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Sorprendentes fósiles del mar visten el anfiteatro de Paraná

Verdaderas perlas, las ostras que dan vida al coliseo del Parque remozado para una reveladora simbiosis de la naturaleza y la cultura.

Domingo 02 de Febrero de 2020

Revestir las escaleras y los sanitarios con el corazón marino de las barrancas es un acierto de artistas y obreros de estos años, que siguieron una línea lejana, plasmada cuando el arquitecto paisajista Carlos Thays diseñó el parque Urquiza en una lúcida comunión de la cultura y el paisaje.

“Qué lindo que es”, resume Hugo “Simón” Pereyra, el cuidador de los sanitarios en el turno de la tarde. “Este es un lugar hermoso”, agrega José Cevallos, que atiende las obras del Anfiteatro Héctor Santángelo en distintos horarios. “A esas piedras las sacaron de las barrancas, ahí donde está el ombú”, señala el obrero. Y es que el material surgió de la reparación del talud para evitar erosiones y desmoronamientos.

Vale la pena visitar la ciudad de Paraná con el propósito exclusivo de sentarnos un rato en estas gradas y tomarnos unos mates mientras apreciamos el nácar fosilizado que recubre gran parte de su arquitectura y fue desempolvado ahí nomás, porque es constitutivo de los sedimentos del mar Entrerriense o mar Paranense en gran parte del cono sur del continente. Es decir: son fósiles de animales que habitaban el Atlántico cuando el océano entraba en estos pagos hace cinco, diez o quince millones de años, en sus distintos ingresos.

Cuánta vida antigua y variada, que distinción, para dar a la música de hoy el lugar que merece en la hondonada que conocemos como Boca del Tigre, entre la calle Acuerdo de San Nicolás, Costanera Media, y la bajada hacia el río.

Cucharas enormes

Nuestro coliseo a cielo abierto es un maravilloso puente entre las alturas y el sugestivo Paraná, pariente del mar también por eso de las ostras. Aunque puede albergar a más de dos mil personas se nos presenta chiquito, familiar.

Miramos la obra y pensamos que allí no hay nada que mejorar, todo ha sido puesto del modo en que el ser humano se acomoda en la naturaleza para el encuentro. Entre las gradas y el escenario hay una fosa con camalotes y allí nomás el ombú, renuevo de un ejemplar muy viejo. Y están los espinillos, los chañares, el ceibo florecido en estos días, para dar marco a esa joya y dejar una ventanita hacia el norte donde asoman el río y las islas.

Hemos estado horas encantados con esos muritos, y al tiempo que advertimos que en un sector la arcilla ha sido comida por las lluvias y faltan obritas complementarias, nos deleitamos con los moluscos apilados por millones, durante millones de años, y exhibidos allí para que no olvidemos nuestra presencia reciente y por eso necesariamente delicada, respetuosa, en estos paisajes.

Hay cucharas más grandes que un plato, impresionan a la vista, con sus lisuras de antiguo nácar que alguna vez guardaron músculo y corazón. Y hay ostritas pequeñas aflorando aquí y allá, muchas de ellas enteras, como prueba de que corresponden a habitantes de este suelo, hoy extinguidos como especies. También hay muestras de mar revuelto, con todo hecho curuvica. Compartimos el mundo, el agua, el aire, con estos seres pero respiramos en distintas eras.

Para las gallinas

Paraná está edificada sobre un mar de fósiles. La formación Paraná pertenece al período Mioceno más cercano, tiene entre cinco y quince millones de años, datos que se revisan cada tanto. Se trata de una capa geológica constituida por la sedimentación de restos del mar Entrerriense o Paranense que ocupó con varias crecidas y bajantes gran parte del litoral argentino, abarcó hasta Paraguay y Bolivia, y en el sur se extendió hacia la Patagonia (aún se debate si fueron ingresiones marinas distintas). En algunas zonas esos fósiles se encuentran decenas de metros bajo el suelo, pero en la capital entrerriana y otras localidades vecinas se hallan a flor de piel, o quedan a la vista en los acantilados apenas baja un poco el río. Sobre la formación Paraná se encuentra la formación Ituzaingó. Los hallazgos de vida marina, fluvial y terrestre en la intersección de las dos capas son deslumbrantes.

Recordemos que en Victoria, por caso, se han estado aprovechando las canteras de conchas marinas por mucho tiempo, luego de destapar cuatro o cinco metros de suelo y subsuelo hasta llegar a esos sedimentos, extraerlos, y molerlos para obtener la conchilla. Esa conchilla un poco gruesa ha sido mezclada en el pavimento de centenares de kilómetros de rutas entrerrianas, y más fina se da en el alimento de las gallinas con el objetivo de fortalecer la cáscara del huevo, entre otros usos.

Alguna vez el geólogo entrerriano Florencio Aceñolaza nos confesó que lamentaba ese aprovechamiento de los fósiles, es decir: romper y moler de esa manera nuestras riquezas.

Naturaleza y cultura

En la entrada al teatro, una placa recuerda una frase atribuida a Héctor Santángelo: “Levanté escenarios para dialogar con la gente y recibí respuestas que jamás olvidaré”. En verdad resume las convicciones de este artista notable, motor de encuentros populares.

No pocas casas de la alta barranca lucen revestimientos de la formación Paraná, incluida la mansión del obispado. Apreciar esas fachadas con guías en ese balcón al Paraná es un singular paseo. También algunas de las escalinatas serpenteadas del parque Urquiza están decoradas con esas piedras de vida, o construidas con ellas directamente; y toneladas de conchas marinas yacen en el cordón cuneta de numerosas calles, mezcladas con cemento hecho con más sedimento extraído en Bajada Grande y arenas del Paraná.

Pero lucen mejor, como nuevas, recién devueltas al sol con sus tonos en crema y óxido, en el revestimiento de los sanitarios, las escaleras y los torreones del anfiteatro Santángelo. Cuando las vimos, nos preguntamos si alguna empresa las estaba comercializando, pero los obreros nos comentaron que en la misma obra sacaban las piedras de la “cantera” en la barranca y las acumulaban, para utilizarlas luego en el revestimiento. De modo que esos fósiles estuvieron guardados por millones de años y hoy dan escenario a la cultura entrerriana, en un bellísimo rincón que confirma la concepción de la biodiversidad de nuestros pueblos: naturaleza y cultura, juntas.

Lo que importa es el paisaje, la buena onda de los ingenieros, arquitectos, obreros, mujeres y hombres de Paraná que sin dudas gozan de su obra, como José Cevallos, Hugo Pereyra, Mauricio Gauna y otros cuidadores, con quienes conversamos largo sobre esta obra.

Qué nido para el cine, el teatro; para los primeros pasos de la juventud en la música, para los consagrados, para el encuentro, en fin. Sea tango, chamamé, cumbia, rock. Recordamos tantos espectáculos allí, como aquel de la visita de Atahualpa Yupanqui, cuando la conductora nos hacía repetir junto al trovador los versos de Antonio Machado, como si rezáramos en asamblea: “moneda que está en la mano, tal vez se deba guardar. La monedita del alma se pierde si no se da”. Esa maestra de ceremonias era, nada menos, Marta Gaede, aquella cantante de voz clara como el agua, que formó un dúo memorable con Amílcar Angelino.

Dice la ciencia

¿Y qué es lo que vemos, de la formación Paraná? Sobresalen los moluscos fósiles, las valvas de Ostrea patagónica, Ostrea alvarezii, Pecten paranensis, Flabellipecten oblongus, Aequipecten paranensis, Anadara bomplandiana, Aequipecten paranensis, Varicorbula striatulla, Balanus… Así les llama la ciencia, y tienen formas de cuchara (Ostrea), de abanico (Pecten), de semillas (Balanus) o de cucurucho (Anadara).

La formación marina antigua se conoce bien desde 1827. De esos temas de la paleontología se ocuparon Alcide D’Orbigny (1827), Charles Darwin (1833) y luego Alfred Dy Gratty, Martín de Moussy, August Bravard, entre otros. Más recientes, Martín Iriondo, Florencio Aceñolaza, Jorge Noriega, por mencionar algunos cercanos. Además de moluscos, hallaron en la formación Paraná restos de ballenas y otros mamíferos, anfibios, rayas, tiburones, etc. No es difícil encontrar dientes fosilizados de tiburones (Carcharias) extintos, y es lo único que se halla de ellos, si son de cartílagos. Hay incluso hallazgos de dentelladas de tiburones sobre costillas de ballenas.

En la barranca de la esquina de Crespo y Soler, en las del Patito Sirirí y la Vieja Usina, en las del anfiteatro: por todos lados afloran las ostras.

Los estudios sobre malacofauna del período Mioceno dan un listado enorme de especies de moluscos propios de aguas saladas para las barrancas de Paraná. Aquí con aguas saladas, del Atlántico, y por ahí un poco dulce por el flujo de ríos de montaña y del Brasil.

Los pectínidos de la Formación Paraná han sido estudiados muy especialmente por Leonardo Pérez, Miguel Griffin y Santiago Genta Irurrería, del Museo de La Plata. Ellos sostienen que el hallazgo de tantos pectínidos (moluscos bivalvos, parientes de las almejas, con forma de abanico), indica un mar con salinidad normal (ni alta ni baja). Y hallan relación con especies del caribe, que pudieron migrar al mar Entrerriense.

Para su estudio tomaron muestras en Cerrito, Paraná (Vieja Usina), La Juanita, Punta Gorda y el Cerro de la Matanza, entre otros lugares, y al observar las condiciones de los fósiles llegaron a la conclusión de que fueron depositados en el lugar donde vivieron, o muy cerca, es decir: no fueron arrastrados, porque se encuentran muchas conchas intactas.

Y bien: esos pectínidos son los que tienen la forma de mano, tan característica. La que dio origen al logo de la empresa Shell, y que en España llaman concha de Vieira Gallega, con alta difusión en el Camino de Santiago de Compostela, con el sentido de que las ranuras confluyen a un punto, símbolo de amor al otro.

Esas cosas de Paraná

Hoy podemos decir que el anfiteatro Héctor Santángelo se suma a decenas de casas antiguas de Paraná revestidas con la malacofauna de la formación Paraná, y todo ello constituye un patrimonio arquitectónico único, admirable. Por eso debiéramos protegerlo, y estimular el conocimiento.

La ubicación de los sanitarios fue discutida por el Colegio de Arquitectos y la Comisión de Preservación del Patrimonio Urbano Arquitectónico, que preferían los baños un poco más distantes del anfiteatro.

Como sea, Paraná tiene estas cosas que nos llenan el alma, sea el arte efímero de Esteban Caridad dibujando peces en el pasto, o la exhibición de nuestra identidad más honda y duradera en los bellísimos baños del Parque.

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