Diálogo abierto
Viernes 26 de Octubre de 2018

"Vivir catorce años y medio en un hogar no me volvió un resentido"

El abandono como situación recurrente desde niño y la decisión de escapar a un destino casi determinado en otra dirección.

Algunos quedaron en el camino, otros pueblan la unidad penal, los hay quienes deambulan como zombis por las calles, consumidos por lo único que se les ofrece a mano para revertir, durante unos pocos minutos, una realidad llena de ausencias y carencias. Jabil Reibele es uno de los que supo o pudo mantenerse íntegro –más allá de los azotes y las caídas, la mayor abundancia durante su niñez y adolescencia–. "El no puedo y el no quiero son nada más que excusas", enfatiza.

Primer y segundo acto: el abandono
—¿Donde naciste?
—En Pergamino –provincia de Buenos Aires–, en los 70, a dos cuadras del cementerio. Recuerdo poco porque me fui de muy chiquito. Le decían barrio de los corpiños, porque eran viviendas redonditas con un pasillo al medio. Nos fuimos a Salto, cuando tenía dos años y medio, mi vieja me abandonó en la terminal y desapareció. Los tres hermanos más chicos nos criamos en hogares.
—¿Cómo era tu mamá?
—No recuerdo casi nada – aunque un psicólogo me dijo que yo tenía una memoria de elefante–, una señora de pelo corto....
—¿A cargo de quién quedaste?
—Me rescató mi padrino –de La Plata– quien era comisario inspector, su idea era adoptarme, me tuvieron dos años, hasta que apareció mi viejo –quien era no vidente– a reclamarme y me trajo a General Pacheco, donde vivían dos de sus hermanos. Estuvimos un tiempo, vivimos en Benavidez, Rosario, Paraná y Maciá, donde compró dos terrenos grandes e hizo una casa. Hice primero y segundo grado, nos mudamos a Villaguay y a los tres meses me entregó –cuando tenía 7 años– a la Policía, alegando que no me podía tener. Al otro día me trajeron al Consejo Provincial del Menor.
—¿Sabés sobre tus ancestros?
—Mi abuela y mi papá llegaron de Siria en 1913. Cuando nací, él tenía 66 años y mi vieja 41. Perdió a su mujer con la cual tuvo 14 hijos, en su primer matrimonio, 15 hijos, y luego tuvo cuatro extramatrimoniales... Por parte de madre, conocí a sus hermanos y a mi abuelo –de apellido Taylor–, que llegaron de Irlanda del Norte, en 1884.
—¿Cuál era la actividad laboral de tu papá?
—Vendedor ambulante; íbamos a vender estampitas, agujas y medallitas a Retiro, y antes su especialidad fue la lencería fina, así que viajaba a los pueblos y estancias.
—¿Lo guiabas a él?
—Sí, tuve que aprender a cocinar y ayudarlo.
—¿De dónde son los recuerdos de lo que considerás tu hogar?
—De Maciá y Villaguay.
—¿A qué jugabas?
—A ser feliz con lo que teníamos (risas), en la calle, a la pelota y a la bolita, de noche, a cazar tucapanes.
—¿Había un límite del barrio que no podías trasponer?
—No se podía jugar a la siesta y molestar a los vecinos; había que hacer primero la tarea, pero como mi viejo era no vidente estaba bastante ausente en el cariño y muy presente en los malos tratos –abuso que padecí mucho.
—¿Tenés presente el momento en que tu papá te abandonó?
—¡Sííí! Lo tengo escrito en el capítulo uno del libro que escribo, siento los pasos de la Policía, veo el banco de cemento donde dormía, el mate cocido de la mañana... todo... me chiflaba la panza de hambre. Le tenía terror a la Policía. Tras haber pasado por otros internados, una asistente social me llevó al hogar de Viale.
—¿Cómo reaccionaste o trataste de explicártelo?
—No era de reaccionar sino que era sentimental, silencioso, ni siquiera hubo lágrimas, estaba apagado, entendía y no entendía por qué, me puse contento porque mi papá ya no me pegaría ni abusaría.
—¿Con quién o qué reemplazaste las referencias de ellos?
—Tengo una vaga imagen de una maestra de segundo grado en Maciá, que me quería; yo era muy pobre y tenía pocas amistades, así que me fui acostumbrando a vivir solo.
—¿Quemaste etapas?
—¡Muchas! Tengo una poesía en la que digo "me hicieron grande sin tener edad, porque cuando fui chico me negaron cosas y cuando fui grande, por mayor de edad".
—¿Tenías conciencia de eso?
—Desde chiquito era un bicho raro, muy pensante, introvertido y muy observador, me daba cuenta de muchas cosas. Era consciente y siempre busqué llamar la atención por la carencia de afecto, lo cual es propio de estos casos a través de la rebeldía, la introversión o aferrarse a personas lejanas del entorno familiar. Yo no estuve del todo solo porque en diferentes etapas hubo alguien que me ayudó y fue una referencia para no desviarme del camino.
—¿Leías?
—Sí, Papillón... algo de García Márquez... Becquer, Neruda, Baldomero Fernández Moreno, Robert Louis Stevenson –Mi aventura de mar–... A los 9 años comencé a escribir poesía y la primera fue para mi maestra –porque estaba enamorado–. Mis poesías son dramáticas y sobre el amor, por la crianza que tuve y para que la vida no se terminara en eso. Siempre fui muy terco y nunca me entregué.

Tercer acto: el abandono
—¿Qué decís si tenés que poner en pocas palabras la etapa de internado en hogares?
—Las adversidades –a diferencia de a otras personas– me fortalecieron; tuve un alma indomable y por eso tuve problemas en la adolescencia –hablando en buenos términos–. Querían cambiar mi forma de ver las cosas, pero yo sabía lo que estaba bien y mal, lo que era abuso o un llamado de atención, y por eso me fugué del hogar para denunciar los malos tratos.
—¿Creaste un vínculo afectivo con alguien del personal?
—Quienes podían hacer de madres eran alguna celadoras y no todo fue malo. En mi caso, capitalicé lo mejor y lo que no me servía, lo descarté. Me adapté pero no lo acepté, porque no me sentía un niño de hogar. Hubiera podido elegir el camino de ser delincuente o violador, pero lo tuve claro desde chico. Otros chicos salieron con resentimiento y querían venganza. Había una familia de Viale –de apellido Sack– que me buscaba algunos fines de semana y los sigo viendo.
—¿Sentías una vocación?
—Algunos jugaban al fútbol y luego lo hicieron en un club; a quienes les gustaban los animales, luego trabajaron en tambos o en una granja; en mi caso era arisco para el trabajo forzado, pero muy voluntarioso para la huerta y lo que tenía que ver con los animales. No me gustaba cuando me mandaban a limpiar. Jugábamos al ladrón y al policía, y eso quedó inculcado para la vida. Salía del hogar a vender facturas, casa por casa, y me dignificó desde chico. Lo de vender me resultaba natural, fui pintor, changarín, cuando vine a Paraná trabajé en la distribuidora El cóndor y estuve 10 años como viajante en Micropack. Trabajo en seguridad y soy un policía frustrado, porque tuve una relación con una chica de Viale, y opté por ella, ya que pusimos una casa de videojuegos, hasta 1993.
—¿Continuaste escribiendo?
—Sí, comencé ahí y se acentuó.
—¿Un diario o poesía?
—Poesía.
—¿Practicaste deportes?
—Era ágil, tenía facilidad para saltar, treparme, hacía ejercicio en las paralelas y karate –pero se me complicaba la práctica por cuestiones económicas–. Cuando iba a séptimo grado comencé a ir los sábados a ayudarle a limpiar y entrenar en el gimnasio del profesor Rolando Spoturno. Siempre soñé con mi gimnasio –como el que tengo ahora– y en el hogar fabricaba mis pesas.
—¿Lo mejor y lo peor del hogar?
—Lo peor es el abandono, la mentalidad negativa de creer que todo está perdido, volverse un resentido de la vida y la sociedad, pero es lo que nos tocó. Lo malo lo transformé en bueno, como experiencia de vida. El hogar me salvó de estar preso, muerto o ser delincuente. La mayoría de los celadores fueron buenos y buscaban que nos capacitáramos.
—Si no me equivoco y por las fechas, viviste durante la peor época del hogar.
—Decían "guarda con los gurises del hogar porque son terribles" y de yapa, nos vestían a todos iguales y parecíamos soldaditos pelados.
—¿Una imagen desagradable?
—La llegada de cada chico (se emociona, con lágrimas), lo cual padecí... me hace mal recordarlo... Ver a cada chiquito cuando lo abandonan. Pasé por todas las etapas así que vi desde el más chiquito al más grande, y nunca pude aceptar esa llegada. Venían con sus historias tristes, de abandono, abusos, violaciones y malos tratos, y a medida que yo crecía iba acobijando a los débiles que entraban. Me resultaba natural hacerlo, porque entendía el dolor de no tener una familia y llegar a un lugar extraño. Recuerdo el día que llegué, varios días triste, sin poder dormir, el "arriba, arriba", el miedo y el castigo por orinarme en la cama, y el día que me fui –no obstante que dije que algún día volvería. Tardé 18 años en asimilarlo para volver, y lo llevé a mi hijo porque quería conocerlo.

Cuarto acto: el abandono
—¿En un punto cuando te fuiste también fue un abandono?
—Cuando cumplí 22 años me tuve que ir –con un bolsito– y no tenía adónde, porque no había políticas de inserción laboral. Llegué con la idea de conocer a un hermano que vivía en Lomas del Mirador II y dormí en la Terminal. Lo encontré al señor Mario Fernández –un docente que conocía el hogar y quien antes me había conseguido trabajo en la cosecha de miel–, me llevó a su casa, me presentó a la señora, Adela, luego lo rastreamos y encontré a mi hermano, y me consiguió un trabajo. De a poco fui encontrando a otros hermanos, hasta hace poco, aunque no conocí a dos mellizas que fallecieron en un accidente.
—¿Cómo elaboraste lo de tu mamá?
—Todos los hijos que tuvo los abandonó, ya que los tenía y los daba, sólo que los tres más chicos sufrimos la peor parte –porque los otros se criaron en familias–. Fue la gran pregunta durante muchos años y cuando vino desde Cipolletti –localizada por un hermano–, nos reencontramos y fui el único en reconocerla. Fue un abrazo interminable aunque no hubo llanto. Estuvo unos días en mi casa y cuando le preguntamos con mi hermano por qué lo había hecho, lo culpó a mi viejo, tomó sus cosas y se fue.
—¿Qué sensación te quedó?
—De vacío, porque me quedé con muchas preguntas. Escribí un poema –Esa mujer era mi madre– que dice "nos volvimos a ver las caras, con la diferencia de 35 años después, un largo abrazo, emotivo... y se fue un día, casi sin ruido, como cuando llegó, en silencio, un adiós entre dientes que sólo Dios escuchó". No la vi más y falleció en Crespo. Me reencontré con mi padre –a los 95 años–, estaba mal, internado por un cáncer de páncreas y fui el último que lo acompañó. Esperé que me dijera "perdón por lo que hice, por los maltratos y abusos, y por la vida que les di". Me agarró la mano y noté que estaba arrepentido.
—¿Qué te hizo resiliente?
—El desafío propio de no repetir la historia, si algún día tenía un hijo, al igual que para otros. El amor por mi hijo y el haber logrado lo que logré, me hizo sanar muchas heridas
—¿Hiciste terapia?
—No; la sanación vino por el lado de que tengo mucha fe, aunque no voy todos los domingos a la iglesia. Me fortalecí y pedí a Dios, y me escuchó en los momentos difíciles, cuando me caí y me levanté. Cuando vine a Paraná en 1994 y conseguí trabajo, para 1998 ya tenía una camioneta 0 kilómetro y un autoservicio. Un viejo viajante me preguntó si había leído el libro de Og Mandino –El vendedor más grande del mundo–, cuyo primer libro leí. Llegué a tener tres trabajos simultáneos: viajante de Micropack, hice mi casa y puse un negocio. Mi señora fue un pilar importante porque me aceptó y aparecí en su vida cuando fui a venderle a su papá, de quien me hice muy amigo y me consideró como su hijo.

El cambio de la droga
—¿Similitudes y diferencias de la calle que viviste comparada con la de la actualidad?
—Estábamos menos expuestos a los peligros y malas intenciones de ahora, por la droga y las adicciones, y la delincuencia evolucionó para mal. Antes era robarte una gallina o una ropa, y hoy son asaltos por parte de cada vez más chicos y jóvenes armados, lo cual veo en el barrio. Piensan que son los dueños del mundo porque se toman una bochita, mientras que en mi época no había.
—¿Cuándo fue el punto de inflexión?
—A partir de 1992. Hubo una generación que comenzó a entrar al hogar –seis chicos con causas penales–, con lo cual de ser el hogar modelo que era, pasó a bajar el nivel porque había violencia, y cuando me fui hubo motines y les pegaban a los celadores. A partir de ahí cambió todo, porque eran otras historias, no de abandono sino de adicciones, hechos de violencia graves y violaciones.
—¿La respuesta del Estado en minoridad es eficaz?
—Siempre falta y es insuficiente; viví varias etapas y no avanzó demasiado, aunque hay nuevas ideas. Me cuesta creer que no se haya agilizado la adopción, porque hay chicos rescatables y buenos de corazón, sólo que le faltan herramientas. A los 16 años ya es tarde.
—¿Y en tu caso?
—Fue eficaz, más allá de la época jodida y algún celador viejo que se basaba en el golpe y no en la palabra. Pero me dolían mucho menos los malos tratos de unos señores que la soledad. Ahí es donde muchos chicos se quiebran, y cambian hacia el odio y el resentimiento.
—¿Cuál es el emergente más complicado que observás?
—Ver generaciones completas que se deterioran por las drogas. ¡Es impresionante! Encontré un compañero del hogar de mi edad en calle Perú y parece que tiene 20 años más que yo. ¡Totalmente quemado! Me reconoció y nos abrazamos.
—¿Algunos argumentan que lo social es determinante para ciertas realidades?
—Para mí no, podés vivir en el país más pobre y adverso, y ser lo que la mayoría no es. No me sentí de la mayoría que se cae, sino de la minoría que se levanta. Nunca me sentí excluido más allá del rechazo por ser del hogar, y que, obviamente, te duele en el alma y te marca. Pero no me volvió un resentido, me hice mi lugar en la sociedad y me hice querer, demostrando con hechos y responsabilidad en el trabajo.
—¿De los tuyos cayeron muchos en el camino?
—Sí, algunos murieron, otros están presos en el penal y otros eligieron ese camino. Pero la generación nuestra fue de las mejores en los 102 años del hogar.
—¿Muchas peleas en la calle?
—No fui agresivo pero era mañoso (muestra algunas cicatrices), y trataba de usar la psicológica porque soy pacifista. En el hogar te agarrabas a trompadas. Siempre trabajé en seguridad.


"Me llevó 18 años poder volver, y lo hice con mi hijo"


Recientemente en el exHogar de Jóvenes Roque S. Peña de Viale se realizó un nuevo reencuentro de exinternos y personal de la institución, "un lugar donde se guardan historias difíciles de contar", reconoce Reibele –uno de los principales promotores de la reunión anual–.
—¿El momento más fuerte durante el reencuentro?
—Con un par de celadoras, la de la ropería y la de quehaceres generales. Para algunos de los chicos eran como sus mamás. En los bajones de soledad, buscabas refugio en ellas.
—¿Pasaste alguna "factura"?
—(Risas) Hubo algún que otro "palazo" pero a modo de broma. Hubo celadores que no quisieron ir porque era muy fuerte. Había otro que lo veíamos como a un hermano –"Negrola" Arredondo– porque tenía casi nuestra edad y jugaba con nosotros. Era muy querido por todos. Nos abrazamos y emocionamos.
—¿El libro?
—Comencé a escribirlo después de la anteúltima juntada –el año pasado–, llevo sesenta páginas sobre la vida desde que ingresé hasta que egresé del hogar, y luego quiero escribir sobre lo que acontece cuando se sale de un hogar.
—¿Título?
—La vieja casona, pero es provisorio.
—¿De qué te arrepentís?
—(Piensa bastante). De no haber decidido ingresar a la Policía, porque me gustaba; también de posponer algunas cosas, como los 18 años para asimilar la cuestión del hogar y poder volver. Me causó mucha tristeza verlo deteriorado y abandonado. Mi hijo tomó una foto de mi habitación. Hay cosas que todavía me emocionan y otras muy jodidas –padecidas en hogares y unidades penales– que me llevaré a la tumba.
—¿Qué hacés si ganás varios millones en el Quini?
—Mejorar las condiciones de mi hermano –de quien estoy esperando la curatela y que está en el Roballos–, dejarle a mi hijo mayores herramientas para desarrollarse en cuanto a estudio y hacer un refugio de contención para los chicos de hogares o en situación de violencia familiar.
—¿Un lujo?
—Un rancho en la costa y equipar bien el gimnasio.

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