Yo Cuento
Viernes 30 de Noviembre de 2018

Píriz y el patíbulo

La llovizna se entromete por todos los espacios. Cielo, suelo, barrancas, árboles y pajonales están invadidos por un frío y viscoso vaho. En la semipenumbra del amanecer los hombres, algunos agazapados, otros echados de panza sobre las gramillas, insuflan chorros del pestilente aire en su agitado respirar. Los corazones aceleran su ritmo al compás de la expectativa que anida en sus mentes. Las manos rozan de tanto en tanto el frío metal de los naranjeros. Los complotados avanzan por el camino resbaloso que rodea la barrancas con los caballos de las riendas. Cada ladrido lejano, cada resoplido de las cabalgaduras, los ponen en estado de alerta. Una repentina brisa del sureste comienza a soplar y desplaza los nubarrones hacia el norte. Amaina la precipitación y la claridad de la luna cuarto creciente empieza a configurar el paisaje del arrabal paranaense. Pasa un tiempo que parece interminable, el sol se insinúa entre la maraña del monte y ni noticias del contacto.
Hasta que debajo de un frondoso chañar se asoma la silueta de un guardia. Es el contacto convenido que los guiará hasta la casa de gobierno.
Todo está planificado para no terminar como en las intentonas anteriores. Primero fue la de diciembre del año 21 que fracasó estrepitosamente, con sus promotores detenidos. Anacleto Medina y Gregorio Píriz desterrados en Santa Fe, después enviados a Córdoba para tenerlos lo más lejos posible, de donde lograron escapar para retornar a Entre Ríos, donde debieron permanecer ocultos en los montes de Montiel. A principio de este año López Jordán encabezó un nuevo levantamiento con la misma obsesión de derrocar a Mansilla y recuperar la soberanía entrerriana.
Con él se comprometieron los principales caudillos de la provincia que seguían el ideario del extinto supremo. Uno a uno fueron reagrupándose los gauchos que emergían de entre la maraña montielera para seguir a sus respectivos caudillos. A López Jordán se presentaron Piriz, Eusebio Hereñú, Juan Antonio Berdún, Vera, los Calvento del Uruguay y su propia madre, la brava doña Tadea y La Delfina. También un día se cuadró ante su despacho de reclutamiento, Medina con su rostro aindiado, pelo hirsuto, piernas arqueadas de tanto cabalgar en su tordillo, adelantando el paso con la torpeza propia de los hombres que han pasado más tiempo de su vida a caballo que con los pies sobre la tierra. Se presentó, pronunció las palabras necesarias para comunicar a su jefe que estaba dispuesto a participar de todos los entreveros que sean necesarios para combatir a todos los que obstaculizaban la autonomía de la tierra del Francisco. El conato se inició en el Arroyo de la China pero fue sofocado rápidamente por el comandante José Barrenechea, hombre fiel a Mansilla, con el apresamiento de Tadea Jordán y Anacleto Medina.

Meses después Ricardo López Jordán, en combinación con Gregorio Píriz y el coronel santafesino Juan José Obando, se aliaron para llevar a cabo una acción conjunta con el objetivo de apoderarse de Paraná, sacar del gobierno de Entre Ríos al impostor Lucio Mansilla, liberar a Medina y ayudar a los santafesinos a liberarse de López. Es como matar dos pájaros con un sólo tiro: eliminado López, caerá su títere, el usurpador del gobierno de Entre Ríos.
En la otra banda del Paraná, Orrego y los hermanos Maciel, en sus dilatadas pláticas vespertinas también llegaron a la conclusión de que el ciclo del Mulato López estaba terminado. Ya va para un lustro en el gobierno y no nos ha ofrecido más que guerras. Es hora de que tengamos la oportunidad de elegir a un gobernante liberal. Basta de caudillismo que solo arroja miserias sobre nuestros pueblos. Lo de Ramírez fue un exceso pero ya está hecho. Ahora hay que gobernar con tolerancia y negociar la paz con todos.
Se suceden los contactos con los orientales, retazos del partido del malogrado Supremo, oprimido por la dictadura de Mansilla.
Algunos indios y un grupo de soldados mal pagos y víctimas del rigor disciplinario del Brigadier ya engrosan las filas de los conjurados.

Nadie sabría precisar qué fue lo primero. Si el nervioso relincho de los caballos o el rebote de los cascos sobre el suelo encharcado, si el estampido de un chumbo de frente, a quemarropa, el que rompió el silencio a retaguardia haciendo pedazos la tranquilidad nocturna o la bulla que armaron los teros y el tumultuoso ladrido de los perros cimarrones. Pero en contados segundos todo es confusión. El cuerpo de Gregorio Píriz cae pesadamente con una flor escarlata abriéndose en su pecho. Por los cuatro costados se desata la furia de jinetes, trabucos escupiendo chumbos y sables cayendo sin asco sobre los lomos. Los tiros suenan y reverberan entre la arboleda y el aire se empapa de olor a pólvora. Confundidos, la veintena de complotados intenta escapar de su escondrijo rumbo a los caballos hacia los cuatro rumbos. Varios soldados de la partida dudan en reprimir cuando se encuentran frente a la estampa de un caudillo tan respetable como Eusebio Hereñú o Juan José Ovando. El comandante del grupo, sin titubear ordena la persecución y logran capturar a un grupo de los conspiradores. El resto se escabulle entre las barrancas y los matorrales.

Por una vereda de vacas que bordea el arroyo Lanches, como un cortejo fúnebre, se desplazan a los tropiezos los prisioneros emparedados por una doble fila de jinetes. Más atrás un soldado transporta sobre la cruz de su cabalgadura el cadáver de Píriz. El perfume de azahares y jazmines se filtra entre los vahos, amainando los efluvios de la temperie. Atraviesan la laguna de Reyes, toman por la calle San Miguel, pasan raudos frente a la casa de gobierno y así arriban al cuartel de la guardia gubernamental. Los prisioneros son engrillados y arrojados a una celda oscura y húmeda. Ahí se encuentran con el indio Medina. Tiritan por el frío que les provoca la ropa mojada por la llovizna y el chapuzón del desembarco. Un oficial les comunica que están arrestados por orden del gobernador Mansilla.

Por el coladero de una ventana el sol matutino fusila los rostros de Medina y Ovando con proyectiles de luz que salpican las paredes con haces dorados. Los prisioneros, incorporándose venciendo el obstáculo de los grillos, espían por las hendiduras hacia la plaza Mayor. Observan la iglesia Matriz que hunde sus torres cuadradas inconclusas en la niebla, y a un costado el edificio de la comandancia.
—¿Ves lo que yo veo?— pregunta, con asombro que se va transformando en pánico, Medina. Ovando no logra enfocar sus pupilas deslumbradas por la luz exterior.
En medio de la plaza, rodeado por una tropilla y unas vacas que pastan con parsimonia, se erige un rústico patíbulo, armado junto al brocal del aljibe, con las mismas maderas que hace unos días formaron parte de la tribuna para presenciar los festejos de la Revolución de Mayo. Del mismo pende el cuerpo de Píriz, colgado de una soga, con la cabeza inclinada sobre el pecho, manchas de sangre seca sobre su chaleco, el pelo revuelto que cae en crenchas empapadas sobre la frente.
Triste destino el de un valiente; bárbara venganza la de Mansilla.

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