Sábado 09 de Julio de 2022
Hay situaciones que marcan a flor de piel. Heridas que dejan cicatrices con las que uno, con el paso del tiempo, se acostumbra a convivir. La pérdida de un amigo es una de ellas. Y el Chacho fue el primer amigo que me tocó despedir. Pasaron cuatro años del accidente fatal que se llevó la vida de una de las personas más queridas del ambiente. El sonido de la voz de quien me comunicó su fallecimiento todavía retumba en mi tímpano. Me costó reaccionar a tremenda noticia. Miré un punto específico, pero sin poder observar nada. Estuve con los ojos ciegos bien abiertos, como marca un fragmento de Jijiji, el hit de Los Redondos.
No entendía nada. La persona con quien había compartido jornada laboral hasta unos días atrás ya no estaba más con nosotros. Nuestro compañero de eternas horas de trabajo había ingresado a la inmortalidad. Luego de un par de horas tomé mi teléfono celular, y a modo de catarsis escribí un puñado de palabras. Fue la manera que encontré para canalizar el dolor.
Edgardo Comar fue una persona transparente. Él no tenía vueltas. La mayoría de la gente lo quería y respetaba porque era popular y pasional. Esta última característica de su personalidad lo llevó a decir y escribir lo que pensaba sin importar si era políticamente correcto. Y muchas veces esto generó fastidio en algunos protagonistas del mundo del deporte, el escenario donde transitó. Estuvieron enojados con él. Pero no tengo dudas de que, a pesar de las diferencias de criterios, muchas de esas personas sintieron un fuerte vacío al anoticiarse del fatal accidente.
Chacho era un pibe de barrio. Tenía un fuerte sentido de pertenencia por Corrales. Sintió un amor muy grande por Universitario. Sufrió en cada una de las finales perdidas en los torneos de la Liga Paranaense de Fútbol. Disfrutó como loco el campeonato obtenido en el 2015, título que marcó el final de un estigma y de 33 años de sequía. Pero el amor por los colores del lugar donde uno transitó no se alimenta solamente de trofeos. Se emocionó en cada encuentro que organizó junto a un puñado de aventureros que compartían el mismo sentimiento por la U en la denominada Peña 10 de Marzo.
El Chacho también era hincha de Boca. En realidad era fanático. El resultado del Xeneize impactaba en su estado de ánimo. Cada victoria de Boca era similar a vacacionar en Ibiza. En reiteradas ocasiones infló el pecho e ingresó a la Redacción con una remera azul con letras amarillas y la leyenda 0 descenso, una clara chicana a los compañeros de trabajo hinchas de River. Si los Bosteros eran derrotados, lo mejor que podíamos hacer era no hablar de fútbol ese día. Él no hubiera tolerado la final que Boca perdió en Madrid ante el Millonario. Ese histórico encuentro se disputó el día que hubiera celebrado 50 años.
Chacho fue un gran compañero de laburo. Predispuesto a dar una mano cuando era necesario. No dudó nunca en cambiar el día de descanso con otro integrante de la Redacción. En el espacio de trabajo transmitió alegría en forma permanente. Sus carcajadas, en elevado volumen, tentaban a muchos que no tenían idea de qué se estaba riendo. En sus días de franco su ausencia se notaba. Se respiraba otro clima. Por eso su pérdida caló hondo.
Pero el Chacho no fue solamente un buen compañero de trabajo. Él ingreso en la categoría de amigos. No integró únicamente la lista que confeccioné a lo largo de mis 42 años. Muchos también inscribieron el nombre de Edgardo en la nómina de amistades. Porque él siempre estuvo predispuesto para asistir a cualquier evento social, para respaldar en un encuentro de fútbol de los torneos libres o para dar una mano en lo que fuera.
Como gran padre, sus hijos fueron sus debilidades. Eli y Blas lo acompañaron en un sinfín de aventuras. Cada salida con Chacho era una verdadera aventura, porque se transformaba en un niño que jugaba y se divertía con sus hijos.
El viernes se cumplieron cuatro años de ese desgraciado 8 de julio de 2018. En algún momento del día el Chacho siempre aparece en los recuerdos. Porque fue una de esas personas indispensables en la vida. Un gran amigo que la vida me regaló. Alguien a quien llevo en mi corazón.