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Semblanza del padre Esteban Rougier y su vocación por la cultura

Falleció el religioso que en 2014 fue distinguido por UNO con el Premio Escenario de Oro. Además de su labor pastoral, el sacerdote tuvo un importante rol en el quehacer cultural de Villa Elisa y la conexión con sus raíces.

Jueves 18 de Junio de 2020

Falleció el martes el sacerdote Juan Esteban Rougier, quien tuvo una importante labor no sólo pastoral sino cultural, abocándose a la investigación y difusión de las raíces valesanas, saboyanas y piamontesas de Villa Elisa, su lugar de origen. Tenía 92 años y los había cumplido el 22 de mayo.

Su acción fue mucho más allá del campo espiritual. Juan Esteban se destacó por haber sido pionero en establecer lazos de fraternidad con los ancestros elisenses y fue artífice principal de la organización del Centenario de Villa Elisa en 1990, cuando más de 400 europeos llegaron a dicha ciudad.⁣⁣

Y en 2014, su trabajo lo hizo merecedor del Premio Escenario de Oro, ya que a través de su obra literaria dio a conocer tres corrientes inmigratorias que fundaron la primera colonia agrícola de Entre Ríos. Defensor de las raíces de los antepasados de las tierras entrerrianas, publicó dos libros: Por los Caminos del Encuentro: El hallazgo Valesano y Por los Caminos del Encuentro: La Revelación Piamontesa.

“Mis palabras van destinadas a felicitar esta iniciativa de promover todo lo que tenga que ver con la cultura local. La Argentina genera mucha producción material, cosechas que pueden llegar a resolver dificultades económicas, pero lo que no se puede reemplazar jamás es lo que hay que producir con la mente y con el corazón. Este Premio Escenario busca, realmente, lo más excelente. Mis felicitaciones y mis augurios a quienes promueven este galardón”; dijo el sacerdote al buscar su estatuilla dorada.

Su labor y pensamiento quedó retratado en un diálogo que tuvo con su coterráneo, el periodista elisense Alberto Cuio Ingold, quien plasmó la conversación en su libro Historias: cultura del arroz en la vida de la gente. A continuación, publicamos un fragmento del capítulo que le dedicó.

Los viajes de integración

Sin dudas, un valor que carga en la alforja de su vida fue el trabajo de integración que realizó entre los descendientes de aquellos inmigrantes que poblaron nuestra zona y los parientes del otro lado del mar. Con la paciencia del orfebre, esperó veinte años para concretar ese camino que la vida le puso enfrente casi por casualidad.

—Todo aquello para mí formó parte de algo que asumí inesperadamente, porque había desistido de mi viaje a Europa. Fue en el año 70, y estuve un año y tres meses. Fue después del Concilio Vaticano II, que fue el acontecimiento cultural más importante de la humanidad: 2.300 obispos sesionando durante cuatro largos años, hablando sobre la realidad del mundo en general y de la iglesia en particular. No hubo en la humanidad un proceso tan intenso, tan profundo y tan prolongado. Y eso me ayudó a decidirme a ir a Europa para realizar un curso en Bélgica, en el seminario en el que se formó el padre Hoflack. A principios del 70 hablé con el obispo Resk en Concordia y marché a París, paré en un convento y empecé a encontrar señales de Dios que me indicaban que la tarea de unir a la gente de acá con los parientes de Europa era muy humanamente hermosa y cristianamente necesaria.

Allí en París, mientras celebraba misas y buscaba amparo, comenzó a recorrer el camino que lo fue acercando a los parientes lejanos. Fue como la búsqueda del ciego que recién empieza a tantear el mundo. Primeros pasos, frustraciones, tropiezos y vueltas a empezar. Hasta que todo comenzó a destrabarse.

—A los quince días de estar en el convento de París, se me ocurrió hacer una primera visita al Piamonte, que era donde tenía una noticia concreta. Llegué a Modane, me bajé, fui al cementerio y encontré apellidos de nuestra zona. Me fui a la parroquia y les conté de dónde venía. Esto de los emigrantes no le interesaba para nada al cura del lugar. Al día siguiente me pasé a Bardoneccia, el primer pueblo de Piamonte. Rosalía Garnier me dio el dato de una prima hermana, los ubiqué y me invitaron a quedarme. En la parroquia de ese lugar me abrieron las puertas, me mostraron los libros. Luego marché a San Beltrán. Luis Pascal había estado tres meses en ese pueblo y me había prestado fotos, y esas fotos fueron llaves que me abrieron lo mejor de mi viaje.

De ahí fue a Exillies, donde se hizo muy amigo del cura, y finalmente al pueblito italiano de donde habían salido sus parientes:

—Un pequeño pueblito, casi como Hoker, en el medio de la montaña. San Colombano. Toda esa felicidad con la que me recibieron me dio impulso y me abrió las puertas de Suiza y de Saboya. Ese viaje me despertó el entusiasmo, me hizo pensar en la fortuna que había tenido de haber viajado y encontrarme con cartas, fotos que hablaban de un vínculo perdido en el tiempo y que era necesario restablecer.

Todos aquellos vínculos fueron atesorados durante dos décadas para volver a ponerlos en juego en la celebración del Centenario de Villa Elisa. ¿Y si el horizonte del aniversario local servía para mirar al otro lado del mar, para encontrarnos con nuestros parientes separados por centenares de kilómetros, años, historias y culturas? ¿Y si era el momento para correr toda esa distancia y buscar el corazón y la sangre común que corría allá y acá? Esa idea generó miedo, interrogantes, algún rechazo; pero ¡al suelo los prejuicios! Juan Esteban, junto a un grupo de vecinos y las autoridades locales, trabajó para que esa fuera la fiesta del abrazo y el reencuentro. Después de cien años los lazos volvían a anudarse. De todo aquello, de los miles de momentos vividos, Juan Esteban elige uno:

—Nunca en la vida tuve ni pienso tener una experiencia tan fuerte como la que viví y como la que vi vivir a aquellos europeos que tuvieron el coraje de venir, y toda la gringada que abrió los brazos para recibirlos. Fue un momento muy potente que jamás voy a olvidar.

El último viaje

La conversación se cierra y aún quedan muchos caminos sin recorrer. Es que su vida tiene tantos caminos abiertos. Algunos se transitan y aquí están contados, otros solo forman parte de la conversación íntima. El periodista sabe que está ante una vida larga, no por el tiempo transcurrido, sino por la riqueza de la experiencia acumulada, la diversidad de mundos recorridos, la suela gastada en el camino. Aún queda la incógnita de su sorpresiva ida de Villa Elisa a Colón:

—Llegué a pensar que iba a morir en Villa Elisa, pero siempre me resuena aquel director espiritual que me dijo que siguiera adelante, y todo lo que me enseñó y predicó sobre la obediencia. En el 99 murió el párroco que estaba en Colón, me hablaron de la posibilidad de que yo viniera acá, y le dije al monseñor Cardelli: “Usted disponga pero, si me da a elegir, yo elijo Villa Elisa”. Días después, me habló por teléfono: “Te felicito, porque ya sos cura de Colón”. Y le contesté: “Muy bien, el hombre obediente canta victoria, dice la Biblia. Usted disponga y yo hago lo que usted diga”. Me dije: “Borrón y cuenta nueva y empiezo de vuelta”.

Rescata mucho el valor del cooperativismo. Recuerda las experiencias frustradas de cooperativas que finalmente se fundieron, y la experiencia exitosa de la Cooperativa Arroceros.

—Creo que cumplió un papel importante para la región. Hay que apoyarla y hacer todo lo posible para que se afiance con más socios y de una manera coherente, porque una cosa que se descubre en el cooperativismo es hasta dónde somos todos egoístas. En ese sentido, los que deciden trabajar en el cooperativismo tienen que saber ser constantes y perseverantes.

El periodista no quiere irse sin escuchar su opinión sobre un tema que siente contradictorio. Habiendo avanzado tanto el mundo, no puede entender la cuestión del celibato. Esa condena a la soledad para hombres y mujeres que predican la palabra de Dios. Juan Esteban sonríe ante la inquietud, vuelve a entrecerrar los ojos y contesta:

—Hay que entender la vida como nos enseña Jesucristo y no como la entendemos nosotros. La renuncia, que en el primer momento es costosa, trae una retribución inmensamente mayor que lo que uno deja. Lo decisivo en la existencia es la vocación, y la vocación significa el llamado de Dios al destino que cada uno tiene que cumplir en su vida. Esa vocación está hecha para nuestro mayor bien y nuestra felicidad. Todo es mejor que una vocación errada, y nada es mejor que una vocación acertada.

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