Domingo 01 de Agosto de 2021
El 6 de agosto de 1945 se recordará por siempre como el inicio de la llamada “Era nuclear”, ese día se lanzó la primera bomba atómica sobre la ciudad de Hiroshima. Poco antes el presidente de los Estados Unidos, Harry S. Truman, había dado un ultimátum de rendición al Imperio Japonés que seguía combatiendo a pesar de la capitulación de sus aliados alemanes en mayo anterior.
La elección del blanco es objeto de debate, pero una de las razones se fundamentaba en que no había sido bombardeada antes, por lo cual podrían “apreciarse” los efectos devastadores con mayor precisión.
El avión encargado de la tarea fue bautizado “Enola Gay”, nombre real de la mamá del piloto Paul Tibbets. Mala elección, la de utilizar a la mujer, dadora y protectora de la vida, para bautizar un bombardero portador de la muerte. La bomba fue llamada “Little boy”, es decir “niñito” ¿Puede existir algo más disímil de un artefacto destructor que un bebé?
Para que la explosión se produzca, debe realizarse un proceso llamado fisión, de los 64 kilos de uranio del artefacto, sólo se fisionó el 1,4%, aun así alcanzó para provocar decenas de miles de muertos (algunos afirman que llegaron a 100.000) instantáneos, mientras que el número de afectados en los siguientes años y hasta décadas es incalculable ¿Quién podría resistir a una ola de calor de 4000° C a 5 Km de distancia? Los incendios duraron tres días y 60.000 edificios se redujeron a escombros.
Pero Japón no se rindió. Tres días después, se produjo el segundo ataque, esta vez sobre Nagasaki. Un fenómeno climático quiso que murieran miles de inocentes de esa población. El objetivo era Kokura, una ciudad industrial más estratégica, sin embargo ese día amaneció cubierta de bruma y niebla, por lo que los pilotos buscaron su objetivo al azar.
Aunque la bomba, “Fat man” (hombre gordo), sólo fisionó 1 de sus 6 kilos de plutonio, la destrucción se llevó la vida de hasta 50.000 personas en el momento y el 40% de la localidad.
Las partículas liberadas se dispersaron a través de la geografía provocando una lluvia de invisibles partículas de muerte destruyendo, silenciosamente célula por célula.
Vómitos, náuseas, piel quemada, sangrado, pérdida de cabello, algo así como tirar un balde de agua hirviendo sobre niños, ancianos, hombres y mujeres. A largo plazo, cáncer de piel, de seno, de tiroides, de pulmón y leucemia, eran el legado para los sobrevivientes. Todo ello, sin contar los daños morales y psicológicos, el stress y culpa de los sobrevivientes a causa de la muerte de seres amados.
Un médico de la zona, trató hasta 10.000 personas y, al no haber salvado a ninguna, desesperanzado, abandonó la profesión.
Finalmente, Japón se rinde.
Hasta en día de hoy se debate si era “necesaria” semejante brutalidad.
Veinticinco años antes, también en agosto, Mohandas Ghandi, apodado “Mahatma” (alma grande) había iniciado una de las revoluciones pacíficas más importantes de todos los tiempos; a pesar de que le costó cárcel, persecución y sufrimiento liberó a su inmenso país del colonialismo, saqueo y opresión por parte de una potencia extranjera.
Ghandi demostró que el camino es la paz y no la destrucción.
Que sea entonces este agosto, un mes propicio para reflexionar sobre la guerra, la paz y los valores que enaltecen el humanismo y la fraternidad entre los pueblos.