Historia de vida
Lunes 29 de Abril de 2019

Suspiro a suspiro, ladrillo a ladrillo

El reflejo de la vida de los ladrilleros artesanales, signada por el sacrificio, la lucha y la austeridad. "Vivimos en rancho porque si pego 1.000 ladrillos en mi casa no comemos en una semana", cuenta a UNO Julio Alegre

"Vivimos en rancho porque si pego 1.000 ladrillos en mi casa no comemos en una semana", cuenta a UNO Julio Alegre. El trabajador, vive junto a su mujer y sus hijas en la zona de ladrillerías de calle Miguel David y Doctor Martínez, al sureste de Paraná, en el barrio conocido como Los Hornos. Ellos son una de las 11 familias de ladrilleros artesanales instalados en la zona desde hace muchísimos años. Bregan por lograr un parque ladrillero, están realizando gestiones para conformarse como cooperativa y anhelan mejorar su calidad de vida. Su historia es la de muchos ladrilleros cuya idiosincrasia, vida y lucha se sostiene y se levanta ladrillo a ladrillo.

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Oriundo de La Paz, el Ruso Alegre tenía 10 años cuando se mudó a Cerrito. Fue allí donde aprendió todo sobre el oficio ancestral, de la mano de sus abuelos Maruca Rodríguez y don Cardozo. Pocos años después se mudó a Paraná para empezar a trabajar como peón en los grandes hornos de calle Miguel David. A sus casi 40 años no duda en decir que ama lo que hace. Aun así, reconoce que la ganancia económica no se condice con el sacrificio diario, que incluye trabajar a la intemperie, en medio de las heladas durante el invierno o estar al lado del horno con una temperatura cercana a los 900 grados, en pleno verano, con calores verdaderamente sofocantes.

Alegre, delegado de la Unión Obrera Ladrillera de la República Argentina (UOLRA) en Paraná, trabaja junto a su cuñado y la necesidad los empuja a que sus compañeras de vida y sus hijos también los acompañen en la faena.

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Mirando el cielo
El ladrillero vive mirando el cielo. Al ser un trabajo a la intemperie, el clima es un factor fundamental. Y la humedad asfixia, el calor agobia sobre todo si se une a las altísimas temperaturas del horno, el sol pega fuerte y la helada quema.

La rutina comienza para la mayoría a las 6 de la mañana, a veces antes. Toman unos mates e inician sus tareas. Sus viviendas están pegadas a las canchas, lugares en donde se cortan y dejan secar los ladrillos; a los pisaderos, que son los espacios donde se arma la mezcla del barro para los ladrillos, y a los hornos, en los que se cocinan las piezas.
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El trabajo se distribuye entre los cortadores, encargados de cortar los ladrillos, los banqueteros, quienes trasladan las piezas secas de la cancha hasta el lugar en el que se cocerán, y apiladores, que ordenan las piezas de barro para construir los hornos. Cuando está seco arman unas pirámides de ladrillos y en los huecos que dejan en la base meten leña y encienden el fuego.

Las jornadas son arduas y las condiciones actuales de trabajo, en cada una de las etapas de la producción del ladrillo, complejas e insalubres, sobre todo en el momento en que se lleva adelante la quema. A pesar de las condiciones laborales y de las pocas ganancias, estas familias ponen muchísimo esfuerzo en lo que hacen.

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Las mujeres, a la par
"Es difícil para las mujeres conseguir un trabajo, ya sea por la edad o porque no terminaron los estudios, por eso trabajamos en familia", contó el Ruso. María, su pareja, participa en el programa Ellas Hacen. Tienen tres hijas, de 10, 8 y 3 años que asisten a una escuela cercana. "No queremos que ellas laburen acá el día de mañana, que estudien y consigan otro trabajo", explicó.


El Papa bendijo un ladrillo
Scholas Ocurrentes (una red de escuelas patrocinada por la Iglesia Católica) levantó una capilla en la Villa 31 de la CABA y para el emplazamiento del edificio le encargaron piezas a los ladrilleros entrerrianos. La iniciativa fue impulsada por una entidad internacional sin fines de lucro apadrinada por el papa Francisco.
Tiempo atrás el sumo pontífice bendijo el ladrillo con el que se inició la obra, cuando recibió en el Vaticano a una delegación de la UOLRA. La pieza fue moldeada por Julio Alegre. "Me puso muy contento ver que un ladrillo hecho por mí fue bendecido por el Papa", relató en su momento Julio.

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En cooperativa
La Cooperativa de Trabajo Ladrilleros de Paraná Limitada comenzó a escribir su propia historia hace unos seis años, cuando se generó un conflicto por la tenencia de los terrenos de calle Miguel David y Pedro Martínez. Desde entonces cuentan con una obra social y aportes para una futura jubilación.

"Aún estamos en proceso de conformarnos como cooperativa, porque tenemos aún problemas con los terrenos, pero se viene trabajando fuertemente para lograrlo", contó Alegre. "A muchos de nosotros nos pasó que nos trajeron acá, a este lugar. Éramos peones. Cuando empezaron los problemas porque los propietarios de las tierras las reclamaban, hasta ese momento pensábamos que los dueños de estos terrenos eran nuestros patrones. Resultó ser que no. Acá hay familias de La Paz y Santa Elena, nos duele que nos digan que estamos intrusados, que nos miren mal, porque la realidad es que nos abandonaron a la buena de Dios".
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Ranchitos de chapa y nylon
"Siempre luchamos por tener una casita. A los ladrilleros de la economía popular, es común que nos cuestionen porque vivimos en ranchos de nylon o de chapa pero nuestra urgencia es otra. Si nosotros pegamos ahí 1.000 ladrillos, no comemos en una semana, es el gran problema del ladrillero chico", indico Alegre.

"Acá trabajamos para nosotros pero en tiempos de crisis, por ejemplo, cuando se corta la construcción también se corta la venta de ladrillos y entonces tenés que volver a los hornos grandes", explicó.

La austeridad obligada, las peripecias y las inclemencias climáticas no aplacan su espíritu, y sueñan con un parque ladrillero. "Hay épocas en que tenés que abandonar lo tuyo para hacer changas. Nuestro trabajo no es fácil, porque vivís el día a día. No me veo haciendo otra cosa, no quiero dejar, de albañil nunca me gustó y esto, por el contrario, me encanta".

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