Diálogo abierto
Viernes 14 de Septiembre de 2018

Patricia Caro: "Atacar el narcomenudeo complejiza el problema"

Las erráticas y ausentes políticas del Estado frente a una realidad socialmente transversal y con profundo arraigo en vastos sectores.

La especialista en Accidentología y adicciones –a cargo del área de capacitación y prevención de la Fundación Ave Fénix– doctora Patricia Caro, analizó cruda y exhaustivamente el fenómeno de las adicciones, el narcomenudeo, y sus características en cárceles y escuelas. En cuanto a su pase a disponibilidad en la Policía entrerriana, la exintegrante de la Dirección de Criminalística enfatizó: "Todavía tengo una espada clavada en el corazón". La expresión se vincula con la represalia que sufrió al no aprobar un examen del hijo del exjefe Ernesto Geuna.

Mandato y autoexigencia
—¿Dónde naciste?
—En Córdoba capital, barrio San Martín –al Este del río– y a los 5 años, Alto Alberdi –al Oeste–, donde construyó la casa mi abuelo, que era constructor. Me fui a Buenos Aires a los 13 años.
—¿Qué actividad profesional desarrollaban tus padres?
—Mi papá era doctor en Ciencias Naturales –profesor en la facultad de Ciencias Biológicas– y luego se fue a Buenos Aires como titular en la cátedra de Botánica de la Facultad de Farmacia y Bioquímica, e investigador del Conicet. Mi mamá, maestra, y se jubiló como directora de escuela.
—¿Cómo influyó aquel universo?
—Mi padre era biólogo y agrostólogo así que los viajes eran de colección, paraba y había que esperar a que acondicione las plantas. Estudié en la misma facultad, fue mi profesor en Botánica y me entregó mi título. Nos encerrábamos en el laboratorio a tomar mates, pues en Buenos Aires no está bien visto.
—¿A qué jugabas?
—A las muñecas hasta que me fui de Córdoba, ya que en Buenos Aires hubo que hacerse adulto. Fue un shock tremendo para la familia. Desde chica estudiaba piano y danza folclórica y española –lo cual me encantaba– pero se cortó cuando nos fuimos de Córdoba. En la escuela Secundaria tenía una rebeldía tremenda y la sensación de que Buenos Aires me expulsaba.
—¿Desarrollaste otra afición?
—Cuando me jubilé retomé la danza folclórica y hace 15 años que bailo en el Estudio José Hernández.
—¿Lo pensaste como una profesión?
—No, era un hobby. Somos cinco hijos y nuestro padre nos marcó con el estudio, la profesión y la ciencia. Los dos hermanos varones son científicos en Estados Unidos, tengo una hermana fallecida, soy bioquímica y mi otra hermana es traductora de inglés. Para ser queridos teníamos que ser inteligentes y fue un mandato de autoexigencia muy grande.
—¿Leías?
—Era la generación lectora, con una biblioteca adolescente y juvenil que ocupaba una pared. Recuerdo Sandokán y los tigres de la Malasia, y los libros de Louisa May Alcott.
—¿Fueron influyentes?
—Los mencioné porque era vivir la aventura, y tal vez por eso hoy viajo y tengo el interés por lo desconocido.
—¿Materias predilectas?
—Todas, porque fui abanderada, aunque más las Ciencias Exactas.
—¿En función de qué elegiste la carrera?
—Hice orientación vocacional porque me gustaban la Física y las Matemáticas, y el orientador metió la pata diciendo que la Física no era para mujeres, y me orientó hacia la Bioquímica, de lo cual me arrepentí porque lo admiraba a mi hermano que estudiaba Física en el Balseiro. Igualmente no me arrepiento porque la bioquímica me dio una llave ganzúa: me mudé a Corrientes porque a mi marido le ofrecieron un cargo de camarista, y tuve trabajo, vine a Paraná y también lo tuve, en ramas diferentes como la Química Forense y Toxicología.
—¿Un formador?
—En la UBA tuvimos grandes maestros, en una época en que emigraron grandes maestros –me recibí en 1975–. El titular de la cátedra de Radioquímica –donde yo trabajaba– fue como mi segundo padre porque me orientó hacia la investigación, que también hice en Corrientes.
—¿Mantuviste la afición por la lectura?
—Siempre; me gusta la novela histórica, cuestiones políticas y de narcotráfico escritas por periodistas. Hace dos años me compré un lector electrónico y en un año leo 50 o 60 libros.

Espíritu pionero
—¿Tu primer trabajo acá fue en Criminalística?
—Busqué en el INTA y en el Conicet de Santa Fe pero no pude entrar, así que me ofrecí al jefe de Policía para montar un laboratorio de Química Forense, de cuya cátedra había sido docente en el Instituto de Criminalística, en Corrientes. Me nombraron en Sanidad, comencé desde cero a montarlo, luché mucho para que pasara a Criminalística y así fue cuando estuvo Rubén González como jefe. En 1996 fue un gran crecimiento cuando se puso en marcha el equipo para hacer toxicología y actualmente tenemos unos de los laboratorios más sofisticados del país. Fue un trabajo de hormiga porque estaba sola.
—¿Con qué enfoque lo creaste?
—Tuve el apoyo incondicional del jefe del laboratorio de la (Policía) Federal –un bioquímico muy amigo de mi padre– y del jefe del laboratorio de la Morgue Judicial de Buenos Aires. El lugar donde comencé a hacer alcoholemias era una planta alta con una escalerita precaria, tenía el techo a la altura de mi cabeza, la mesada y el piso de cemento, mientras que ahora está en la jefatura y hay 20 profesionales trabajando. También monté la sección de Accidentología Vial y los chicos que están hoy comenzaron conmigo.
—¿Cuánto tiempo estuviste en la Policía?
—Veinte años.
—¿Cómo te adaptaste?
—No me costó nada adaptarme a un mundo de hombres, aunque sí me hundió mucho la cuestión jerárquica, porque renegué durante mucho tiempo con las botas y rombos que te ponían la pata sobre la cabeza al no respetar el conocimiento. Es una cuestión argentina y así nos va.
—Tampoco hay reconocimiento al mérito.
—Hay una contra enorme en el escalafón profesional ya que las vacantes para ascenso las designa el jefe a su gusto, y no hay ningún rubro que evalúe el mérito. Sólo te sacan puntos pero no te agregan. Todos los años que estuve en Criminalística generando técnicas nuevas –presentadas en congresos– no se evaluaron, al igual que la licenciatura en Criminalística que estudié. Mientras estuve dentro fue muy difícil luchar contra las jerarquías por el celo y el desprecio al conocimiento.
—¿Casos que fueron desafíos profesionales?
—Cada vez que aparecía algo novedoso era un desafío. La investigación de polen en ropas y restos de personas se aplicó en el caso de la muerte de (Lucio) Dato, un caso muy controvertido porque un médico forense elaboró una teoría tremenda sobre una escalera y desvió la investigación. Intervine también en la muerte de (Alfredo) Yabrán y el accidente de Gilda, cuya pericia accidentológica hice y un perito de parte tuvo un criterio completamente diferente. El tacógrafo me dio la razón. En otro caso, para hacer un cotejo de tierra lo llamé a mi papá –que era geólogo–, me dio sugerencias, sistematicé una técnica y ayudó a resolver el caso. Antes de jubilarme edité un manual de Química Forense que se distribuyó en Latinoamérica y se utiliza como libro de texto.
—¿Una causa que terminó en un destino distinto al que evidenciaba lo aportado por Criminalística?
—La de un personal policial condenado por el supuesto homicidio de su mujer en el cual estuve y estoy convencida que fue un suicidio, por la pericias, pero los peritos del Superior Tribunal sembraron dudas y el juzgado quedó convencido de que fue un homicidio. El hombre está cumpliendo su condena y en el debate dije que faltaban otras pericias, que no se hicieron.

Jerarquías y arbitrariedad
—¿En algún momento pensaste en renunciar?
—Sí, cuando me fui, por no haber aprobado en la Escuela de Policía al hijo del jefe (de la Policía provincial; se refiere a Ernesto Geuna) quien me pasó a disponibilidad. Fue una situación muy dolorosa. Luego me desagravió (Roberto) Masshu (jefe provincial), me dio una placa y ahora me llaman permanentemente para dar seminarios. Pero tengo una espada clavada en el corazón.
—¿Otras actitudes?
—Muchas, muchas... es un ámbito difícil para trabajar pero amo a la institución y sobre todo a la escuela, donde me sentí respetada en todas las materias que di. Lamentablemente ahora no hay formación en Toxicología y narcotráfico, porque soy la única especialista. Hubo directores de Criminalística que no tenían idea de lo que yo hacía y me decían que era conflictiva.
—¿Cómo fue el día que te notificaron?
—Tremendo, doloroso, porque por toda esta lucha me enfermé y cuando me reintegré me enteré que me habían sacado el cargo de jefa del laboratorio, tenía que ir y sentarme a mirar el techo. Pedí que definieran mi situación, me quisieron patear a Toxicología, dije que no y me pasaron a disponibilidad, esperando que se cumpliera la antigüedad para pedir el retiro. Hace 15 años que me retiré y todavía sueño que vuelvo al laboratorio.
—¿Cuántas veces sufriste presiones para minimizar o descartar pruebas?
—Una vez –en un caso muy emblemático– en el cual dije que no, lo cual es importante para que se sepa que uno no se deja comprar.
—¿De la misma institución?
—Sí, y de más arriba también. Estaba la orden de cambiar las cosas. También tuve presión con el caso de un camionero que aparentemente venía coqueando, cayó en un puente, se mató, al igual que murieron todas las vacas. La hija quiso comprarme porque tendría que pagar la familia y no el seguro, al estar drogado el conductor. Llamé al juez, le dije que iba el informe y que me lo querían comprar.

Poli consumo al alcance de todos
—¿La primera aproximación a la problemática de las adicciones?
—En 1985 –cuando estaba en Sanidad– el doctor (Carlos) Samitier iba a las escuelas a dar charlas preventivas, en 1986 se cansó y me dijo que las diera yo. El enfoque preventivo era sanitario en cuanto a que la droga mata, enferma y hace esto o aquello, luego se fue cambiando hacia una prevención más inespecífica y hablando de otras cosas, y actualmente se habla más sobre los efectos en la salud mental y en la vida de la persona. Hasta que me vinculé con la Fundación Ave Fénix, comencé a trabajar, quedé a cargo del área preventiva, hice un postgrado y ya llevo 20 años.
—¿Qué etapas marcás en cuanto al fenómeno en la región?
—En 1985 hablar de adicciones era consumo de psicofármacos, luego fue siendo grave el de marihuana, acercándonos al fin del siglo aumentó el de cocaína y hoy es policonsumo de todo –hay éxtasis y LSD, salvo heroína– ya que la última droga que se conoce, está en Paraná y en los pueblos. Más de una vez sentí que estamos perdiendo la batalla y ganas de bajar los brazos, pero si en cada escuela o donde hago un taller llego a uno, la tarea está cumplida. Lo haré hasta que pueda seguir en pie, aunque sepa que la mitad de los chicos fuman marihuana. Mi tarea es preventiva y con quien entró no puedo hacer nada, salvo que vaya a tratamiento. Contra el narcotráfico no se puede porque son como las cucarachas, pero hay que echarles flit y sacarlas de nuestra casa.
—¿Particularidades actuales?
—Ya no hay diferencias por poder adquisitivo: tenés todas las drogas que circulan en todas las clases sociales –ya que el pobre roba para drogarse–, lo único que no es masivo –como en Buenos Aires– es el paco, porque es un fenómeno de las villas donde hay cocinas de cocaína. Nosotros en las villas tenemos comercio de marihuana y cocaína, además de que llegan las drogas sintéticas y la famosa alita de mosca.
—¿Qué percepción tenías estando en Criminalística?
—Me llamaba la atención peritar muchos casos de intoxicación con floripón e incluso alguna muerte. Estando todavía en el laboratorio perité un solo caso de LSD –en pastilla–.
—¿En qué modificaste la visión al retirarte de la Policía?
—En dejar de ver las adicciones como delito, verlo como problema social y tomarle cariño al adicto. Recibo muchas consultas y cuando hablo con el adicto o la familia te da una pena que parte el alma. La fundación me conectó con el problema humano.
—¿Un caso bisagra o conmovedor?
—El de un adulto –sostenido económicamente por su mujer y la hermana– quien decía "no puedo", "no puedo", a pesar de que lo amenazaban con que se quedaría solo. También el de una abuela y un papá que me llamaron desesperados porque el chico tenía un brote psicótico tremendo, dentro de la casa y rompiendo todo, sin que los dejara entrar. Hubo que llamar a la Policía y al psiquiatra. En la parroquia San Cayetano una mamá con cinco hijos me consultó por uno de ellos –quien fue internado dos veces–, a los años la encontré y me dijo "a mi hijo lo perdí, porque tengo que dedicarme a los que siguen", entre ellos uno discapacitado.
—¿Cuál es el punto en común en cuanto a causas profundas?
—Generalizando, la presión social es tremenda, porque al mínimo problema tenés la oferta de droga para sentirte bien. Lo otro es que siempre viene a llenar un agujero y en cada adicto hay que investigar cuál es, que no se observa al principio de la terapia y hay que resolver para que no haya recaídas.

El Estado, sin respuesta
—¿En qué medida se modificaron los abordajes que, mayoritariamente, demuestran su fracaso?
—Los índices de recurrencia son altísimos. La Fundación Ave Fénix aplica una metodología de tratamiento que es la que se aplica en las comunidades terapéuticas, con la diferencia de que no está internado, va a la casa pero tiene que tener un familiar que lo tenga a cargo en cuanto al control absoluto. Es integral, estricto y tenemos que asegurar que el paciente no consuma durante el tratamiento.
—¿Tu evaluación de las acciones públicas?
—En el Estado hay un total desconocimiento de lo que significa tratar a un adicto porque sigue apostando a los centros de contención –los centros de salud o el Centro Huella–, que no es lo mismo que tratarlo. Todavía se cree que una sesión de terapia por semana puede recuperarlo, lo cual es una mentira, barbaridad y canallada absoluta. No se puede trabajar psicológicamente en un cerebro intoxicado. El Estado no tiene claro lo que es un tratamiento.
—¿No es una forma sutil de decir que el problema es insoluble, al menos de la forma planteada hasta ahora?
—Una solución definitiva no la habrá pero quisiera que si tengo un hijo adicto y no tengo medios u obra social, tenga un medio idóneo que me ofrezca el Estado para tratarlo –si tengo la fuerza de seguirlo–. Hoy no lo tiene.
—¿ En qué medida la alteración de la pureza de las sustancias es más o menos dañina?
—Lo de que el rico consume de la buena, es un error. En Entre Ríos no se fabrica droga, así que lo que viene es lo mismo en todos lados.
—Pero se puede estirar.
—El narcomenudeo puede adulterar la marihuana para sacar más pero no la hace más dañina, sino menos, porque lo hace con orégano, tártago picado, yerba o bosta seca, y la cocaína viene estirada con polvos blancos inocuos, porque no se puede consumir pura. Es de menos calidad en cuanto a fortaleza de la droga. La droga tiene un precio porque viene desde afuera y el del centro la compra en el mismo lugar donde la compra el del barrio –villas y zonas obreras– donde es un recurso de vida. Más que como un delito, al narcomenudeo hay que verlo como un problema social, porque es el resultado de la falta de trabajo, la pobreza y la ruptura cultural.


Congreso internacional en octubre

El jueves 18 y viernes 19 de octubre la Fundación Ave Fénix organiza el séptimo congreso internacional de adicciones –único en la región– con expositores importantes del todo el país y enfocado hacia profesionales y estudiantes universitarios de la salud, docentes, abogados, padres y madres de familia interesados para prevenir o porque tienen el problema.
Los expositores más importantes serán los doctores Juan Yaría –el mayor especialista en tratamientos– y Roberto Baistrocchi, un neurobiólogo muy destacado.
Los informes e inscripción se pueden realizar a través del 4231822.
Cabe agregar que dicha institución emite un programa por Cablevisión –jueves a las 22, viernes a las 2, sábados a las 19.30 y domingos a las 20–, con abordajes de temas específicos, el cual también se puede consultar en Facebook y Youtube, como Vida plena sin adicciones.

Escuelas, niños dealears y cárceles con libre tráfico

La licenciada en Criminalística relativizó la eficacia de la Ley de Narcomenudeo que recientemente entró en vigencia y le atribuyó un factor de mayor agravamiento del problema, analizó el tráfico que se realiza en las unidades penitenciarias y calificó como "generaciones perdidas" a las familias que hace ya varias décadas tienen como sustento diario la venta de estupefacientes, ante la pérdida de la cultura del trabajo y la marginación social.
—¿Qué aporte significa la nueva normativa provincial?
—Mandar a la Policía a destruir kioscos y puntos de venta no resuelve el problema sino que lo complejiza mucho más. La mayor parte de quienes venden al narcomenudeo consumen, entonces son más adictos que tenemos en la cárcel, sin tratamiento, lo cual empeora el tráfico. En su mayor parte, también, son cabezas de familia, así que quedan sin ese recurso de vida, y cuando se detiene al cabecilla sigue vendiendo la mujer, el tío, el hijo mayor... Las organizaciones están instaladas en varias casas de la villa, donde en una se acopia y en otra se vende al menudeo; si se allana una vivienda, se pasa el punto de venta a otra y la cosa circula, sin que se corte. Tiene que ser una intervención social completa, con la gente y, sobre todo, con las generaciones nuevas, porque involucra a los chicos que funcionan como soldaditos.
—¿Cuándo percibiste que eran incipientes las organizaciones?
—Cuando se decía que éramos un país de paso se desestimó que siempre se paga con droga, que hay que vender, fue aumentando y se encontró con un país empobrecido y una década perdida en cuanto a cultura del trabajo y educación. Fue un boom explosivo. La Policía sabe desde hace mucho tiempo cuáles son las banditas, nombres y familias que trabajan en cada barrio. Si se erradica una familia, luego viene otro grupo y las peleas por conquistar el territorio. La ley habla de que lo decomisado en dinero se aplique a tratamiento y no hay centros de asistencia –que tampoco sé si funcionarían bien. Lo que el Estado tiene que hacer es pagar los tratamientos y poner centros de tratamiento en las unidades penales. Y, por supuesto, asegurar que se corte el narcotráfico en la unidad penitenciaria.
—Esto último es un buen chiste.
—En este momento no se le puede caer fuerte a las unidades penitenciarias. ¿Qué pasa si corto todo el ingreso de drogas a la unidad penitenciaria, cuando el 80 por ciento de los internos consume?
—Explota la cárcel.
—Por eso se hace la vista gorda. Poniendo centros de tratamiento y erradicando el consumo, puedo dar de baja al penitenciario que trafica o lo permite. Pero no se puede hacer en este momento porque sería un caos.
—¿Perfil de consumo dominante en la actualidad y la situación en las escuelas?
—Por lo que me cuentan los chicos en las escuelas y en la fundación, hay mucho menos consumo de inhalantes –la droga del pobre– y de floripón –que era mucho–, y hay consumo de todo en todas las clases –ya que lo económico no define nada. En el último año de la primaria llevan drogas que le dan los padres para distribuir. Son tercera generación de vendedores adictos, irrecuperables, porque no se puede trabajar con la familia. Están perdidos. Me he sentido abatida y sin querer tomar más trabajo preventivo, hasta que a fin del año pasado un chico me pidió una charla porque estaba haciendo un trabajo y me reconcilió, porque lo vi como un señorito y un verdadero líder. Aunque sea por un chico, vale la pena y sigo yendo.

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