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Sin escapes: contaminación acústica en Paraná

Aunque hay ordenanzas que regulan sobre los decibeles que generan los escapes, muchos de los conductores no las respetan y la Municipalidad casi no controla

Martes 27 de Abril de 2021

Los escapes sueltos contribuyen a la contaminación acústica en Paraná y son un problema que vale la pena abordar políticamente.

Cualquier persona que viva sobre –o en inmediaciones– de alguna arteria transitada de Paraná sabe que para mirar una película en la televisión es imprescindible activar los subtítulos. Más allá de que se conozca o no el idioma, seguir un diálogo es una tarea imposible, ya que los escapes sueltos de los vehículos que transitan por la calle hacen que la escucha sea extremadamente dificultosa.

Conversar sin tener que frenar la comunicación cada cinco palabras y esperar que pase la bendita moto es algo que sólo puede lograrse en las áreas suburbanas. Hasta el trabajo intelectual se complica: uno no puede oír ni sus propios pensamientos. Es tal la contaminación acústica en la ciudad que, probablemente, cuando suene la séptima trompeta del Apocalipsis, la mitad de los paranaenses no nos enteremos. Nos hemos acostumbrado a soportar el ruido, y lo más grave, a generarlo.

El ruido es sonido y, como tal, desde el punto de vista biofísico se define como el efecto producido en el órgano de la audición por las vibraciones del aire o de otro medio. También desde ese punto de vista, los sonidos son armónicos mientras que los ruidos carecen de armonía.

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Los escapes de las motos, en condiciones normales, generan entre 90 y 100 decibeles

Los escapes de las motos, en condiciones normales, generan entre 90 y 100 decibeles

Las sociedades de nuestro tiempo son productoras, obviamente, de sonidos y ruidos, que frecuentemente tienen una variedad, intensidad y perdurabilidad, que constituyen una forma de contaminación física por sus efectos: la contaminación acústica. En proporción, Paraná es una de las ciudades con mayor parque automotor del país; se estima que la cantidad de vehículos que hay en la ciudad duplica la cantidad de habitantes. Por ende, en el éjido urbano circulan alrededor de 550.000 vehículos, muchos de ellos, con escapes sueltos o modificados.

Aunque la contaminación auditiva o acústica no suele estar en la agenda de los organismos sanitarios –y menos, en un contexto de pandemia–, lo cierto es que varios estudios la relacionan directamente con distintos trastornos y enfermedades a nivel fisiológico y psicológico. De acuerdo con la Organización Mundial de la Salud (OMS), el ruido es altamente perjudicial y uno de los factores medioambientales que provoca más alteraciones en la salud, después de la contaminación atmosférica. Muchos de los problemas que conlleva están relacionados a la pérdida de audición, alteración de la frecuencia cardíaca y respiratoria, afectaciones de sueño, partos prematuros. Otros se vinculan a factores psicológicos como estrés, ansiedad, irritabilidad, depresión.

La contaminación acústica, más allá de ser una molestia y producir un paulatino desgaste en la calidad de vida de la mayor parte de la población, en otros tiene un impacto directo y violento. Tal es el caso de quienes tienen hipersensibilidad auditiva, algo comúnmente asociado con el Trastorno del Espectro Autista (TEA).

Mariana Martínez, es integrante de Miratea y mamá de un chico con TEA: “El problema de los escapes sueltos es terrible, generalmente se les ofrece a las personas con autismo hacer terapia en domicilio, pero nosotros impulsamos que sea en consultorio para que puedan integrarse lo más posible a la sociedad, que sepan lo que es andar en la calle, tomarse un colectivo. Pero al salir a la calle, un chico que espera el colectivo o el remis para ir a la terapia, cuando pasa un escape libre le da un susto tan grande al punto de que salen corriendo; y es un peligro porque pueden ser atropellados o perderse. Con terapia pueden empezar a controlarlo; por ejemplo, mi hijo cuando siente que viene un escape libre, ya empieza a taparse los oídos. Pero cuando son chiquititos no saben qué es lo que está pasando ni cuánto tiempo va a durar, entonces están en alerta permanente. Salen a la calle con terror de que en cualquier momento vuelva a aparecer una moto, la pasan muy mal”.

Asimismo, destacó que el autismo es una condición que acompaña a las personas durante toda la vida, y los adultos con hipersensibilidad auditiva siguen sufriendo este problema.

Oídos sordos

El sistema auditivo en el ser humano, está adaptado a recibir y percibir sonidos y ruidos dentro de determinado rango de intensidades, si éste es superado y la exposición es sostenida comienzan a producirse efectos nocivos de orden fisiológico y psicofisiológico sobre la salud. A estas patologías están expuestas todas las personas sometidas sostenidamente a estas intensidades acústicas ya sea por trabajar con equipos ruidosos o por vivir en centros urbanos contaminados acústicamente.

“Por supuesto que una de las causas de la pérdida de la audición o de la hipoacusia es la exposición al ruido. De hecho, la mayoría de las fábricas o lugares de trabajo donde hay máquinas tienen medidos los niveles de ruido mediante un aparato, el decibelímetro, que es el que marca en el ambiente laboral la incidencia del ruido o de la posibilidad de que ese ruido supere las medidas adecuadas, provocando la hipoacusia”, señaló a UNO la fonoaudióloga Mariel Bordenave.

Los límites que el oído humano puede soportar es de 80 decibeles durante seis u ocho horas, que es aproximadamente la extensión de una jornada laboral promedio, según indicó Bordenave.

“Cuando se supera esta medida, el oído ya se ve expuesto a una agresión que le provoca pérdida de las células del oído interno, denominadas células ciliadas, que permiten recibir la onda mecánica del sonido y transmitirla al nervio auditivo. Estas células son delicadas, y si son expuestas a altos decibeles, se van autoeliminando. Lo grave es que no tienen reposición, no se regeneran como lo hacen, por ejemplo, las células de la epidermis que se reproducen y por eso cicatrizamos. Por eso se pierde la capacidad de audición”, explicó la profesional.

En este sentido, manifestó que las principales exposiciones al ruido se producen en profesiones e industrias donde los operarios están expuestos a sonidos de máquinas y motores potentes. Si bien el tránsito es oscilante, porque hay horas en que es mucho mayor, hay lugares donde es constante, como en avenidas y accesos. Quienes viven sobre arterias como Almafuerte, Enrique Carbó o inmediaciones del Acceso Norte probablemente hayan olvidado lo que se siente dormir toda la noche sin ser sobresaltados por algún escape suelto en la mitad de la madrugada.

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“La exposición aislada produce hipoacusia siempre y cuando se superen los 140 decibeles, como por ejemplo un impacto de arma de fuego o las turbinas de un avión. Ese efecto se llama trauma acústico. Pero los chicos que vemos que andan en motos con escape libre están expuestos constantemente a los altos decibeles, en especial si no usan casco, que si bien no está pensado para aislar el sonido, contribuye a proteger el oído”, explicó Bordenave, y añadió: “Está estudiado que en las autopistas o en los accesos a las ciudades, donde los vehículos circulan a altas velocidades, las personas que trabajan en esos lugares, como quienes tienen puestos de verdura, o quizás en estaciones de servicio, sufren lesiones en el oído”.

La pregunta es: ¿cuántos decibeles produce el caño de escape de una motocicleta? La respuesta es entre 90 y 100, sin embargo, en los estudios no se aclara si es una motocicleta en condiciones, o con el escape suelto o modificado para producir las famosas contraexplosiones que tienen una intensidad similar a la de un disparo de arma de fuego.

Pará la moto (o el auto)

Un escape preparado no es otra cosa que un tubo de mayor diámetro que el original y sin silenciador. También existen caños de competición, que son los que se colocan, para la explosión, en los rodados de mayor cilindrada. Asimismo, hay quienes modifican los motores de sus autos para que sean más ruidosos.

Quienes se mueven en estos vehículos, vulneran derechos constitucionales. Por supuesto, no gozan de demasiada popularidad entre la mayoría de la población, y hasta pareciera que –en algunos casos– disfrutaran de ejercer una constante agresión contra el resto de los vecinos. Sin embargo, más allá de la responsabilidad personal, para que la ley se cumpla tiene que haber control.

La Constitución Nacional, en el artículo 41 señala que “todos los habitantes gozan del derecho a un ambiente sano, equilibrado, apto para el desarrollo humano y para que las actividades productivas satisfagan las necesidades presentes sin comprometer las de las generaciones futuras”. En tanto, la Ley Nacional de Tránsito prohíbe “circular con vehículos que emitan gases, humos, ruidos, radiaciones u otras emanaciones contaminantes del ambiente, que excedan los límites reglamentarios”.

El Estado debería controlar. Dos ejemplos recientes son las localidades de General Ramírez y Crespo, donde las autoridades tomaron la posta para proteger a los vecinos de los caños de escape libre en los vehículos, que están fuera de regla. Y hoy son ciudades pioneras en la región en implementar una medida concreta para frenar esta molestia con normativa específica. En Ramírez se fueron decomisando los caños de escape antirreglamentarios en los controles de tránsito que realiza la Municipalidad, y además fueron innovadores en cuanto al destino que se le da a estos artefactos: los compactan y se los entregan a los referentes de la cooperativa de recuperadores de residuos “Creando Valores” para que puedan comercializarlos.

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Una topadora destruyendo escapes antirreglamentarios en General Ramírez

Una topadora destruyendo escapes antirreglamentarios en General Ramírez

En Paraná también hay mucha letra legal al respecto. De hecho, la ordenanza más antigua en materia de ruidos molestos por caños de escapes y otros vehículos, se remonta al 13 de abril de 1971. La misma manda que las motocicletas livianas bicicletas y triciclos con motor acoplados de una cilindrada de hasta 50 centímetros cúbicos (CC) no deben provocar más de 75 decibeles. Para poder comparar, se estima por ejemplo, que un concierto en un teatro genera 80 decibeles. En Paraná, una moto de 50 a 125 CC no pueden superar los 82 y aquellas que tienen más de 125 de cilindrada el nivel sonoro máximo no puede superar los 86. Sin embargo, no existe una política firme al respecto y los controles, en todas las gestiones, son esporádicos.

Maximiliano Montani es uno de los impulsores del grupo Basta de ruidos en Paraná, que comenzó en Facebook en 2012 y fue creciendo. De hecho, presentaron una nota pidiendo que se haga cumplir la ordenanza vigente desde la década del 70. “Después de la presentación de esa nota, que tuvo un fuerte impacto en los medios, la Municipalidad nos convocó a través de la Secretaría de Medioambiente y empezamos a tratar de colaborar. Pero nosotros no somos expertos en la temática, somos vecinos que tomamos la iniciativa. Tuvimos alguna respuesta, pero no tanto en la parte ejecutiva, porque no se llevó a cabo un verdadero control. Tiempo después, el Gobierno de Entre Ríos emitió un decreto por el cual la Policía pasaba a tener competencia para controlar las motos y fue un cambio rotundo, pero se dio casi por descarte. Más que nada, la Policía controlaba los papeles, las luces y las patentes de los motovehículo, y generalmente coincidía con que también tenían el escape libre, entonces por un tiempo hubo un respiro”, comentó a UNO.

Asimismo destacó que no tienen animosidad contra las motos, sino contra cualquier vehículo con escapes sueltos y que superen los niveles de sonido permitidos.

Señaló que en algunas ciudades donde la contaminación acústica es tomada como un problema serio, se han confeccionado mapas de la polución sonora, midiendo los decibeles en diversas zonas y marcándolas en un plano para así tomar medidas al respecto.

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“Creo que esto ya ha pasado a ser una cuestión violenta, porque hasta parece que les da placer a los que andan en esos vehículos con escapes ruidosos, sin importarles los trastornos que les generan a los vecinos. Y cada vez que se relaja el control, volvemos a un punto cero en la situación. Es algo cíclico en todas las gestiones, nunca se da una solución efectiva, sino que se toman medidas esporádicamente”, manifestó.

En este sentido, añadió que la implementación de la Verificación Técnica Vehicular Obligatoria podría ayudar a controlar y prevenir esta situación, sin embargo, Entre Ríos es una de las pocas provincias donde no se ha implementado.

En enero de 2020, la Municipalidad de Paraná realizó controles con decibelímetros en la zona céntrica de Paraná, pero desde entonces, no han habido novedades al respecto. Por el momento la norma sigue siendo incumplida, y si la violación de la norma es la regla… estamos perdidos. “Creo que a nivel legal ya está todo dicho, sólo falta la voluntad política de hacer cumplir las normas y mantenerlo en el tiempo. Así como te paran para pedirte el casco, las luces y el carnet, deberían controlar los decibeles para desalentar el uso de escapes preparados o sueltos”, concluyó.

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