Observatorio de Género y Derechos Humanos

Opinión: las tareas de cuidado no remuneradas

Las tareas de cuidado no remuneradas, en su gran mayoría, son realizadas por las mujeres y son el principal impedimento para acceder a un lugar de trabajo formal.

Martes 07 de Junio de 2022

Históricamente las tareas de cuidado no remuneradas, en su gran mayoría, son realizadas por las mujeres y son el principal impedimento para acceder a un lugar de trabajo formal en nuestro país. Esta realidad genera una asimetría en el desarrollo integral personal de una mujer respecto del varón porque carga sobre ella la atención, coordinación y ejecución de este tipo de tareas que le son asignadas por una convención cultural estereotipada.

Las tareas de cuidado son todas aquellas actividades indispensables para satisfacer las necesidades básicas de las personas, brindándoles los elementos físicos y simbólicos que les permiten vivir en sociedad. Representa, por lo tanto, una dimensión central del bienestar social. Incluye el autocuidado, el cuidado directo de otras personas (la actividad interpersonal de cuidado), la provisión de las precondiciones en que se realiza el cuidado (la limpieza, compra y preparación de alimentos) y la gestión del cuidado (coordinación de horarios, traslados, supervisión del trabajo de cuidadoras remuneradas, entre otros), define Corina Rodríguez Enríquez, investigadora del Conicet e integrante de la Asociación Internacional de Economía Feminista (Iaffe).

De esta manera, se observa que las tareas de cuidado conforman una parte fundamental de la estructura que sostiene el funcionamiento normal y productivo de la sociedad porque son esenciales para la organización social del cuidado, es decir para la forma en que se relacionan los actores que producen y reciben cuidados.

El reparto del trabajo de cuidado en nuestra sociedad es desigual e inequitativa entre varones y mujeres: el 76% por mujeres y el 24% por varones. En la Argentina esta distribución de tareas es injusta porque, evidentemente, somos las mujeres quienes cargamos con este trabajo invisibilizado, mantenido intramuros y, en la gran mayoría de los casos, no remunerado o subvalorado.

Según la encuesta sobre Trabajo no Remunerado y Uso del Tiempo (EUT- Indec) las mujeres dedicamos en promedio 6,4 horas diarias al trabajo de cuidado no remunerado, mientras que los varones solo le dedican un promedio de 3,4 horas diarias.

La brecha se amplía a casi 5 horas de diferencia en aquellos hogares con presencia de un niño o niña de 6 años; 4,5 horas diarias los varones y 9,3 las mujeres. Esto impacta en los proyectos de vida de las mujeres postergando estudios, teniendo pocas o casi nulas oportunidades laborales y menor tiempo para sus propias actividades.

La pandemia profundizó el problema que significa para las mujeres las tareas de cuidado. Con la suspensión de clases, las tareas de acompañamiento escolar recayeron especialmente en las mujeres: de 9 de cada 10 casos son las mujeres quienes cumplen el rol de acompañantes educativas (ME y Unicef, 2020) Una de cinco mujeres que tenía empleo remunerado lo perdió o debió dejarlo para realizar tareas de cuidado durante la pandemia (EPH - Indec, 2020).

Las tareas de cuidado tienen valor porque permite al resto de las personas -que no se ocupan de este tipo de actividades- trabajar y desarrollar sus objetivos. En este sentido, es importante considerar que trabajar diariamente en las tareas de cuidado implica un aporte significativo al desarrollo de la economía de nuestro país. Valeria Esquivel, doctora en Economía y Oficial Senior en Género y Políticas de Empleo en la Oficina Internacional del Trabajo señala que la economía del cuidado es la piedra angular de la economía y de la sociedad.

Este concepto permite desnaturalizar el cuidado como lo propio de las mujeres y desplazarlo del ámbito privado de las opciones personales para hacerlo público y politizable. Para ello, se lo reformuló como un concepto que entrelaza lo económico –la forma en que las economías se benefician del trabajo de cuidados que no es reconocido ni remunerado-, lo social –las relaciones de clase de género- y lo político –los distintos actores que demandan sostienen o implementan políticas públicas que directa o indirectamente moldean la prestación y recepción de cuidados-, señala la experta.

Mesa Interministerial

La situación hasta aquí descripta requiere de políticas que promuevan un cambio de situación respecto de las tareas de cuidado y trabajo no remunerado a cargo de las mujeres. Es así que, el Ministerio de Mujeres, Géneros y Diversidad conformó la Mesa Interministerial de Políticas de Cuidado integrada por los organismos del Estado Nacional que tienen competencia en el tema, entendiendo que ocuparse del cuidado es promover iniciativas proactivas para modificar las causas más profundas e invisibles de la desigualdad y las violencias de género, la desigualdad económica y la falta de autonomía de las mujeres. El Estado asume el compromiso de diseñar una estrategia integral para redistribuir y reconocer el cuidado como una necesidad, como un trabajo y como un derecho.

Los organismos nacionales que conforman la Mesa son: Ministerio de Mujeres, Géneros y Diversidad; Ministerio de Desarrollo Social; Ministerio de Trabajo, Empleo y Seguridad Social; Ministerio de Educación; Ministerio de Salud; Ministerio de Economía y las agencias: Instituto Nacional de Servicios Sociales para Jubilados y Pensionados (PAMI); Andis (Agencia Nacional de Discapacidad); Anses (Administración Nacional de la Seguridad Social); AFIP (Administración Federal de Ingresos Públicos); Inaes (Instituto Nacional de Asociativismo y Economía Social), y el Consejo Nacional de Coordinación de Políticas Sociales.

La mesa se propone pensar y aplicar políticas que aporten paulatinamente a:

• Reconocer al cuidado como una necesidad, un trabajo y un derecho.

• Redistribuir el cuidado entre varones mujeres y entre los hogares, el Estado, las empresas y las comunidades.

• Remunerar adecuadamente y cuando corresponda a quienes se dedican a cuidar en las distintas esferas sociales.

• Representar a los sectores del cuidado en las distintas instancias públicas para que tengan voz.

• Reducir la carga temporal de cuidado de cada familia a través de la socialización del mismo.

• Asegurar el cuidado como un derecho para todos los tipos de familia, reconociendo toda su diversidad.

• Garantizar el cuidado a todas las personas mayores o personas con discapacidad que requieran apoyo en la autonomía.

• Garantizar por parte del Estado políticas de cuidados en la vejez que sean universales centradas en el paradigma de los Derechos Humanos.

• Garantizar el derecho de niñas, niños y adolescentes a ser destinatarios de cuidados respetuosos de sus derechos y exentos de violencia, tanto en ámbitos institucionales como en el contexto de sus comunidades y familias.

Por Dolores Etchevehere

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