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La basura nos pasó en limpio

"...Sabíamos que las cosas estaban complicadas, pero alcanzamos otro grado de conciencia con el desparramo de bolsas de basura por miles y gusanos por millones..."

Jueves 14 de Noviembre de 2019

El último tramo de la gestión municipal de Sergio Varisco en la capital de la provincia nos permite anotar problemas irresueltos en nuestra ciudad de Paraná. Sabíamos que las cosas estaban complicadas, pero alcanzamos otro grado de conciencia con el desparramo de bolsas de basura por miles y gusanos por millones. ¿De qué nos dimos cuenta? Largo sería enumerar la precariedad de esta gestión de gobierno, y más si le sumáramos las anteriores. La novedad radica en que, gracias al conflicto por la recolección de los residuos, constatamos que la suma de vecinos no da comunidad. No siempre, no en todos lados, pero por ahí no da comunidad y eso es inquietante.

¿Cuál es la dimensión de ese defecto? No sabemos. Falta ánimo comunitario en algunos, y ese ánimo sí está en otro, claro. La solidaridad es también una marca de Paraná. A veces inducida por el ego, a veces auténtica, nacida del corazón, con raíz honda. Lo hemos visto. Pero ¿prevalece? La solidaridad convive con la mezquindad y el individualismo.

En el país los conflictos se agolpan, es importante comprenderlos, uno a uno y en su conjunto. Y no menos importante entender cómo respondemos.

Si un grupo interrumpe el tránsito y aceleramos, la simple protesta pasa a masacre. Si un gremio deja de recolectar los residuos y nos enloquecemos y tiramos toda la basura a los vecinos que viven al lado de los contenedores, entonces una lucha obrera comprensible y más o menos lógica pinta una sociedad desprovista de lazos, de amor, una suma de personas inconexas que se alteran a la primera de cambio. Conocer el conflicto y conocer nuestra conducta puede ser edificante.

El lugar de la basura es el contenedor. Cuando se llena, al lado no hay que dejar una sola bolsa. Es tan evidente que da calor explicarlo. Si no sabemos qué hacer con la bolsita, el vecino tampoco lo sabrá. Podemos darle un lugar en casa mientras superamos el conflicto, porque una bolsita es casi nada, pero multiplicada por mil dará un basural, con todo lo que ello significa para niños, vecinos, la salud en fin.

Miles de familias esperan un poquito, con buena onda. Otras optan por la mezquindad. Lo que se vio en algunos edificios daba vergüenza ajena. ¿En qué nos convierte el hacinamiento?

Vamos a acudir a tres ejemplos para explicar el fenómeno: un hombre advirtió que su gato se había metido detrás de la heladera. “Qué voy a hacer, se va a electrocutar, Dios mío”, a los gritos. Su hijo corrió, observó el panorama, desconectó el cable, corrió la heladera veinte centímetros y sacó el gato. Cinco segundos. Y bien: la histeria no es buena consejera. Ahora volvamos a la basura: llegamos al contenedor, vemos que está colmado, ¿qué hacemos?

El segundo ejemplo: un vecino de la zona de Feliciano, obrero campesino, llegó a Paraná por razones familiares y con el tiempo entró de peón en una repartición. Su padre le había recomendado que tomara las cosas con serenidad, que viera que en la ciudad la gente suele ser avispada. Le convenía escuchar, aprender, entrar despacio. Agradeció el consejo y trabajó callado. Al cabo de unos meses le preguntaron por qué era introvertido. Entonces comentó aquella sugerencia y su conclusión con humor: “pero ahora veo que ustedes no son tan despiertos, son sinvergüenzas nomás”.

Es decir, el gaucho advirtió que faltaba comunidad.

Tercer ejemplo: un vecino iba caminando. De lejos vio a otro que sacaba bolsas de un contenedor, las revisaba, recuperaba pequeñas cositas, anudaba las bolsas y las devolvía al contenedor, así con una y otra y otra. Cuando se alejó, el vecino que miraba lo llamó. “Disculpe: le voy a decir si me permite que usted es una persona muy culta”. Conversaron un rato, le pidió permiso para ofrecerle algo del bolsillo y se despidieron. El vecino de algún barrio, de los llamados márgenes, había dado una lección al llamado centro: él podía hacer frente a la adversidad con cultura. Él sí estaba en su centro.

Victoria Santa Cruz Gamarra llamaba a convertir el obstáculo en un incentivo. “El obstáculo cumple un rol: ¿quién en mí se molesta? ¿Quién en mí reacciona y desde dónde? Y entonces empecé a descubrir que el enemigo vive en casa”, cuenta la artista.

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