Puebleando: la cruzada solidaria que lleva internet a las escuelas rurales

Son más de 50 escuelas las que lograron estar conectadas gracias a Puebleando, una loable iniciativa que impulsan César Engelmann y Bruno Stoa.

09:53 hs - Domingo 12 de Julio de 2026

Hay lugares donde el silencio apenas se interrumpe cuando pasa una camioneta por un camino de tierra. Así es la Escuela Nº 46 Artigas, ubicada en Paraje Tunas, en el límite entre Entre Ríos y Corrientes. Allí, entre caminos rurales que muchas veces quedan intransitables por la lluvia, dictan las clases para apenas dos alumnos. Allí la señal del teléfono desaparece varios kilómetros antes de llegar, y hasta hace muy poco no había internet. Pero esto comenzó a cambiar el día en que dos amigos llegaron con una antena satelital en la caja de una camioneta. Se trata de César Engelmann, propietario de un reconocido emprendimiento de productos regionales del norte entrerriano; y Bruno Stoa, el influencer entrerriano que recorre diferentes puntos de la provincia para mostrar las particularidades de cada localidad que visita. Ellos son los impulsores de Puebleando, una iniciativa solidaria que ya conectó más de 50 escuelas rurales entrerrianas.

A pesar de este avance, aún existen numerosas escuelas rurales en la provincia que no tienen conexión, y ellos proponen cambiar esta realidad para que los chicos que van a clases en el campo no queden excluidos de los avances tecnológicos. Alguna vez César publicó un video en sus redes sociales que resume el espíritu de este noble proyecto, en el que comienza preguntándose: “¿Cómo se estudia hoy si no hay conexión? ¿Cómo se sueña si no hay señal?”. Y explica: “En el medio del campo, donde a veces el silencio es más fuerte que el Wi-Fi, hay escuelas que luchan todos los días contra el olvido. Gurises que quieren aprender, pero no tienen cómo”.

Puebleando llegó a la esuela N° 46 de Paraje Tunas, donde César le entregó una antena satelital a Juan, el director

“¿Qué podemos hacer nosotros para ayudar” fue lo que se preguntaron César y Bruno antes de arrancar con Puebleando. La respuesta empezó a tomar forma durante los viajes que compartían por distintos pueblos de la provincia. “Bruno llevaba años recorriendo Entre Ríos registrando historias y paisajes; y yo, criado en el campo y perteneciente a la quinta generación de una familia ligada a las escuelas rurales, conocía de cerca esa realidad. Viajando juntos empezamos a pensar cómo podíamos ayudar desde nuestro lugar, ya que siempre encontrábamos la misma problemática: las zonas rurales se iban despoblando”, contó a UNO César.

Lo que observaban no era una percepción aislada. En las últimas décadas miles de escuelas rurales cerraron en Argentina y, detrás de cada una, también desaparecieron parajes y pequeñas comunidades. “Si una familia no tiene dónde mandar a sus hijos a la escuela, es imposible que se quede a vivir ahí”, reflexionó.

Pero había otro problema que se repetía en casi todas las escuelas que seguían abiertas: la falta de conectividad. En este contexto, los docentes debían cumplir tareas administrativas digitales sin internet, los alumnos estudiaban sin tener acceso a información actualizada y, en muchos casos, ni siquiera existía señal de telefonía celular.

Así fue que César y Bruno decidieron empezar por algo concreto: compraron una antena satelital con dinero de sus propios bolsillos y la instalaron en una escuela rural. Después vino otra. Y otra más.

Sin buscarlo, comenzaron a compartir esos recorridos en las redes sociales y la respuesta fue inmediata. “Mucha gente se sintió identificada y empezó a dar una mano. Hoy ya conectamos más de 50 escuelas rurales gracias a personas que compraron una antena Starlink o hicieron posible una instalación. Siempre decimos que vale alrededor de 200 dólares. No es barata, pero para una escuela rural significa muchísimo”, precisó César.

Acceso a la conectividad

La conectividad terminó demostrando que era mucho más que internet. “Les sirve a los docentes para cargar notas, asistencia y toda la parte administrativa que hoy es digital. Les sirve a los chicos para estudiar, pero también descubrimos algo que no imaginábamos: hay parajes donde los vecinos se acercan hasta la escuela para poder hablar con un familiar, hacer una videollamada o resolver una urgencia porque no tienen otra forma de comunicarse”, sostuvo César.

Las escuelas comenzaron a recuperar, incluso, el rol de centro comunitario, y la cadena solidaria también fue creciendo de una manera inesperada. No hubo campañas publicitarias ni grandes organizaciones detrás. Fueron las propias docentes quienes empezaron a recomendar otras escuelas. “Ellas mismas nos pasan el teléfono de colegas que también necesitan ayuda. Es una cadena de favores que se va armando sola”, precisó César.

Nada de eso ocurre en horario laboral. Tanto César como Bruno tienen sus propios emprendimientos y destinan sus días libres a recorrer caminos rurales. “Nosotros trabajamos en turismo y los fines de semana son los días de más trabajo. Mi día libre es el miércoles y ese día hacemos tres o cuatro instalaciones. Hay jornadas en las que recorremos entre 300 y 500 kilómetros por caminos de tierra”, comentó.

Historias que inspiran

Esos viajes también les permitieron a los impulsores de Puebleando descubrir historias inspiradoras que pocas veces llegan a conocerse. “Las docentes rurales son de otra especie”, aseguró César, sin exagerar. En este marco, detalló: “He conocido maestras que gastan prácticamente todo su sueldo arreglando el auto porque los caminos destruyen los vehículos. Lo hacen por amor, no es por el sueldo. Son patriotas de alma. Hay escuelas con dos o tres alumnos donde ellas ponen plata de su bolsillo para pintar, arreglar el edificio, cambiar una bandera o hacer un jardín. Hasta que uno no lo ve, es muy difícil explicar el sacrificio que hacen”.

En el caso de la escuela Nº 46 “Artigas” de Paraje Tunas, a la que llegaron hace poco, descubrieron una de esas historias que inspiran, y la compartieron en sus redes sociales, destacando el espíritu patriota de su director. Se trata de Juan Valdez, quien llega a dar clases cada jornada tras una verdadera travesía: vive en San José de Feliciano, a unos 80 kilómetros de la escuela, y sale de su casa alrededor de las ocho de la mañana para llegar antes de las 11, cuando empieza la jornada escolar, que se extiende hasta las 16.

Sólo hay un colectivo hasta la zona de Conquistadores, y desde allí debe comenzar otro recorrido: hace dedo durante unos 67 kilómetros hasta San Jaime de la Frontera, donde guarda una motocicleta con la que completa el último tramo hasta la escuela.

Cuando llueve, el panorama cambia por completo. “A veces nos levantan enseguida y otras veces pasamos horas esperando. Lo que más nos complica es la lluvia, pero gracias a Dios siempre aparece gente buena que nos acerca”, destacó Juan.

Si el tiempo empeora o los caminos quedan intransitables, directamente duerme en la escuela. Allí también prepara su comida y espera que mejoren las condiciones para volver a Feliciano, también a dedo.

Su historia de superación, sin embargo, empezó mucho antes de convertirse en maestro: el maestro contó a UNO que cuando tenía apenas 12 años perdió a su mamá. Junto a sus cinco hermanos aprendió desde muy chico que la única alternativa era salir adelante trabajando.

Pasó por la cosecha de citrus, la construcción y distintos trabajos temporarios mientras estudiaba para convertirse en docente. “Trabajaba de jardinero mientras hacía el profesorado. Después conseguí una beca y pude terminar la carrera. Me costó muchísimo porque era la única carrera que podía estudiar en Feliciano, pero a los 30 años me recibí”, comentó con orgullo.

En su caso, las primeras suplencias aparecieron en escuelas rurales. Muchas veces vivía durante toda la semana en los establecimientos porque era la única manera de garantizar las clases. Con el tiempo descubrió que ese también era su lugar, y hoy dirige un establecimiento con apenas dos alumnos.

Sin embargo, la matrícula cambia todos los años, ya que depende de las familias que llegan para trabajar en las estancias o en las cosechas de citrus. “Hay años que tenemos nueve alumnos y otros solamente dos. Pero mientras haya un alumno, la escuela seguirá funcionando”, subrayó.

Esa permanencia resulta fundamental para las familias que viven en la zona, ya que además de enseñar, la escuela es el lugar donde se realizan actos, reuniones y celebraciones. Es el espacio donde todavía se sostiene el sentido de comunidad.

Ahora, la llegada de internet abre una nueva etapa. Con la antena satelital, los alumnos podrán acceder a contenidos educativos, el docente podrá cumplir con las tareas administrativas sin trasladarse a otra localidad y los vecinos volverán a encontrar en la escuela un punto de comunicación con el resto del mundo.

Por otra parte, Juan mencionó que la difusión de su historia también generó una ola de solidaridad, y comenzó a recibir mensajes desde distintos puntos del país e incluso desde Paraguay. Muchas personas quisieron enviarle dinero, pero él prefirió otro camino. “No quiero manejar plata. La gente tiene que saber adónde va cada donación. Si alguien manda algo para la escuela, quiero mostrar que realmente llegó a los chicos”, sostuvo.

En los próximos días recibirá una computadora donada por una familia de Buenos Aires, que se sumará a otras ayudas destinadas directamente a la institución.

Una obra que se expande

Mientras tanto, César y Bruno ya están pensando en la próxima escuela. No tienen una oficina, ni un cronograma fijo, ni financiamiento permanente. Las nuevas historias llegan por recomendación de otras maestras, que conocen de memoria las necesidades de los parajes vecinos.

El sueño es seguir conectando escuelas en Entre Ríos y después extender el proyecto hacia Corrientes, Chaco y otras provincias donde la falta de conectividad continúa siendo una barrera para estudiar, enseñar y permanecer. “Nosotros no somos los protagonistas. Somos un eslabón más de una cadena de favores. Lo que queremos es contagiar el gesto, que otros también se animen a hacer algo. Siempre decimos que somos semilleros”, aseguró César.

Quizás esa sea la verdadera esencia de Puebleando. Porque detrás de cada antena instalada no solamente llega internet. Llegan oportunidades para aprender, para enseñar, para comunicarse y para que una escuela rural siga siendo el corazón de un pueblo que se resiste a desaparecer.

Quien quiera colaborar con este proyecto, se puede contactar a través de Instagram: La Alemana Regionales Oficial, o Bruno Stoa, o proyecto.puebleando