Domingo 29 de Marzo de 2020
Cuando todo comenzó nadie le dio importancia. Era enero, aquel enero largo que parecía no terminar nunca. Estábamos de vacaciones y teníamos temas más importantes.
Cuando comenzó febrero tampoco nos interesó demasiado. El turismo en el país era intenso y el problema era el 30% que había que pagar sobre los gastos en dólares si se quería viajar al exterior. Había un virus, pero se trataba de algo que se propagaba en China, esa lejana, milenaria y rara cultura que nadie entiende muy bien. Solo algunos, aquellos que tenían algún tipo de contacto comercial con China estaban un poco más al tanto de que algo se podría complicar.
Para el resto del país lo importante era saber qué pasaría en marzo, cuando el nuevo gobierno, que apenas tenía tres meses en el poder, finalmente arrancara a implementar las medidas que comenzarían a sacarnos a flote en medio de una economía hundida.
En Argentina el tema de aquel virus nunca interesó demasiado, y no éramos los únicos en pensar así. En plena Europa, las raíces de nuestros genes iban por el mismo camino. Italianos y españoles tenían exactamente nuestras mismas certezas, a nadie le preocupaba, porque apenas dos meses antes todo era diferente.
Nos llamaba la atención que los chinos montaran en días un hospital con 1.000 camas, y que pusieran en cuarentena a 5 millones de habitantes intentando contener un virus.
Pero la muerte llegó. Y llegó por miles. Y nos obligó a todos a hacer cosas que pensamos que solo pasaban en las películas. Y a nadie más le importó tanto el 30% de recargo que hay que pagar por compras en dólares, ni el riesgo país, ni los K, ni los M, ni nada que no fuera conseguir alcohol en gel o tener algún argumento sólido para darle a los patrulleros que te detienen por andar en la calle cuando finalmente te animaste a salir a comprar pan al almacén de la esquina.
Somos testigos de esta historia.
Una historia que obligó a la humanidad a encerrarse y paralizar el frenético ritmo económico del mundo de tal manera que nadie sabe cómo quedará repartido el poder el día después de la pandemia.
Pero como en tantas otras historias, también en esta están quienes piensan en llegar bien parados económicamente al final, sin importarles demasiado los costos humanos del proceso.
Donald Trump es el más evidente de estos ejemplos. No le interesa ocultar sus intenciones. Lo único importante es no parar la maquinaria productiva ni militar para seguir siendo, después de la pandemia, el alguacil del mundo.
Pero Trump no es el único en tomar decisiones pensando que no son importantes algunos miles de muertos pensando en el día después.
Xi Ximping y Vladimir Putin piensan de la misma manera, pero ambos regímenes solapan sus métodos, se guardan sus intenciones, pero sacan las mismas cuentas. El número de personas que mueran en esta pandemia no es lo más importante. Lo que importa es el poder.
En 1957, y ante otro peligro global, Mao también fue explícito respecto de seguir adelante en función del poder. “No le temo a la guerra nuclear. No importa si algunos son asesinados. China tiene una población de 600 millones; Incluso si la mitad de ellos mueren, todavía quedan 300 millones de personas. No le tengo miedo a nadie”, decía.
En países como el nuestro, el objetivo de las decisiones no es el poder, lo primero es tratar de sobrevivir. Sin abandonar nuestra economía, después veremos cómo hacemos para volver a rehacernos con lo que nos quede. No tenemos muchas opciones.
Esa famosa curva de infectados que el sistema público de salud argentino trata desesperadamente de aplanar, se asemeja más a la ola de un tsunami. Aun logrando el objetivo buscado, esa ola pasará por Argentina.
A diferencia de las grandes potencias del mundo, el día después de la pandemia nuestro peor enemigo no estará en el exterior, aquí aparecerá nuevamente el círculo de carroñeros propios que sobrevolarán sobre los restos tratando de sacar provecho. Si sobrevivimos una pandemia, habrá que estar listos también para dar esa batalla.