La Provincia

Un sueño hecho realidad en una tierra muy lejana

Diálogo Abierto: Magdalena Tressan, exempresaria. Guerra y hambre. Formación y mandato. Un país de paz, mucha comida y menos trabajo

 

 

Cuando Magdalena Tressan partió desde su Yugoeslavia natal junto a su esposo, traía en el pequeño equipaje varias incertidumbres y dos certezas: una era que el país donde llegarían era “de paz” y la otra, que aquí conduciría su propia fábrica –para lo cual había sido preparada casi desde niña, pero que los avatares de la guerra impidieron que se concretara en aquellas tierras. Así fue que supo adaptarse a las singularidades de una cultura muy distinta y, finalmente, logró lo que tanto deseaba, al menos temporalmente porque no pudo darle más continuidad por los cambios que impuso el mercado. Una historia protagonizada por quien hoy definiríamos como una gran emprendedora. 

 

 

Una vida cómoda y el terror

 

—¿Dónde nació?
—En Apatín –Yugoeslavia– de padres descendientes de austrohúngaros. Ahí nací pero me crié en la casa de mis tíos –un matrimonio sin hijos– que tenían una empresa importante de hilados –con más o menos 150 obreros.

 


—¿Cómo era su ciudad?
—Una ciudad mediana, al lado del Danubio. Recuerdo dónde nací y me crié. La vida era muy agradable y con mucho bienestar en aquella época, muy tranquilo. Todo el mundo era muy trabajador y fue donde hice la primaria y la secundaria, después me fui a estudiar idiomas.

 

—¿Hasta cuándo vivió allí?
—Hasta los 12 años y después me fui a vivir con mis tíos, donde me formaron para tomar las riendas de la empresa. Era un lugar más chico.

 

—¿Qué actividades laborales desarrollaban sus padres?
—Mi papá era el director de una empresa de exportación de pescado –con ocho socios.

 

—¿A qué jugaba?
—(Risas) A las muñecas, a dibujar vestiditos para ellas e íbamos mucho a andar en trineo; hacíamos bastante vida hogareña porque había un largo invierno.

 

—¿Es una zona alpina?
—No. Hay muy buenas tierras y viñedos.

 

—¿Su vida era satisfactoria en cuanto a lo económico?
—Cómoda pero en esa época no había colectivos ni autos, y había que ir a la escuela a pie. Mis tíos tuvieron uno de los primeros autos, al cual había que darle manija para que arrancara.

 


—¿Escuchaba relatos de la Primera Guerra Mundial?
—La verdad que yo era chica y no se hablaba mucho de eso. No sé nada.

 

—¿Qué países conoció?
—Italia, Checoslovaquia, Austria por supuesto y Hungría –que eran nuestros vecinos.

 

—¿Hasta cuándo vivió en Europa?
—Estudiaba idiomas y me casé con Alejandro Kunst, quien mientras estudiaba, trabajaba en una empresa con muy buenas relaciones comerciales con Argentina. Europa –en la posguerra– estaba destruida, le preguntaron a mi esposo si queríamos ir a trabajar a la Argentina y dijimos: “Vamos, porque es un país de paz.” Vinimos en 1947 –más o menos y llegamos al Hotel de Inmigrantes.

 

—¿Cómo transcurrió la Segunda Guerra Mundial en esa zona?
—Fue de terror: hambre, miedo y todo lo demás. Fue muy, muy, muy duro. En un tiempo la ciudad fue una zona bastante bélica y se nos destruyó casi toda la fábrica. Sobre lo que sucedía en general sé poco porque había poca comunicación, no había aviones ni barcos y prácticamente no teníamos comunicación con Europa.

 


—¿Qué idiomas hablaba usted?
—Alemán, inglés, italiano, serbo-croata y tenía nociones de francés.

 


—¿Por qué los aprendió?
—Porque algún día tendría que dirigir la fábrica y teníamos comunicación con los países vecinos –a donde se mandaba mercadería. Necesitaba conocer idiomas.

 

—¿Qué leía además de lo relacionado con ese aprendizaje?
—Me gustaba mucho la Matemáticas (risas), cuando era chica leía poco, salvo los libros de la escuela. Cuando fui a la casa de mis tíos tuve que ocuparme de libros que tenían que ver con la profesión.

 

—¿Maduró prematuramente y se salteó alguna etapa?
—Fue normal.

 

—¿Cuándo comenzó a tomar contacto con la fábrica de sus tíos?
—Desde chica fui formada en ese sentido y comencé a ir a los 19 años.

 


—¿Perdió familiares durante la Segunda Guerra?
—Los mayores, por mala alimentación y distintas circunstancias.

 


—¿Sufrió hambre?
—Sí…

 


—¿Cómo es?
—(Sonríe) No es agradable… estaba todo medio racionado: tanta carne por semana, dos huevos por semana. Lógico, teníamos una vida austera.

 


—¿Durante qué lapso?
—Unos dos o tres años; antes éramos un país de exportación de trigo –a Alemania. 

 

 

Un país muy distinto

 


—¿Qué le contestó a su marido cuando le propuso venir a la Argentina?
—Pregunté si era un país de paz y dijeron que sí.

 


—¿Qué imaginaba sobre este país desde allá?
—No imaginaba ni conocía absolutamente nada, solamente lo elemental de la secundaria, en cuanto a que estaba en Sudamérica y que la capital era Buenos Aires. Nada más. Nunca pensamos que vendríamos acá.

 


—¿Qué familia quedó además de sus tíos?
—Mi mamá y mi papá, dos hermanas, sobrina… Le cuento una cosita: hace dos o tres años vinieron a visitarme mi sobrina con el marido, y mi cuñado me dijo: ‘¿Tu hijo hace comida para toda la semana?’ Le dije que no, que lo comeríamos ese día. Comenzó a comer y quedó encantado con el asado.

 


—¿Cómo fue el viaje?
—Era un barco de transporte que demoraba unas tres semanas en llegar. Había muy buena comida (risas) y esperábamos con ansias llegar a la Argentina.

 


—¿Qué aconteció al llegar?
—Todo era muy distinto: el idioma, la comida, el clima, las costumbres… pero percibíamos mucha bondad y calidez humana de la gente. Estuvimos algunos días en el hotel y después íbamos a presentarnos en la empresa donde fue recomendado mi marido.

 


—¿Qué equipaje trajeron?
—(risas). Dos valijitas y un colchoncito, porque no sabíamos dónde íbamos a llegar y dormir. Nuestro capital eran cinco dólares porque nuestro dinero no valía.

 


—¿Qué otras impresiones tuvo luego de que pasaron las primeras semanas?
—Era todo muy extraño pero la gente era muy bondadosa –lo cual nos llamaba la atención. También nos llamaba la atención el mate porque pensábamos que era algo para fumar. (La hija de Magdalena, Irene, acota que su madre le contó que también le llamaba la atención que “la gente caminaba por la calle sonriente y todos estaban gorditos” –teniendo en cuenta que ellos venían de la guerra, “amargados y flacos”). Continúa Magdalena: Luego nos fuimos a conocer la empresa, que tenía un edificio muy lujoso y ubicado a una cuadra del obelisco. Mi esposo dijo: “Así como estamos no nos dejarán entrar ni por la puerta de atrás, entonces propuse que trabajáramos algunos meses para tener noción sobre el idioma y alimentarnos bien. Así hicimos.

 

—¿Qué hicieron?
—Mi esposo se fue a trabajar. Acá sobraba alimento y trabajo.

 


—¿En qué?
—Como carpintero en el barrio Evita –aunque no sabía ni clavar un clavo. Yo me fui a una fábrica de tejido de pulóveres, porque quería hacer mi propia fábrica. Cuando me presenté, dije: ‘Vengo a aprender a fondo todo porque un día quiero armar mi fábrica’. El señor se sonrió y me dio el trabajo. Cuando me fui este señor me dio un paquete con todos los moldes y cálculos, y me dijo: ‘Le deseo felicidad con su fábrica y cualquier cosa que necesite le puedo dar mi apoyo. Suerte muchacha’. Luego fui varias veces a verlo.

 


—¿Cuándo se presentó su esposo a la empresa?
—A los cuatros meses, Alejandro dijo: “Si te parece, me voy a presentar.” Se presentó, lo tomaron y dijeron que me querían conocer a mí. Fui, parece que la cosa fue satisfactoria y nos mandaron a Concordia –con muy buenas condiciones económicas. Era enorme el kilometraje, nada a la izquierda ni a la derecha. Cuando llegamos, nos esperaron con un auto y vivimos en la planta baja de una casa donde vivía el gerente. Mi esposo trabajaba ocho horas en la oficina y después iba a los galpones para que le mostraran la mercadería y conocer. Ahí nació ella (se refiere a su hija). Al año y medio le ofrecieron la sucursal de Paraná.

 

—¿Ya había aprendido el idioma?
—Sí, más o menos, aprendí el castellano de la calle.

 


—¿Qué recuerda de Concordia?
—Fue muy interesante porque ahí conocí la famosa “vuelta del perro” –los domingos a la tarde– que nos llamaba mucho la atención. La gente nos recibió con los brazos y el corazón abierto, y nos hicieron muy fácil la entrada y convivencia.

 


—¿Cómo era la cuestión laboral comparada con la de su país?
—Era todo muy sencillo, muy de pueblo. No conocí mucho de Concordia porque estaba esperando familia, aunque sí conocí mucho más de Paraná, que por entonces tenía 70.000 u 80.000 habitantes. Mire la diferencia. Vivíamos en la calle Carbó, teníamos a disposición la casa, el auto y un triple sueldo Yo gastaba una tercera parte para mantener la casa y dos terceras partes podía ahorrar. Los carros del lechero, el verdulero, el hielero y el panadero venían a la puerta, no había heladera ni lavarropas. Tengo buenos recuerdos de calle Carbó porque entre los vecinos estaban los Stagnaro-Solari, con doña Celia, una señora mayor, bondadosa y enérgica, que me tomó bajo su protección. Me enseñaba cosas que me ayudaban a adaptarme a la vida de acá. También conocí la mazamorra, que todos los días cocinaban, y sus nietos jugaban con mis chicos. Son recuerdos muy lindos y me queda mucho cariño con esa familia.

 


Comer más y trabajar menos

 


—¿Qué extrañaba?
—Era otra manera de vivir.


—¿Lo que más esfuerzo le demandó para adaptarse?
—La comida era totalmente distinta, mucho más liviana que lo que estábamos acostumbrados en Europa –por el clima. Allá se cocinaba con grasa de cerdo porque el aceite no nos daba suficientes calorías. Acostábamos los chicos a las ocho de la noche pero acá la vida de los chicos era estar en la calle hasta más allá de las nueve, entonces tuve que cambiar la modalidad. Los primeros tiempos sufríamos mucho el calor húmedo.


—¿Algo la impresionaba en particular?
—(Risas) Las costumbres: se comía mucho, se trabajaba menos, y la vida social era diferente. Acá la gente era muy cordial, bondadosa y te hacía fácil la comunicación. Hablaba cinco minutos con una persona, venía otra y me la presentaba, y ya era amiga. En Europa necesitaba dos años para decirle amiga. La primera vez que fui a comprar 200 gramos de carne me manejaba con el idioma italiano. El carnicero no podía creer, entonces me mostró una media res y yo entendía que quería vendérmela toda. Volví y le dije a Alejandro: “La gente es tan buena, pero le gusta burlarse.” Al año recién me di cuenta de la situación.


—¿Qué conservó de sus costumbres y tradiciones?
—La comida –como el goulash, chucrut, strudel, postres vieneses y también hago muy bien el chupín de pescado– y la música; festejábamos mucho en Pascua, y hacíamos nidos en el fondo de casa, con pastito y una zanahoria para el conejo, y al otro día los chicos encontraban regalos. (La hija dice: “Me acuerdo que cuando era chica armábamos el árbol de Navidad, nos tomábamos de la mano y cantábamos en familia, en alemán, lo cual era una costumbre de allá.”)


—¿Tenía alguna afición?
—No teníamos demasiado tiempo porque se trabajaba 12 horas, tranquilamente, en la fábrica y después tenía que ocuparme de los chicos y del manejo y organización de la casa. Tenía una muchacha pero necesitaba controlar todo. Lo que me gustaba era ir con los chico al río, para enseñarles natación, y me solía gustar ir a pescar con ellos (risas). Tuvimos el propósito de criar nuestros hijos como buenos argentinos porque este país, generoso nos dio pan y trabajo cuando más lo necesitábamos. ¡Y me salieron bien criollos, parecen nacidos en Bovril! (risas) Mi hijo tiene un conjunto con otros tres abogados que se llama Los Cardones. Me gusta el teatro y nos ocupamos bastante del escoutismo y siempre la casa estaba llena de boy scouts.


—¿Fue scout?
—Sí y mi esposo fue maestro scout, desde Europa. Fui muchas veces en representación de las madres a los campamentos; lo pasábamos muy lindo. Disfrutaba de la educación de los chicos, que aprendían a ser correctos, leales y a hacer todos los días una buena acción. Eran otros tiempos. (El hijo acota: “En 1964, 1965, fue la época de la máxima cantidad de scouts, incluso hicimos un desfile en calle 9 de Julio de 700 integrantes de Paraná.”)


—¿Cuándo volvió a Yugoeslavia por primera vez?
—Después de 12 años –más o menos– con los chicos, porque mis padres y los abuelos querían conocer a los nietos.


—¿Cómo fue el reencuentro?
—Había una evolución enorme y un adelanto muy grande, Alemania estaba en auge y casi me lamentaba de no haberme quedado, pero los chicos ya eran muy argentinos, tenían el colegio acá y ya habíamos comprado nuestra casa en calle 9 de Julio. Era una casa muy amplia, antigua y en el piso de abajo formé la fábrica, porque poco a poco fui comprando máquinas.


—¿Evaluaron seriamente quedarse?
—Nos ofrecieron quedarnos porque necesitaban gente que hablara español, pero ya estábamos muy arraigados acá.


—¿Cuál era el cambio más notable en su ciudad?
—Estaba muy adelantada, renovada y organizada, había mucho bienestar económico, era otra vida y la gente estaba contenta. Obviamente que tenían algunos problemas pero en general se recuperaron enormemente. Hay ciudades que no reconozco, que estaban destruidas por completo.


—¿Cuánto tiempo estuvo esta primera vez?
—Tres o cuatro semanas (Alejandro –el hijo– la corrige y dice ‘tres meses’). Fuimos a ver a las dos familias.

 

 

Un sueño concretado


—¿Cuál era su proyecto?
—Mi idea era hacer una fábrica más grande y abastecer, en lo posible, a Entre Ríos, pero pocos años después en Buenos Aires comenzaron a formarse sociedades con grandes capitales y máquinas, que fabricaban un pullover cada siete minutos. De esa manera no podíamos competir. El gobierno nos ofreció un gran crédito para hacer la ampliación pero no podíamos aceptar porque se daban otras condiciones en las cuales no podíamos competir.


—¿Cómo fueron los comienzos?
—Empecé con dos máquinas –que trajo mi tía desde Europa– y con el tiempo se agrandó, hasta que al final tenía cinco grandes máquinas más las complementarias, hilvanadoras, devanadoras y overlock. Eran 35 obreros y algunos también trabajaban en su domicilio. Necesitaba 40 minutos para hacer un pullover; trabajábamos por mayor y menor, y abrimos una boutique en calle 25 de Mayo –en cuya esquina había un gran bar de los Talagañis.


—¿Qué característica tenía la producción?
—Eran pullovers para mujeres y algo para niños. En calle 9 de Julio se vendía por mayor y en la boutique, por menor, más bien modelos. Hubo veces que tuvimos casi 1.000 pullovers y materia prima debajo de las camas del dormitorio. Mandábamos a La Paz, Victoria… Para un Día del Padre, vendimos 1.100 bufandas. Todos los meses había que remarcar, porque había comenzado la inflación. Andaba muy bien, teníamos excelente relación con los obreros y hasta hoy a veces me para alguna señora en la calle y me dice: “¿No me conoce? Gracias al trabajo que me dio, hoy soy contadora.” Es una satisfacción. Me gustaba mucho este trabajo.


—¿Qué hicieron al descartar el crédito que le ofrecieron?
—Estudiamos la posibilidad pero yo decía que el crédito había que pagarlo, consideraba la situación y decía: “A la Argentina no vine a robar.” Lo iba a pagar pero por las condiciones de Buenos Aires no me veía en condición de poder hacer una gran fábrica para competir con ellos. Las máquinas costaban como una casita y se necesitaban varias. Los equipos ultramodernos que hicieron en Buenos Aires necesitaban un ingeniero para controlarlas y los obreros eran mucho más rápidos que los de acá. 


—¿Qué años transcurrían?
—Era la época de Uranga.


—¿Qué hizo?
—Tuvimos que liquidar todo el personal e indemnizarlos, lo cual nos comió hasta las máquinas. Quedamos prácticamente en cero. Estábamos acostumbrados a vivir austeramente. (La hija agrega: “Cuando cerró hizo una fiambrería alemana frente a Luisito, en calle 9 de Julio). Magdalena continúa: “Cuando liquidamos las máquinas me fui a Buenos Aires al Hospital Alemán –porque mi hija se había recibido de médica– y me preguntaron si quería trabajar allí porque necesitaban una señora que hablara varios idiomas. Aproveché esa estadía para comprar mercadería en los frigoríficos y mandar a Paraná. Eran fiambres de muy buena calidad. Cuando volví a Paraná, compré esta casa, mi esposo había fallecido y el destino me mandó un caballero en bandeja, que también era viudo y no pensaba casarse. Nos entendimos bien y tuve 11 años de felicidad con él. Cuando me jubilé me aburrí, entonces mi hijo me ofreció trabajo en su inmobiliaria.


—¿Y su esposo cómo era?
—Buena persona, excelente padre y generoso –me mandaba flores todas las semanas. (La hija le dice: “Decí la verdad, porque al cadete tenías que pagarle vos.” (risas). Magdalena continúa: “Sí, me hizo unas cuantas de esas (risas).”


—¿Qué fue fundamental para llevar a cabo el emprendimiento?
—Me resultó fundamental hacer una buena organización y tener una buena colaboración de los trabajadores, que no estaban acostumbrados a la industria. Eran más lentos y me costó mucho enseñarles. Pero en Buenos Aires era distinto porque un obrero atendía dos máquinas eléctricas, y acá solo una.


—¿Y comparado con el obrero de su país?
—El obrero europeo es muy puntual y tenía distinta capacidad de formación. La hilandería era muy distinta a la fábrica de pullovers. 


—¿Qué origen tiene su espíritu emprendedor, considerando el contexto de la época?
—(Interviene la hija: “Siempre lo tuvo. Fue medalla de oro en la escuela, muy inteligente y siempre con ganas de hacer cosas”. El hijo agrega: “La prepararon especialmente los tíos en su empresa.”) Magdalena continúa: “En la empresa de mis tíos fui formada para dirigirla y como heredera tenía que manejarme con varios idiomas, para poder trabajar con el extranjero. No era ninguna dificultad manejar una fábrica, era muy pequeña. Me hubiera gustado ampliarla pero las condiciones de competencia no estaban dadas.

 

Los problemas de la impuntualidad


—¿Qué consejos recibió de sus tíos en cuanto a lo empresarial?
—Me recalcó que en una empresa hay que ser puntual y responsable, cumplir con los compromisos en cuanto a mandar en determinada fecha la mercadería y que sea de calidad, tal cual lo convenido, en una palabra, no hacer trampas.


—Se habrá dado cuenta que no son precisamente virtudes de los argentinos.
—Tuve muchas dificultades con la impuntualidad y me frenó mucho.


—¿Volvió nuevamente a su país?
—Bastante, para visitar la familia, que nos mandaba los pasajes y también porque era la época del 1 a 1, en la cual se podía viajar.


—¿Notó nuevos cambios?
—Un gran cambio en lo económico, sobre todo. 

 


“Acá la gente es muy bondadosa y amigable”, describió sobre Paraná

 

Magdalena recuerda con cariño su tierra yugoslava natal –en la cual tuvo la posibilidad de volver a radicarse– y ha viajado por muchos países, pero en todo momento recalca –como para que quien escribe no se olvide– el agradecimiento a “la gente de Paraná porque nunca nos sentimos extraños.”


—¿Hay algo de Paraná que le recuerde a la Yugoslavia donde nació?
—No… bueno, el río sí, porque vivíamos al lado del Danubio –que es parecido al Paraná. En los primeros años que vivimos acá, los barcos de ultramar venían a la Bajada, donde se embarcaba mercadería que iba directamente a Europa.


—¿Hicieron amigos prontamente?
—Teníamos muchos amigos porque la gente acá es muy bondadosa y amigable. Había dos o tres familias que frecuentaban nuestra casa. 


—¿Todavía le resulta complicado entender algo de la “argentinidad”?
—Estoy completamente acriollada.


—¿Y desde una mirada europea?
—La puntualidad, la prolijidad, la limpieza y el orden, que acá recién comenzamos a tener.


—¿Pudo viajar más, además de lo que lo hizo cuando vivía allá?
—Sí, conozco medio mundo: fui dos veces a China, Tailandia, Indonesia, Dubái, Hawai, Singapur, Islas Bali, Egipto, toda Europa, Estados Unidos. Mi familia me mandaba pasajes y en la época del 1 a 1 se podía.


—¿A dónde le gustaría volver?
—A Hawai, las islas del Pacífico y Hong Kong. Pero para vivir, le digo una cosa, viviría en Argentina: es un país bendito del destino, tenemos las cuatro estaciones, reservas de agua dulce, se come mucho, se trabaja no tanto, se vive muy cómodo y la gente es muy agradable. Nunca nos sentimos extraños, por eso agradezco a la gente de Paraná, por la gran bondad y amabilidad con la que nos recibieron, con los brazos y el corazón abiertos. Eso lo agradezco mucho.

 

 

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