Suplemento Aniversario 2018
Domingo 11 de Noviembre de 2018

Roque Narvaja, San Cono y la porquería del colegio y la colimba

Estimado lector, en honor a la honestidad periodística debo confesarle que el 18º aniversario de mi natalicio –en 1980– fue una bisagra, una bisagra de porquería ...

Estimado lector, en honor a la honestidad periodística debo confesarle que el 18º aniversario de mi natalicio –en 1980– fue una bisagra, una bisagra de porquería –porque decir de mierda suena muy fuerte para comenzar la semana–, no obstante que en aquellos tiempos estaba muy entusiasmado porque Roque Narvaja repetía en la radio, a cada rato, "yo quería ser mayor, quería ser un hombre habilitado, quería ser mayor y no ser un niño malhumorado".
La verdad de la milanesa es que estaba más que malhumorado, mientras que cuando fui niño me divertí mucho, más allá de que como todo niño también solía estar malhumorado. Después también me divertí mucho, pero no a los 18. ¿Por qué? Había terminado el colegio –confesional– secundario, que me resultó una porquería –para no decir una mierda– por su discurso único, autoritario y antidemocrático –sí debo reconocer que el nivel de enseñanza era muy bueno.
Mi malhumor no se limitaba a lo ideológico porque era lo único que escuchaba, sino que también lo tuve durante la escuela primaria y el jardín de infantes. ¿La razón? No era ideológica –aunque iba al mismo colegio– sino por tener que levantarme temprano –algo totalmente inconcebible durante toda mi vida para mi biorritmo y hábitos noctámbulos.
Cuando tenía 18 mucha gente especulaba en el mercado de compra y venta de dólares ("arbolitos"), demostrando su desconfianza. No, no, no... no me refiero a ahora sino a 1980 (¿vio que siempre repetimos las mismas pelotudeces?). ¿Por qué? Porque el dictador Jorge Videla anunciaba que era inminente el "tiempo político", mientras que otros militares, como Leopoldo Galtieri –jefe del Ejército– afirmaba que "las urnas estaban bien guardadas". Desde entonces y mucho antes, los mercados se intranquilizan y hay infinidad de pelotudos –y otros que no tienen nada de pelotudos– que se hacen eco de ello, obviamente para bien de esa entelequia denominada "los mercados".
Por suerte, el rock de los 80 tenía un abanico estético, musical y poético que auguraba tiempos mejores. Pero faltaban, y en mi caso, nada más y nada menos que 16 meses yendo, viniendo y estando en los cuarteles, y por supuesto, haciendo y obedeciendo pelotudeces de unos señores uniformados. Y yo era tan pelotudo –como tantos millones– que hasta me entusiasmé con la cuestión de la guerra cuando anunciaron que nos movilizaban por Malvinas.
Después, la Argentina volvería a la democracia y yo –como tantos otros pelotudos– no supo entender al presidente Ricardo Alfonsín. Imagínese, ¿cómo lo iba a entender si me pasé 16 meses en un cuartel haciendo y escuchando pelotudeces, y cinco años en un colegio cuasi –para ser un poco benévolo– fascista?

¿Dónde hay un mango San Cono?
Entre otros grandes aportes a mi bagaje cultural, la elaboración de esta nota me sirvió para descubrir que San Cono –sí, al que usted acude cuando sueña y quiere zafar de la realidad económica de mierda que lo preocupa– murió a los 18 años –igual que los que cumple UNO (¿nos canonizará el Vaticano?).
Por si no lo sabe –y porque el periodismo también tiene que aportar, en días aciagos como los actuales, soluciones como la que propongo inmediatamente– si sueña con sangre, canasto, chofer, perla, Julio –aunque no sea yo–, zorro azul, Boca Juniors (aclaración, el xeneize no existía en la época de San Cono, son interpretaciones posteriores) o placer, usted está destinado a poseer una gran fortuna. Siempre y cuando haya jugado una considerable suma de dinero al 18, a la cabeza. Le advierto que si juega sólo a esas dos cifras, a la vista de la moneda de porquería –por no decir de mierda– que tenemos, lo que gane no creo que le alcance ni para llenar la dieciocho octava parte del changuito. Eso sí, comprando en los chinos.
Como estimo que muchos no probarán suerte y la confiabilidad de las predicciones de San Cono no está muy bien fundamentada en términos científicos, lo más probable es que siga destinado a vivir de sus ingresos, que obviamente continuarán devaluados por la furia de "los mercados". Por no decir sus ingresos de mierda.
Sin embargo, mi amigo Carlitos –referente obligado cuando necesito info sobre los juegos de azar– hizo una enfervorizada defensa del santo en cuestión y me recordó su experiencia para fundamentarla.
"La pesadilla que tuve esa noche salió de lo normal y fue tan clara que más bien se pareció a un sueño profético", me dijo con su entusiasta capacidad descriptiva. Por supuesto que, como buen jugador, decidió canalizarlo por una alternativa que le redituara dinero, así que no dudó que la quiniela sería la ocasión.
Todo bien Carlitos, pero decime de qué se trató, le pedí.
—La visión onírica era un accidente de dos animales que fueron atropellados y la sangre regaba la ruta por doquier.
—¿Entonces?
—Rápido de razonamiento asocié los dos animales y el 18 –que significa sangre en el libro de los sueños de la tómbola. Resultado: el 218.
Por ese tiempo mi amigo se desempeñaba como empleado en una agencia de quiniela de Viale, así que –durante 20 días– decidió apostar fuertemente. "Cargado, como corresponde", apuntó con una sonrisa entre canchera y melancólica.
–Disculpame, pero hasta ahí –y no te ofendás– esto no me aporta nada a la nota de mierda que estoy escribiendo.
–Pará, pará un poquito –intentó tranquilizarme. A la vuelta de mi casa vivía un amigo que sabía de mi jugada y esa noche fui a visitarlo después de la cena, me abrazó y felicitó efusivamente. Al preguntarle el porqué, me contestó "sacaste la quiniela", a lo que le respondí ¿no me digás que salió el 218? y él agregó, "a la cabeza".
Carlitos entró en estado de shock porque lo jugó por última vez en el sorteo anterior, pues tantas apuestas le habían ganado por cansancio y socavado el bolsillo.
Observando que su rostro recreaba aquella tristeza intenté cambiar de tema, pero insistió en continuar con el relato.
—Cargado de bronca decidí jugar al día siguiente otra vez el 218. Pero la suerte estaba esquiva y dispuesta a darme una nueva paliza, ya que en el sorteo correspondiente salió a la cabeza el 219.

Diversidad y crecimiento
Frente a este panorama desolador –que seguramente llevará a más de un lector a preguntarse por qué razón cósmica está leyendo esto–, acudí a una amiga narradora y amante de la Literatura, a fin de ponerle un poco de color al texto. Estuve acertado. Eli me dijo:
—Miralo distinto al 18.
—¿Cómo querés que lo mire si mis 18 fueron una mierda y Carlitos no ganó ni un mísero peso?
—Atendeme –susurró dulcemente– él, digo, el uno, siempre tan primero, solitario, impar y recto. Y el otro, hablo del ocho, fíjate bien, tan par, juguetón como sinuoso, tan sin fin como sin comienzo, tan divisible con sus vericuetos. Mirá qué bien se los ve –continuó–, así, juntos, forman un buen dúo. Decime si el número 18 no es un convite para que valoremos la diversidad, la alteridad, para recordar que lo que le falta a uno, el otro lo puede, y muy bien, completar, agregó con aires filosóficos, ya que es licenciada en dicha materia.
—No sé dónde ves todo eso pero suena lindo. Tal vez mi escepticismo periodístico me limita un poco. ¿Qué me querés decir?
—Que cuando nos unimos al distinto las posibilidades de crecer, de mejorar, de desarrollar las capacidades, de errar, de aprender y enseñar, crecen en forma sin igual.
Tras semejante elucubración me arrepentí de no tener más desarrollado mi lado Yin, porque a mí sólo me seguía martillando la cabeza la gran sombra que la escuela secundaria y la colimba habían sido para mi vida. Y la mala suerte de Carlitos.

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Integrar la sombra
Como vi que la cosa venía por el lado femenino, consulté a otra amiga, Mónica –también gran docente como Eli y estudiosa del Tarot–, quien me remarcó que el 18 –la Luna en ese conjunto de naipes con figuras simbólicas– tiene su lado misterioso.
—Lo sé Mónica, la Luna y la noche me gustan, ¿pero que querés que haga si los 18 fueron una mierda?
—Pero mi querido señor, ese símbolo nos recuerda que hay que aprender a integrar la sombra. ¿Acaso hay desafío mejor?
—No sé; ganar la Tómbola con los sueños y la estrategia que propone San Cono también es un desafío importante.
—No, no... Me refiero a que nuestra sociedad, a esa edad, nos demanda, entre otras cosas, plantearnos preguntas como estas: ¿Trabajo? ¿Qué estudio? ¿Vivo solo? Y cada respuesta implica un dilema, nos enfrenta con nuestra libertad con nuestra moral, con la realidad, y comienza la gran batalla en nuestro inquieto interior. Entre, qué deseo-qué debo-qué puedo.
—Hasta donde he leído. San Cono no consideró dichas cuestiones.
—Pero es necesario, imprescindible, el difícil autoconocimiento. Por eso, cuán necesario se hace a los dieciocho años mirar para adentro, escucharse y para eso encontrar momentos donde estar en silencio. El silencio, el verdadero, el gran maestro. Otros, desgraciadamente tantos, no tienen ni siquiera el tiempo necesario para hacerse preguntas, para pelear contra los mandatos, pues la necesidad del cuerpo, el hambre, la sed, el sueño, son sus prioridades, son los que mandan y acuden a su alma. De nuevo el silencio, el silencio necesario para la escucha para vernos, para reconocernos, para no aturdirnos con el poder, con el dinero, con lo superfluo. Para demandar a los que nos representan la toma de decisiones. Para que todos podamos poner en juego nuestra libertad. Ésa –distinguió– la que nos hace ser seres humanos, que pueden debatir entre qué deseo-qué debo-qué puedo. Y no limitarse a los dos últimos.
—Muy razonable y profundo pero a los 18 lo único que miraba era el almanaque, para ver cuándo terminaba la colimba de mierda, otra cárcel igual que la secundaria. Así que la reflexión a esa edad, quedará para una próxima reencarnación.
—Entiendo, época fea si las hay; hasta la educación era rara porque había escuelas de chicas y de chicos por separado, ¿a quién se le ocurre? Era muy Edad Media, muy tomado de las congregaciones religiosas, fatal. ¿A dónde ibas?, me preguntó.
—A Don Bosco.
—Ja, ja, ja. Yo a Mercedarias, y bueno acá estamos. Algo bueno hicieron; al menos pasar por allí nos enseñó a pensar distinto ahora.
—Llevó mucho tiempo sacarse tanto lastre.
—Y aún quedan vestigios y los vamos descubriendo de a poco. Por suerte, los chicos de ahora la tienen re clara. La sensación es que nosotros –como hermanos mayores que somos de esa generación– tuvimos que abrir puertas. Ellos disfrutan de ese proceso: no podrían opinar ni ser como son si todos nosotros no hubiéramos tirado las estanterías de tanta tradición y locura estancada.
—No está mal pensarlo así.
—Ves, para algo sirvió la secundaria, aunque haya sido una cárcel. Nos sirvió para saber que no era el camino o no era el único. Cada uno tiene un diamante –como canta Fandermole– y todos somos responsables de que fulgure a su tiempo. Por el simple hecho de ser otro tan otro como igual en humanidad.
—Muy poético. ¿Y los 18 meses de mierda de la colimba y las decenas de guardias a la luz de la Luna?


La Luna y el arcano XVIII
Como no quería malograr la buena voluntad de Mónica, asumí que por más respuestas que tuviera, el pasado era irremediable, entonces puse mi mejor voluntad para continuar escuchando su argumentación.
—Es la misma Luna de poetas y enamorados, un faro encendido en noches eternas, que se presenta magnética y lejana. No sólo los poetas y los artistas le han escrito. Sus luces aún perduran en un libro tan atávico como ella: el tarot. Para este libro óptico de orígenes remotos, la Luna ocupa su lugar y el arcano XVIII nos deslumbra con sus voces. Como todos los arquetipos se acerca para mostrarnos parte de esa memoria colectiva que nos pertenece desde los momentos más lejanos de nuestros pasos sobre la tierra, describió mi amiga con cierto aire esotérico.
—Tengo entendido que muchas culturas la consideraron una deidad.
—Claro, Mama Quilla –la diosa inca de la Luna–, por ejemplo, es parte de la corte celestial, una divinidad asociada al universo femenino, pues rige los ciclos de las mareas, cosechas, nacimientos y muertes, marca nuestros tiempos y da ritmo a nuestro camino. Las mujeres llevan consigo el conocimiento de estos ciclos de vida que marcan el destino de todo lo que tiene vida sobre la Tierra.
Gira exacta por las noches, muestra sus luces robadas, luces que sólo son un reflejo lejano del Sol. Alumbra el camino del Ermitaño, lámpara milenaria que señala el camino seguro, a su paso quedan una tras otras las sombras del sueño. Muestra nuestro lado oscuro, nuestra propia sombra, los temores, los miedos, las angustias que muchas veces vemos agigantados en las actitudes de quienes conviven con nosotros. La enigmática sombra de Carl Gustav Jung, que proyecta máscaras infinitas en nuestro andar cotidiano. Como las obsidinas, espejo humeante para la cultura náhualt (lengua nativa de México), la Luna despliega ante nuestros ojos aquellos aspectos de nuestra propia personalidad que no queremos ver o aceptar.
—Entusiasmado por el misterio y posibilidades místicas de la baraja, le pregunté por otros detalles que aparecen en la lámina 18.
—En el escenario en el que se presenta la Luna como protagonista, el mar y el agua la acompañan, y desde los laberintos de sal de ese universo invertido, espera silencioso un cangrejo. Éste simboliza la eternidad de su presencia, la eternidad de esta memoria compartida, del inconsciente colectivo. El agua, energía femenina –ying para la tradición taoísta– nos muestra también la energía del deseo, la libido, el erotismo y la voluntad que nos lleva a construirnos día a día.
Así, mientras Mónica concluía su enriquecedora descripción, y los malos recuerdos por madrugar, por los patéticos dictadores y por la estupidez de Malvinas repiqueteaban, asumí que, después de todo, había llegado a lo que soy, también, "gracias" a esos cachivaches que la vida me puso en el camino por aquellos años, ya que despertaron un fuerte hábito crítico y autocrítico.
Querido lector. Si usted llegó hasta aquí leyendo esta serie de divagues –los míos– casi propios de un alienado, no tengo más que reconocerle su fidelidad –pero fundamentalmente la de estos 18 años. Sinceramente, gracias, muy buena y larga vida.

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