto fue exactamente así.

Lamentablemente, el final fue anunciado por Florencia misma en esos audios de WhatsApp que se diseminaron en los días previos a que fuera encontrado su cuerpo. Cuando su voz apareció en los teléfonos celulares, cuando luego los medios de comunicación la amplificaron, cuando las mujeres la levantaron como bandera en las plazas del país, el problema tomó su real dimensión. Fue un quiebre en el recorrido que venía teniendo el caso y en su repercusión social. Fue la certificación de que ella acudió a las instituciones que debían protegerla y no recibió las soluciones que necesitaba.

Las cumbres del poder están obligadas a redefinir sus conductas en la implementación de las políticas para prevenir y erradicar la violencia de género. Desde esos niveles encumbrados hasta las bases de las instituciones de los tres poderes del Estado se deben redoblar la gestión, el análisis y la creatividad para que las cosas, de una vez por todas, comiencen a cambiar. ¿Basta con la decisión del Presidente de crear un Ministerio de las Mujeres, específico para el abordaje de las problemáticas de género? Seguro que no es suficiente, pero es un comienzo esperanzador.

Como se dijo al principio, el replanteo que nos demanda esta conmoción que compartimos por estas horas no se agota, no debe agotarse, en el reclamo de que las cosas cambien desde arriba. La urgencia abarca a quienes nos movemos al nivel del piso, en el llano de la sociedad. Y fundamentalmente somos los varones los que estamos obligados a hacerlo. Es necesario que reparemos en aquellas prácticas mediante las cuales no hacemos otra cosa que cumplir con un mandato cultural.

¿Qué es lo que un hombre debe hacer? O mejor dicho: ¿qué es lo que debe poseer? El mandato de masculinidad –como lo llama la antropóloga Rita Segato– es que debe tener un trabajo para proveer a su familia; que debe “tener una mujer” o que debe tener “éxito con las minas”, y también debe tener un grupo de amigos a quienes contarles de ese “éxito”, porque de lo contrario carece de sentido. Que debe tener fuerza, coraje, tanto como para combatir en una guerra; que no debe tener miedo ni demostrar debilidad; que debe ejercer violencia como modo de demostrar una “personalidad fuerte...”

El sujeto masculino debe tener privilegios por sobre las mujeres; debe ocuparse de “asuntos de hombres”, participar de rituales reservados para los hombres; tener un sueldo superior y una jerarquía en el trabajo a la que comúnmente no acceden las mujeres; debe ocupar estamentos de poder, en la política, en las empresas, en las iglesias, en las fuerzas de seguridad, en los medios de comunicación.

En casi todo lo que implique poder, deben estar los varones, con lo cual se alimenta un modo masculino –y machista– de ejercer el poder y se bloquea la posibilidad de que un modo femenino –y feminista– lo sustituya. Y esto rige tanto para un pequeño círculo familiar como para una gran organización estatal o empresarial. A los hombres que nos movemos al ras del piso nos corresponde intervenir en los espacios que tenemos a nuestro alcance, en los de nuestra casa y nuestros vínculos directos. Nos cabe la responsabilidad de cortar la cadena de transmisión que extiende de generación en generación la opresión de los hombres hacia las mujeres. Nos debemos la tarea de deconstruirnos como sujetos hijos del patriarcado, que sólo reproducimos el machismo, y reconstruirnos como protagonistas de una sociedad igualitaria.

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