Suplemento Aniversario 2018
Domingo 11 de Noviembre de 2018

Superar el desarraigo

Perderse en otra ciudad nunca ha sido fácil. Y aunque con el correr de los años uno se va adaptando al medio y logra ir cultivando nuevos vínculos y amistades, quizás nunca lleguen a ser tan férreos como los que nos marcaron en la infancia.

En unos meses se cumplirán 25 años de mi llegada a Paraná. Nací y me crié en General Ramírez, a 64 kilómetros de la capital entrerriana, y aunque es relativamente cerca, cuando se extraña la distancia parece acrecentarse.
Llegué para estudiar una carrera universitaria, formarme para tener un mejor porvenir, como tantos otros chicos y chicas que a los 18 años –o a veces antes de cumplirlos– comienzan esta nueva etapa. Esa era la idea. Pero el concepto lineal que tenía hasta entonces del devenir de la vida se quebró cuando me encontré sola en un lugar desconocido para mí, a pesar de haber estado antes muchas veces, y por primera vez sentí lo que es el desarraigo.
Se apoderó de mí una extraña impresión de percibir mi identidad trastocada, la desazón de saberme a partir de entonces sin referencias, sin las amistades que en los pueblos determinan un lugar de pertenencia y actúan como una red de contención, un punto cardinal que guía los pasos y le dan un sentido a la cotidianidad.
Debía acogerme a las costumbres de otro entorno, corriéndome de un lugar que me era familiar en el mundo, dejando atrás y para siempre la sensación de ser parte de un grupo y un colectivo social, y de un conjunto de relaciones que había forjado durante mi vida hasta entonces. Por más que con los años se generen reencuentros y la causalidad o la casualidad me junten de vez en cuando de nuevo con quienes compartieron mis primeros 17 años de vida, nunca nada vuelve a ser igual cuando uno deja su hogar.
Tantas veces había visitado la capital entrerriana durante mi niñez y mi adolescencia, que no podía entender por qué me resultaba tan ajena al mudarme. A mi papá le encantaba viajar, era camionero y si no le tocaba trabajar un fin de semana nos juntaba al resto de la familia para llevarnos de paseo, y Paraná solía ser un destino habitual. Periódicamente íbamos al cine a mirar los estrenos que jamás llegarían a la localidad que habitábamos, simplemente porque el séptimo arte era hasta entonces un lujo que podía disfrutarse en las grandes metrópolis. El Parque Urquiza era otra cita obligada y entre raudas subidas y bajadas a las lomadas de sus barrancas, con mi hermano dejábamos volar la imaginación para sentirnos grandes montañistas, ayudados con sogas que atábamos a los árboles para impulsarnos en el ascenso y como premio podíamos deslizarnos cuesta abajo sobre un cartón que nos ayudaba a tomar velocidad para embargarnos de un vértigo sin igual. La brisa que traía el río nos golpeaba suavemente la cara y era una sensación única.
Pero ya instalada en Paraná, la ciudad se transformó y dejó de tener este encanto. La gente parecía estar siempre inmersa en ritmos apurados, en el anonimato, la indiferencia y la intolerancia. De repente extrañaba la parsimonia de mi pueblo: si hay un tiempo que transcurre lento, es el de las pequeñas urbes: la siesta obligada y cansina suele ser como un caracol que deja las huellas de su sucesión, día a día, en los rostros de la gente, que no advierte cuántas arrugas han adquirido en los últimos años a menos que se topen con alguna fotografía que delate la sigilosa fuga de la juventud.

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En una localidad pequeña nos conocemos con casi todos y en la ciudad que me adoptaba, o que yo trataba de adoptar desde entonces, súbitamente me hallé rodeada de extraños.
Por aquellos tiempos en General Ramírez predominaba la costumbre de trasladarse en bicicleta. No había semáforos y viviendo en Paraná pasaron a formar parte del paisaje cotidiano, al igual que los colectivos urbanos, los edificios y los ascensores.
Eran épocas en que todavía se usaba la máquina de escribir para hacer los trabajos prácticos de la facultad y no existían los celulares ni se había popularizado el uso de Internet, que aparecía aún como una profecía futurista vinculada a la ciencia ficción. Iban a pasar años hasta que todo eso apareciera y se arraigara prácticamente entre las necesidades básicas de la mayoría, posibilitándonos una hiperconexión al instante. Hace 25 años atrás era distinto y mi mamá no podía llamarme como hace ahora, día por medio o todos los días. La regla era que yo tenía que contactarme desde un teléfono público los miércoles a la noche para dar señales de vida, aunque mucho no lo cumplía y llegaban los retos.
Estimo que hoy, aun con los celulares y las posibilidades que ofrece la tecnología para achicar distancias y no extrañar tanto, los jóvenes que se trasladan hacia otra ciudad para estudiar, o en algunos casos trabajar, sienten indefectiblemente el desarraigo, con las consecuentes sensaciones de incertidumbre, nostalgia y melancolía que nos inundan en esa instancia.
Hace un par de años se mudó mi sobrina, también desde General Ramírez para estudiar una carrera. Sentí alivio porque la vi adaptarse mejor, hasta que me confió entre risas que por el intenso flujo vehicular le daba miedo cruzar a la acera de enfrente por calle Gualeguaychú. "Pero mirá si serás campesina", le contesté con tono de superada, aunque íntimamente me identifiqué con ese sentimiento.
Perderse en otra ciudad nunca ha sido fácil. Y aunque con el correr de los años uno se va adaptando al medio y logra ir cultivando nuevos vínculos y amistades, quizás nunca lleguen a ser tan férreos como los que nos marcaron en la infancia.
Como forastera conversa me fui transformando en una vecina de Paraná y adquiriendo herramientas para insertarme en su rutina. Y pude superar esa dolorosa herida que, como a tantas personas que pasaron por lo mismo, me provocó marcharme de mi lugar de origen.
A los 18 años no es fácil el desarraigo –quizás a ninguna edad lo sea–, pero a quienes nos tocó atravesar esa situación sabemos que eso nos hizo fuertes de algún modo y nos permitió crecer. Supimos que arrancar las raíces que nos ataban a nuestra tierra, nuestro lugar, nuestro entorno confortable, nos dio por fin las alas que nuestra mente necesitaban para volar.

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