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“Seguimos en la etapa de las cajas de cartón”

Diálogo Abierto: Licenciada Felisa Lovaglio, especialista en conservación. Única opción: estudiar. La historia y el curar los documentos. Papeles milenarios y fragilidad informática

 

 

 

 

La preservación adecuada de los documentos y el acceso a los archivos por parte de los ciudadanos resulta un indicador más de la salud democrática y republicana de una sociedad. En este caso –como en tantos otros vinculados con el funcionamiento del Estado– el panorama resulta patético. La profesora Felisa Lovaglio –docente, asesora en conservación y con funciones en el archivo histórico de la Legislatura de Santa Fe– analizó la falta de conciencia al respecto, destacó las formas de trabajo en España y Estados Unidos –donde realizó parte de su capacitación– y remarcó la falta de compromiso de las actuales generaciones que cursan la carrera de Archivística en la capital provincial.

 

 

 

El pueblo que ya no es

 

—¿Dónde nació?
—En la ciudad de Salta.

 

 

—¿Hasta cuándo vivió allí?
—Hasta los 17 años. En realidad nací en Salta pero mis padres vivían en Cafayate. A Salta fui a hacer el Secundario y luego estudié en la Universidad de Buenos Aires, desde los 18 años.

 

 

—¿Cómo era su barrio de la infancia?
—En Cafayate estuve hasta los 13 años, vivía a media cuadra de la plaza y a la vuelta de la iglesia. Mi padre era médico rural. El pueblo era muy chiquito aunque ahora está muy moderno y progresista por el turismo. Hay una plaza central, con una iglesia bastante jerarquizada y los cerros están a la vuelta, por lo cual es muy bonito, rodeado de viñedos, alamedas –y ahora de hoteles. Cuando era muy chiquita había adoquinado y palenque para los caballos. Le cambiaron la fisonomía sin cuidar el patrimonio y su originalidad.

 

 

—¿Se perdieron construcciones valiosas?
—Había algunas a la vuelta de la plaza como un hotel muy famoso y enorme –estilo veneciano y de mármol– cuyos materiales fueron traídos de Italia. Se tiró abajo para hacer una cajita de zapatos y se vendieron los materiales.

 

 

—¿Su mamá?
—Ama de casa.

 

 

—¿A qué jugaba?
—A la rayuela (risas) y a subir a los árboles. No había ninguna tecnología –menos para los niños– y todo era imaginación. Tuve una infancia muy simple y sana.

 

 

—¿Travesuras?
—Entrar al consultorio de mi papá para tocarle sus instrumentos, hasta que un día me manché con yodo puro y creí que estaría con esa mancha negra toda la vida. ¡No aparecí más! (risas)

 

 

—¿Le atraía ese universo?
—Cuando estaba en 4º año sentía que lo mío era curar y eso es lo que ahora trato de hacer –en cuanto a la memoria y la identidad. Pero me di cuenta de que no resistiría el dolor humano, así que hice Historia y luego me especialicé.

 

 

 

—¿Había una buena biblioteca en su casa?
—Sí, para todos los gustos.

 

 

—¿Las primeras lecturas?
—La Colección Billiken entera; me dejaban salir poco así que leía mucho.

 

 

—¿Alguno muy influyente?
—El Principito, ya siendo mayorcita.

 

 

—¿Por qué?
—Por lo que dice de que si uno adiestra o amansa un animal –refiriéndose a una persona– queda como responsable para toda la vida. O sea que cuando se hace un vínculo especial, queda para siempre. Me gustó mucho, es muy fuerte y humano.

 

 

—¿Se imaginaba en ese rol?
—Posiblemente, era como apropiarse bien de la otra persona y hacer un vínculo permanente, de lealtad.

 

 

—¿Lecturas prohibidas?
—No había censura; si hubo algo, lo leí de más grande.

 

 

 

Sin otra opción que estudiar

 

 

—¿Buena alumna?
—Sí, no me quedaba otra. Mi casa era un régimen bastante riguroso y me gustaba mucho estudiar. Cuando se entra en el círculo de la cultura y el conocimiento una cosa lleva a la otra, y se quiere saber más.

 

 

—¿Materias predilectas?
—Las humanísticas, Historia y Filosofía.

 

 

 —¿Otra afición?
—La música, toco la guitarra desde los 12 años. Soy la menor de siete hermanos y ellos crecieron en la década del folclore. Además –en Salta– todo el mundo toca la guitarra, se reúne a cantar y hay muchos canto-bares y peñas. Es una actividad que une mucho a la gente.

 

 

—¿Observó de cerca el fenómeno del auge del folclore en la década de 1960?
—Era chica pero en casa veía muchas reuniones en las cuales se bailaba y tocaba la guitarra. Mis hermanos también lo hacían y luego mi padre se opuso porque dijo que no iban a estudiar y que era solo un pasatiempo. Quería que estudiaran una carrera porque “la música popular no garantizaba nada.”    

 

 

—¿Con quién vivió cuando se fue a Salta?
—En la casa de unos tíos, con mis hermanos mayores.

 

 

—¿Cómo fue el contraste?
—Sufrí mucho, me costó dejar mi casa paterna y cambiar de ambiente social, porque estaba acostumbrada a gente muy simple, tranquila, buena y sin estridencias, de pueblo. Iba a la escuela pública y en la ciudad me mandaron a un colegio parroquial, muy exigente.

 

 

—¿Es una sociedad muy cerrada?
—Sí… cuando vine a vivir a Paraná tampoco me fue fácil.

 

 

—¿Estudió algo más en Salta?
—Inglés, Francés, guitarra con una profesora y cantaba en un coro provincial.

 

 

—¿Qué vocación sentía?
—Hasta 4º año pensé en Medicina –tengo dos hermanos médicos– y me di cuenta de que no era lo mío.

 

 

—¿Hubo un hecho puntual?
—Pensaba en la práctica de la profesión y veía que mi papá llegaba cabizbajo cuando le pasaba algo con un paciente o cuando tenía que decirle que no viviría. Mi hermano también me contó –haciendo la residencia– que llegó un enanito de circo a quien lo había pisado un camión y estaba destrozado. Se encontró con el padre y le dijo que no se preocupara, que “estaría bien.” El enano murió a los cinco minutos y el padre –con un cuchillo– lo buscaba a mi hermano por todo el hospital. Me dijo: “Es muy doloroso pero no podés hacerte cargo de lo que ha hecho la vida.” Eso me marcó, cambié y luego me orienté por la Historia.

 

 

—¿Lecturas importantes de la juventud?
—De todo, muchas novelas y novelas históricas. Sartre me gustaba mucho. En cuanto a la Historia devoraba todo lo que podía, porque es una carrera para leer, asociar y reflexionar. Cuando estaba fichando para mi trabajo para la tesis sobre la Semana trágica –en la Biblioteca del Congreso– Félix Luna estaba fichando para Soy Roca –junto con dos secretarias. Me acerqué con la fantasía de que me pudiera contratar, hablé, entonces me dijo “más adelante” –porque no estaba recibida. Cuando me recibí, me casé y me fui a vivir a España, pero cuando vino a Paraná a dar una conferencia sobre Yrigoyen, fui su anfitriona.

 

 

—¿Le entusiasmaba un proceso histórico o personaje en particular?
—Muchos personajes me han deslumbrado: Isabel de Inglaterra –una mujer inteligente y poderosa– y Carlos V de España –como emperador poderoso y unificador. Admiro profundamente desde lo político y desde lo humano a Nelson Mandela, a Gandhi, al general San Martín –excelente estratega y ser humano–, al general Urquiza –por lograr la unidad necesaria para darnos la primera Constitución–, a Sarmiento –por haberle dado a la educación el lugar central y prioritario que debe tener para conformar una sociedad madura y responsable–, y a la Revolución Francesa –aunque muy violenta– por la enormidad de la ruptura de mentalidad.

 

—¿Denominadores comunes?
—La capacidad de generar el proceso, organizar una estructura política y generar el cambio, sin comunicaciones y que todo funcionara bajo control. Era asombroso… hoy con todos los recursos tecnológicos no logramos saber lo que hace quien está en la oficina de al lado. ¿Qué está fallando? Me asombra la manera eficiente de hacer las cosas de los antiguos y su claridad de objetivos.

 

 

 

La Historia y otra mirada

 

 —¿Dónde trabajó cuando se recibió?
—Cinco años en Buenos Aires en un colegio inglés, dando clases de Historia –pero me acobardé– y en un instituto del Conicet (Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas). Luego estuve un año acá e ingresé en el Archivo Histórico –por concurso.

 

 

—¿Por qué en Paraná?
—Mi marido es de familias de acá y veterinario de vacas. Estuvimos unos meses y le salió una beca en España, donde gané varias becas y comencé a hacer conservación y restauración.

 

 

—¿Se alejó de la Historia?
—Sí, aunque siempre un documento se enmarca en un contexto histórico que hay que conocer para tratarlo sin adulterarlo, faltarle el respeto ni sacarle la autenticidad. Si no lo sabés, podés sacarle algún rasgo o mutilarlo, lo cual es muy grave. La etapa previa a la restauración es una investigación profunda sobre el documento, cómo se generó, en qué condiciones, fecha, materiales… siempre estás inmerso en la Historia, aunque no de la manera cuando investigás o enseñás Historia. Me apasioné con esto y en España me abrieron muchas puertas.

 

 

—¿Una experiencia o trabajo que recuerde por algo en particular?
—Viajaba todos los días desde Zaragoza al Archivo Histórico de Lleida. Se hizo un trabajo para una exposición del Monasterio de Sigüenza –del siglo XI– sobre los escudos nobiliarios de las nenas de 11 años que entraban al convento –porque no las podían casar. Restauramos esos pergaminos que eran los cuatro escudos de los padres –quienes no tenían que tener sangre árabe ni judía. Eran bellísimos pero me impactó mucho; no pude dejar de pensar en esa época y en esas nenas, cuyos hermanos eran –el mayor– militar, el segundo, cura y la tercera, si no estaba prometida para alguien, iba al convento. 

 

 

—¿Cuáles fueron las primeras técnicas y herramientas que aprendió?
—Primero es el respeto al objeto, al patrimonio, porque si no se lo respeta no se lo conoce y no lo cuidarás. Luego hay que identificarlo para saber a quién perteneció, qué es lo que me dice, por qué y para quién es importante. Cuando tengo todo eso se hace un diagnóstico clínico para saber lo que le pasa y por qué, entonces por un lado actúo sobre sus patologías y por el otro, trato de resolver las causas que lo pusieron en ese estado, o sea modificar el medio ambiente. Ya sean plagas, humedad, luz, temperatura, manipulación de los agentes, malos envases, malas estanterías… Si lo restauro y lo meto en el mismo ambiente, se vuelve a deteriorar. Estos dos factores tienen que ir juntos, con planes científicos a corto, mediano y largo plazo. El procedimiento directo sobre el documento comienza con un diagnóstico clínico y fotográfico de todas las patologías, y se le aplican las técnicas específicas, desde la limpieza hasta la restauración de soportes, con injertos, papeles y adhesivos especiales, entre otras, que dependen de su estado. Hay técnicas que no se pueden aplicar a algunos documentos porque no las resisten.

 

 

 

Conciencia e identidad

 

—¿Qué factor es clave para que –en el caso de España– tengan una conciencia desarrollada en cuanto a la preservación de documentos?

—Tiene que ver con la evolución cultural de los pueblos. Los españoles tienen una conciencia de que su “españolidad” está en el patrimonio documental y bibliográfico, y ahora digital –lo cual es un verdadero dolor de cabeza y con el cual no me meto. Se borra de nada y no sabemos cuánto durará, pero si sé que el papel dura mil años, porque lo he visto.

 

 

 —¿En qué caso?
 —Vi el acta en papel en que Boabdil (último rey de Granada) firmó el documento a Isabel la Católica. Es de 1492 y hay papeles anteriores como el misal del monasterio de Silos, que los monjes lo tienen expuesto y es de 800. Están las partidas de Alfonso XII y el misal mozárabe, anterior a 1100. Son papeles viejísimos que están impecables.

 

 

 —¿Qué es lo que incide para su conservación?
 —Están en lugares con climas muy particulares pero siempre lo adjudico al compromiso que tiene el pueblo, intelectuales, responsables, funcionarios y políticos con el patrimonio. También trabajé en Boston y allí no había el clima seco de algunos lugares de España, pero la conciencia es la misma.

 

 

 

 —¿Observó técnicas distintas en Estados Unidos?
 —No, tal vez tengan más recursos pero los españoles son muy bien formados.

 

 

 

Falta todo, menos plata

 

 —Imagino la depresión, por el contraste, cuando volvió.
—Sí, dije: “Felisa, qué hiciste, te hubieras dedicado a otra cosa­”. Cuando se aprende a trabajar de esa manera, te hace mal. Y no todo es cuestión de plata, porque, por ejemplo, los mejores adhesivos, los restauradores los preparamos con almidón de trigo, un pequeño anafe y una ollita. Con eso hago el mejor adhesivo para restaurar papel, que es el usado en toda la historia de la humanidad. Es flexible y no se acidula con el paso del tiempo.

 

 

 —¿Qué es lo determinante en nuestro medio: falta de conciencia, de capacitación, de presupuesto, de continuidad?
 —Es un combo aunque en la falta de presupuesto, absolutamente no creo, porque hay presupuesto para miles de otras cosas. Como sucede con la memoria interpretada de un período muy pequeño –respetable y conmovedor– de la historia del país. Todo lo que es para esa memoria, hay, pero para rescatar toda la memoria de los argentinos… Estamos muy confundidos y no hay una ruta. Lo demás es un combo de gente que mira para otro lado y no quiere involucrarse, quienes no están capacitados y no quieren capacitarse…

 

 

 —¿Con qué dificultades se encuentra en el trabajo cotidiano?
 —Ahora estoy en la Facultad de Humanidades y en la de Ciencia de las Gestión. En ésta tengo mi cátedra de Conservación Preventiva II y la dificultad es que hace añares que no me dan nada para el taller –cuando es una materia eminentemente práctica– y lo pongo de mi bolsillo. Todos los años se gastan los materiales y no hay nadie a quien le interese lo que pasa. En Humanidades estoy en la Red de Museos, hay dificultades pero se trabaja con proyectos del rectorado y las autoridades están muy involucradas. Son equipos que pertenecen a los distintos museos que a su vez pertenecen a la Uader –en los cuales soy la conservadora asesora. Se hacen muestras y exposiciones, y hay otros proyectos. Además trabajo en la Cámara de Diputados de Santa Fe –en el archivo histórico– y no me puedo quejar porque entendieron la importancia de los documentos constitucionales, parlamentarios referidos a las constituciones y expedientes de labor parlamentaria de más de 40 años, con los cuales estoy trabajando. Tengo mi taller y trabajo cómodamente.

 

 

 

Papeles y edades

 

 —¿Qué criterios inciden para declarar histórico a un documento y cuándo se torna digno de conservarse?
 —El documento pasa por tres edades: es administrativo, luego tiene una edad intermedia en la cual se guarda en un archivo –y lo consulta solamente quien lo produjo–, y tiene que haber una comisión de expurgo y especialistas que digan cuáles ameritan pasarse a la edad histórica y cuáles no. Por ejemplo, si tengo expedientes de licencias del Ministerio de Educación, se guardan hasta la segunda edad, pero luego guardo uno solo como ejemplo, lo cual lo determina un especialista que conozca el valor documental.

 

—¿Puede haber conflictos entre el criterio del archivista y las normas legales y administrativos?
 —No, el archivista tiene que estar muy formado para reconocer el valor legal, probatorio, histórico, estético, fotográfico, artístico y testimonial que pueda tener un documento, porque tiene que evaluarlo desde todos los puntos de vista.

 

 

 —¿Qué evaluación hace de la incorporación de la Informática al ámbito específico?
 —La tecnología hay que saberla manejar, ser prudente y tener mucho cuidado con querer reemplazar al papel por el soporte informático, porque no sabemos cuánto durará. Pasan cinco años y cambia el soporte. Sobre todo me refiero a los documentos notables, como por ejemplo las cumbres de desarme, que se hicieron en papel –mandado a fabricar especialmente– y tinta. Todos los documentos políticos cumbres del mundo se firman en papel. Con esto quiero decir que hay que ir con pies de plomo. Me resulta interesante digitalizar los documentos –que en algunos casos me demanda seis meses de trabajo– entonces cuando viene un investigador no toca el original.

 

 

 

Dedicación, desidia y robo

 

 

 —¿Tuvo un trabajo que significó un desafío particular?
 —Trabajé en Construcciones Portuarias y Vías Navegables –que tiene una colección de negativos de vidrio de 12.000 placas de 18 cm por 13 cm. y otros 5.000 retratos de 5 cm. por 9 cm. Estuve dos años muy incómoda y resistida por la gente de allí, sola. Fue interminable aunque me gustó mucho el trabajo con las placas. Cuando volvimos con el fotógrafo de la Fundación Antorchas –Luis Príamo– habían desaparecido décadas enteras de placas, las cuales se habían vendido. Los inventarios que había dejado no estaban y las placas estaban todas mezcladas. ¡Casi nos agarra un ataque! No volví más. Fue un trabajo muy duro que tendría que haberlo hecho en equipo, aunque llevaba mis alumnos para que me dieran una mano. La conservación y la restauración es muy meticulosa y lenta. No he podido armar equipos porque no me han escuchado; sugerí armar el centro de capacitación para la zona Centro y ya pasaron 24 años.  

 

 

 —¿No tuvo deseos de abandonar todo en algún momento?
 —Muchas veces pero me apasiona, entonces dije: “Estás en este camino y te vas a jubilar de esto”. Ha sido una experiencia un poco frustrante porque no es algo para este país en este momento. Debiera haberme quedado a vivir afuera –como dos colegas que están en Estados Unidos. Hay cosas que no son para este país, pero uno no lo quiere ver y no analiza las posibilidades reales. Uno pelea para que Argentina sea mejor, pero solo no se puede hacer nada. No soy San Martín.

 

 

 —¿Qué es lo que más le ha sorprendido de lo que sabe que se ha destruido o hurtado?
  —Hace poco me dijeron que se perdió una colección de periódicos muy valiosos de El Diario. Siempre desaparecen cosas: las monedas de Belgrano –en Buenos Aires–, unos incunables en Mendoza (130 libros de los siglos XVI, XVII y XVIII de la biblioteca San Martín)…

 

 

 —¿Es parte del mercado negro?
 —Totalmente, hay gente que da la vida por un documento. Acá vino hace dos o tres años una pareja jovencita a decirme que su bisabuelo había sido gendarme en Mendoza y que había traído de Chile un documento, sobre el cual quería saber qué era, si era original y si podía orientarlo para venderlo. Le pedí que me lo dejaran dos días para hacer un peritaje completo. Lo miré, lo leí, lo traduje y era uno de los cinco originales múltiples que se hacían en las batallas, en este caso la de Maipú. Daba todo el parte de guerra y le decía al Directorio que tenía prisionero al jefe realista español. ¡Me agarró un vértigo y una emoción! Y pensé que tenía que comprarlo un archivo. En los campos de batalla se hacían cinco originales múltiples –no copias–, para el Ejército, para la autoridad, para el general, para el cabildo del lugar y el otro no me acuerdo. Lo asesoré que fueran al Banco de Buenos Aires para que lo subasten o al Instituto Sanmartiniano –donde están los otros originales– pero no tienen plata (risas). Estaba muy bien cuidado.

 

 

 —¿Se ha sorprendido de que alguien tenga determinada documentación, sin tener relación con ella?
 —No, la gente que tiene cosas valiosas las tiene muy escondidas.

 

 

 —¿Puede haber alguien que posea mucha documentación de la época de la Confederación?
 —En el Instituto Magnasco –en Gualeguaychú– hay una colección de documentos de Seguí –secretario de Urquiza– y mucha otra documentación, muebles, monedas, abanicos, incunables y otros objetos impresionantes de 1700. Los cuidan mucho. En Salta hay muchos archivos privados a los cuales es imposible entrar a consultar, de la familia Güemes, por ejemplo.

 

 

 —¿No se puede hacer nada desde lo legal?
 —No, es patrimonio privado y depende de la buena voluntad de la gente que lo quiera donar. Hay mucha gente que dice que lo hará pero fallece y luego viene otra persona a la que no le interesa nada de nada.

 

 

 

Lo actual y el futuro

 

 

 —¿Qué percibe en las nuevas generaciones que estudian Archivística?
 —Noto mucho desinterés en la cátedra, en el estudio y la disciplina. No lo toman como algo que es el centro de la vida, de lo cual vivirán y con lo cual se desarrollarán. Pasa en todos lados y vienen mal formados desde la Secundaria y Primaria. Es un tema complejo que uno no sabe dónde comienza y termina. Como docente, jamás se lo estimula con una capacitación. En 20 años la facultad jamás me pagó un curso, todos los he pagado con el sueldo de docente, porque entiendo que hay que capacitarse y me apasiona. Pero la gente dice: “Qué curso voy a hacer si me lo tengo que pagar de mi bolsillo.” Además da lo mismo alguien que estudió en el extranjero que quien no se movió de su casa y repite como loro todos los días lo mismo. Saca las ganas y el estímulo.

 

 

 —¿Cuáles técnicas o conceptos han resultado innovadores en los últimos años?
 —Lo más impresionante fue el concepto de manejo de colecciones. Si bien la conservación y restauración siempre se tiene que hacer planificada, en los 90 surgió ese concepto.

 

 

 —¿Qué significa?
 —Que en un archivo tengo que lograr que la planificación abarque a todas las colecciones y fondos, no ocuparme de la “perla” que, por ejemplo, es la testamentaria del general Urquiza, abocándome solo a un documento mientras sobre los otros se llueve. Todas las instituciones tienen una perla porque algunos documentos son más valiosos y únicos que otros. Fue un gran cambio el planificar estrategias que permitan darle un estándar saludable a todo el patrimonio, aunque no necesariamente implique restaurar. Es eso de que el árbol no nos tiene que tapar el bosque. Este criterio surgió a nivel mundial pero acá no se han producido cambios.

 

 

 —¿Cuál es su función en la Red de Museos y cómo evalúa el proyecto?
 —Camina bastante bien, hay varias instituciones que participan, los directores son de Concepción del Uruguay, Alejandra Heit –directora de la carrera de Museología–, un arquitecto del Palacio de San José –especialista en conservación– y de este lado está la Escuela Alberdi, Almafuerte, Normal –con su archivo y su museo. Se trabaja sobre el patrimonio en cuanto a organización y clasificación, se hace difusión y exposiciones temáticas. El proyecto tiene varias fases y en lo breve nos preocupa reorganizar el archivo de la Normal y el museo, porque con la obra de restauración del edificio se mudaron.

 

 

 —¿Tienen alguna página web?
 —No está terminada aunque creo que será en breve. Pero si se ingresa a la página de la Facultad de Humanidades –en el área de la secretaría de Extensión– ahí figura la red y sus actividades. 

 

 

 —¿Un mensaje?
 —Apelo a la sociedad a que tenga en cuenta que en los documentos históricos –de mayor o menor envergadura– estamos todos, nuestra identidad y nacionalidad, y en lo cual podemos buscarnos y encontrarnos en lo que realmente somos. Por supuesto que también está la música, la comida, las fiestas, las tradiciones… todo es memoria y patrimonio.

 

 

 

“En el Estado nunca hay   continuidad del trabajo”

 

 

Salvo dos excepciones, Lovaglio consideró que la mayoría de los archivos de Paraná ni siquiera se ajustan a las mínimas normas de organización. En contraposición, la especialista destacó aspectos de la archivística norteamericana –ámbito en el cual realizó una pasantía.

 

 

 —¿En qué situación general se encuentran los archivos de la capital provincial?
 —Hay muchos organismos que producen documentación que luego se convierte en histórica y hay otros que directamente tienen documentación que nace histórica, como el Registro Civil –donde no se expurga nada por una cuestión legal–, el Registro del Notariado y las leyes –aunque se deroguen– y decretos, en cambio el archivo del Iosper tendría que expurgar la mayor parte de su documentación luego de cinco o 10 años.

 

 

 —¿Hay alguno digno de destacar por su conservación y funcionamiento?
 —Siempre menciono el del Arzobispado, es muy bonito, pequeño, y la persona que está a cargo es muy capacitada y comprometida. Tiene documentación desde 1700. El Archivo Histórico de la Provincia tiene algunos aspectos muy remarcables aunque hace algún tiempo que no voy y no sé si continuaron con esa línea de trabajo. Estuve allí con un proyecto de la Fundación Antorchas y trabajamos el Fondo Urquiza y la documentación testamentaria, y en ese momento se compró equipamiento muy valioso. Supongo que siguen con ese trabajo. No puedo, lamentablemente, mencionar otro que, siquiera, esté organizado.

 

 

 —¿Qué archivos o museos le gustaría conocer?
 —Los archivos rusos.

 

 

 —¿Por qué?
 —Son muy meticulosos, y me gustaría ver cómo fue el cambio del zarismo al comunismo. Cuando estuve en Estados Unidos pude hacer una pasantía para ver el proceso sobre los documentos presidenciales Top Secret –de la época Reagan, aunque teníamos prohibido leer y estábamos ubicados a dos metros. Me impactó mucho el proceso: desde que están en cajas de cartón hasta que terminan en unas cajas libres de ácido, cada presidente tiene un color que lo identifica, las estanterías hacen color con la encuadernación, todo está climatizado, la luz controlada… Nosotros nos quedamos en la etapa de que está todo en cajas de cartón desvencijado (risas).

 

 

 —¿La han llamado del ámbito público para encarar un trabajo serio?
 —Jamás… bueno estoy siendo injusta. Cuando entré al Archivo Histórico, se me ofreció un cargo en la Dirección de Cultura pero dije que quería trabajar con el patrimonio a través del CFI (Consejo Federal de Inversiones) y la Fundación Antorchas. Pude trabajar cuatro años y cuando cambió la política me sacaron de los pelos. La Fundación Antorchas se fue de Argentina por la falta de continuidad en los trabajos y siempre avalaban los proyectos bien presentados.

 

 

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