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Testimonios del horror

Sara Rus, una forma de contar la vida para fortalecer el espíritu

Conmovió al público en Concepción del Uruguay con su historia de dolor inconmensurable. Sobrevivió a Auschwitz y tiene un hijo desaparecido

Domingo 06 de Octubre de 2019

Fue probablemente uno de los encuentros más emotivos que tuvo la comunidad uruguayense con la historia del siglo XX y contada por una protagonista sobreviviente de dos hechos devenidos en tragedias humanas.

Esta semana estuvo en Concepción del Uruguay Sara Rus, conocida por su valentía y su poder de resiliencia ante el horror del Holocausto judío y la persecución y muerte de un hijo durante la dictadura en la Argentina.

El encuentro tuvo lugar el miércoles en el Auditorio Carlos María Scelzi de La Histórica, y no quedó lugar vacío. Colmado por una gran mayoría de jóvenes, el lugar guardó un respeto que solo pudo ser canalizado con un enorme aplauso cuando esta anciana mujer de Pañuelo Blanco ingresó al escenario.

Indudablemente los jóvenes la conmueven. Ellos, absortos, pusieron todo lo que tenían para escuchar y aprender de esta mujer que desde hace muchos años lleva su historia de dolor y memoria por el país.

Sara conoció el horror de la Shoá en primera persona. Su familia fue perseguida por los nazis en su Polonia natal, fue encerrada en el campo de concentración de Auschwitz y la muerte rodeó gran parte de su infancia.

A sus 92 años los recuerdos brillan en sus labios. “Hay momentos que siempre los cuento porque fueron muy fuertes en mi vida”, inició su relato ante un silencio total. “Cuando tenía 12 años y los alemanes entraron a Lodz como si fuera su casa, no hubo lucha como en Varsovia, no rompieron ningún edificio, solo destruyeron el templo judío. Yo de chiquita tenía el violín que me regalaron mis padres, lo adoraba y lo empecé a tocar de oído. Un día entraron los alemanes a mi casa y vieron el violín en la mesa. Preguntan en alemán ‘¿de quién es este violín?’. Le contesta mi madre también en alemán, porque en mi casa todos hablábamos alemán. ‘A mi nena le gusta tocar el violín’. ‘Ah, ¿te gusta tocar el violín?’, dice y lo rompe a pedazos en la mesa. Esa fue la primera impresión que tuve de los alemanes. Así los conocí”, recordó.

Como si su vida no fuera lo suficientemente interesante, ella, por momentos, quedaba maravillada por la mirada de los jóvenes que no dejaban escapar ni una palabra de lo que escuchaban. “Estoy emocionada”, dijo.

Su niñez durante la Segunda Guerra Mundial está grabada a fuego en su memoria. “Fueron momentos muy difíciles. Yo siempre quise tener un hermano. Justo mi mamá se quedó embarazada cuando estalló la guerra. Mi mamá tuvo un nene en el gueto. Fue un varón hermoso. Vivió tres meses nada más. Falleció de desnutrición porque no teníamos para comer. Yo era chiquita y salía corriendo a buscar un poco de leche para él, porque la repartían en un jarrito a las mujeres embarazadas. Me ponía en la fila a las 5 de la mañana para que me dieran un poquito de leche para mi hermano y las mismas mujeres embarazadas me sacaban porque creían que la quería para mí. ‘Vos nena andate de acá’, me gritaban. El hambre hace cualquier cosa…”, reflexionó.

Infancia desgarradora

Sara cree en el destino. Dice que la vida le había preparado para ella otras cosas y siente que sobrevivió a los campos de exterminio para poder contar esa historia y que la memoria se siga reconstruyendo. También habla del amor, y se roba sonrisas cuando cuenta cómo conoció a su futuro marido en el ghetto: “Un día mi papá salió a pasear y se encontró con un joven, un lindo joven. Bernardo se llamaba. Empezaron a charlar y lo invitó a casa. Era un muchacho bien vestido, usaba botitas, era canchero. Yo ya me sentía una mujer adulta. Tenía 15 años pero trabajaba, la verdad es que lo miraba mucho… me gustaba”, dijo, y brotaron risas cómplices en el auditorio. Mi madre se dio cuenta porque no lo disimulé bien. Él empezaba a venir cada vez más seguido a casa, teníamos confianza, pero no éramos novios ni nada parecido. Un día nos pregunta a dónde nos gustaría ir cuando terminara la guerra y ahí dijimos ‘Argentina’, porque un hermano de mi mamá ya estaba aquí. Este muchacho en el ghetto me pregunta si tenía una libretita. En esa época todas las nenas teníamos una. Él dibujó la clave de sol y una partitura. ‘Yo te pongo una fecha para que nos encontremos en Buenos Aires’, me dijo. Anotó una fecha: 5 del 5 del ‘45. Estábamos en el ‘44. Yo la guardé como un tesoro. Claro, cuando llegamos a Auschwitz nos sacaron todo... Pero yo ya tenía la fecha en la cabeza. Saben en qué fecha entraron los americanos al campo donde estábamos detenidas hacia el final de la guerra?, el 5 del 5 del 45”.

En julio de 1944, Sara, su padre y su madre fueron deportados al campo de concentración de Auschwitz-Birkenau. Se quedaron en Auschwitz los que habían sido designados para trabajar. Ellos siguieron hacia Birkenau. Caminaron los tres kilómetros que se conocieron como las Marchas de la muerte. Birkenau fue un campo de exterminio, una fábrica de muerte: en 18 meses mataron a 850.000 personas. Ellos desconocían su destino. Vivían escenas de desconsuelo, terror y miserias.

Sara recuerda que salvó a su madre desafiando a un alemán que con un rebenque iba separando a las mujeres: “Le hablé en alemán y no lo traté de usted, eso lo descolocó y me dejó a mi madre cuando la querían separar. Las otras mujeres desaparecieron”. Recordó luego cuando las desnudaban y las rapaban para higienizarlas. Recordó sus trenzas y otro milagro: “Me sacaron aparte y me empezaron a revisar el pelo, enfrente mío había un cartel en alemán que decía: ‘Eine Laus dein Tod’, ‘un piojo, tu muerte’. Milagrosamente no tenía ningún piojo. Ese mismo día, no reconocí ni a mi propia madre, estábamos todas desnudas y peladas, fue horrible, le hablaba como si fuera una desconocida y me dijo ‘hija, yo soy tu mamá”.

El fin de la guerra encontró a Sara con 17 años, “Los americanos llegaron a donde estábamos, ya los nazis habían huido, hacía días que no comíamos… cuando vieron la escena de personas sin fuerzas y con un aspecto espantoso, desde el oficial con el rango más alto hasta el soldado más bajo se conmovieron y lloraron. Para nosotros había terminado la guerra”.

Ya en libertad, Sara logra contactarse con aquel joven del gueto: “Él sabía que yo había sobrevivido con mi madre y me mandó una carta a través de una conocida que decía: ‘Te estoy esperando, si no te encuentro nunca me voy a poder casar’. Yo no lo podía creer”. También contó anécdotas de su casamiento, de cómo la vida comenzaba a mejorar, pero la vida seguía siendo difícil para los judíos en Polonia, por lo que deciden buscar al tío en Argentina. Debieron ingresar por Paraguay, y luego hasta enviar una carta a Eva Perón para no ser deportados. Finalmente, se asentaron en Villa Lynch, Buenos Aires, y comenzó otra vida, corría el año 1948.

Argentina y más tragedia

El 24 de julio de 1950 nacía Daniel Lázaro Rus, el primer hijo de Sara. Cinco años después llegó Natalia, quien la acompaña a todas partes: “Fueron unos años increíbles, una felicidad absoluta”, repetía con brillo en sus ojos.

“Mi hijo soñaba con ser físico nuclear. Desde la Primaria. Nosotros ni siquiera sabíamos lo que significaba, pero terminó la facultad y entró a trabajar en la Comisión Nacional de la Energía Atómica en el 76. Él era brillante… siempre fue un alumno destacado…”, Sara se quiebra por primera vez en la charla y luego de haber relatado todo el horror del mundo. Casi todo. El 15 de julio de 1977, Daniel Rus no volvió a su casa. Desde entonces se encuentra desaparecido.

La búsqueda fue total. Recorrieron países, instituciones, agotaron todas las vías de información. “Hasta fuimos a hablar con el ministro Harguindeguy y me dijo que seguramente se fue con una chica. Pero Daniel no se fue con una chica. A Daniel lo detuvieron, lo torturaron y lo desaparecieron. Cuando encontré a madres que estaban en la misma condición que yo comenzamos a organizarnos, a caminar y a buscar a nuestros hijos. Nos pusimos unos pañuelos blancos para identificarnos y hoy todavía seguimos esa búsqueda, seguimos esa lucha. No nos mueve el odio. Queremos tres cosas nada más: queremos la Verdad, queremos hablar para que no se pierda la Memoria y queremos Justicia por lo que le hicieron a nuestros hijos. Nada más”, dice Sara, y estallaron miles de aplausos de manos que buscaban abrazarla a la distancia. Su hija Natalia allí presente confesaría luego que contar su vida es lo que le sostiene el espíritu a sus 92 años. “Transmitir la experiencia le rejuvenece el alma, le inyecta vida”, toda una definición.

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