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Tras una promesa, encontró a la familia biológica de su madre

Marina Bertoldi prometió ante la tumba de su mamá que hallaría a su familia biológica. Con la ayuda de la Subsecretaría de Derechos Humanos dio con sus tíos y restableció su identidad.

Domingo 18 de Noviembre de 2012

Luciana Actis / Redacción de UNO
lactis@unoentrerios.com.ar


Graciela Aurora Andino falleció hace cinco años, a los 45, sin saber quiénes eran sus padres verdaderos, un capítulo no resuelto que arrastró a lo largo de su vida. En febrero de este año, el día de su cumpleaños, su hija -Marina Bertoldi, de 27 años-, visitó su tumba y le prometió que iba a dar con el paradero de su familia biológica.
Marina conocía de cerca cómo había marcado esto a su madre, quien se negaba a hablarle sobre sus padres. “Se ponía mal cuando mi hermano y yo le preguntábamos. Directamente nos decía que no teníamos abuelos, se ponía triste”.


Hace cinco meses, la joven se acercó a la Subsecretaría de Derechos Humanos de la Provincia, para ver cómo podía comenzar la búsqueda de la identidad de su madre y, de alguna manera, construir la propia. Pero la tarea no sería fácil, solo contaba con algunos vagos testimonios de tías abuelas adoptivas, que fallecieron hace algún tiempo, al igual que sus abuelos adoptivos, a quienes no alcanzó a conocer.


El lunes Marina recibió una buena noticia: una empleada de la Subsecretaría le comunicaba que habían conseguido las actas de nacimiento y de adopción de su madre, en donde figuraba el nombre de su abuela biológica. Allí constaba que Graciela Aurora era hija biológica de Ángela Aurora Velázquez, quien la había dado a luz en 1962, a los 18 años, siendo soltera.


“La busqué a mi abuela el martes, pero me enteré de que había fallecido en octubre de 1984, a los 38 años. El miércoles fui al Cementerio Municipal, acompañada por mi novio y tratamos de encontrar la tumba. El encargado se portó muy bien y nos ayudó a buscar, hasta que pasadas las cinco de la tarde encontramos el nicho en la Sección 10. En la tumba había una foto de ella y una placa que decía ‘te recuerdan tus hijos’, y figuraban tres nombres. Allí me enteré de que tenía tres tíos”, relató Marina.


Antes de irse, Marina dejó una flor con un papel en el que dejaba sus datos y un teléfono, con la esperanza de que alguno de sus tíos lo encontrara y se comunicara con ella. De todas formas, pasó por la administración del Cementerio y preguntó si podían darle el nombre de la persona titular del nicho: “Me dieron el nombre y la dirección de mi tía; fui hasta la casa, pregunté por ella, pero me enteré de que había muerto 10 meses después que mi abuela. El que me dijo eso había sido uno de mis tíos. Y bueno, yo le conté lo que pasaba, me abrió la puerta. Estuvimos hablando, yo no sabía por dónde empezar a contarle semejante historia. Ellos nunca supieron de la existencia de mi mamá, que era mayor que ellos”.


Pero la sorpresa fue aún mayor cuando, horas después, Marina se comunicó con su otro tío: “Él me dijo que conocía muy bien a mi papá -que también falleció-, eran amigos y la conoció a mi mamá, pero nunca se enteró de que era su hermana. Se quedó como shockeado”.


Sus tíos la llevaron después a la casa de la hermana de su abuela, quien la recibió muy bien y le dio un álbum con fotos de la familia. “Cuando llegué a su casa me dijo que me estaba esperando y que sabía que yo existía, que tenía fotos mías, que se acordaba de mí. Pero en realidad me estaba confundiendo con mi mamá. Ahí me contó que las personas que la adoptaron a mi mamá eran vecinos, que al principio mi abuela la iba a visitar a mi mamá, y que lloraba mucho”.


Cuando Graciela Aurora contaba con apenas 2 años, el matrimonio Andino-Gándola obtuvo la tenencia legal. Tres años después, en 1967, consiguieron la adopción. Fue entonces que la familia se mudó, y Ángela Aurora perdió cualquier contacto con su hijita. Con respecto a los motivos por los cuales la dio en adopción, la tía abuela no le supo dar detalles a Marina. Solo le dijo que su familia tenía escasos recursos y que quienes la adoptaron tenían buen pasar económico.


De todas formas, para Marina es un alivio haber cumplido con su promesa, y haberse encontrado con su familia. “Estoy contenta y todavía no caigo. La verdad que fue algo duro, pero ellos me escucharon, se interesaron en saber quién era yo”.


Ellos siguen buscando sus orígenes

Gabriel Vieiro tiene 43 años y su identidad le fue robada al nacer, y su caso fue dado a conocer por UNO, en mayo de este año. En el acta del Registro Civil figura que nació el 10 de marzo de 1969, en el sanatorio Rawson de Paraná, pero su madre adoptiva le dijo que habría nacido en febrero. En ninguna parte se dejó constancia de que fue adoptado, sino que quedó inscripto como hijo biológico de sus padres.


Su verdadera madre habría sido una adolescente a la que mediante engaños le robaron a su hijo: le habrían inducido el parto -con la excusa de que tenía un fibroma- y luego le dijeron que el niño nació muerto. El ginecólogo Miguel Bottero Brollo -muerto en 1995- es a quien Gabriel apunta como principal responsable, en base a lo que su madre adoptiva le confesó.
Por su parte Marta Caballo nació el 14 de setiembre de 1974 en Paraná, de acuerdo a su testimonio de nacimiento, elaborado el 16 de setiembre de ese año en la oficina del Registro Civil de Paraná en base al certificado firmado por Bottero Brollo.


Cuando tenía 27 se enteró de la verdad a través de una tía, ya que sus padres murieron cuando ella era una adolescente: “Ella era maestra en la escuela Alberdi, donde también trabajaba la esposa de Bottero Brollo. Cuando mi tía le comentó que mi madre adoptiva perdía los embarazos a los dos meses de gestación, la mujer del médico le contó lo que hacía su marido, y que existía la posibilidad de adopción. Fue así que mis padres se contactaron con ese médico”. Al igual que en el caso de Gabriel, la madre adoptiva de Marta salió por la puerta del Rawson como si la beba fuera hija propia.
En 2002 Marta hizo una publicación en Diario UNO, en la que relataba lo que le había contado su tía y pedía contactarse con alguien que pudiera darle alguna información sobre la identidad de su madre. Fue así que se comunicó con ella la hija de quien en ese entonces era la jefa de enfermeras del sanatorio Rawson.


“Era una persona mayor, hermética, con un pacto de silencio; y el único dato certero que me dio fue que la mayoría de las mamás eran de Santa Fe, de buena posición económica, y que las traían a parir a Paraná para tapar la vergüenza. También me dijo que en los libros de la clínica, a las mujeres que venían a parir siempre las hacían figurar como parturientas, no como en otros lugares en los que se hacían estas operaciones ilegales”, relató Marta.


En tanto, Cecilia Ziganorsky tenía 42 años cuando se enteró de que era adoptada, a través de uno de sus hermanos adoptivos. Cecilia no tuvo oportunidad de preguntarle a sus padres, porque ambos fallecieron. Según su hermano, a Cecilia la llevaron a su casa cuando tenía horas de vida, era una beba muy chiquita. Solo sabe que nació en el sanatorio Rawson -porque eso es lo que figura en su partida de nacimiento-, y que el médico responsable fue Miguel Bottero Brollo.


“Mi mamá ha sido una adolescente de 17 o 18 años. Eso es algo que mi hermano escuchó una vez, un comentario que se hizo en mi familia y después nunca más se habló del tema. Porque en esa época era así, mi familia hizo un pacto de silencio y nadie estaba dispuesto a romperlo. Por lo que me dijo mi hermano, Bottero Brollo no le quiso decir a mi papá quién era mi madre biológica, le respondió que no le convenía saberlo por su propia tranquilidad, para que después no vengan a reclamarme”, señaló Cecilia.


Liliana Cabrera busca a su hija, nacida el 10 de junio de 1973 en el hospital San Roque. “Éramos muy chicos, yo tenía 15 años, y mi marido -que en esa época era mi novio-, 16. Él ya trabajaba, yo quedé embarazada. Tuve mi parto en el San Roque a los ocho meses de gestación, el domingo 10 de junio de 1973. El parto fue normal, la beba era hermosa y pesó 1,8 kilos”.


Sin embargo, a las pocas horas le dijeron que la nena había muerto y nunca le dejaron ver el cuerpo, las enfermeras le dijeron que ya la habían enterrado. Ella nunca creyó en esa versión, años después, se dedicó a buscar a su hija, y en una oportunidad pudo hablar con el doctor Jorge Cantaberta, quien la atendió en el parto. “En un primer momento, la mujer de él me dice que no podía verlo porque estaba con problemas de salud; yo le respondí que no quería hacerle mal, solo quería hablar. Cuando me dejó hablar con él, le pregunté qué había hecho con mi hija. Y al final me terminó reconociendo que la dio: ‘lo hice porque la beba iba a estar mucho mejor que si se quedaba con ustedes’. Eso fue todo lo que me dijo”, relató Liliana a UNO.

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