Suplemento Aniversario 2018
Domingo 11 de Noviembre de 2018

Un pedacito de Chacho en nuestros corazones

Una pérdida hizo crujir a Diario UNO en este 2018. Se fue el periodista Edgardo Comar, con quien compartimos 18 años estupendos atravesados de su picardía, humor y don de gentes. Muchos despidieron a un amigo; otros a un hermano.

A eso de las siete de la tarde espero oír el rechinar de zapatillas en la escalera del diario que antecedía su firma oral: "¡Qué hacés querido!". Ya sé que nunca más. Pero qué le vamos a hacer; el corazón manda donde la cordura no arrima. Es que compartimos amores y pasiones. La familia y la tribuna eran los asuntos que nos unían.
Lo conocí a sus 15 años y miento si digo que recuerdo el momento. Y digo la verdad si afirmo que en la escuela se metió entre los más grandes del secundario para ganarse su lugar desde su risa aguda y resbalosa y, claro, cómo no, sus notables conocimientos de la caprichosa, como bautizó Quique Woff a la pelota de fútbol.
En aquellos años templó el carácter que lo hizo un tipo de estima. En las canchas y los barrios de la ciudad. Alguna vez, estirando la tarde de verano en el fondo de casa coincidimos en que su vida era un tránsito más o menos rutinario entre el deporte, con Boca y la U como estandartes; los afectos, que en su caso venían de todos los rincones (en joda lo llamaba como el cantante Roberto Carlos por aquel tema del millón de amigos) y por encima de todo el amor a sus padres y sus pibes, Blasito y Ely. "El amor verdadero es para los hijos", recitaba cada tanto y Pecho Larraule recordó la mención como una marca registrada de su amigo.
Para cada momento tenía una frase, simple y contundente que sus compañeros de trabajo en la Redacción sabremos preservar como un valor cultural. Hay de las divertidas, como cuando veía a alguno haciendo algo sobre la Liga Paranaense de Fútbol y él soltaba un "¡Vamos Versitario!" que le dibujaba una sonrisa serena a Luciana Actis, que de fútbol casi nada. O con sus memorables estiradas de la i al gritar "terriiiiible" que valía como ponderación o condena, había que conocerlo para advertir la crítica o en halago. Y el que no entendía, simplemente no entendía. A otra cosa.
"Es de esos personajes que tenés que conocer en la vida", aportó Andrés Martino y nosotros nos quedamos con el orgullo de haberlo conocido. Muchos podrán decir lo mismo, lo que agiganta la figura del amigo que ya no está desde hace cuatro meses. Valeria Girard eligió con precisión palabras que lo retratan: "Tenía la habilidad de sacar del ensimismamiento y alterar la rutina con sus jocosidades, sus charlas de fútbol, sus chicanas. Familiero como pocos, cuando hablaba de su madre le brillaban los ojos y se le hinchaba el pecho de orgullo por sus hijos. Humilde, transparente, auténtico. Un gran tipo". Lo mismo hizo otra mujer sensible de esta Redacción, Liliana Bonarrigo; quien aportó dos apreciaciones para que en esta edición salga solo una, pero elegir es un desperdicio: "Fue un vozarrón alegre y cristalino subiendo por la escalera, una promesa de carcajadas". "Un mate amargo recién cebado, honesto y sincero".

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Para Chacho el trabajo fue lo mismo que para la mayoría de nosotros, un medio de vida; con la particularidad de que a él lo acercó más al deporte que adoró primero desde la escuela y el club, luego en los equipos de la facultad y ya grande en cuanto convite se le cruzara. Cada día en el diario cumplíamos una rutina que extraño, créame, hasta las lágrimas: en un cruce fugaz nos poníamos al corriente de las noticias urgentes para pasar, rápido, a lo importante, las novedades de sus "amores verdaderos".
"Chacho era como el familiar con el que te llevás bien. Te lo cruzabas y te decía algo que te hacía reír, compartís cumpleaños, buenos y malos momentos, te juntás para hablar de fútbol, del trabajo, la plata. Para ponerte al día. Chacho era eso, familia", contó Dina Puntín cuando le pedí ayuda para esta nota; que para los periodistas de UNO tiene una connotación especial. En el mismo tono Marcelo Medina complementó: "Edgardo era tan compañero que, por ejemplo iba a verte jugar al fútbol los sábados. Por más laburo que tuviera se hacía un segundo para acompañarte. Y se sentaba a mirar. Una cosa de locos. No sé qué decirte. Para mí era un grande". Es así nomás, sin tantas vueltas.

Un grande por la inmensidad de las cosas chicas que nos regaló a cada uno. Juan Kunzi describió semejante sencillez: "La última vez que lo vi venía media cuadra y le gritó a mi hijo: 'Xavi, qué pinta de jugador tenés vos'. Imaginate yo. No entraba en el cuerpo. Generaba eso, en una frase".

Con sus amigos de la infancia, por ejemplo, le dio vida a la peña de la U y nos embarcó incluso a los hinchas de otros clubes. "Somos el barrio, somos la U" es otro de los gritos de guerra que detonaba en medio de la Redacción horas antes de sus reuniones místicas. Y ni hablar de los invitados, a los que presentaba como glorias mundiales. No estaba errado, para nada; porque para Edgardo el barrio era su mundo y los campeones del 82 el equipo que llegó a lo más alto.

"De Chacho aprendí que siempre hay que saludar al compañero por más concentrado y ocupado que uno esté. Por eso cada día trato de saludar a todos", aportó Sebastián Benítez como para cerrar el círculo de una relación que trascendió el espacio laboral.

De su contracción al trabajo se puede decir mucho; aquí mencionaremos que amaba lo esencial, escribir y hablar de lo que sabía; al resto de las labores editoriales las dejaba para el que les gustaran. Uno que le hacía el aguante en esas lides es César Henitz y ante sus ojos Chacho "vivía el fútbol intensamente, como jugador y periodista". En eso de abrochar una nota también le tendía una mano Laura Peter, que lo veía como "un obrero en el relato del fútbol con la voz del barrio, apasionado y carajeador. Nadie más pueblo que el Chacho". Mauro Meyer, compartió literalmente codo a codo mil producciones y lo definió como "un personaje inolvidable. De esos que ya no hay en el ambiente del periodismo deportivo. Directo y sincero en sus apreciaciones. Sin pelos en la lengua y con códigos de barrio, de esos que hoy son difíciles de encontrar. En casi 18 años descubrí a un cultor de la amistad y a una persona que sin dudas dejó una huella en cada uno de nosotros".

Carlitos Matteoda lo quiso tanto como cualquiera, pero la distinción es de Edgardo, que con ocurrencias le supo arrancar sus mejores sonrisas. Siempre. Días atrás me escribió un mensaje que merece la pena: "Chacho era un laburante abnegado del oficio periodístico y un padre afectuoso que vivía las circunstancias de la vida, muchas veces, de acuerdo a la lógica del fútbol, con la dosis de alegría y de sorpresa que eso trae aparejado".

"Se te extraña Gado" sentenció Diego Arias al evocar a su compañero de innumerables viajes para, que si no, cubrir fútbol. Con poco, Sebastián Gálligo dijo mucho y ubicó la pelota en el mejor lugar: "Tuvimos entre nosotros a un gran tipo, auténtico. Al periodista del pueblo".

De algún extraño modo Edgardo Comar no nos dejó. Está en cada cruce pícaro de miradas en la Redacción y en el fútbol del sábado; su nombre aparece en boca de otros tanto en la Bombonera como en el tablón de Universitario. Sigue presente, sin necesidad de invitación en las juntadas para comer asado y pescado frito. Chacho está. Y como viene la mano no se irá nunca más.

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