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Ya murieron 300.000 personas en 40 años: Hoy recordamos a las víctimas de la violencia machista en las rutas

17 de noviembre: Día Mundial de las Muertes en el Tránsito. Masacre por goteo que asola a los argentinos cuyas causas deberán atacar los gobiernos entrantes.

Domingo 17 de Noviembre de 2019

En diciembre comienzan nuevas gestiones de gobierno. Conducidas en el país por Alberto Fernández, en Entre Ríos por Gustavo Bordet, y así en todas las provincias y municipios habrá nombres distintos. Bienvenidos, bienvenidas, pues, al infierno: durante estos 40 años murieron en las rutas 300 mil personas por accidentes y quedaron heridas 4 millones de personas, muchas de ellas con discapacidad.

Los accidentes en las rutas son la principal causa de muerte de menores de 35 años, miles de niñas y niños, de modo que la principal causa de muerte debe considerarse muerte por tortura de nuestros hijos y nietos, y es una causa evitable.

Entre 6.000 y 8.000 personas mueren al año, y la razón de esos accidentes es la velocidad. Hay otras razones contribuyentes, peo esa es la que sobresale. Entonces cualquier familia sale a trabajar o va de paseo hoy mismo, y se encuentra con mil y un conductores temerarios, machos del volante que cometen todas las infracciones habidas y por haber y a cada instante ponen en riesgo la vida de los inocentes, con la anuencia del responsable de esas rutas que es el Estado.

Sacar el pie

Y bien: comienzan nuevas gestiones de gobierno, todas han sido electas ya, y deben saber que están frente a una oportunidad histórica de revertir el flagelo. Las niñas y los niños masacrados no son de izquierda ni de derecha, no votan, y los gobernantes son los responsables de ese ámbito llamado ruta.

Han buscado remedio, es cierto, y se compara a una aspirina para el cáncer. Deben saber que no dieron resultado. Pocos países en el mundo registran nuestras estadísticas, que en el caso que nos ocupa están escritas con sangre.

No es así en todos lados, la nuestra es una masacre y casi no tiene comparación. Cada vez que las agrupaciones, los deudos o el periodismo levantan la voz, lo que se escucha en ámbitos estatales, sean nacional, provinciales o municipales, es un silencio parecido al ninguneo. Actúan como si la tuvieran clara, y todos los días nos despertamos con la verdad.

Se ha dicho hasta el cansancio que reduciendo la velocidad baja la tasa de accidentes. Es matemático. En estos días hemos visto cómo los camiones se chocan de atrás en las autopistas, los autos se pasan de carril. El sueño, el alcohol, las nieblas, las lluvias: siempre existirá un factor interno o externo que actúe, o factores que se superpongan, pero si en vez de viajar a 150 viajáramos a 70 esas personas estarían vivas, aunque el accidente hubiese ocurrido. Bajar de 120 a 90 ya sería un logro extraordinario, y basta con ponernos de acuerdo.

Por supuesto, quienes seguimos este flagelo desde hace décadas sostenemos que en la Argentina, un país que sufre este flagelo como si fuera una adicción, las medidas deben ser drásticas en los primeros años, es decir: máxima 70. Entonces lloraremos como tontos porque no podemos acelerar, pero no iremos a llorar a los velorios como hacemos hoy.

Ganó la velocidad

Desde la Guerra de las Malvinas hasta hoy han muerto en la Argentina 280.000 personas en accidentes de tránsito. El número de víctimas equivale a más de 400 guerras de Malvinas. Casa año registramos tantas víctimas en las rutas como si sumáramos 10 guerras.

La comparación puede parecer caprichosa. Sin embargo, es una manera de generarnos conciencia, y nos lleva a preguntarnos si en verdad estamos en guerra y ha triunfado la velocidad sobre la vida. Es una pregunta retórica: es obvio que nos ganó la velocidad. Y cualquiera que en la ruta quiera cumplir incluso con los carteles se verá apretado por los demás automovilistas y camioneros que no cumple con esas señales de máxima velocidad, ante la mirara irresponsable de las autoridades de esas rutas: los Estados.

En anteriores intervenciones hemos sugerido que los gobiernos que no afrontan con severidad ese flagelo, que genera tantas víctimas inocentes, y que se presenta como la principal causa de muertes evitables en la juventud argentina; esos gobiernos debieran dar paso a otros. Incluso señalamos que en cada diciembre los argentinos preparamos los formularios de muertos y heridos que luego iremos completando con el paso de los días y los meses, sin saber de entrada cuál de nuestros nombres figurará en ese formulario de víctima previsibles, cuál de nuestros amores.

No vamos a reiterar aquí cómo se muere en las rutas, porque es demasiado obvio y triste como para aplicarnos a los detalles. Pero lo cierto es que los gobiernos nacional y provinciales de distintas extracciones política no han dado aún en la tecla. ¿Esperarán a que llegue un intelectual con prestigio, es decir, de Europa o los Estados Unidos, para que nos señale esta precariedad inconcebible? La muerte en ruta es una manifestación de la colonialidad. La vemos con nuestros ojos, pero necesitamos alguien con estatus colonial para que nos señale esta evidencia.

Pasan los meses, los años, las décadas, y salimos a las rutas y siguen al volante los conductores imprudentes. La gran capacidad tecnológica que existe no se pone al servicio de la vida. Un partido de fútbol puede contar con decenas de cámaras y registros al instante, pero a los gobiernos les cuesta poner móviles con cámaras para detectar a los conductores temerarios, esos violentos altaneros que debieran ser erradicados de las rutas de por vida, sin contemplaciones.

Claro que a los temerarios se suman (nos sumamos) miles que hemos naturalizado el estado de cosas con la creencia de que todos están expuestos menos nosotros…

Es una locura

Pensemos en un pueblito como Irazusta. Tiene más de 100 años de vida, con sus niños, sus padres, sus obreros, sus abuelos. Y bien: en estos 40 años aniquilamos en la Argentina mil pueblitos como ese. Arrasamos con todos, no quedó ni el loro.

La Asociación Civil Luchemos por la Vida es un bastión en la conciencia sobre este problema constante en la Argentina. En estos días nos recuerda el pedido de Naciones Unidas en el marco del “Decenio de Acción para la Seguridad Vial 2011/20”, de reducir los muertos a la mitad en esta década, y admite que ese objetivo no fue cumplido en nuestro país, ni por asomo. No hemos bajado el número de muertos y heridos, pero eso sí ha ocurrido en muchos países. Y bien: teléfono para Fernández y Bordet, con responsabilidad en gestiones anteriores pero las urnas les han dado una nueva oportunidad para resarcirse. Reúnan, consulten, digan: todos estaremos a su lado para enfrentar esta enfermedad.

El titular de Luchemos por la Vida, Alberto Silveira, resumió algunas acciones inmediatas para salvarnos de este flagelo: multiplicar exponencialmente los controles eficaces en calles y rutas, que aseguren la vigencia práctica de la ley (por ejemplo alcoholemia, controles de velocidad, uso de cinturones de seguridad, cascos, sistemas de retención infantil, etc.) y las sanciones efectivas a los infractores. Legislar los delitos contra la seguridad vial y la reducción de las velocidades máximas. Que se asegure una adecuada preparación y otorgamiento serio y responsable de las licencias de conducir en todo el país. Que la educación vial sistemática y continua sea una realidad en los programas de estudio y en las aulas de escuelas pre-escolares, elementales y medias en todo el país. Una planificación urbana que posibilite el tránsito fluido y ordenado y se concreten las inversiones necesarias para el logro de un transporte público seguro y eficiente (ferrocarriles, rutas, etc.).

En coincidencia plena con Silveira, digamos que como ocurre para el tratamiento del alcoholismo, los argentinos no nos podemos tomar una copita siquiera. Por eso la reducción de la velocidad permitida por los carteles debe ser drástica, el control drástico, la sanción drástica, es decir: con la quita del vehículo sin posibilidad de devolución. Y la difusión de estas medidas y sus razones debe ser extraordinaria. Nosotros sugerimos Máxima 70, y se ha dicho que es una locura. La locura es masacrar a nuestras niñas y niños por andar chocándonos como estúpidos.

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