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Coronavirus: cero en conducta

Pese a esta omnipresencia del tema, nadie podría asegurar que todo lo vivido por el coronavirus haya sido suficiente como para aprender socialmente algo.

Domingo 27 de Diciembre de 2020

Se termina el año más monotemático del que se tenga memoria. El tema que eclipsó cualquier otro en la opinión pública y en las agendas gubernamentales y que modificó la vida cotidiana fue, desde luego, el coronavirus. Sin embargo, pese a esta omnipresencia, nadie podría asegurar que todo lo vivido haya resultado suficiente como para haber aprendido socialmente algo. La ansiedad por volver a la normalidad pesó más que la lección del 2020.

El coronavirus era a principios de año un problema de los chinos. Después fue un problemón de los países europeos. Más tarde fue un asunto de los argentinos y argentinas de buen pasar que habían ido de vacaciones a distintos centros turísticos del mundo. Todavía era esa la mirada mayoritaria cuando, en marzo, se sucedieron una serie de acontecimientos inéditos en el país y el mundo: el día 11 la Organización Mundial de la Salud declaró que la enfermedad podía, por su gravedad y la velocidad de contagio, caracterizarse como una pandemia. En Argentina el primer caso se conoció el 3, la primera muerte ocurrió el 7 y el presidente Alberto Fernández dispuso la cuarentena en todo el país a partir del 20. A partir de allí, el Covid-19 atravesó nuestras vidas, las condicionó y todavía hoy lo sigue haciendo.

Las características del nuevo coronavirus no dejaron posibilidad de que los hechos sucedieran de otro modo. A esta altura ya no hay quien no tenga en su entorno inmediato a alguien que haya sido contagiado. No hay quien no conozca a alguien que haya perdido a un ser querido como consecuencia del virus, o que haya sufrido personalmente la pérdida. Y los números lo confirman: más de un millón y medio de casos y más de 42.000 muertes en el país. En Entre Ríos son 30.000 las personas que se contagiaron desde el inicio de la pandemia y más de 500 las que murieron. En el mundo son más de 80 millones los casos y la cifra de fallecidos es superior a 1,7 millones. A esto hay que sumar las pérdidas económicas, los puestos laborales caídos, los que pasaron a engrosar las estadísticas de pobreza e indigencia como consecuencia del impacto de las medidas de aislamiento y las restricciones de circulación de personas que se adoptaron en todo el planeta.

El año monotemático casi no dejó margen para otras preocupaciones que no sean las consecuencias de la enfermedad y las derivadas de ella. El temor al contagio y a la muerte en un primer momento funcionó para que el apego a las normas fuera, valga la redundancia, la norma. Pero no tardó en crecer el descreimiento, el escepticismo y otras formas de negación de la realidad. Ya se ha dicho mucho sobre el papel de los medios, comunicadores y dirigentes políticos que desinforman y alientan conductas contrarias al cuidado colectivo a través de las fakes news y otras metodologías. Ya se dijo mucho también sobre los errores de comunicación del gobierno en sus distintos niveles, de las contradicciones, arbitrariedades e imprecisiones a la hora de informar cuestiones tan delicadas como qué está permitido hacer y qué no. Ríos de tinta se escribieron sobre el hartazgo de la población, cansada de no poder practicar ciertos placeres que incluyen el contacto estrecho con otros y otras.

Todo eso es cierto, como también es cierto que el coronavirus arrasó con una buena parte de la humanidad y todavía sigue haciendo estragos. Por más que las vacunas estén preparadas para actuar, nadie se anima a asegurar que el problema está empezando a solucionarse. Se suceden olas, brotes, cepas y mutaciones. Algo tan pequeño que no puede verse a simple vista sigue amenazando a la población mundial. Esto es una verdad incuestionable. Sólo esto debería alcanzar para aprender la lección del 2020: aprender a ser cuidadosos de quienes nos rodean, porque un padre, una madre, un hermano o hermana, uno mismo puede ser la próxima víctima fatal. Sin embargo, lo que se ve hoy es una sociedad mayoritariamente volcada a ignorar esto, que hace una vida “normal”, que sigue negando lo evidente.

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