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Murió la domadora de caballos con 119 años, en Gualeguaychú

En febrero fue entrevistada por UNO junto a su hijo Mario, en el barrio Hipódromo. La mujer tuvo una intensa vida de trabajo.

Martes 20 de Agosto de 2019

En homenaje a una de las mujeres más longevas de todos los tiempos en la Argentina, vamos a reproducir aquí fragmentos de una charla que mantuvimos este verano en su casa de Gualeguaychú junto a su hijo Mario. Ambos oriundos de Médanos, en el sur entrerriano. Descendientes de canarios, criollos y pueblos originarios del “país de los matreros” que pintó Fray Mocho.

Natalia Pantaleona se aprestaba para apagar 119 velitas el 27 de julio. Era niña cuando murió Fray Mocho, que retrató a las comunidades de las islas y los campos bajos. Ante nuestra visita, comprendía y respondía, y si a la tercera palabra se le apagaba la voz, le alcanzaba para un “gracias, las merece”, cuando ya había recordado sus lindos tiempos de ranchera, tango y chamamé.

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Fueron peones de las antiguas empresas Garovaglio & Zorraquín y Celulosa Argentina. Natalia Pantaleona, domadora de caballos en la Estancia Nueva como su padre, Pedro Reynoso, vivía curiosamente en el barrio Hipódromo, de Gualeguaychú. Recordamos aquella charla amable como si fuera hoy. Aquí parte de aquella nota.

Sentada, un tanto inclinada y atenta, su media voz no nos engaña: algo nos dice que la viejita oculta un galope adentro, un corcovo, y si una palabra no se escucha bien uno la siente vibrar allí, comprende el entusiasmo vivo, esa inercia que el paso de los años no frena.

Está al cuidado de su hijo Mario Julio Morales, que fue obrajero en los montes, con hacha y motosierra, y nutriero como la mayoría de los habitantes de los campos bajos y las islas del delta. Les ayuda Graciela Guerrero, una vecina con 58 años que hace 16 acompaña a Natalia durante las 24 horas del día. Todo allí es muy sobrio, muy humilde, muy limpio, muy cordial. Uno entra y se siente en casa.

Mario tiene la actitud que algunos estudiosos señalan en los charrúas: una sonrisa como respuesta, una chanza para evitar precisiones, alguna indirecta para los políticos que suelen sacarse fotos pero se olvidan apenas cruzaron el umbral.

Segundo banco

La vida austera no quita a la familia una actitud positiva, alegre, plena en anécdotas y comentarios ocurrentes:

—¿Usted fue a la escuela en Médanos, Mario?

—Sí... No sé si no pasé segundo banco (ríe).

En esa misma autenticidad, la conciencia de clase:

—Mucha gente se dedicaba a la nutria, como usted.

—Sí, pero vale 1 peso el cuero. Ahí lo pagan 1 peso, los grandes lo venden a Buenos Aires a 400, 500 pesos...

—¿Por qué se vino a Gualeguaychú?

—Me vine porque yo estaba en la Celulosa y nos trajeron cuando la creciente del 82. Nos largaron ahí en el puerto y chau pinela. Yo tenía mi rancho hecho acá y todo. Y ahí ya no fuimos más.

—Los dejaron nomás, y no los indemnizaron.

—¡No! Y después íbamos a preguntar por los dueños de allá y no, no había ningún dueño. ¿Y usted qué es? Y no, nosotros somos administradores nomás. Unos empleados como ustedes...

—Nunca se acordaron.

—No, no, los dueños no están, no existen.

Las respuestas de Mario terminan en una sonrisa que dice más que todas las palabras. Podría no hablar, y uno entendería.

Pese a todo, se hizo placero en Gualeguaychú y se jubiló en ese oficio.

Recuerda sus tiempos de trabajo en la isla, en el campo, sea a caballo o en canoa, y extraña la motosierra y la libertad del campo. Dice que en su juventud el sueldo alcanzaba bien para vivir con tranquilidad, y por ahí, cuando analiza que en esas épocas no quedaba ningún registro de sus tareas, y la patronal no hacía aportes jubilatorios, apunta: “Éramos esclavos. ¡Qué te parece!”, pero eso en el plano laboral, porque de sus oficios y la vida en Médanos, las islas y la estancia guarda los mejores recuerdos.

Viejas cuñadas

El periodista Diego Elgart de Gualeguaychú dice que Natalia le contó el año pasado que su madre Paula Gutiérrez era descendiente de canarios. Nosotros se lo preguntamos y ella se limitó a decir “puede ser”. Nos interesaba el testimonio porque hace pocos años entrevistamos en Larroque (junto al músico Miguel Martínez, el Zurdo) a Ramona Garay, una mujer de las islas Lechiguanas y Mazaruca, con ascendientes canarios. Tenía entonces 102 años y vivió hasta los 106. Ramona no conoció médico ni maestra hasta que era muy mayor, y resultaba fácil descubrir en esa mujer hondos saberes sin escuela. Lo mismo en Natalia.

Ramona era más de la canoa y la isla, y Natalia Pantaleona de a caballo.

Casualidades, nos contó Mario Julio Morales que conoció a Ofrasio Garay, hermano de Ramona, y que otro de sus hermanos, Macedonio Garay, fue el último marido de Natalia Reynoso, su mamá. Es decir, Ramona y Natalia fueron cuñadas. Una vivió hasta los 106, la otra hasta los 119.

A su vez, Mario recordó que si bien él lleva el apellido Morales, su padre fue Bonifacio García, con parientes en el Uruguay (Fray Bentos), y nosotros recordamos que el marido de Ramona Garay se llamó Ángel García. “Creo que eran primos”, calculó Mario.

Ramona Garay nos contó aquella vez que les decían canarios, tanto a su familia como a los García.

Según Mario, los más morochos entre todos sus familiares, de donde sacó la piel oscura, eran precisamente los García.

Antes, le había contado a Elgart: “una vez mamá me dijo que su meta es llegar a los 120 años de edad como su madre Paula Gutiérrez, que falleció a los 120 años; y su padre Pedro Reynoso murió a los 112 años”.

Como puede apreciarse, estamos ante familias de larga vida, con orígenes similares y vidas sufridas, sea en la isla, el monte, o en el manejo de animales.

Como una broma, le preguntamos a Natalia si había amansado uno o dos caballos, y nos dijo que amansó tropillas de varios pelos. Claro: fue su oficio por años.

Mario también fue domador, como su madre y su abuelo.

—¿Amansaba o iba a las jineteadas?, le preguntamos a Morales.

—No, no: amansar caballos.

—¿Los amansaba de arriba o de abajo?

—De arriba, de abajo, de todos lados.

—¿Era al estilo tranquilo, o de jinetearlos?

—No, no, tranquilo, porque usted sube un caballo y no bellaquea. Ya está manso de abajo.

—Dicen que es la forma del indio.

—Sí (ríe). La mejor idea es amansarlo de abajo.

—¿Su papá pudo ser oriental, uruguayo?

—Mire, tenía una tía en el Uruguay. García... Podía ser del Uruguay che.

—¿Y los Gutiérrez?

—Los Gutiérrez de mamá, con ascendencia en Galicia. Tiene indio también mamá.

—¿Qué indios serían?

—Debe ser chaná. Los indios estaban en Ceibas antiguamente.

Burru y Medina Bello

Llegamos al barrio Hipódromo sin avisarles a los Morales Reynoso, y sin la dirección exacta. Preguntamos en el primer almacén y nos orientaron bien: una cuadra así, dos así, otra a la derecha, ahí en la esquina.

Natalia dormía, Mario Julio bajó el volumen del chamamé que escuchaba en una emisora local y se hizo larga la charla, de modo que cuando terminamos Natalia ya se había levantado con la ayuda de Graciela Guerrero. Todos cruzamos algunas bromas. Natalia, en cambio, nos esperó en la punta de la mesa con un “bien y usted”, dispuesta a conversar.

“Ah, sí, domaba la tropilla”, comentó, y habló de la estancia El Palmar pero luego aclaró con Mario, su hijo: Estancia Nueva. Y recordó su vida en Médanos también, la caza, la pesca.

—¿Tenían huerta?

—¡Uf! –respondió, como diciendo que era obvio–. Zapallo, calabaza.

Natalia se mostró cómoda allí en el barrio Hipódromo, viviendo con su familia y sus lindos recuerdos. Mario, en cambio, el cuarto de cinco hijos (otros le atribuyen nueve), reconoció que preferiría el campo, el caballo, y que se siente allí un tanto obligado por las circunstancias.

Le preguntamos a Natalia sobre su familia. Dijo que había músicos. Mario recordó tenidas con bandoneón, acordeón, guitarra, entre los Gutiérrez principalmente. “Tango, ranchera, chamamé”, dijo la mamá.

—¿A qué jugaban, de gurises?, le preguntamos a Mario.

—Al fútbol, lo único que había.

Con motivo del fútbol, Mario apuntó que tanto Jorge Burruchaga como el Mencho Medina Bello son de sus pagos, incluso que conoció a sus padres que trabajaban en el campo.

—Gente humilde.

—Sí, gente como nosotros nomás.

—Aparte del fútbol, a la bolita.

—Más vale.

Quien haya leído Ceibas, tierra grandiosa, de Luis Luján, podrá calibrar el sinfín de anécdotas, creencias y modos propios que cultivan las comunidades del sur entrerriano, como Médanos. (Este año falleció Luján).

Cartero en la estancia

—Qué raro lo de su mamá, una mujer domadora.

—Sí, siempre le gustó el caballo.

—Ella los amansaba.

—Amansaba los caballos para la estancia.

—Así que no solo se ocupaba de la casa...

—No, ella domaba. Después le dieron un puesto a ella, porque le sacaron la doma.

—Porque ya era mayor.

—Claro.

—¿Para trabajar en qué?

—Para cuidar el campo. El puesto en la misma estancia. O sea, más lejos que la estancia.

—Son estancias grandes. ¿De cuánto sería?

—Eran 38.000 hectáreas. Garovaglio & Zorraquín.

—Usted mismo trabajó en esa estancia.

—Sí, yo trabajé ahí. Fui cartero, en la juventud.

—¿Cartero?

—Llevaba las cartas de Médanos a la estancia.

Los nietos y bisnietos de Natalia Pantaleona Reynoso se cuentan por decenas. Muchos debieron marcharse de la provincia, pero se visitan, y el motivo principal de encuentro llega cada 27 de julio con la torta para una abuela que hoy habla menos y por ahí, claro, se cansa un poco.

La domadora de Médanos (hoy departamento Ibicuy) recibió su documento a mediados del siglo XX. El Estado precisó su nacimiento en el año 1900. Como muchos niños de la época, no figuraba en los registros. Quizá por eso su larga vida tuvo escasa repercusión, aunque se tratara de una de las mujeres más longevas del mundo. En Gualeguaychú anotaron que, durante su vida, vio pasar a medio centenar de presidentes.

Radio Máxima informaba ayer que estaban llegando a Gualeguaychú familiares desde diferentes lugares del país, y que la inhumación de sus restos sería hoy miércoles en la sala Sagrado Corazón, en el Cementerio local, a las 9 de la mañana.

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