Martes 02 de Mayo de 2023
En su libro La semana de las 30 horas, publicado en Francia en 1969, Regis Paranque postulaba la posibilidad y la necesidad de reducir la jornada laboral, aprovechando las oportunidades del progreso tecnológico, e imaginaba una Civilización del Ocio, en la que el trabajo no monopolizara el centro absoluto de la existencia y, además, recuperara el sentido para quien lo ejecute. En ese mundo ideal los humanos dispondrían de tiempo para el descanso, la educación, la cultura y la vida social.
Estamos hablando de 54 años atrás y el contexto hace imposible extrapolar los argumentos económicos de Paranque a la actualidad, pero sí encontramos varias nociones interesantes para pensar hoy la realidad de muchos empleos. Especialmente, frente a tantas dudas sobre el futuro del trabajo humano por la Inteligencia Artificial.
La semana de las 30 horas empieza con un diagnóstico: “Una situación económica que permite la coexistencia de un desempleo crónico no despreciable y de horarios de trabajo excesivamente recargados tiene algo de sorprendente”. Una triste coincidencia con la Argentina de 2023. Es un despropósito que haya, por un lado, 2,5 millones de argentinos sin trabajo o con empleo insuficiente, mientras que otros 3,6 millones de trabajadores están sobreocupados, es decir, que necesitan trabajar durante más (o mucho más) que ocho horas al día para cubrir sus necesidades básicas, según datos del INDEC. Es preocupante, también, el inédito y creciente fenómeno de las y los trabajadores formales pero pobres. Cobramos muy poco en relación a lo que producimos y al costo de vida que se eleva cada vez más.
“¿Trabajamos demasiado? El capitalismo ha ofrecido al trabajo un culto, que incluso el marxismo adoptó como propio. Occidente ha llegado a perder el sentido de las prácticas contemplativas. Este terror a ‘perder el tiempo’. ¿Habrá sitio donde poder descansar que no sean los sanatorios, donde poder practicar la introspección que no sea el despacho de un psiquiatra?”, se preguntaba el francés. Cualquier semejanza con la actualidad…
Y aseguraba: “El hombre puede y debe trabajar menos. Seríamos estúpidos si no aceptáramos esta condición, ahora que el progreso económico y técnico nos la pone al alcance de la mano”. Vista desde el presente, genera dudas que esa propuesta se haya cumplido. En 1969, con una jornada laboral promedio de ocho horas, se trabajaba más que un siglo antes: debido al aumento de la expectativa de vida, las personas dedicaban más tiempo de sus existencias al trabajo, con jornadas más cortas pero durante muchos más años.
Siempre según esta tesis, la reducción de la jornada laboral pero con el mismo salario sería una ecuación posible para las empresas, ya que el trabajador aumenta el rendimiento y se incrementa la posibilidad de formación, lo que potencia la calidad o la cantidad de la producción. La idea da para pensar. El uso de nuevas tecnologías permite producir más, con mejor calidad y precisión. El camino lleva hacia la recuperación de la inversión y la generación de ganancia. El reemplazo del trabajo del obrero por el de la máquina debería conducir al reparto de las horas de trabajo con ese instrumento entre varias personas y que cada una trabaje menos por el mismo salario, no hacia el despido de trabajadores. La sustitución del trabajo humano por el maquinal debería proceder sin la lógica habitual del capitalismo.
LEER MÁS: Trabajo y temor a Inteligencia Artificial, por especialistas
Finalmente, aquel original libro consideraba, contra lo que sería de suponer, que el avance de la tecnología volvía las labores más tediosas. “El trabajo es a menudo más penoso que antes, debido a la cadencia de la moderna maquinaria de las fábricas y a la ‘devaluación psíquica’ del trabajo. Las exigencias de la productividad han conducido a un trabajo monótono que engendra un profundo tedio”, diagnosticaba Paranque.
En cambio, el progreso tecnológico debería devolver el sentido y, por qué no, cierto disfrute a muchos trabajos. “La finalidad del trabajo, que proporcionaba gran parte de su entusiasmo a los antiguos artesanos, ya no es percibida por aquellos que lo realizan mediante un gesto ‘maquinal’ incansablemente repetido a lo largo de toda la jornada”, sugiere la obra de 1969. Nos sigue sugiriendo, más de medio siglo después.