La Provincia
Sábado 05 de Enero de 2019

Qué fue de la forma de contar el tiempo de caldeos, asirios y mayas

Como si fuera indefectible un día la culminación se transforma en un acto concreto. Como la circunvalación terrestre, o la marca de los polos e incluso la teórica comprobación de los teoremas geométricos.
Así, de la misma forma el tiempo, las horas y los sucesos que se encuentran labrados en las tablas inmortales llegan a un punto de inflexión y quizás, de cambio. Labrados, que significa marcar en la tierra es lo que sucede con muchos eventos, con muchas situaciones que se han presentado en el marco de los años de un ente y en ese caso, la importancia que haya tenido en ese momento o a posterior será por supuesto la profundidad de la labranza.
No haremos analogías vulgares sobre la producción fértil de los sucesos en la historia... solo hemos seguido la pista señera que nuestro reloj de sol nos hubo marcado en la demarcación teórica de un año, concretamente este 2018 donde el camino aleatorio des sus descubrimientos nos han llevado a sucesos pocos usuales, a historias pasadas que sin embargo nunca estuvieron perimidas.
Pero sin embargo, desde que el papa Gregorio XIII ordenara los días, semanas, meses y años conforme una cronología particular es que llegando a esta altura estamos ante una finalización y un nuevo inicio.
Me pregunto al azar, quizás inquiriendo al reloj de sol, que fue del antiguo calendario juliano. O de la forma de contar el tiempo de los caldeos, los asirios, los mayas. Del calendario chino o de los períodos egipcios. Tal vez la respuesta sea que la creación humana es siempre relativa, pero el paso del tiempo no.
Por eso hemos confiado en esta rutina hélica, en esta estratagema humana cuyo sentido ha sido mecanizar el paso del sol por el cielo, indicándonos periodos estructurados de plazos sucesivos e indetenibles.
Le llamamos reloj de sol, aparato que en las sucesivas búsquedas nos fueran aportando historias desvanecidas, apenas insertas en antiguos diarios y otras publicaciones de archivo. Allí estaban desde hace centurias o décadas, implacables, impertérritas, posibles, ansiosas. Solo estaban allí, nuestro reloj las descubrió y nosotros las rescatamos para que los lectores de Diario UNO de repente supieran de ellas.
Allí se quedarán, allí estarán disponibles desde aquellos momentos y por años más, incluso trascendiendo las publicaciones. Hace dos años supimos que dentro de 100 años, el diario de consulta del tricentenario será sin dudas el Diario UNO; también sabemos ahora que aquellas historias casi olvidadas fueron desempolvadas para que dentro de algunas centurias nuevamente algún reloj de sol (o la estratagema inventiva que lo sustituya) vuelva a redescubrirlas. Sin dudas, en 100 años más, en el Diario UNO.

Quién fuera inmortal
De alguna forma hay que hacer lugar a las confesiones. De hecho, cuán difícil es esquivar a la sensación profunda del acceso a la inmortalidad. ¿Acaso alguien puede negar la inclinación (en algún momento de la vida) a sentirse un émulo de Gilgamesh? ¿Puede alguien negar que el Conde de Saint Germain sea una oferta exclusiva pero ansiada? ¿Cuán cerca hemos estado de que el paso de los años sea apenas la posibilidad de una crónica inextinguible?
Las respuestas en verdad suelen ser muchas, correctas, adecuadas, razonables... solo apelamos al deseo, a la intimidad que también motoriza los sueños.
En los ajados días del otoño, en la belleza del invierno, bajo el sol que acomete o la lluvia que persiste el reloj jamás se detuvo. Nunca permitió el mutismo, jamás accedió a la ceguera y (en lo que me consta) fue el hereje del dogma del olvido.
Las hojas a veces mutiladas, otrora resucitadas nos iban arrojando datos increíbles, nombres propios que han transitado por los adoquinados citadinos y por libros universales, campeones oxidados, mansiones derruidas, fenómenos extraños e incomprensibles, malditas injusticias.
Pienso en la confesión, en la sensación probable de asir, de poseer, de tomar con el poder de la recreación cada una de esas historias y darles una nueva vida, una renacer quizás inesperado. Pienso si es esa la facultad del inmortal, la bendición (o no) de lo imperturbable, de lo que se puede volver a vivir aún a pesar de la fortaleza indiscutible del paso del tiempo. Es el pasado un poderoso enemigo, ávido de sepulturas y hadas vencidas.
Vaya uno a saber las herméticas probabilidades de acceder a esa condición de inmortalidad. Hasta ahora todas las historias que así lo aseveran carecen de un final elocuente o al menos que dejen de lado la tragedia. Quizás justamente porque no tienen final, algo que nosotros los humanos mortales no podemos interpretar. Pero así como el papa Gregorio XIII inventara su propio calendario, como los griegos o los asirios o los mayas o los persas... se trata de formas humanas para calibrar el tiempo. Creaciones humanas, como diría Mary Shelley en su obra El moderno Prometeo cuando sostiene:
"Solía descansar por el día y viajar de noche, cuando la oscuridad me protegía de cualquier encuentro. Sin embargo, una mañana, viendo que mi ruta cruzaba un espeso bosque, me atreví a continuar mi viaje después del amanecer; era uno de los primeros días de la primavera, y la suavidad del aire y la hermosa luz consiguieron animarme. Sentí revivir en mí olvidadas emociones de dulzura y placer que creía muertas. Medio sorprendido por la novedad de estos sentimientos, me dejé arrastrar por ellos; olvidé mi soledad y deformación, y me atreví a ser feliz. Ardientes lágrimas humedecieron mis mejillas, y alcé los ojos hacia el sol agradeciendo la dicha que me enviaba".
Así, al estilo de Shelley han sido algunas de las presencias del reloj de sol en este año del Señor de 2018.

Aurora y Titón
Pero hay otra historia que no queremos dejar atrás, sobre todo en este tránsito del nuestro reloj de sol. Cuentan en la antigua Grecia que la bella diosa Aurora quedase prendada de un humano común y corriente, un mortal apenas cuyos rasgos y virtudes eran deslumbrantes. Solo los dioses parecen tener acceso a los dioses y por eso Aurora (ávida de amor y de Titón) le pidió, más que eso, le rogó al propio Zeus que le concediera a Titón la posibilidad de ser inmortal. Dicen que Zeus conmovido, accedió al requerimiento de la Diosa Aurora y Titón se transformó en inmortal, y consecuentemente esposo de la propia Aurora.
Pero quizás la inmortalidad no incluya la felicidad perenne porque lo que olvidó de aclarar Aurora fue que también se dotara a Titón de otra virtud: la juventud. Y así fue que aún hoy vagan por los estamentos de los tiempos y las historias perdidas la bellísima Aurora y su esposo, un anciano que minuto a minuto envejece sin felicidad.
En el punto medio, en el camino de la ansiedad de Aurora y el descubrimiento de Shelley, entre Prometeos e inmortales... el reloj de sol transitó implacable y sin detenerse.
Nuevos sueños sucederán a los antiguos, nuevos proyectos superarán a los pretéritos y otras ansias reforzarán de siempre.
El reloj de sol de 2018 siempre decidió su propio andar. Algo así quizás suceda en próximos tiempos que vendrán.



Reloj de Sol

De todas las formas de medir el tiempo y el plazo de las horas, el reloj de sol es el único que nunca puede volverse atrás. Las agujas, las arenas o las clepsidras pueden ser reversibles pero en el reloj de sol eso es imposible. Por eso, porque es necesaria la complicidad de los seres humanos para recuperar el tiempo ya pasado y porque las historias ameritan el renacimiento. Y porque la única manera de permitir la inmortalidad de los sucesos es absolver al olvido...

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