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Cultura

Un tren de papel invita a abrir y ventilar estaciones cerradas

Treinta años de periodismo visitando pueblitos y ciudades, hoy desde Nogoyá, con la mira en paisajes, artes, saberes y luchas del litoral.

Sábado 30 de Noviembre de 2019

La flor de un cardo, el hornito sobre una señal del ferrocarril, un niño feliz con su pollito en brazos, las manos de un ladrillero en el adobe, más allá las hojarascas ocres del otoño: podemos recordar así muchas tapas de El Tren Zonal, como puertas que invitan a entrar a la identidad variopinta del litoral.

Y en las contratapas, pinturas de nuestros artistas a veces ignorados; y en las retiraciones, fotos antiguas de oficios, encuentros, fiestas.

Ricardo Maldonado es conocido por su voz vibrante, por los estilos de su guitarra, por sus composiciones y recopilaciones culturales, por su poemas que incluso alcanzaron el premio Fray Mocho con Mansa Tuca; ha sido además maestro de escuela por décadas, aquí y en Misiones; atuendos criollos, sombrero aludo, Maldonado traza en el periodismo una huella de 30 años a través de la revista El Tren Zonal bajo el lema Por la integración de los pueblos.

Editoriales punzantes, historias de las otras, obras literarias; luchas sociales, ambientales, cooperativas; ensayos, pinturas, talentos varios de la región, fotografías de hoy y de ayer, todo luce en la revista que llegará en diciembre a su edición 200, para convertirse en uno de los hitos periodísticos de nuestra región.

El huevo localista

Nos vemos seguido con Ricardo Maldonado, por sus visitas a Paraná para realizar a fuerza de pulmón un programa radial en LT 14 como un complemento de la revista y de Ediciones del Clé. No nos costó, pues, encontrar un rato para un intercambio en torno del emprendimiento familiar. Le preguntamos de entrada sobre los primeros pasos de El Tren Zonal.

“Tuvo su comienzo en General Galarza en 1989 a partir de una experiencia de edición de un periódico local Estación Galarza que desarrollé en 1988. El ramal ferroviario Tala-Gualeguay, ya clausurado por ese entonces, había dejado a los pueblos aislados, sin pasajeros con noticias de intercambio sobre sus vidas, quehaceres, historias orales… Sentí que era necesario romper el huevo del localismo y avanzar hacia una comunicación más comprensiva del conjunto de las vidas sociales de cada pueblo”, comenta el director de la revista.

Al principio fue un periódico tabloide impreso en papel de diario en los talleres de El Supremo y de El Debate-Pregón de Gualeguay. “El concepto temático y el propósito informativo-cultural ya lo había esbozado en el periódico Ala Sonora en la localidad de San Vicente, provincia de Misiones, en el año 1983 donde ejercí la docencia rural. Cuando en el curso de la edición de Estación Galarza comencé a recibir notas informativas de Arroyo Clé, Mansilla, Lazo, Aldea Asunción, Echagüe, Tala y Gualeguay, fue lógico que reemplazara un periódico local por uno zonal con un nombre emblemático, de riesgo poético: El Tren Zonal, se explaya.

Romper la regla

El desafío, agrega Maldonado, “es romper la regla del medio creado desde arriba para que llueva informaciones sobre una grey sedienta de consumo”. Lo suyo es, por el contrario, “recoger las voces, las historias dispersas, integrar lo literario, lo artístico y cultural con lo informativo social, y al mismo hecho informativo trasladarlo desde la referencia sucedánea de la noticia de impacto a la composición de un marco más comprensivo y atemporal, de tal manera que una noticia pueda ser leída sin el condicionante de lo que ya pasó, sino como lo que todavía sucede y tiene implicancia en presentes varios y por venir. Este fenómeno se fue definiendo en su propia dialéctica hasta tener el perfil preciso que hoy tiene en su conglomerado de ‘estaciones temáticas’ y el propósito que lo alienta: ‘Difundiendo solo lo perdurable’”.

—¿Qué actividades desarrollabas en paralelo para sostener esta iniciativa arriesgada?

—Ejercí la docencia y en los tiempos libres caminé los pueblos, me contacté con personas interesadas en la historia y en el arte, en el rescate de vidas de personajes y de instituciones, en el recaudo de las voces populares, en el registro de la sobrevivencia de la oralidad. Supe que debía reunir apoyos publicitarios para hacer frente a los costos de una edición impresa. No había en aquel entonces medios virtuales, eran escasas las grabadoras, no había computadoras personales, todo se registraba a bolígrafo y papel, a máquina de escribir, y las imágenes capturadas por cámaras fotográficas convencionales iban a las ampliadoras del fotomontaje. De a poco pude valerme de algunos elementos técnicos básicos y todo lo demás fue calle, golpear puertas hasta que se abriera lo necesario para la materialidad de este desvelo. La convicción de hacer un periodismo distinto, de fundamento probado y de cara directa a la vida de los pueblos me llevó como guía. Aportar a la formación de una conciencia de amor a la tierra, a los pueblos, a sus culturas, y a la lucha histórica por la liberación nacional y social. De ese eje nunca me moví y supe que un proyecto periodístico no se hace sólo con dinero sino fundamentalmente con una razón de ser, con los ideales de un idealista y de muchos que los comparten. No obstante las penurias económicas, las monedas contadas para llegar a pagar cada edición, nunca El Tren Zonal dejó de ejercer su propósito editorial.

—¿Qué revistas parecidas pudieron inspirarte?

—Una de las revistas inspiradoras fue Crisis, una obra de consulta hoy día, un ejemplo de periodismo cultural de alta calidad en medio de la tragedia del primer quinquenio de los setenta. Si bien dependió del mecenazgo de Federico Vogelius, la impronta dada por Eduardo Galeano, su visión transversal de la historia y la valentía revolucionaria y creadora de un equipo alterno de los mejores intelectuales argentinos y latinoamericanos, le dieron a esta revista una catadura hasta hoy insuperable. Quizás su fuerte ejemplo me animó a desarrollar una aventura editorial que tuviera otro concepto, distinto en su propósito zonal, pero apuntando a la misma calidad, con otros componentes en el abanico temático cuyas líneas guías estaban dadas en estaciones y en la resignificación de la jerga ferroviaria y ese sujeto, que fue la fuente de inspiración más cabal de este emprendimiento, ‘El tren’, ahora transformado en un ‘tren de papel’, llevando sus pasajeros de ‘clase única’, las informaciones, las historias y las culturas.

Antisistema

—¿Cómo definirías la identidad de El Tren Zonal?

—Procura educar una atención, una disposición a mirar lo propio en una estancia más demorada, más entendida con los valores, dispuesta a mirar hacia cualquier parte del mundo con los pies en esta tierra, en este contexto rioplatense. Romper el tabú de lo escaso, de la pequeña historia, de lo que aparentemente tiene poco para contar y romper ese prejuicio de que Juan Pueblo no puede leer (entender) un ensayo filosófico, un argumento científico, un análisis periodístico. La vida de un peluquero de pueblo puede estar al lado de un texto de Tilo Wenner, y así toda la revista, además de tener una tapa y una contratapa que no se vende comercialmente, como tampoco se venden comercialmente sus retiraciones. Es una revista antisistema, una rebelde brasa de abajo y también un horcón del medio y una prenda que se lleva. Sé y afirmo que lo poético es profundamente histórico. El Tren Zonal es una obra conducida por ese imperativo integrador del campo y la ciudad cuyas diferencias están dadas por la mayor o menor mediación de la tierra en las relaciones humanas y culturales.

—¿Le cuesta a los artistas y periodistas de ciudades del llamado interior entrar en las capitales?

—Las capitales son categorías que a priori pretenden establecer un centro y una periferia. La única fuerza que una capital puede exhibir es el conglomerado social, el número de habitantes que garantizan un mayor consumo y un mayor peso a la hora de las decisiones electorales. Las capitales no son centros luminarios, no garantizan ninguna meca; más bien demuestran la abigarrada deshumanización de la época.

Si no hay un tallo y un trino entre persona y persona, el espacio se vuelve tóxico, sólo hay una fricción de entidades psicológicas personales que intentan perdurar estirando sus cabezas para asomar sobre los otros. También, por cierto, las capitales ofrecen más probabilidades de acceso a medios, a intercambios y a relaciones de enriquecimiento de eso que llamamos ‘cultura artística’; el tema es que el 99,9% de las sociedades multitudinarias quedan fuera de ese juego, luchando por sobrevivir en un pequeño espacio; cuando a pocas cuadras o kilómetros los pueblos chicos todavía dan de comer a palomas en la mano y la sombra del árbol no tiene propiedad, y el tiempo dice algo más que la urgencia de llegar.

Los artistas tenemos este dilema por delante: un tiempo de vida breve, una obra que puja y un escaso auditorio, cuando lo hay y cuya retentiva es dudosa, todo muy rápido se hace agua de olvido, pero los artistas insistimos en lo perdurable.

En familia

—¿Cómo sortear la dificultad de mantener económicamente la revista y al mismo tiempo la independencia? ¿En qué se nota el trabajo común de El Tren Zonal y Ediciones del Clé?

—Se sostiene en el colectivo de sus corresponsales que vinculan directamente a los lectores con la revista, me acompañan además algunas cooperativas y pequeños municipios. En los últimos años ha menguado la demanda de la revista por el condicionante económico y por la distracción absorbente de celulares y medios virtuales.

En el vértigo inducido nos pierden, quedamos extraviados en calles que no son nuestras y para volver no hay gps; quizás un acordeón o una guitarra nos restituyan desde el ánimo y despertemos sabiéndonos de aquí y desde acá; veremos “como se revuelca el toro” para entender el humor del tiempo.

Ediciones del Clé como sello editor tiene más de 250 títulos en su haber, desde los primeros años de El Tren Zonal fue el responsable de su factura gráfica. Hoy cuenta con el espacio propio del “Taller del Poeta” en la ciudad de Nogoyá, donde se diseñan, imprimen y encuadernan libros. Hoy Ediciones del Clé tiene un prestigio bien ganado por la calidad de los libros que produce y por la amplitud de registros y autores que hacen a su catálogo. Intervienen activamente en la empresa que está bajo mi dirección, mis hijos Cristóbal y Baltazar.

—¿Cómo es el día a día en los aspectos técnicos? ¿Dónde se diseña, dónde se imprime, cómo se distribuye, quiénes están detrás de la escena?

—El Tren Zonal se definió como revista gracias al trabajo de dos maestros en el diseño gráfico: Aldo Colcerniani y Américo Schvartzman; luego, a prueba, error y acierto, fui haciéndome cargo de toda la producción de la revista. Actualmente diseño la revista en el Taller del Poeta, ámbito material y tecnológico de mi propiedad, que provee de todos los diseños a Ediciones del Clé. Además, a modo de complemento extensivo desarrollamos el programa Ediciones del Clé Presenta con una muestra itinerante de libros en la provincia.

Este sello editor, Ediciones del Clé, que desarrollé a partir de 1988 es el responsable de la edición gráfica de El Tren Zonal. La revista se imprime, dado su tamaño y exigencia de calidad, en imprenta Acosta Hnos. de la ciudad de Santa Fe, allí también se encuaderna. Acompaña a El Tren Zonal la serie Cuadernos del Señalero, cuya edición Nº 56 está en circulación.

—¿Qué estás pensando para el número 200 y cuáles son los proyectos y las aspiraciones hacia 2020?

—Resistir, ampliar y profundizar toda la actividad que involucra a El Tren Zonal, desafíos que siempre han estado sobre la mesa. La reticencia de los ámbitos universitarios y de las oficinas de la llamada ‘cultura oficial’ también es una constante de todos estos años hacia esta revista que enfrenta ideológicamente al neoliberalismo, al avance de la derecha y de los poderes concentrados y concertados desde EE.UU. y las oficinas de Israel. Los poderes económicos se han asegurado la prensa desde los principios de nuestra historia, para asegurarse la supremacía en la fascinación de las mayorías, el dominio del espectro simbólico y la versión de lo que les sucede a los pueblos, es el despotismo mediático de los poderosos más el espionaje ultra sofisticado para ejercer ni más ni menos que el control social de las mayorías, para que indolentemente acepten su exclusión y aún su exterminio.

El Tren Zonal es uno de los medios de la resistencia cultural y de la conciencia nacional y popular siempre en aras de la autodeterminación cultural, histórica y económica de los pueblos. Calentamos desde el pie, y como dijera Martín Fierro: Y con esto me despido/ sin espresar hasta cuándo,/ siempre corta por lo blando/ el que busca lo seguro;/ más yo corto por lo duro/ y ansí seguiré cortando”.

Flores, mariposas, pájaros, rejas antiguas; un guarda, un islero; paredes centenarias con helechos: siguen las tapas de El Tren Zonal, como llamándonos a volver. Adentro, no todas son flores, claro: “La madre naturaleza está cercada y esclavizada, custodiada por ejércitos privados como si fuera carne de prostitución”, se lee en el más reciente editorial.

Como un compromiso, reconoce Maldonado que muchos provincianos no conocen aún El Tren Zonal: “ese es el desafío a contracorriente, “de arribada” como dirían los hombres el río y por ello, por lo pendiente, seguimos adelante”.

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