Hoy por hoy

Qué poco que se valora la vida

Miscelánea de situaciones cotidianas que exponen el desapego por la vida. Lo aprendido y lo que enseñamos. La importancia de los valores.

Jueves 20 de Enero de 2022

Los valores, esa representación cultural que nos define como personas en sociedad, están realmente trastocados. Para algunos puede ser una mera construcción social impuesta a modo de mandato por padres o madres durante la crianza, pero es algo más que la esencia de nuestra idiosincrasia: es la forma en que nos representamos dentro de la comunidad y aprendemos a convivir con el otro, con los otros, que al igual que nosotros fueron educados con una base de valores, sin romper con esa línea fina que separa la tolerancia con la violencia.

Si bien es una reflexión muy personal, que es necesario contextualizar en un país como el nuestro siempre sujeto a crisis cíclicas, se están viendo conductas sociales –pueden ser casos aislados o particulares– que llevan a pensar que hay un total desprecio por la vida. Una, dos y hasta varias veces en el día, las pantallas de los noticieros nacionales nos bombardean con placas rojas y titulares temerarios: Relatos Salvajes. Discusiones callejeras surgidas en situaciones de tránsito terminan a las trompadas, o lo que es más grave: las diferencias se saldan con el uso de armas blancas o de fuego. Lo más preocupante es que el detonante de esas peleas suelen ser cosas sin importancia, banales, nada que valga pena. En nombre de esas pequeñeces se quita la vida.

Ya no hay límites que valgan, porque sin posibilidades para el diálogo se pasa directamente al uso de la fuerza. La violencia en primera persona, pero en su estado más salvaje. Todavía recuerdo el acto criminal de un remisero que en Paraná atropelló y llevó en su capó durante casi una cuadra a un inspector municipal para evitar un control de alcoholemia. Me pueden decir que son casos aislados, pero que se están naturalizando en un medio social donde prima la intolerancia. No me resigno a pensar que esto va a seguir pasando, porque en el fondo se trata de lo que aprendimos y nos enseñaron durante la crianza.

Es una problemática compleja, demasiado diversa y dinámica, que es posible entender recurriendo al abordaje de especialistas en el campo de la Psicología. Pero son síntomas de un contexto social en donde se conjugan un alto grado de intolerancia, de individuos o de grupos empujados por la violencia más irracional, y el saldo casi siempre es luctuoso.

Todavía está latente el brutal asesinato de Fernando Báez Sosa, ocurrido en Villa Gesell el 18 de enero de 2020. Una familia destruida por el salvajismo de una patota de jóvenes que mataron a uno de sus pares sin piedad, actuando con total desprecio por la vida y la condición humana. “Fernando era un chico excelente. Le gustaba venir a Gesell a ver el mar. Lastimosamente se le cruzaron un par de asesinos en su camino. No puedo creer que ocho, diez tipos de su edad, asesinos... Eran chicos de su misma edad que podían salir a divertirse, pasarla lindo. Pero decidieron sacarle la vida a mi hijo. El único que teníamos”. El testimonio estremecedor es del papá de la víctima, Silvino Báez, en el acto donde esta semana se reclamó justicia y prisión perpetua para los asesinos.

Esos padres, esa familia que ya no es lo misma sin Fernando, va a llorar toda su vida por una muerte evitable. Porque aparte del accionar criminal de los ocho rugbiers, también se sumó una serie de negligencias en materia de seguridad, es decir la ausencia del Estado para cuidar a Fernando y a todos nosotros. En la convocatoria los familiares establecieron un lema: “Amor para todos, odio para nadie”. Creo que es el mensaje más apropiado para estos tiempos hostiles, de violencia televisada y de rencores que impiden una convivencia más sana.

Pocas cosas tienen más importancia que una vida humana, aunque lamentablemente cuando se toma conciencia ya es tarde. Entonces es bueno tomarse un tiempo, hacer una autocrítica de nuestra forma de comportarnos, de cómo reaccionamos ante situaciones extremas.

Es cierto que la espiral de violencia está en su máxima expresión, pero no es posible estar condicionados a vivir en una permanente burbuja de furia que se lo quiere llevar todo por delante. Estamos a tiempo de revertirlo.

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