Suplemento Aniversario
Lunes 20 de Noviembre de 2017

"Si algún día encuentran mis huesos"

Eduardo Roberto Bonín nació en Federación, fue delegado sindical en el astillero Río Santiago y militante político. Fue secuestrado y desaparecido. Antes de morir, en un centro clandestino de detención, hizo conocer su último deseo a un compañero que logró sobrevivir.

El nombre de Eduardo Roberto Bonín debería estar presente en el espacio público de su ciudad natal, Federación, en el cartel nomenclador de alguna calle o el frente de alguna escuela, de modo de trascender la memoria de su familia y de quienes compartieron con él su corta vida. Pero el nombre de Eduardo no aparece muy seguido, como tampoco han aparecido sus restos desde hace 40 años, tras haber sido detenido y desaparecido en La Plata, donde trabajaba y militaba, durante la última dictadura cívico militar.
Pudo haber sido víctima de uno de los vuelos de la muerte, porque ese fue el destino de sus dos compañeros de militancia y de cautiverio. Los cuerpos de Humberto Fraccarolli –oriundo de Gualeguaychú– y Héctor Baratti, aparecieron en las costas bonaerenses y muchos años después fueron exhumados en el cementerio de General Lavalle (Buenos Aires) e identificados por el Equipo Argentino de Antropología Forense. Si algún día encuentran los restos de Eduardo, él mismo se encargó de hacer conocer su deseo sobre su destino.
El 27 de febrero de 1949, mucho tiempo antes de que un pueblo entero fuera obligado a dejar sus casas ante el avance de las topadoras y del agua del embalse de la represa de Salto Grande, nació Eduardo en la Vieja Federación. Hijo de Nilda Lucía Briozzi y Eliseo Roberto Bonín. Hermano de Ernesto, Diana, Liliana, Silvia, Marisa y Nora. Cursó la primaria en la escuela Nº 1 Carlos Pellegrini.
Más adelante dejó la ciudad y se fue a trabajar al astillero Río Santiago, en Ensenada, provincia de Buenos Aires. Fue delegado gremial y militante del Partido Comunista Marxista Leninista (PCML). Sus compañeros le decían El Negro.
Estaba por cumplir 28 años cuando lo detuvieron, el 23 de febrero de 1977. Hubo un inmenso operativo policial en las inmediaciones del lugar donde participaba de una reunión: el consultorio odontológico de Norma Estela Campano, en Calle 33 Nº 1496 de la ciudad de La Plata. Los intimaron a salir y cuando lo hicieron, todos fueron secuestrados. Eran Elena De La Cuadra –embarazada de cinco meses–, Héctor Baratti, Humberto Fraccarolli, Pedro Campano, la odontóloga Campano y Bonín.
Todos fueron desaparecidos. Ana Libertad, la hija de Elena y Héctor, nació en cautiverio en la Comisaría Quinta de La Plata, fue apropiada y restituyó su verdadera identidad en 2014. Los restos de Baratti fueron hallados e identificados en 2009 y los de Humberto Fraccarolli en 2010. Se estableció que ambos fueron víctimas de los "vuelos de la muerte". Con ellos dos, se sabe por testimonios judiciales, el federaense compartió cautiverio durante toda su detención.
Eduardo fue visto en comisarías de La Plata y en el centro clandestino de detención "Club Atlético". Su secuestro y desaparición conforman el caso 31 contenido en la sentencia de la causa Circuito Camps, dictada el 25 de marzo de 2013 por el Tribunal Oral en lo Criminal Federal N°1 de La Plata, presidido por el juez Carlos Alberto Rozanski.

Reconstrucción
La sentencia de Circuito Camps da por acreditado que el entrerriano fue secuestrado y privado ilegítimamente de la libertad aquel 23 de febrero, así como que fue trasladado a la Comisaría Quinta de La Plata, donde permaneció cautivo al menos hasta el 2 de octubre de ese mismo año. Asimismo se probó que allí fue sometido a tormentos y que se encuentra actualmente desaparecido.
Uno de los testimonios más importantes del juicio fue el de la madre de Bonín. Nilda Briozzi dijo que se enteró del secuestro por medio de un familiar cercano, con quien Eduardo vivía en La Plata. Contó sobre los numerosos recursos de Habeas Corpus que presentó en vano y sobre las diferentes comisarías y destacamentos que recorrió en busca del paradero de su hijo, sin ninguna respuesta. En ese peregrinar se entrevistó con el obispo Emilio Teodoro Graselli, por entonces secretario privado del vicario castrense Adolfo Tortolo, quien se hizo conocido por recibir a familiares de las víctimas y armar un gran fichero con información que ponía al servicio del terrorismo de Estado.
La primera vez que lo vio, Graselli le expresó que Eduardo estaba detenido en una comisaría, aunque supuestamente no sabía cuál. La segunda vez, le indicó que ya se lo habían llevado de allí. Graselli es uno de los hombres de la Iglesia que adeuda explicaciones a la Justicia por su complicidad con la dictadura.
Por su parte, Estela De La Cuadra, hija de una de las fundadoras de Abuelas de Plaza de Mayo y hermana de Elena, dio detalles del operativo de secuestro, de los que se enteró por un vecino. Las fuerzas policiales ocuparon dos o tres casas ubicadas delante del consultorio. Intimaron a rendirse al grupo de militantes. La primera en salir fue Elena y luego el resto.
Otro testimonio importante fue el de Luis Velasco, quien estuvo en la Comisaría Quinta entre mediados de julio y agosto de 1977. Relató que al llegar al lugar fue alojado en un calabozo oscuro. Desde el fondo de la celda salieron tres figuras "fantasmagóricas" con pelo largo, vestidos con remera a pesar del frío invernal, porque habían sido detenidos en febrero y no les había dado ningún abrigo. Lo abrazaron y comenzaron a solicitarle información de la situación política. Eran Humberto Fraccarolli, Héctor Baratti y Eduardo Bonín. Ante el Tribunal, Velasco manifestó que los tres tenían mucha entereza y sabían que los iban a matar. Otros dos sobrevivientes también testimoniaron que lo vieron en la misma Comisaría. Completan la prueba los tres expedientes de Hábeas Corpus promovidos por la familia y sistemáticamente rechazados por la Justicia de La Plata y el Informe de la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas (Conadep), en su Anexo, Tomo 1, Legajo 8216.

Dieciocho meses después
Diego Barreda, sobreviviente del terrorismo de Estado, declaró en varias oportunidades sobre su encuentro con Eduardo, Fraccarolli y Baratti, en su caso en la Comisaría Octava de La Plata. Ellos ya llevaban 18 meses secuestrados, mientras que Barreda había sido detenido mucho después, en julio de 1978, y antes de llegar a esa dependencia había estado en el Pozo de Quilmes y el Pozo de Banfield. A la Comisaría ubicada en avenida 7 y 74 fue llevado para ser "engordado" para su posterior blanqueo. En una de las celdas ubicadas en la parte trasera de la seccional, donde se alojaban los detenidos ilegales, compartió cautiverio unas horas con los tres militantes del Partido Comunista Marxista Leninista. Con quien más dialogó fue con Bonin, porque era delegado del astillero Río Santiago, donde él había trabajado.
Barreda es una de las últimas personas que vio a Eduardo con vida. Atendió el llamado de UNO desde su casa de Gonnet, provincia de Buenos Aires, y reconstruyó aquel encuentro. Relató que él era operario en la sección carpintería; mientras que Bonín era delegado general del taller de estructura, un lugar enorme donde en ese momento trabajaban más de 400 personas. Aunque no tuvo relación con él dentro de la empresa, el entrerriano era muy conocido por su actividad sindical. Le decían El Negro Bonín.
"Cuando después del Pozo de Banfield y el Pozo de Quilmes me trasladaron a la Comisaría Octava de La Plata, en otros calabozos había un grupo de tres personas con las que no nos podíamos comunicar, que lo que más me había impresionado era que al atardecer cantaban canciones folclóricas hermosas", recordó Diego.
"A los pocos días, una noche, de golpe escuchamos ruidos y vinieron y me abrieron la celda y metieron a tres personas, en forma misteriosa. Estábamos casi uno arriba del otro en ese lugar pequeño y nos pusimos a hablar. Yo conté que era de La Plata y trabajador de Río Santiago. Entonces él dijo: 'Yo también soy trabajador de Río Santiago'. Escuchar eso ahí, en esas condiciones, fue una alegría enorme de parte de él y de parte mía. Estuvimos hablando como cuatro horas, según recuerdo. Hablamos de nuestra vida en el astillero".
También conversaron sobre lo que sucedía afuera, en un país que vivía en dictadura. "Ellos llevaban secuestrados un año y medio. Yo llevaba tres meses. Ellos no tenían ni idea de lo que había pasado en el mundo en ese tiempo. Yo les conté las formas de resistencia que había habido en la empresa; que había surgido Madres de Plaza de Mayo, cosas que no les cabían en la cabeza".
Luego dialogaron sobre las razones por las cuales los habían llevado a la celda de Barreda. "A mí me insinuaron que me iban a blanquear. Ellos estaban convencidos, los tres, que los iban a matar. Discutimos sobre eso y después seguimos hablando de distintas cosas. No sé cuánto tiempo pasó, los fueron a buscar y los llevaron de vuelta a su celda. Sería de madrugada. A la mañana, cuando hicieron el recuento, le pregunté a un guardia viejo: '¿y los muchachos?'. Hizo un gesto pasándose la mano por el cuello. Y así fue, efectivamente. No supimos más nada de ellos".
Diego Barreda "apareció" detenido legalmente 10 o 15 días después de aquel encuentro. Se encargó entonces de hacer conocer hacia el mundo exterior lo que había vivido con aquellos tres militantes. Y especialmente, una solicitud especial que le hizo Eduardo aquella noche. Palabras más, palabras menos, el pedido fue este: "A nosotros nos van a matar. A vos posiblemente no. Si volvés al astillero y si encuentran mis huesos, yo quiero que los entierren en la puerta del taller de estructura. Ese es mi mundo: mis compañeros".
Barreda volvió a trabajar al astillero 30 años después. En una ocasión se hizo un homenaje en el taller de estructura y él contó el pedido de Eduardo, como lo hizo en varios juicios en que testimonió. "Había algunos viejos que lo habían conocido y lo recordaban. Fue algo muy emotivo y desde ya que ese deseo no se cumplió nunca porque nunca se recuperaron los restos".

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