La Provincia
Domingo 15 de Julio de 2018

Trabajan hace 15 años para que a los humildes no les falte el pan de cada día

Cada tarde, en la parroquia Guadalupe invitan con una vianda a personas de los barrios vulnerables, para que no tengan que sufrir hambre

En la parroquia Nuestra Señora de Guadalupe nunca falta un plato de comida para quienes más lo necesitan. La iniciativa surgió hace 15 años, gracias al impulso del padre Agustín Hertel y un grupo de fieles conmovidos por las necesidades de la gente de las zonas aledañas. En la actualidad preparan unas 180 porciones a diario, de lunes a viernes. Como no cuentan con una estructura física para que todas las personas que se acercan puedan sentarse a comer, se llevan la vianda a sus casas, donde muchas veces se comparte con el resto de la familia lo que hay, sea mucho o poco. Por lo general se sirve a eso de las 18, pero ya una hora antes empiezan a llegar vecinos de todas las edades con sus tachitos de plástico desde los barrios Barraquitas, San Martín, Los Hornos, Mosconi, Humito, entre otros que están cercanos a la iglesia, donde no solo están abocados a redimir el alma en las misas, sino también con obras solidarias la difícil existencia de quienes por nacer en zonas postergadas habitualmente quedan condenados a la miseria, la falta de oportunidades, la vulnerabilidad social, la marginalidad y la estigmatización.


Los escalones de la parroquia sirven de asiento para la espera, y mientras tanto, la gente se cuenta sus penurias cotidianas y también sus alegrías. La pobreza hermana y la fraternidad se multiplica entre quienes sin tener mucho qué ofrecer, lo dan todo con suma generosidad. Con las expectativas puestas en sobrevivir, hasta conseguir que alguien les obsequie una prenda usada para abrigarse en este crudo invierno es motivo de júbilo. En la iglesia hay una sede de Cáritas y se ocupan de reunir ropa que otros desechan y ellos reciben con aprecio, pero muchas veces lo que les donan no alcanza para todos. "Nos hacen falta frazadas, y también medias", lamentó Stella Maris Espinoza, una mujer que vive en el barrio San Martín y desde hace 13 años llega caminando en busca de un plato caliente que mitigue el hambre y las penas.



La mujer imploró ayuda porque, según dijo, todo está difícil. Contó que junto a su esposo cirujean, pero incluso hay escasez entre la basura y les cuesta encontrar qué comer en las parvas de residuos que se amontonan en El Volcadero cuando llegan los recolectores. "Al Volca por lo menos lo tenemos para juntar metal, o botellas de vidrio, que vendemos y eso ayuda", dijo. A la vez valoró y agradeció que en la parroquia les faciliten ropa y alimento, y al destino porque sus hijos hasta ahora pueden seguir estudiando para tener un futuro más promisorio que el que le tocó a ella: "Mi hija sigue Veterinaria y mi hijo Maestro Mayor de Obras", aseguró orgullosa. Isabel tiene 61 años y vive también en uno de los barrios postergados que se erigen en las inmediaciones.

Afirmó que desde hace años busca la comida: "Vengo desde que empezó. Somos dos, yo y mi compañero. Él va al Volca, pero no encuentra nada para comer", dijo, mientras con una enorme sonrisa mostraba un par de zapatillas usadas que le dieron, feliz por sentirse merecedora de algo. Miguel Ángel Britos, otro de los comensales, contó que hace dos años va desde el barrio Barranca Oeste al comedor y refirió: "Hoy en día hay muchas necesidades. Soy empleado doméstico y le limpio el departamento a dos señoras mayores, y también cobro una pensión. Con eso ayudo a mi comadre y a mi ahijado. Llevo la vianda a mi casa y a veces le comparto a ellos mi porción, porque cuando yo no tengo ellos me dan a mí".



Labor incansable




Héctor Yedro es el referente del comedor comunitario y desde el 2003 se preocupa porque los vecinos en situación de vulnerabilidad no se vayan a dormir con la panza vacía. En sus comienzos, iban en grupos a los barrios y llevaban la comida, hasta que pudieron centrar la labor en un saloncito contiguo a la parroquia construido con empeño.


"En estos 15 años tuvimos momentos lindos, otros más difíciles, pero siempre estuvimos al pie del cañón, siguiendo como sea para poder sostener los comedores. Pasaron distintos párrocos y cada uno puso su esfuerzo para que esta obra continuara", señaló a UNO. Poder seguir adelante depende generalmente de la solidaridad de la gente que dona mercaderías para que se pueda elaborar un menú que le aporte nutrientes a quienes a lo mejor no comen otra cosa en todo el día. También la Provincia colabora con algo.


Uno de los momentos más amargos que pasaron fue hace unos 20 días, cuando les robaron casi 200 kilos de carne que guardaban en un freezer, y toda la verdura que tenían almacenada para preparar la comida de varias jornadas. Sin embargo, lograron proporcionarle el alimento a la gente incluso ese día, gracias a que enseguida recibieron donaciones de quienes se enteraron de la dolorosa noticia. "Es difícil entender que alguien robe a un comedor parroquial, pero hoy en día no hay límites. Seguimos gracias a la gente de la comunidad que estuvo presente, trayendo cosas, y también hubo personas que vieron la noticia y ayudaron.



Gracias a Dios pudimos continuar con el comedor, más allá del sufrimiento que uno siente cuando pasan estas cosas", comentó Héctor, y explicó: "Estamos haciendo unas 180 viandas por día, para unas 50 familias en promedio. Nosotros tenemos ese cupo porque no podemos darles a más, sino seguro habría más demanda". "Ahora estoy jubilado, pero en la época que trabajaba repartía el tiempo con el comedor.



Lo hago con mucho amor, y me ha ayudado a seguir en momentos difíciles que me han tocado atravesar, como la pérdida de un hijo. Esto me sacó adelante", sostuvo, emocionado. La encargada de cocinar es Amalia Rikert, quien también está desde el principio del comedor. Afirmó que está acostumbrada a elaborar un menú para tantas personas y que esta labor la impulsa a no bajar los brazos, ya que hace casi un año quedo viuda.


En dos ollas enormes los ingredientes se transforman al calor del fuego. Los platos son variados y tratan de que cada uno tenga carne. La ayudan Paula Vera y Gisela Warlet, vecinas del lugar, que al igual que todo el grupo están convencidas de que un mundo mejor es posible. A cambio del trabajo se llevan una vianda también a sus casas. Preparan todo con la generosidad de quien sabe que con la comida que invitan a quienes más la necesitan, le alimentan también la esperanza, devolviéndoles la dignidad que la exclusión es capaz de arrebatarles cada día.

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