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El País

Vicentín: sentimientos agridulces

Reflexiones sobre rol del Estado en lugares clave de la economía, debate en torno de la intervención en grandes empresas.

Miércoles 10 de Junio de 2020

Tiene razón Gustavo Bordet, el gobernador, cuando dice que empresas grandes de alimentos como Vicentín son estratégicas para los argentinos.

Su endeudamiento es un escándalo. La plata que le prestó el Estado argentino, un plus escandaloso. La intervención parece lógica y necesaria.

No sabemos si los banqueros privados también acreedores aprovecharán esta movida; la letra chica no se conoce aún, pero no negaremos alguna prevención.

Ahora, veamos esto: el Frigorífico Santa Elena era un complejo de 10 fábricas. ¿Los sectores que las destruyeron harán una autocrítica? El ferrocarril de pasajeros y de carga es estratégico, ¿qué ocurrió? El Banco provincial es estratégico. Lo dijo y repitió el gobernador de Buenos Aires, Axel Kicillof, días atrás. Los que privatizaron el banco de los entrerrianos, ¿harán su autocrítica? ¿Se dispondrán a cumplir la Constitución provincial?

Las cooperativas lácteas Cotapa y Cotagú, ambas estratégicas, ambas destruidas en estos años.

Fábricas de alimentos estatales o cooperativas y transportes, lo más cercano a lo público dentro de este sistema, en caída. Estos son los precedentes…

La intervención de Vicentín nos deja por eso sensaciones encontradas. Por un lado, la certeza de que los resortes de la economía no debieran estar en manos de monopolios, y menos de la patria contratista. Por otro, la experiencia de la administración precaria, cuando no fraudulenta, en empresas del Estado, y la mirada cortita de la misma dirigencia.

En este caso se suma nuestro recelo por la necesidad de que el Estado pegue un volantazo en materia de alimentos y se vuelque definitivamente por actividades sustentables, familiares, lejos de las normas de las multinacionales de los herbicidas, los insecticidas y los transgénicos.

Estado en deuda

Veamos en frasco chico cómo suele funcionar el Estado. Es necesario decirlo para no pecar de cándidos con las estatizaciones.

Una mujer sola y desocupada quedó con una hectárea (la medio millonésima parte de lo que tienen Benetton y Elsztain) y decidió lotearla en un lugar alejado del centro de Colonia Avellaneda. Inventó un plan de cuotas fijas. Nadie vendía así un terreno, ni el Estado ni los grandotes. Nadie.

Algunos jóvenes sin casa decidieron apostar allí. El Estado les da caminos precarios, no construye veredas y creó un basural al lado, con desperdicios que van al arroyo Las Tunas, es decir. Humo y mal olor.

¿En qué podía colaborar el Estado? Claro: en la energía. Enersa brinda el servicio frente al loteo, y a la misma dueña de esa hectárea. Pero para dar energía a los demás (electricidad que cobrará), le pide a la propietaria más de 700.000 pesos. Ese costo encarece los terrenos.

Estamos ante jóvenes que necesitan un techo.

Esos 700.000 pesos serán pagados por obreros. Con todo ese dinero, el Estado podría auxiliar a muchos, se dirá: no, con ese dinero pagará un mes de sueldo a un solo directivo de Enersa.

Hace 15 días asaltaron a la mujer, la maltrataron, le robaron. Hace una semana asaltaron la única casita que estaban haciendo en el terreno, y robaron las puertas, los andamios, la hormigonera, todas las herramientas de los albañiles.

Podíamos abundar con más ejemplos, pero está dicho: ni vivienda, ni seguridad, ni energía, ni caminos. Llegado el caso, el Estado atacará con impuestos por vía de los alimentos y la propiedad inmobiliaria.

Volviendo a Vicentín: es un rubro estratégico, la intervención pública resulta necesaria, y lo mismo en otros ámbitos donde el Estado ya tiene o ha tenido intervención y ha dejado y deja mucho que desear. ¿Podremos con lo más, si no podemos con lo menos?

Para nosotros, el Estado tiene que meterse en materia de soberanía alimentaria, y para eso, debiera tratar sus vicios.

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