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La cuarentena salva vidas en la ruta

"Si vamos a poner la salud por encima de todo tendremos que ser coherentes... atender otros asuntos que también salvarían vidas ..."

Lunes 30 de Marzo de 2020

No sabemos cuántos de nosotros estaríamos contagiados de Covid-19 si hiciéramos vida habitual. Más adelante habrá sin dudas distintas interpretaciones. En principio, y por las dudas, como la mayoría preferimos desensillar hasta que aclare.

Tampoco sabemos qué ocurrirá hacia el futuro cercano con las pobrezas acumuladas, la desnutrición, las enfermedades del amontonamiento crónico, ni cómo se expresará eso en vidas.

Cuando generamos un cambio abrupto, las consecuencias pueden saltar por donde menos lo esperábamos. Por caso: ¿provoca el encierro más violencia familiar? No es una pregunta retórica: no sabemos. Vemos que los femicidios de estos días son escalofriantes, y no menos que los anteriores.

Ahora vayamos a lo más positivo, y es que la cuarentena está salvando vidas por el freno que le puso a la locura del tránsito. Además de retar al virus, reta a las personas. Menos temerarios en las rutas argentinas, más niños vivos. El cálculo es perfecto.

Muchos camiones continúan con sus rutinas, pero la mayoría de los autos están frenados. Un mes en cuarentena bajará notoriamente el promedio de muertes en ruta. Hace cuatro décadas que mueren bajo tortura 20 personas por día y unas 300 quedan heridas, amputadas, lisiadas. Eso en una sola jornada. Y entre ellas muchos niños, muchas niñas, chicas, muchachos, familias jóvenes. Este mes notaremos un descenso abrupto de esa cantidad de víctimas, y bajará el promedio anual. Esa es una excelente noticia: habrá casilleros que teníamos trazados, según la norma, y no se llenarán con nombres. Quedarán vacíos. Es un regalo.

Ahora bien: todos los expertos aseguran que bajando la velocidad en promedio 10 kilómetros (de 110 km/h a 100, por caso) bajan abruptamente los accidentes. Lo ha dicho mil veces la organización Luchemos por la Vida, que es un ejemplo en el mundo de lucha por la vida, precisamente. Las autoridades nacionales y provinciales de todos los partidos la han ignorado. Esa entidad pide velocidad precautoria, es decir: más despacio en las autopistas, más despacio en las avenidas, y despaciiito en las zonas urbanas.

Decíamos en una columna anterior, basados en la abundante data que entrega en forma gratuita Luchemos por la Vida, para que los que quieran oír: “estudios realizados en Suecia demostraron que si reducimos la velocidad en ruta 10 km/h, es decir, si en lugar de viajar a 100 lo hacemos a 90, en promedio, el número de accidentes será un 20% inferior, los heridos serán un 30% menos, y los muertos un 40% menos. ¡Lo que sería bajar 20 km/h!”.

Hoy lo repetimos: una pandemia nos ha llevado a la cuarentena obligatoria, por sugerencias de la Organización Mundial de la Salud. Muchos pensábamos hace décadas que hay que reducir la velocidad en todos los tramos y controlar y retirar los vehículos en caso de infracción, así de sencillo y crudo. Incluso decíamos que había que pensar con la “locura” de 70 km/h en las rutas, para luego ir soltando de a poquito si lográbamos salvar vidas, considerando que estábamos ante un flagelo, un vicio gravísimo.

Bajar la velocidad parecía demencial. Sin embargo, eso no generaría ni el uno por ciento del efecto que puede producir una cuarentena general. Ni se compara.

Si vamos a poner la salud por encima de todo (que no sea la libertad), tendremos que ser coherentes, bajar la velocidad en las rutas, descongestionarlas, y atender otros asuntos que también salvarían vidas y obligan a cambios económicos: transgénicos, herbicidas, insecticidas… La pandemia es horrible, pero también nos ayuda a pensar.

Salvar vidas de niños y niñas en las rutas es un beneficio colateral de la cuarentena. Nada nos impide abrir los ojos. Hemos sacado los autos de las rutas: bastaría con sacar la velocidad, sacar a los irresponsables, y decidir con el auxilio de expertos cómo reducir el 80 % de las muertes, es decir: evitar la masacre de unas 5.000 personas en un año.

Los entrerrianos tenemos toda una literatura desarrollada sobre el vivir sin apuro. Sería un aporte, cómo no. Y no ignoramos que hay otros diez temas pendientes, pero empecemos frenando un poco.

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