Historias
Domingo 22 de Abril de 2018

No sabe leer, pero le sobran las palabras para comunicarse con sus vecinos

Nilda Flores vive en Feliciano. En el patio de su casa reparte semillas y pollitos del INTA. Supo arreglársela para salir adelante, trabajar, formar una familia y ayudar

Conocida como Pety, Nilda Flores es desde hace 20 años referente del Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria (INTA) y ofrece el patio de su casa para que se armen los tablones que se llenan de bolsitas con semillas y las cajas de pollitos que luego se reparten entre los vecinos de la zona del barrio Coronel, de Feliciano. Si bien no aprendió a leer supo arreglárselas para salir adelante, trabajar, formar una familia y ayudar a otros. "Me gusta la comunicación con la gente, no sé leer, pero entre mate y mate se dice mucho", describe con simpatía. "Pety se comunica con los beneficiarios del Pro Huerta, pregunta, organiza la entrega de semillas y pollos en su domicilio, siempre con la misma actitud de querer ayudar a los demás. Es un ejemplo para muchos jóvenes, participa en la feria local con sus pasteles, garrapiñadas, panes para ayudar a sostener la olla de su casa. Tiene esa fortaleza y lucha para salir adelante", describió en su página el INTA Paraná el día que le entregaron el reconocimiento por su trayectoria. Tiene 58 años y junto a su esposo formaron una familia integrada por seis hijos a los que con mucho sacrificio y trabajo fueron criando. "Ahora estamos los dos solos con mi marido porque cada uno tiene su familia. Tengo dos hijas viviendo en Rosario, una en Chajarí y el resto acá. Son cinco mujeres y un varón. Además, tengo 16 nietos", destacó en diálogo telefónico con UNO.


—¿Cómo es su barrio?
—Lindo, tiene muchas manzanas. El barrio Coronel queda atrás del hospital. Tengo muchos vecinos.


—¿Tiene huerta y gallinas en su casa?
—Tengo huerta, antes tenía mucho pero ahora no porque no puedo andar. Sembramos acelga, lechuga, perejil, remolacha, cebollitas. También me gustan las plantas, el jardín y pescar. En Semana Santa me llevaron al arroyo porque el pescado que se saca ahí es más rico.


—¿Le gusta cocinar?

—Me encanta, me gusta todo. Este fin de semana vinieron los chicos y preparé ravioles y ñoquis caseros. A las 2 de la mañana estoy trabajando, me siento una mujer fuerte. Ganas no me faltan de hacer cosas, pero el cuerpo por ahí no acompaña.


—¿Usted vende garrapiñadas y qué más para sumar al día a día?
—De todo, hago garrapiñadas, pasteles, facturas, torta negra, pan casero. Antes, cuando era más joven, hacía mucho más, ahora voy con poco. Tengo una artrosis muy avanzada y eso me provoca problemas en los huesos. Me operaron de la rodilla y quedé peor. Camino dos cuadras y no doy más. De chica trabajé en casas de familia, en la Municipalidad barriendo calles, juntando papeles. Ahora estoy en la feria y también tengo un kiosquito. Somos una familia humilde, mi marido no tiene sueldo, nada, hace changas. Trabaja en alambrados, en el campo. Pero toda la vida nos ayudamos, siempre a la par.


—¿Qué le gusta de la feria?
—Voy a la plaza todos los sábados y me gusta la comunicación con la gente, aunque no sé leer, puedo charlar, tomar mates y conversar.



—¿Por qué no aprendió a leer? ¿No fue a la escuela?
—Sí fui, pero se me va la memoria y no me quedan las letras. Cuando era chica tendría que haber hecho un tratamiento, pero no se pudo.


—¿Cómo fue recibir la distinción que le dio el INTA?
—Muy lindo. Llevo más de 20 años con el INTA de promotora. Me gusta estar con la gente, saber si necesita algo. Vienen y me dicen qué precisan y yo los ayudo. Me comunico con ellos. Lo más lindo es cuando mi patio se llena de gente esperando su cajita de pollitos, ver las caras de los nenes. En todos estos años repartí semillas, frutales. Mis hijas me ayudan cuando se hacen las entregas, hacen las planillas para realizar el seguimiento. Además, también nos convocan para los cursos que son muy importantes. Hace poco hice uno de tomate al natural y otro de dulce, voy siempre y también invito a mis vecinos. La Municipalidad de Feliciano me otorgó un crédito en devolución para que yo pueda hacer una cocinita aparte y para sacarla del comedor. De esa forma también conseguí la amasadora. Otro año me ayudaron para conseguir la sobadora porque con mis brazos no me dan. Lo que más trabajo es panadería, pasteles, pastafrolas, y dulce en almíbar. Eso es lo que más vendo y ya tengo clientela fija. Los domingos voy al parque y vendo tortas fritas.


—¿Es feliz?

—Gracias a Dios y la Virgen me gusta lo que hago. Lo poco y mucho que tenemos nos ayuda a vivir bien, siempre trabajando. No me quedo quieta, no hay tiempo para la tele. Porque también tengo el kiosco, lo abro a los 7 de la mañana y a las 8 de la noche lo cierro, mis vecinos ya saben. Me acuesto tempranito y a la madrugada arranco. Los que me conocen saben que si el negocio está cerrado es porque no ando muy bien.

Pety nunca se cansa, a pesar de sus dolencias sigue trabajando, perseverante, desde muy joven, con ese espíritu contagioso. Se ríe, agradece el llamado y asegura que nunca le habían hecho una nota. "Hermosa sorpresa para gente como uno, que no es tan importante", dice con humildad.


Cadena de favores

El técnico del INTA, Marcelo Pereyra, fue el nexo para poder comunicarse con Nilda, porque su teléfono no andaba bien. Él le avisó a Gisela -hija de Pety- que de Diario UNO estaban tratando de hablar con su mamá. Gisela fue la encargada de informar que su mamá no sabía leer y que no podía escribir -vía mensajito- que su móvil estaba con problemas. Así que después de un breve cruce de wasap, ella lo desarmó, volvió armar el aparato y lo destrabó. "Pruebe ahora", escribió. Después de la entrevista y antes de cortar, Nilda pidió que le avisemos a Marcelo cuando sale la nota para que él se la lleve. Seguramente será el encargado de leerla también.


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