Suplemento Aniversario
Domingo 12 de Noviembre de 2017

Tras la estela claroscura de Augusto Widmann

A diario, las lanchas escolares recorren el río en Villa Paranacito. Aquí la historia de su creador, uno de los hombres que revolucionó la navegación en el Delta

Ya había pasado el mediodía. Una, dos, tres barcazas navegaban aguas arriba. Hechas de madera en su estructura superior, tenían un toldo verde para cubrir el sol, la lluvia y el viento. En su interior iban estudiantes con sus guardapolvos y las tareas para la tarde. El ruido del motor, inconfundible, se escuchaba a lo lejos. En Villa Paranacito son más que simples colectivos de río; son herramientas para la educación, son el futuro entre el alba y la siesta, son la creación de don Augusto Widmann, el hombre cuyo legado es una estela cotidiana y claroscura en el Delta.


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Alemán de nacimiento, no se sabe bien cómo don Widmann llegó a la zona. Las referencias indican que se radicó en cercanías del arroyo Baltazar, entre ruta y ruta, a 10 kilómetros en carro, cerca de una corriente de agua llena de juncos y camalotes en verano, limpia y transparente en invierno. Ahí construyó este hombre su primera embarcación.


Es que la vida en Villa Paranacito, como en todo el Delta, tiene al río de protagonista, y a la libertad del isleño como una de sus premisas. Pero además, al parecer, su historia está marcada por el devenir de acontecimientos caprichosos de la naturaleza que le pusieron los dos puntos siguientes a los años y a las fechas: en 1905 se registró la primera inundación y los ingleses vieron el agua pasar por encima de sus vías, usaron la marca más alta para que pueda correr el tren.


En 1940, una sudestada dañó las huertas y los criaderos de gallinas ponedoras; se tomó el nivel del curso para construir las casas. La de 1959 fue una catástrofe, porque el río superó en un metro a la inundación anterior; ese año bañaron a Villa Paranacito el coro unísimo del manso Paraná, del rápido Uruguay y del abundante Río de la Plata. En 1962 hubo otra creciente importante, pero la de 1966 terminó con la producción de frutas, la estocada fue una helada de -10° en 1967. La crecida de 1983 fue la más larga y dura: 14 meses estuvo el agua sobre la calle. La de 1992 también tiene recuerdo, la de 1998 fue similar a la de 1983, pero más alta en algunos tramos. La última duró apenas medio año, inició sobre principios de 2016.



Rodolfo Walsh escribió una serie de notas que aparecen en El violento oficio de escribir, y tituló Claroscuro del Delta a la que habla de esta zona del país. En ella dio cuenta de la recorrida por una extensión más grande que Tucumán. Entre sus párrafos, nombró a Miroslao Konecny, un checoslovaco que ilustró la variedad de oficios que tenían y tienen los isleños del lugar: desde albañil, hasta tripulante de un aeroplano biplaza. Casi medio siglo después, fue su hijo Raúl Konecny y su nieta Carolina –hija de Raúl– quienes atendieron una mañana de octubre a otro periodista, esta vez a un simple aprendiz y admirador de aquel inalcanzable.


Raúl Konecny habló de Widmann como un hombre de inteligencia y capacidad que tras la Primera Guerra Mundial rompió el cerco, la persecución y cruzó el mar. Llegó desde Chaco, eso se cree, pero faltan certezas. Se sabe, corría 1922 cuando se radicó en la zona, en ese arroyo que cambia con las estaciones del año. No era un hombre muy hablador y por ahí había que tenerle paciencia para sacarle charla.


Widmann estaba casado con Matilde, no tuvieron hijos, cuidaron a dos sobrinos y uno de ellos, tras la jubilación del hombre, se hizo cargo del astillero; desde ese mismo galpón continuó con la tarea de revolucionar la navegación en el delta.


Para la tercera década del siglo XX, don Widmann construyó su primera embarcación, al menos la primera en las islas entrerrianas. Fue un colonizador de apellido Herrera, dueño de un local de ramos generales de Rosario, quien le ofreció los materiales para la levantar un galpón y una casa en la zona, la misma que ahora habita la familia Konecny. Widmann hizo ahí dos embarcaciones mellizas, en serie: una para los Herrera como forma de pago que tiempo después se pudrió sola en la costa; y otra para la policía. Con maña y conocimiento, comenzó a realizar mantenimientos de motores para empresas importantes y se ganó la vida.



Dicen en Villa Paranacito y también en los márgenes de Gualeguaychú, que Widmann fue pionero en la soldadura eléctrica y que hizo un barco a pedido de esa familia rica de Rosario con una técnica que llamó la atención hasta en los astilleros más prestigiosos del país. Entonces ya rodaba la década del 50.

Fue a principio de 1960 cuando hubo una licitación para construcción de 16 lanchas escolares destinadas al Delta y tras un decreto se autorizó a don Widmann a que inicie la tarea. También las hizo en serie y hasta contrató personal para toda la parte metálica de las embarcaciones. Después, en un taller de carpintería construyeron aquella parte que se ve sobre el río, la del toldo verde.


Hasta la luna

Raúl Konecny contó que a las lanchas escolares, tras salir de la carpintería, les incorporaban el motor. "El sistema es anticuado, pero tuvieron motores adecuados. Porque en el origen eran de poca revolución y tenían fuerza. Don Widmann tomó todas las precauciones: un motor rústico de bajo mantenimiento que no se pueda romper, que dure. No sé si estuvieron 25 años sin tocarlos", dijo.

A la tarea la concluyó con tres años de trabajo y luego de terminarlas, para 1964 o 1965, don Widmann se jubiló y le dio lugar a su sobrino, Emilio Gramlich quien continuó con la innovación en la materia.

Los Konecny llegaron al Delta con la crisis del 30 y encontraron en esta zona entrerriana una opción de vida: las frutas, entonces, crecían como yuyos; el jugo de los cítricos se tomaba en la copas porteñas y los carozos de los duraznos caían en tierras de la propia provincia.

Raúl Konecny fue empleado bancario, trabajó en la producción ganadera y forestal, y mucho antes ocupó su lugar en la Cooperativa Eléctrica, la misma que le dio el 9 de julio de 1969 energía a Villa Paranacito; y menos mal, porque para el 20 de ese mes, Rodolfo Walsh ya andaba por ahí y le permitió escribir en su crónica que vio la huella del hombre en la Luna en un televisor encendido en esta ciudad inolvidable.

En Villa Paranacito, todavía quedan los despojos de la primera estación de servicios fluvial del país. Konecny tiene 65 años y dijo que era la apertura de los caminos, las inquietudes de los productores de la zona.

Carolina Konecny aportó el dato que faltaba. En la libreta diaria de la vecina doña Edith Mahl, escrito a mano, aún dice con exactitud que don Augusto Widmann falleció el 11 de junio de 1988. Un año antes, vecinos de Villa Paranacito se reunieron en el Aeroclub para despedirlo porque se iba una temporada a Córdoba donde finalmente murió. Hay fotos de ese momento, dos para darle precisión: una con todas las mujeres y otra con los hombres.

La escuela de Educación Técnica N°1 de la ciudad lleva su nombre y aseguran que la votación para elegir la designación fue unánime. Es que todavía hoy las lanchas escolares llevan al futuro sobre el río; y dejan una estela de agua, una huella claroscura indeleble, la creación de don Augusto Widmann.

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