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Paraná en su día, envuelta en angustia y preocupación

La desazón por el brote de Covid-19 da hoy otro golpe a una comunidad que arrastra en los últimos años frustaciones para progresar.

Miércoles 24 de Junio de 2020

La identidad ciudadana es una construcción colectiva permanente. Y el recuerdo y la conmemoración de hitos urbanos trascendentes para una comunidad constituyen pilares fundamentales para esa edificar cultura propia.

Sabido es que Paraná no tiene fecha de fundación; la presencia de primitivos pobladores se remonta a fines del siglo XVIII. Desde entonces, tuvo dependencia del Cabildo de Santa Fe, hasta que el 25 de junio de 1813, la Asamblea General Constituyente elevó al poblado de la Baxada del Paraná al rango de villa, quedando definitivamente desligada de la vecina orilla. Su primer alcalde fue Andrés Pazos.

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Sin fecha de origen de conformación, hubo a lo largo de su historia algunos momentos en que se consideró también un hito fundacional al primer reconocimiento oficial del poblado, el 23 de octubre de 1730, cuando se creó la parroquia bajo la advocación de la Virgen Nuestra Señora del Rosario.

De todos modos, la comunidad vivió más usualmente sus festejos, el 25 de junio. En forma masiva se celebró el primer centenario en 1913, y también el bicentenario, en 2013, que incluso contó con la presencia de la expresidenta Cristina Fernández de Kirchner. Pese a ello, a lo largo de estos más de dos siglos, los festejos por el Día de la Ciudad fueron más entusiastas en algunos años que en otros.

La fecha, de todos modos, sigue estando poco internalizada en la comunidad, y de hecho no es cultivada siquiera en ámbitos escolares. “La ciudad que no fue fundada” parece una negación al reconocimiento y comprensión de un origen desde donde partir.

En los últimos años Paraná se presenta repetidamente como un complejo modelo a armar, en el que componentes como la anomia colectiva, el individualismo y la desidia fueron ganando terreno frente al natural empuje ciudadano. Ello se tradujo en retroceso urbano y pérdida de identidad.

Hoy, a poco de cumplirse 100 días de cuarentena impuesta en todo el país por la pandemia, la capital provincial afronta su peor etapa desde el inicio de las medidas restrictivas para evitar la propagación del Covid-19.

En medio de un desgastante proceso que erosiona las bases anímicas individuales y colectivas de la sociedad, se vive una espiralización de contagios de coronavirus. Discusiones entre infecciones por conglomerado o comunitario parecen diluirse ante una evidente realidad sanitaria: el virus se ha propagado con una sorprendente velocidad.

De repente los casos se multiplican. Las preguntas sobran, las respuestas faltan; controles, testeos, acatamiento a las medidas restrictivas, compromiso individual, todo está puesto en duda. Y ello produce una profunda desazón por el fruto del esfuerzo realizado.

La angustia, tristeza y preocupación dominan el ánimo de los paranaenses.

El Covid-19 parece dar otro golpe a una comunidad que arrastra y acumula en los últimos años una muy baja confianza y autoestima colectiva por las constantes frustaciones para progresar.

Esa construcción es una deuda pendiente de todos: no solo de la circunstancial dirigencia política, sino la responsabilidad de cada uno desde los comercios, el trabajo, la cultura, en cada barrio, en las instituciones civiles, en las escuelas, en los clubes, para hilvanar un verdadero proceso colectivo.

El futuro de las ciudades, que la pospandemia obliga a rediseñar, es una nueva invitación para repensar una construcción participativa, responsable y comprometida.

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