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Nuevo cancionero: del "Facilón" de Alsina al candombe de Barbiero

De Dimotta a Lugrín, del patio al escenario, todo un movimiento que atrae a la juventud y que se expresa en una diversidad de estilos. Una muestra de la ebullición de la música folklórica en miles de artistas (Parte II)

Domingo 11 de Agosto de 2019

Sapucai del alma se llama el chamamé de Nélida Argentina Zenón y Marcia Müller. “De pronto se escucha la voz de la raza que viene de siglos en el sapucay”, canta Marcia y al final nos entrega un grito montaraz que nos devuelve la conciencia.

El golpe de boca nos saca del estado de resignación, y en pleno siglo XXI nos tiene cultivando nuestras artes.

Bien, sapucai, sapucay, es lo mismo, grito de angustia, celebración, alerta, y puede significar una u otra cosa según las circunstancias, o las dos al mismo tiempo. Es una reafirmación de una condición personal y comunitaria, un tajo en el monte, en el aire, en las conciencias. Como dice el chamamé, nadie lo pide, nace solo, grito de la sangre, de las entrañas, que se hereda.

Hoy nos despertamos con todo un mar del arte que no depende de los poderes de turno, que no ha sido proyectado en un escritorio, es la cultura viva, y la conciencia de su existencia le da un valor adicional, sin medidas.

La propia camisa

Siguiendo con el análisis de la primera entrega, digamos que los que tenemos algunas décadas escuchamos en vivo a un Víctor Velázquez en los años 70, y lo mismo a los Hermanos Benítez Ríos, a Juan Carlos Angelino o al Gringo Lonardi cantando Facilón de adivinar, de Juan Carlos Alsina, que señalamos en la nota anterior, un poema que nombra a Entre Ríos sin nombrarla. “Donde la propia camisa/ le dan en un apurón./ Si un día cae de visita/ se siente dueño de casa,/ como un rey, créame, lo pasa/ aunque usted sea usted nomás”, dice, en un resumen de antiguas historias de hospitalidad islera, campera y barrial entre los habitantes de este territorio. Y eso está en el corazón del Movimiento de Costa a Costa, que así rescata melodías y versos, como visita el monte para escuchar a las y los artistas de experiencia bajo los algarrobos, y habla de luchas, artes, costumbres, oficios, biodiversidad, todo en un solo plano, sin compartimentos estancos. Con ese mismo espíritu editó este año el primer volumen del Cancionero de Cosa a Costa.

Los viejos, decíamos, podemos silbar un chamamé de Abitbol, Montiel, Dimotta, Cocomarola, en fin, porque los escuchamos desde el vientre de nuestras madres. Pero resulta que en el umbral de la tercera década del siglo 21 esas obras con 70 años largos reverdecen, cobran otros brillos, ¿explica esto nuestra admiración?

En la reunión más reciente del Movimiento De Costa a Costa fuimos testigos de una tarde con el Gaucho Quitilo Espinoza, el Zurdo Caballero, Alcides Müller y Rosita Ciam que se animó a unos pasos de chamamé con Quitilo, un lujo para la juventud. El felicianero Gregorio Eulogio Espinoza, cultor de la danza, cumplió 90 años, y vaya si disfrutó con recuerdos de hacha y carros, entre los jóvenes.

Los Dimotta a pleno

En la presentación del libro de Ana María Martínez tuvimos el privilegio de escuchar a María Silva y Flavio Valdez. De ahí nos fuimos con Oscar Martínez, el Cacho, al espectáculo que montaron en el Teatro 3 de Febrero Guido Tonina y Haydeé Chaparro, el Dúo Enarmonía, con jóvenes intérpretes (Mauro Leyes, Gastón Lell, Santiago Weber, Orlando Salazar, Javier Benítez), y la presentación de Cecilia Tonina en el bandoneón, otro aporte que promete, cuando nuestra provincia ha dado bandoneones brillantes y tenemos entre ellos al joven Gustavo Reynoso, de trayectoria ya en distintos países, a pesar de su corta edad; o a la joven Miriam Gutiérrez, la hija de Federico, la madre de Mateo, el niño cantor, que ya participa de las ruedas como otros niños y otras niñas con acordeón, guitarra, voz.

Día atrás escuchamos a Reynoso en vivo, en El Tren Zonal en LT 14, que conduce Maldonado, en la obra Lo tío Luis tapera, de su autoría, un bello rasguido doble, como botón de muestra de un puñado de composiciones propias del joven de Aranguren. Algunas, para el documental de Daniel Villagra sobre el escritor Arnaldo Calveyra, que pudimos apreciar hace una semana en Paraná.

El disco Por siempre querencia de Gustavo Reynoso Trío empieza con Para ti Alejandro de Armando Dimotta y termina con Causa triste de Abelardo Dimotta, es decir: siglo XXI, los Dimotta a pleno entre los artistas jóvenes. Y por supuesto, también los Müller, los Zandomeni, los Casís.

Hay que decir que Alcides Müller y su esposa, por caso, son fogoneros principales en el Movimiento, y los jóvenes le tienen gran aprecio, como ocurre también con Víctor Velázquez, Jorge Méndez, Ismael Torales, Luis Bertoloti y muchos. No vamos a abundar, pero digamos que también en los no tan jóvenes como Miguelito González está Dimotta. En su bello disco Identidad aparece Los Corrales, así como incluye una melodía charrúa.

Y bien: todos ellos tocan fibras de las y los jóvenes de esta corriente de aire fresco que halló nuevas energías en el viejo Chamarritero José Castro. Los jóvenes grabaron un disco, Perfil de luz y silencio, con canciones y testimonios que atesoramos como un logro comunitario. Empieza con La chamarrita, de Aníbal Sampayo, y contiene imperdibles testimonios relatados por Castro. “Y si no indagale a Ruiz, que ese te lo va a explicar, si tiene lana el peludo y si vuela el aguará”, la misma que hemos escuchado en la voz y la personalidad de Marita Londra.

Animate, vieja

Una cosa es escuchar esas obras extirpadas del paisaje, y otra muy distinta es escucharlas empapados de un sentimiento colectivo que da brillo a los versos, los lima y pule desde el oído, más todavía cuando el paisano graba y se marcha (eso ocurrió con Castro), y deja una estela de melodías y relaciones improvisadas, algunas incluso “zafadas”, de las de antes.

Castro elegía canciones populares, como esa polquita Doña Eusebia, para pasar la gorra al final de la actuación, “Poniendo estaba la ganza, yo no canto por el vino”, de Sampayo. O la chamarrita Del anegadizo de Linares, donde la miseria no quiebra la esperanza. “Cuántas cosas lindas que le voy a traer, y pa’ los chiquitos habrá que comer. Animate, vieja, no seas así, que la vida ‘el pobre se ha hecho pa’ sufrir”; o esas frases de presentación de Castro, espontáneas: “Yo le canto al argentino como a la Banda Oriental, sufro una pena espiritual porque un río nos separa…”

Esa cultura se expresa en los escenarios. Los jóvenes Coronel, Candelaria y Abelardo, ya son conocidos en los festivales mayores, por caso, pero empezaron en las ruedas caseras. Hay un mar de actuaciones familiares en miles de hogares, fogones improvisados, patios chamameceros. Son ya un clásico algunos patios de Oro Verde, o las tenidas con las amistades de Alberto Zapata Soñez y ese mundo de canciones y recitados heredado de su padre, don Amalio. De cada árbol se desprenden diversos gajos. Como ocurre también con los cantores diamantinos y los libros de Víctor Hugo Acosta y Las Voces de Montiel, que le dan alegría a los encuentros. O en esas juntadas de excepción, Cuando el Pago se hace Canto, por ejemplo, con la sobremesa en el centro, que tejen cada año el Mange Casís y sus amigos.

Los eslabones

Ninguna de esas obras agota la diversidad de la música regional. Podríamos seguir mencionando aportes de enorme valor, cada uno marcando huellas: los Hermanos Spiazzi, Miguelito González en el acordeón, las milongas y chamarritas de Roque Mario Erazum o Hernán Rondán Grasso, con larga y fructífera trayectoria en el canto popular, o la voz de César Nani que así entona una chamarrita como Garganta con arena de Castaña, con la misma actitud y emoción, lo mismo que Ariel Maidana y tantos con un don natural en la voz. Amor y distancia, se llama un disco reciente de Nani, y toma el nombre de una canción de Carlos Santa María y Roberto Romani (cuya voz aparece en la grabación).

Dicen las coplas de El Canoero que conocimos a través de César Nani: “es más pesao el trasmallo cuando viene sin pescao”. Qué notable y honda metáfora. “Cultura de tierra firme muy poco nos sirve acá, por libros que tenga un léido la isla tiene un libro más”.

Y miremos esto: también están allí Jorge Méndez (la ranchera Buen cantor) y Sampayo (Cielo en flor). Bueno, esta versión de Cielo en flor en la voz de César Nani le hace justicia a esta guarania y le encantaría, sin dudas, a Sampayo, como nos gusta a nosotros.

Entre los cantores que han tenido un renacer está Celia Taffarel, convocada por el grupo Entrerrianas para un paseo en grupo. Qué decir de la voz de Celia, sea en ese encuentro de mujeres o en el dúo que forma con su compañero Mario Escobar. Las interpretaciones que le escuchamos de temas de María Elena Walsh y Violeta Parra, de lo mejor; la artista larroqueña se luce también en los clásicos y difunde con Mario nuestro acervo cultural en coros y medios masivos.

A los Spiazzi los seguimos desde que comenzaron haced tres largas décadas, los hemos disfrutado. Tenemos una obra de Hugo y Julio Spiazzi con los hermanos Sergio y Julio Tommasi, como un resumen de su aporte en chamarritas, chamamés, rasguidos dobles, milongas, temas del pago chico, como ese homenaje en chamamé titulado El Cote Galván, bien paisano. Pa’ los Cherengo de Julio Spiazzi, otra pieza muy nuestra, y con reminiscencias de Los Olimareños. “La fritanga de moncholos y patices y en la negra de tres pata’ un buen chupín”. Los temas de Hugo Spiazzi tienen la polenta que gusta en los festivales, como el chamamé dedicado a El Ramón del Gualeguay.

Es que la incursión de tantos jóvenes no ha dejado de lado, para nada, a los mayores. A Hugo Duraczek, por ejemplo, lo conocemos y apreciamos también desde hace décadas. Su obra más reciente, Latidos de agua, junto a Juan Etcheverry, es una prueba. Allí escuchamos, claro, Patrón, de Sampayo junto a temas del propio Duraczek, de Julio Faggiana, incluso de Zitarrosa y Fandermole. Bueno, en esa obra Duraczek y Etcheverry prueban la vigencia plena de sus voces definidas.

Luseraboy

Estamos dando un pantallazo, como antes escribimos sobre el aporte de los Hermanos Cuestas con obras de Linares y ese silbido antiguo que supo dar lugar en el escenario a los pájaros (un clásico que nos emparenta con nuestros abuelos de las islas Canarias, que conversan silbando).

Todo este movimiento encuentra fogoneros principales como el Guille Lugrín y Olivia Reinhartt, capaces de fundir música, poesía, teatro, danza, sin tapiales, y convertir el bautismo de su niño, Amaro, en un encuentro cultural a orillas del Uruguay.

Uno de los más bellos temas del cancionero regional se llama Coplas del Antoñico. Lo cantó Haydeé Chaparro el jueves en el Teatro. Alguna vez escuchamos a Walter Heinze, su autor (junto a Raúl Rossi), entonar esta chamarrita, creo que en la Facultad de Educación, y también se la escuchamos en más de una oportunidad a Miguel Ángel Martínez, el Zurdo. Qué lindo, qué entrador, cuánta verdad y belleza en los versos, los acordes, las melodías, el silbido.

Tiempo atrás dimos con una versión distinta en la obra Luseraboy, y quedamos gratamente conmovidos. Es un disco del compositor y cantante galarceño radicado en Paraná Andrés Leiva, junto a Gastón Dutruel, Martín Pérez Campos, Joaquín Pérez Campos, Martín Bustos, Gustavo Reynoso, Diana Sosa, Nelson Ubiedo, Pablo Campos, Federico Sgarbanti, Jorge Leiva, Martín Rey Álvarez, Nazareno Casís y otros artistas.

Coplas del Antoñico en versión reggae es una joyita. Como cuadra a la discutida etimología del reggae, la obra tiene algo de rey y algo de andrajoso, y hay que ver cómo luce aquí el trombón de Martín Bustos, y qué bien se acopla el rapero Naza Casís.

“Para el arroyo Antoñico y todos los arroyos de Paraná”, dice Andrés Leiva en la introducción.

El nuevo disco de Enarmonía luce temas propios, algunos de hondo compromiso social, y, como siempre, temas de los clásicos, como esas coplas de Heinze y Rossi. Esta vez, también, Aníbal Sampayo, con El Pescador. Bellísima.

Decíamos en el título del sapucay de Marcia Müller, como una bisagra. Y bien, el grito montaraz en una mujer, en una gringa criolla, chamamecera, tagüé, parece haber despertado conciencias. Esa compositora, cantora, acordeonista y estudiosa de las tradiciones musicales argentinas alumbra el nuevo cancionero.

Al final nombramos a unos pocos, entre miles. Perdón. Muchos no entran en una nota para diario, y a muchísimos los conocemos por las mentas. Sabemos que están.

Candombe en Barbiero

Como una yapa, digamos que Luis Barbiero no es nuevo en esta onda, pero en su disco Vals de papel, que le escuchamos el año pasado en La Vieja Usina, muestra otras búsquedas, melodías etéreas, letras urbanas, juegos desatados, notas que diríamos pastel. Hay allí un vuelo sin estructuras como bien se escucha desde el primer tema, El Globo azul, que se marcha a merced del viento, una actitud que se emparenta con la del Negro Aguirre.

En el candombe Contrafestejo, referencias a los tambores por las calles de Paraná, en octubre. Lo que le falta en rigideces al encantador Barbiero (como buen flautista) le sobra en irreverencias, sea en tonos, voz, instrumentos, letras: “El destino así lo quiso/ que vayan pidiendo pista/ en la bajada con nombre/ del que inició la conquista./ La cuerda es la carabela/ que trae la nueva del día,/ América se libera/ cuando triunfa la alegría”. Una letra y una melodía y un ritmo para escuchar una y otra vez, para disfrutar el talento y el fundamento.

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