A través del homeschooling y su nuevo local, este matrimonio de Venezuela cría a sus hijos Sheila y Christopher con valores de resiliencia, trabajo en equipo y fe
07:40 hs - Jueves 13 de Agosto de 2026
Frankling y Karla Colmenarez forman parte de la creciente comunidad venezolana que eligió Paraná como su nuevo lugar en el mundo. Su historia es un relato de contraste: entre la inmensidad industrial de su tierra natal y la calma de una ciudad que aún conserva el hábito de la siesta, un "lujo" que en Venezuela se perdió hace tiempo bajo la presión de la crisis económica.
"Llegamos a Paraná hace casi cuatro años, inicialmente con la idea de visitar a nuestra familia durante el mes de diciembre y compartir un tiempo juntos. Sin embargo, mientras estábamos aquí, nos dimos cuenta de que la situación en Venezuela, lejos de mejorar, estaba cada vez peor, lo que nos empujó a tomar la decisión definitiva de radicarnos en la ciudad. Un factor clave fue que gran parte de la familia de Frankling ya se encontraba establecida en Entre Ríos; sus hermanas habían emigrado primero, en 2016, huyendo de una hiperinflación asfixiante, y ver que ellos habían logrado salir adelante con buenos sueldos nos dio la confianza necesaria. Nosotros resistimos en Venezuela lo más que pudimos, pero al llegar aquí y ver las oportunidades de emprender y la posibilidad de acceder fácilmente a lo básico, entendimos que este era el país ideal para empezar de nuevo y prosperar con nuestro propio esfuerzo”, contó a UNO Karla.
“Lo que terminó de enamorarnos de Paraná y nos confirmó que era el lugar indicado fue la inmensa tranquilidad y la seguridad pública, algo que en Ciudad Bolívar habíamos perdido por completo. Para nosotros, poder sentarnos en un parque a hacer un picnic con los niños o cenar en una mesa en la vereda después de las 19 horas es un tesoro recuperado, ya que en nuestra tierra la inseguridad extrema hacía imposible salir de noche”, aportó Frankling.
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Además, Frankling sentía un vínculo especial con Argentina desde niño, porque su padre trabajó en Sidor, el complejo de producción de acero más grande de Venezuela que pertenecía al grupo argentino Techint; al caminar por las calles de Paraná, él reconoce ese mismo orden y prolijidad que recordaba de la empresa en sus épocas de esplendor. “Nos sorprendió gratamente la calidez de los paranaenses, quienes derribaron cualquier prejuicio de que el argentino fuera frío, y nos abrazaron con una apertura y solidaridad que nos hizo sentir en familia desde el primer día”, reconoció el entrevistado.
Sabores que unen culturas
A través de su emprendimiento gastronómico llamado Épale (un saludo venezolano de mucha confianza), la familia busca compartir su tradición con los paranaenses. El menú se destaca por platos emblemáticos como la arepa (pan redondo de maíz asado o frito con diversos rellenos) y los tequeños (deditos de masa de trigo rellenos de queso blanco). Una de las joyas de su cocina es la cachapa, una tortita dulce de maíz tierno molido que, al no llevar harina, es apta para quienes no consumen TAC. Además de los rellenos clásicos de carne mechada, pollo y bondiola, crearon innovaciones locales como la "salcharepa" (arepitas cortadas con salchicha y carne).
Próximamente, planean incorporar el "perico" (huevos revueltos con cebolla y tomate) y bebidas típicas como la malta y la Frescolita, además de golosinas venezolanas conocidas como "chucherías". Hasta el momento vendían en su domicilio, pero un buen día quisieron avanzar y se instalaron en calle Perú. La inauguración fue apenas el sábado pasado. Hasta hoy pueden verse los globos amarillos, azules y rojos, inspirados en los colores de la bandera de Venezuela. Aunque inicialmente pensaron el negocio para sus compatriotas, se sorprendieron al ver que la mayoría de sus clientes son argentinos curiosos por conocer su cultura.
Aunque lejos en distancia, viven de cerca lo que ocurre en Venezuela, allí no sólo quedaron sus raíces, también parte de su familia y espacios que forman parte de su historia.
Así lo relató Karla a UNO: "Vivir la noticia del terremoto desde aquí fue algo muy doloroso. Era llorar y llorar al ver a tanta gente muerta y al país básicamente destruido. Yo nací en Caracas, que fue la zona afectada y toda la familia de mi mamá es de allí, por lo que ver esas imágenes de los escombros y la gente perdida me golpeó mucho. Aunque el venezolano se caracteriza por saber empezar una y otra vez, ver que la situación allá está cada vez peor, sumado a este desastre, nos hizo confirmar nuestra decisión de quedarnos en Argentina. Me genera mucha tristeza ver cómo mi país se sigue deteriorando, especialmente teniendo a mi madre, Elizabeth, todavía allá a sus 80 años, mientras nosotros intentamos valorar cada oportunidad que nos da Paraná”, dijo la entrevistada.
Un pasado de desafíos y una huida necesaria
Antes de emigrar, la vida de la familia en Ciudad Bolívar estaba marcada por jornadas laborales de 12 horas y una inseguridad extrema que hacía imposible salir después de las 7 de la tarde.
La decisión definitiva de quedarse en Argentina se tomó hace casi cuatro años, tras una visita familiar, motivada por una inflación que en su país alcanzó el 19.000% en un solo año y la escasez de productos básicos. "En Venezuela llegamos a un punto crítico donde la situación era desesperante; es difícil para quien no lo vivió imaginar lo que siente entrar a un supermercado, abrir la heladera y no encontrar absolutamente nada. No se trataba de un problema de falta de dinero, porque aunque tuvieras plata, simplemente no había dónde comprar porque nada se conseguía: ni un papel higiénico, ni un pañal desechable, ni la leche para un bebé.
Incluso en muchos momentos dejó de funcionar el sistema bancario y el uso de tarjetas de crédito, lo que sumado a la escasez generalizada, hacía que nuestras necesidades básicas no estuvieran cubiertas. Por eso, cuando llegamos aquí y vimos la facilidad para conseguir materia prima y productos básicos para emprender, nos dimos cuenta del gran beneficio que eso representa, algo que en nuestra tierra se volvió imposible a pesar de trabajar más de 12 horas diarias”, expresó Karla. “La tranquilidad de esta ciudad fue lo que más nos nutrió", aseguraron ambos, valorando el simple hecho de poder cenar en una mesa en la vereda o hacer un picnic con sus hijos, Sheila y Christopher.
Construyendo el futuro en Entre Ríos
Para los Colmenarez, Argentina representa un país de oportunidades y salida adelante. Actualmente, la pareja educa a sus hijos a través del "homeschooling" o educación en el hogar, una práctica que adoptaron en Venezuela y que continúan en Paraná, permitiéndoles integrar a los niños en el proyecto familiar mientras refuerzan su carácter y valores.
En este sentido Karla explicó: "Nosotros somos educadores en casa, lo que se conoce como homeschooling, una modalidad que aprendimos en Venezuela debido a que el nivel educativo bajó mucho cuando muchos profesionales emigraron. Sheila, que está en quinto grado, y Christopher, que está en tercero, estudian de manera virtual utilizando plataformas internacionales que nos brindan el contenido de las distintas materias. Mi esposo y yo participamos activamente; por ejemplo, hoy mismo me tocó a mí dar la clase de Biología para ellos y otros niños, mientras que otros padres capacitados se encargan de áreas como Química, Física o Lengua. Es un sistema de colaboración donde, si un padre no puede dar clases, se realiza un pago o un intercambio, y lo mejor es que en Argentina ya se está trabajando para validar y apoyar este tipo de educación en el hogar”, dijo la consultada.
Agregó que: "Nuestra filosofía es integrar la educación con nuestra fe, ya que somos una familia cristiana y buscamos vincular cada materia con la palabra de Dios. Los chicos estudian todas las mañanas y por las tardes complementan su formación con actividades como arte, deportes o cerámica. Además, el homeschooling nos permite que ellos se involucren en nuestro proyecto gastronómico, lo cual es una enseñanza práctica invaluable. Christopher, por ejemplo, tiene solo 8 años pero ya es muy bueno en matemáticas porque nos ayuda sacando cuentas y dando vueltos. Para nosotros, lo más importante no es solo que sean inteligentes, sino reforzar su carácter a través del trabajo en equipo, la disciplina y el ejemplo constante que les damos trabajando juntos cada día”.
A pesar de los desafíos económicos actuales, mantienen una visión de gratitud y optimismo. "Si somos resilientes y constantes, podemos sacar provecho de las turbulencias", sostiene la pareja, cuya red de contención ya se encuentra mayormente en Paraná. Su mayor deseo a futuro es lograr traer desde Venezuela a Elizabeth, la madre de Karla, para que a sus 80 años pueda compartir con ellos esta nueva etapa de paz y crecimiento en suelo entrerriano