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Descubriendo Entre Ríos

Que la mujer esté por prepotencia de talento, dice Liliana Herrero

Difícil de sujetar, Liliana Herrero, la hija de Villaguay se resbala como una anguila, rebelada ante padrinazgos, fórmulas y fronteras rígidas

Domingo 06 de Junio de 2021

Canta la tierra por la garganta de Liliana Herrero, de registro ancho y hondo y acarreador que nos recuerda un río crecido. Villaguay, su cuna, habla en su idioma lírico de un manantial que brota por el árbol, y en verdad el fraseo y la expresividad de esta entrerriana vienen de una ebullición interior a rozar las cortezas para fluir en el viento, cuando escuchamos por ejemplo “Lapaaacho, también en mi aaalmaaa la viiida sembrooó su color”.

En un sabroso diálogo a distancia con la artista larroqueña Celia Taffarel, la hija de Villaguay declara su pertenencia al mundo del folclore y, a la vez, su libertad para cantar lo que le plazca. Existen los géneros, claro, pero “no son cárceles”, grafica la cantora que llevó la Oración del remanso a su más tierna lágrima. “Criiisto de las reeedes…”, para que recemos en silencio la soledad colectiva.

Su voz nos recuerda más el caudal con camalotes que el agua cristalina, si Liliana Herrero canta borracha de letras y melodías y saberes que se toma a sorbitos como se toma la vida misma, y devuelve a la manera de una celebración, con ella entera en la composición. Por eso a las preguntas de Celia responde siempre con esa palabra: celebración. Claro que sufrimientos, claro que empaques y combates, pero celebración, y en eso tiene, quién sabe si consciente, milenios de pueblos ancestrales plenos enfocados a un micrófono, para hacerse escuchar.

Dejen de joder

La entrevista empieza como en la cancha los equipos que se tantean unos minutos, y se van animando. Uno espera con ganas porque conoce juego y jugadores. Liliana está atenta a las preguntas y en esta charla no hace concesiones a los acuerdos del sistema. Por ahí lo dice con todas las letras: “A veces es necesario otorgarles a los alumnos el título y que se dejen de joder con el título y empezar a estudiar en serio. Eso sería lo ideal. Todo eso va en contra de lo que está establecido”. Y que lo diga una docente, una profesora de Filosofía…

Con algo campesino y algo urbano en su constitución familiar, cultural, Liliana Herrero es una cosa y es la otra, y reconoce que no le costó pasar de una vida pueblerina entre Villaguay y Gualeguay, a los estudios universitarios en Rosario, en parte porque allí se conocieron su madre bonaerense estudiante de Farmacia con su padre gualeyo estudiante de Bioquímica. Y en parte porque allí hizo punta su hermano mayor en la carrera de Medicina.

Tampoco siente algo fuera de lo común la militancia rebelde que le conocemos. “¿Se podía en esa época hacer otra cosa? Era la época también la que tenías encima, era la época, el deseo de transformación de las cosas, que sigo teniendo”.

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Liliana Herrero. El canto piensa una patria, dice la artista entrerriana radicada en Buenos  Aires.

Liliana Herrero. El canto piensa una patria, dice la artista entrerriana radicada en Buenos Aires.

De Onganía a Menem

Había terminado el Secundario en Villaguay en 1965, “en el 66 estuve un año en Paraná, viviendo, estudiando, fue un fracaso total; y en el 67 me fui a Rosario” a estudiar Filosofía.

Para ubicarnos: nuestra cantora indagando en el pensamiento en Rosario, pleno onganiato, con normas que aparentaban garantizar la libertad de expresión para avalar la censura… Y ahí fue que la artista cumplió con la licenciatura, el profesorado; compartió rebeldías, luego ejerció la docencia, asumió cargos en la Facultad y ya en la era menemista decidió darle un portazo a la academia.

—¿Cuándo decidiste dejar de ser docente?, pregunta Celia Taffarel.

—Me hartó la universidad. Me hartó.

—¿Por qué te hartó?

—Porque entró alegremente a los cánones y al horizonte del neoliberalismo menemista. Y yo no quise saber nada con eso. Me gustaba enseñar, me sigue gustando conversar con los alumnos sobre determinadas cosas, aunque no doy clases. Conversar con un texto en la mano, pero es lo mismo que a uno le pasa cuando está con un texto, con una gran obra musical y conversa y dialoga con esa obra. Eso es una memoria musical, poética, una memoria cultural, y eso es lo que sostiene un país. Entonces cuando empezaron con las becas, los créditos, y todas esas palabras bancarias, que parecen de un Banco Galicia y no del conocimiento, bueno, digo: acá yo no tengo nada que ver. No me interesa. Yo había estado en otro tipo de universidad. Una universidad transformadora, el corazón del conocimiento exige esa transformación, como lo exige el corazón del arte, entonces decidí renunciar.

Más talento que cupo

Liliana Herrero se zambulle en un tema del cancionero argentino, nada en sus honduras, lo alumbra por adentro; quién sabe si todos los compositores aceptan con gusto esa apropiación a veces irreverente, que a nosotros nos seduce; pero no se marea en la voz, porque su sonrisa nos lleva a prestar especial atención a la guitarra y más si esa guitarra habla desde el corazón de Juan Falú, con quien Liliana juega en fecundos contrapuntos de voces y miradas agradecidas, y disfruta. “Enseñar es decir mira”, suele repetir una poetiza argentina y es lo que hace Liliana Herrero, nos enseña la melodía con un fraseo detenido, nos enseña la letra con los brazos, nos enseña las cuerdas, nos invita.

Los modos de la artista son una demostración cabal de la dinámica del folclore y sus proyecciones inesperadas: no sólo elige obras nuevas de compositores por ahí menos explorados y con otras búsquedas tonales sino que disfruta cambiar sus propias versiones de clásicos, como abandonada a sus estados de ánimo. “No sé si hoy volvería a hacer esa versión de Linares Cardozo, tal vez haría otra. Tal vez cantaría con otra nostalgia, sobre Entre Ríos”, reconoce. Su tendencia al canto pausado invitando a la intimidad es otra marca, y allí lo que gana en comprensión quizá lo pierda en masividad, quién sabe, si vemos que, en otro ámbito artístico, del pasodoble Quitapena a Rodrigo y la Mona Giménez una de las claves ha sido la aceleración.

Y bien: salir de títulos y cánones universitarios para entrar en el conocimiento, aceptar géneros musicales pero no encasillarse, admitir que la actitud rebelde suele ser un signo de la época: la entrevistada se va definiendo sola como en una rueda de mate, aunque a ella le han servido una copa de tinto, y la entrevistadora aprovecha el clima y la toca por el lado feminista.

—El lugar de la mujer en los escenarios. Afortunadamente ha cambiado bastante el rol, hay leyes, hay cupo femenino, ¿qué has vivido a lo largo de tu carrera artística con esto? Esa es la pregunta de Celia, con décadas también en los escenarios.

—Yo te voy a decir una cosa un poco polémica. pero no me molesta la polémica, me parece que tenemos que debatir todavía muchas cosas. Yo apoyé la ley de cupo, la firmé, como la ley del aborto también, por supuesto. Yo no soy una militante de los grupos feministas. Voy, acompaño en algunas marchas, menos en la pandemia porque soy población de riesgo y no podría salir. Apoyé la ley de cupo porque me parece que hay un montón de mujeres que son muy talentosas y que se tiene un prejuicio, en relación a que la mujer está en inferioridad de condiciones respecto del hombre para ir a cantar. Pero en el fondo, en lo más profundo, mi pensamiento es que no es un problema de género, es un problema de talento. A mí nadie me echó de un escenario por ser mujer; cuando me echó Cosquín con Juan Falú del escenario no me echaron por ser mujer, me echaron porque les discutimos política y culturalmente la porquería que era eso. Es otra cosa. Entonces votemos la ley de cupo, pero también estén las mujeres por prepotencia de talento. De búsqueda, de laboratorio, de trabajo, de estudio. El cupo ya está. Con conocimiento, con memoria. Si me encuentro con feministas músicas tienen que saber quién fue Suma Paz, quién fue Margarita Palacios, Carmen Guzmán. Son mujeres históricas en este país. Quién fue Ramona Galarza. Grandes cantoras, grandes compositoras, en el caso de Carmen Guzmán, Margarita Palacios, eso hay que saberlo. Sin la historia, nada.

—Te gusta mucho la historia ¿no?

—No, no es que me guste. Es que ningún país puede pensarse sin la construcción histórica que ha hecho. Ninguno. Un país es una memoria de combates dormidos que tiene una cultura. Entonces, eso lo tenemos que saber. Porque si no sabemos eso, por más que estemos arriba de un escenario porque hay que llenar un cupo, no sirve de nada. Eso es lo que yo digo.

El 24 nos reclama

—Este mes es especial no sólo por el 8 de marzo que reivindica luchas, tuvimos hace poquito el Día de la Memoria, el 24 de marzo, ¿qué significan estas fechas tan importantes para vos? Yo en el golpe de Estado del 76 tenía 12 años, vos algunos años más.

—Bastante más. El 24 de marzo es una fecha que nos reclama. A toda la población, a este país lo reclama. Es una fecha que te pide que prestes atención. Y al mismo tiempo esperamos, toda mi generación, y los que no pertenecen a mi generación, esperamos una devolución de esa fecha. Queremos saber cómo fueron nuestras vidas, todavía nos seguimos preguntando cómo fueron nuestras vidas, cómo fueron nuestras luchas, nuestras celebraciones, nuestros sufrimientos. En eso entra el reclamo de la fecha. Y la devolución que siempre estamos tratando de pensar, de cómo fue aquella época, nos encontramos con una cita, una cita histórica, magnífica, donde podemos pensar no sólo nuestras propias vidas sino un país. Ese es mi desvelo.

—¿Cuál es el país que sueña Liliana?

—Justo y solidario. Una comunidad libre y emancipada. Eso es lo que sueño. También pienso a la música así. Ese coro que vos tenés, si no es una comunidad libre y emancipada no sirve para nada.

—No es una cosa aislada de todo lo que pasa.

—No, ni es una hegemonía de una conducción, y personas que hacen lo que se les indica: no. Hay que construir libertad, la libertad se construye.

Y viva la Patria

Las fórmulas fáciles del éxito comercial le incomodan a la hija de Villaguay, como las dependencias.

“Yo grabo recién el primer disco en el año 86 y sale en el 87, algo así”, cuenta.

—¿De la mano de Fito Páez?

—En realidad, no es que ‘de la mano’; hay cosas que hay que empezar a desterrar, porque hay lenguajes que nos devoran. Por ejemplo, se dice ‘de la mano de’… ‘el padrinazgo de’… yo trato de erradicar esas palabras. Lo que hay entre Fito y yo es una gran amistad.

—A pesar de la diferencia generacional.

—Sí, pero cuando ellos empiezan a tocar, mi generación salía de la dictadura. Yo sentí que la vida volvía. Que venían estos chicos, 15 años más chicos que yo, a hacer otras músicas y con unas ideas extraordinarias, y a partir de ahí es que yo conozco lo que se dio en llamar la trova rosarina, pero con Fito tuve una relación muy especial que continúa y que es una relación familiar muy cercana. Entonces, no es que ‘de la mano’. Él me dice ‘tenés que grabar’…

—¿Te dijo ‘salí de la cocina y ponete a cantar’?

—Sí, dijo eso… pero era una metáfora… en vez de cantar porque sí (cosa que sí hay que hacer), hagamos un disco para que quede un registro de tu canto. Ese es el planteo de Fito, así fue que empezaron las cosas.

El diálogo entre cantoras es largo y distendido. Podemos escucharlo en las redes, con el auspicio del Instituto Nacional de la Música y las Secretarías de Cultura de Entre Ríos y de la Municipalidad de Larroque.

Liliana intenta un par de veces cambiar el rol y pregunta a Celia por el dúo con Mario Escobar, por Coral Larroque que ellos dirigen, por su repertorio, pero la larroqueña contesta breve y retoma con otra pregunta. Aparecen imágenes de Entre Ríos, poetas, músicos, recuerdos de familia, viajes en tren para las navidades; aparece Juan José Manauta, primo de su padre. Y Linares Cardozo, y Aníbal Sampayo, y Juanele Ortiz que firmó como empleado del Registro Civil la libreta de enrolamiento de su padre… Sin embargo, la cantora no hace de su provincia un asunto; el litoral está como de fondo; se nota al tanto, sí, de rencillas de la capital del país, donde vive y toma partido.

La artista puede una canción, puede una chacarera, un tango, un chamamé. Fronteras, ¿qué fronteras?

Ni provincias ni ritmos ni edades. Leguizamón y Ayala compusieron para su emoción, y Spinetta y el Negro Aguirre y Fito Páez… ¿quién dice distancia? Tu nombre y el mío parece haber conmovido a Celia Taffarel (como a nosotros) y en verdad que hay temas que a la hija de Villaguay le sientan mejor que otros, para qué engañarnos; este de Lisandro Aristimuño se convirtió en un clásico en la fiesta vocal de la entrerriana (justo es decir que la versión del autor es también un lujo).

Por supuesto, lugar además para emprendimientos nuevos como Mojones, con Juan Falú y Teresa Parodi, “mojones de la historia de nuestra generación, señales de la historia que marcó a nuestra generación, el bando de San Martín al cruzar los Andes, los pueblos originarios, las Malvinas, los desaparecidos, los pañuelos, las madres, el 17 de octubre”.

Manantial que brota del árbol, Villaguay, y también Liliana Herrero. Otros dicen que Villaguay significa río del tigre, y otros encuentran más significados: la toponimia como las cantoras se deslizan, se escurren, atraviesan paredes.

Celia Taffarel, que aquí sabe crear un clima y se mueve entre la raíz y los mejores frutos, le pide una reflexión final. “Estoy agradecida. Es difícil el reconocimiento de la propia tierra. He cantado poco en Entre Ríos... Nosotros somos mujeres músicas que llevamos una memoria, portamos una memoria maravillosa. Que el canto piensa, el canto piensa una patria y toda su memoria de celebraciones, de fiestas y de combates. Te agradezco esta conversación Celia.

—Gracias, Liliana. Para mí ha sido un honor.

—Salud y viva la Patria.

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