Ramón Albornoz: "Seguiré con la calesita hasta que me digan chau, fuiste"

Ramón Albornoz y un sueño concretado. Niños de ayer, padres de hoy. El compromiso de no faltar. Guardia policial y vandalismo que no se detiene.

16:43 hs - Domingo 07 de Junio de 2026

La plaza Sáenz Peña, delimitada por avenida Carbó y las calles Irigoyen, Villaguay e Illia, es la segunda más antigua de la capital provincial y posee una importante carga histórica. Ramón Albornoz, ya jubilado, se desempeñó como placero desde 1974 y hoy continúa siendo parte del remozado paisaje como encargado de la calesita que desde 1991 hace las delicias de los más pequeños, y también de algunos adultos.

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Un poco de la vida de Ramón Albornoz

—¿Dónde nació?

—En Paraná, barrio Antonini, zona de los cuarteles.

—¿Cómo era en su infancia?

—Tranquilo y con gente muy buena; las calles eran de tierra y con el tiempo las mejoraron hasta que hace unos cuatro años hicieron el asfalto. Con mis padres y mi hermana fuimos a vivir en 1960. Mi mamá era de La Paz y mi papá de Strobel, Diamante, y vivieron muchos años en barrio Belgrano.

—¿Cuándo se dieron los principales cambios en el barrio?

—Con el tiempo cambió mucho, porque hasta 1983 no había agua sino una sola canilla pública desde donde había que acarrear en baldes hasta las casas. Oscar Miño armó la comisión vecinal, firmamos todos, llegó el agua, los vecinos hicimos las canaletas para los caños y luego la conexión domiciliaria. Fue una vida nueva, al igual que con la luz.

—¿Cómo era el tránsito cuando llovía?

—No se podía andar, salvo a pie, por un sendero.

—¿Qué actividad laboral desarrollaban sus padres?

—Mi papá era ferroviario y mi mamá modista.

Fútbol; sin plaza

—¿A qué jugaba?

—Al fútbol, en un potrero frente a mi casa, con toda la muchachada y después de hacer las tareas de la escuela; el único que tenía pelota era yo. Estuve muchos años en el Club Palermo, me compré un juego de camisetas y cuando había campeonatos de barrio las prestaba a mis amigos. También me gustaba el ciclismo, siempre tuve bicicleta y con los vecinos nos íbamos a pescar.

—¿En qué puesto jugaba?

—De 8. Armamos un lindo equipo y participamos en campeonatos de barrio.

—¿Le gustaba la escuela?

—Sí; me gustaba Matemáticas y Lengua.

—¿Qué imaginaba ser cuando fuera mayor?

—Placero o trabajar en lo que fuera. Cuando se jubiló como ferroviario mi papá trabajó de albañil, el patrón le dijo que me llevara, cuando salía de la escuela, para que lavara los baldes y las palas, y aprendiera el oficio.

—¿Había plaza en el barrio?

—No.

—¿Cuáles eran las salidas?

—Al cine Avenida y al Mayo; nos gustaban las películas de cowboy y del lejano oeste, y también juntábamos plata para salir a tomar y comer algo. Éramos diez amigos y volvíamos los diez.

Sueldo y jubilación dignos

—¿Qué hizo al terminar la escuela?

—Ingresé a la municipalidad por una querida profesora, en la época de Carlos Esparza, quien me dijo que tenía que tener un sueldo y jubilación dignos. Toda la vida, desde 1974, estuve acá (en la plaza Sáenz Peña), y en 44 años nunca tuve una falta, gracias a Dios.

—¿Cómo era el trabajo cuando comenzó?

—Había hombres grandes y el capataz me dijo “prefiero que llegués diez minutos tarde pero no faltés, porque vas a llegar a ser jefe", y así fue. El primer día se cruzó el doctor D´Ángelo y me dijo “ola querido, ¿tomaste el desayuno? Le dije que sí y me dijo que cualquier problema que tuviera lo llamara. Todos son vecinos muy buenos, la gente me quería mucho porque era un gurí de 20 años, me pedían que les cortara el pasto, me dejaban la llave de sus casas y me decían “hacé como si estuvieras en tu casa”. El trabajo del placero era barrer, remover los canteros para la plantación de flores, regar los plantines, limpiar los cestos y la pileta, podar…

—¿Quiénes son los vecinos más antiguos de la zona?

—De acá enfrente, Juancito Comar, los Brasesco, los Tommasino, los Fontanetto; don Fragazzini, ya fallecido…

—¿Qué fisonomía presentaba la plaza en aquella década?

—No era como ahora, porque la vereda tenía mosaicos rojos, blancos, grises y negros, se cayeron muchos árboles, por los años, y las hamacas, toboganes y sube y baja tenían otra ubicación. La gente venía a caminar. Es la plaza más grande de Paraná, porque cada cuadra tiene 138 metros. Antes no había baño y luchamos mucho por eso, porque teníamos que ir al de la estación de servicio o al del bar de don Pedro.

—¿Cómo cambió la actividad según las distintas generaciones?

—Antes, los sábados y domingos, venían a darle teatro de títeres a los chiquitos, también se hacían kermeses y venía una señora a vender “copos de nieve”. A los chicos les sigue atrayendo la calesita y algunos vienen siempre.

—¿Cuántos placeros eran?

—Seis, y cuando había que cortar el pasto mandaban las cuadrillas ambulantes. Después vino gente nueva.

—¿Qué era lo que más disfrutaba?

—La relación con los chicos, amigos y vecinos, que me traían cosas. Me gustaba armar los canteros y plantar flores, lo cual me enseñó el capataz; cada diez centímetros se ubica un plantín, para que tengan desarrollo. En la “casita de los enanos” que había se guardaban las herramientas.

—¿Cuál era la actividad más pesada?

—Juntar el ramerío después de las tormentas o colas de tornado, que demandaba una semana con ayuda de las cuadrillas, porque hay muchos árboles viejos y es muy azotada por las tormentas. En esa época no había motosierras y todo se hacía con hachas y serruchos. Una vez tras una tormenta quedó como una selva y las calles cubiertas de troncos y ramas, pero nunca hubo accidentes.

—¿Conoce el aspecto histórico durante la época del general Ramírez y el fusilamiento de prisioneros en este lugar?

—No, gracias a Dios.

—¿Ha experimentado fenómenos paranormales, como los que me han relatado algunos vecinos?

—No, aunque he escuchado algo. Antes de ser plaza acá paraban los carritos con caballos de la zona de los cuarteles, que esperaban para comprar la verdura en el mercado de abasto y salir a vender por los barrios.

—¿La gente se adaptó al nuevo piso, teniendo en cuenta que hubo resistencia y protestas de algunos usuarios?

—Sí, se fue adaptando. La gente viene con perros y la arena era muy sucia, mientras que esto es más limpio.

—¿Continúa siendo placero?

—Me jubilé hace ocho años. Tenía que comenzar los trámites pero no me enteré y seguí trabajando tres meses más, y después, para despedirme de los compañeros, trabajé otro mes más. Al principio no podía acostumbrarme y a las seis menos veinte ya estaba levantado.

De Federal a Paraná

—¿Cuándo se instaló la calesita?

—En 1991, cuando la trajeron desde Federal. Me hice amigo de don Páez, un colectivero que estacionaba el colectivo acá, y que viajaba hasta Viale y Federal. Un día me dijo que quería poner una calesita porque se había hecho amigo del placero de Federal, quien la quería vender. Hicieron un canje por un rastrojero gasolero y algo de plata, y la trajo. Páez habló con el intendente Varisco, le dijo que eligiera el lugar, sacaron algunos árboles y la instaló.

—¿Usted se hizo cargo?

—¡No, ni lo imaginaba! Porque tenía a los hijos, pero eran una plaga, ya que venían cuando querían o llegaban tarde, y la gente estaba esperando. Así que el dueño me preguntó si me animaba a atenderla y me dio un cronómetro para controlar los tres minutos, que es la duración de una vuelta.

—¿Estaba en buen estado?

—No, nada que ver de cómo está ahora, porque el actual es el tercer dueño. Después la compró un tal Müller y la tuve a cargo los sábados y domingos por la tarde.

—¿Se le modifica algo, más allá del mantenimiento?

—Se le cambian los juegos, si están muy rotos, y hay un muchacho que se dedica a repararlos. El mantenimiento es limpieza, y el herrero la revisa, reemplaza algunos fierros y regula las correas.

Para todas las edades

—¿Cómo fueron las primeras vivencias?

—¡Fooo, los chicos se cambiaban de los juegos estando la calesita en movimiento, así que tuve que hacer un cartelito! Esos gurises ya son casados, los vi crecer acá, tienen hijos y ahora los traen.

—¿Anécdotas?

—¡Oh, algunos se bajan estando en marcha! Antes la paraba y le decía a los padres que les dijeran que no lo hicieran más, porque puede haber un accidente si quedan enganchados.

—¿Entre qué edades está permitido que suban?

—No importa la edad. Hasta chicas en su cumpleaños de 15, con sus amigas, me han pedido permiso para tomarse fotos.

—¿Adultos?

—Una vez subieron unos disfrazados que estaban haciendo un video, aunque dieron vueltas estando parados. Luego me lo mostraron.

—¿Y usted?

—También, la pongo en movimiento y me subo para ver si funciona bien.

Alegría circular y constante

—¿Qué costo tiene la entrada para dar una vuelta?

—Una vuelta, que demora tres minutos, $2.000 y tres vueltas, $5.000. Recuerdo que antes se cobraba 50 centavos.

—¿Qué días funciona?

—Todos los días, en verano, de 18 a 23, y en invierno de 15 hasta 19, aunque si el día está lindo me quedo un ratito más. En verano viene más gente.

—¿Cuando vienen grupos de los jardines o de escuelas hay que sacar turno?

—Sí, hay que hablar con el dueño, Martín, o pueden llamar a mi teléfono, que es 154718060.

—¿Qué cantidad de chicos pueden asistir en un buen día?

—De 20 a 30. En mayo, por el día de los jardines de infantes, cada maestra traía entre diez y quince.

—¿Hasta cuándo seguirá?

—Hasta que me digan “chau, fuiste” (se emociona).

“Ahora hay menos vagancia, pero no cuidan y rompen todo”

El ex placero se refiere al constante problema sin resolver del vandalismo en los espacios públicos, el cual, no obstante haber sido bastante controlado en su lugar de trabajo, ahora eligió como objetivo los renovados servicios que fueron instalados.

—¿Siempre hay vandalismo?

—Siempre, por la noche. Antes esto no existía (se refiere a la reja que rodea a la calesita) y rompían los juegos y las luces, y cuando hacía la denuncia me decían “ya vamos a andar por ahí” (risas). Ahora está más protegido porque andan más seguido y a la vagancia la corrieron bastante, ya que en su momento estuvo pesado, aunque conmigo no se metían. Pero ahora a los sanitarios no los cuidan y rompen todo, como el de agua caliente y fría, y el puesto de carga para los celulares.

—¿Y el puesto policial?

—Está desde hace cinco años; con el primer agente que inauguró la garita, Joaquín Manfroni, nos hicimos muy amigos, en invierno tomábamos mates y traía una notebook para mirar los partidos de fútbol. Los otros policías que venían también se quedaban toda la tarde acá.

—¿Qué mejoras habría que hacer?

—La gente pide que haya canteros con flores, pero ya no se hace más. Una vez ganamos el primer premio por la mejor plaza con flores.