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“Me gusta el tango liso, sin cortes ni quebradas”

Diálogo Abierto: Luis Clavenzani, bailarín. Motoneta y aquellos wines. Comercio, viajes y placer. Nunca es tarde para bailar.

 


A pocas horas de una intervención quirúrgica, el entrevistado se presta al diálogo, y aunque la memoria y la motricidad le juegan algunas malas pasadas, piensa menos en el quirófano que en el momento en que podrá volver a moverse al ritmo que le hace vibrar sus fibras más íntimas. Don Luis Clavenzani, un bailarín que comenzó a pulirse en la edad que algunos dicen que ya nada se puede.

 

 

Una infancia con pocos recuerdos
—¿Dónde nació?
—En Paraná.

 

—¿En qué barrio?
—En calle La Paz y San Juan.

 

 

—¿Cómo era esa zona cuando vivió allí?
—No recuerdo porque era muy chico. Fui a la Escuela Moreno y a la Sarmiento.

 

 

—¿Hasta qué edad vivió ahí?
—No recuerdo.

 

 

—¿Cuál es la zona que recuerda donde más tiempo vivió?
—La de Nogoyá y San Juan, donde estuve treinta años; era muchachito. Cuando me separé, me fui a vivir solo.

 

 

—¿Qué actividad laboral desarrollaba su padre?
—Fue comerciante, toda la vida, tuvo almacén y despacho de bebidas y mi madre se ocupaba de los quehaceres domésticos. Yo fui viajante durante 62 años.

 

 

—¿Dónde estaba ubicado?
—En Nogoyá y Plumerillo, frente a la feria.

 

 

—¿Trabajó allí?
—Le ayudaba a mi padre con el despacho de bebidas.

 

 

—¿Algún personaje del bar?
—Chamango, Castillo, Fernández…

 

 

—¿Por qué los recuerda?
—Porque sobresalían por sobre los otros.

 

 

—¿En qué?
—Eran chupines. Venían, pedían un vino o una caña y se les servía. Y veces se hacía alguna joda para reírnos. Le apagábamos la luz y le cambiábamos los vasos. ¡Se armaban unos quilombos bárbaros! 

 

 

Un wing sobreviviente
—¿A qué jugaba?
—Al fútbol, siempre fui wing izquierdo. Comencé a practicar a los 7 años en el Club Belgrano, que me quedaba a una cuadra. Me inicié en la sexta división, pasé a la quinta y a la cuarta. Con este equipo obtuvimos el campeonato en 1944, invictos; todos sus integrantes están muertos menos yo. Y logramos lo que no era fácil en el Club Belgrano: jugar en la Primera, porque había muy buenos jugadores.

 

—¿Le dedicaba mucho tiempo?
—No, lo que le dedican los gurises, a la tarde, cuando me escapaba de los viejos.

 

 

—¿Tenían buenas condiciones para el fútbol?
—Tenía condiciones, era zurdo neto sobre la raya –como El Turco Ezra Sued y El Chueco García, ambos de Racing y Félix Loustau, de River, los más grandes jugadores en ese puesto. Pude haber llegado a más pero me pegaban mucho y era débil. Compartí equipos con los arqueros Larrazábal, Romero y Eduardo Blanco; defensores de gran categoría como Pedro Rodríguez y Merengue Rabuffetti; Titina Zamboni, Cacho Rabuffetti, Oscar Vernengo, Tatone Lorenzón, el Negro Rivero y otros que brillaron en aquel formidable equipo campeón de 1949 como Carlos Salvia y Tula Pinto. La Liga Paranaense convocaba mucha gente, tanto en la Primera como en la Segunda de Ascenso. Belgrano tuvo grandes dirigentes como Francisco Cerini, Domingo Borgogno y otros que dieron hasta la vida por el club, como don Pedro Blanca, Peteco Mosetich, Jorge Neubert. Cuando me retiré fui tesorero de la comisión directiva de Franco Cerini. 

 

—¿Le gustaba entrenar?
—En esa época no se estilaba. Te ponían la camiseta y a jugar. Debuté en Primera frente a Sportivo Urquiza; hice dos goles, uno de palomita.

 

 

—¿Siempre jugó en Belgrano?
—Siempre y lo llevo en mi corazón. En primera lo reemplacé a Obdulio Santamaría, el wing izquierdo de la Primera de Belgrano que le pegaba muy fuerte. Fui goleador en todas las divisiones y la gente me puso de sobrenombre Motoneta, porque era chiquito y rápido.

 

—¿El partido más esperado?
—Contra Patronato y Paraná. Pegaban mucho porque no nos podían agarrar y yo era campeón de 100 metros.

 

—¿Uno especial?
—Siempre fui goleador. En un partido sacan del medio, me corro por la línea, el half me cierra el paso, le hago un sombrerito, boleo con un zapatazo y lo dejé parado al arquero.

 

—¿Deseaba jugar en Buenos Aires?
—Nunca me interesó. 

 

—¿Hincha de?
—Boca: Vacca, Marante y De Zorzi, Sosa, Lazzatti y Pescia, Boyé, Corcuera, Sarlanga, Varela y Sánchez.

 

—¿Fue el mejor Boca que vio?
—Sí, pero no era hincha ni fanático sino simpatizante. Lo vi cuando vino para el Nacional, solo una vez. Mi padre iba a todos los partidos, incluso viajaba a Buenos Aires con dos o tres amigos.

 

—¿Practicó atletismo?
—Sí, era rápido. Tal es así que La Negra Morales –el ocho de Patronato– como no me podía parar, me dijo: “Esta vez pasaste, pero la próxima te voy a enredar en los alambres”. Y me enredó. En un Intercolegial en el Parque Berduc le gané a Borches en los 100 metros llanos y él en una competencia oficial fue campeón provincial por el Club Estudiantes.

 

 

 

Vender y garufear
—¿Cuándo comenzó como vendedor?
—A los 18 años comencé a trabajar como vendedor de comercio, con un tío mío, hasta que llegué a representar a 17 firmas.

 

 

—¿Vendía en Paraná y en toda la provincia?
—Toda la provincia, parte de Corrientes y el norte de Santa Fe.

 

 

—¿Cuáles eran esas firmas comerciales?
—Odol era muy importante, al igual que Luminagro, Model Plastic, Fábrica de Productos Lácteos –la cual representa mi hijo desde que me jubilé hace 25 años–…

 

—¿Qué auto usaba?
—Grand Prairie modelo 27, no había otra cosa. Lo tuve muchos años hasta que Odol me proveyó otro auto.

 

 

—Era un buen trabajo porque se vendía todo de esa forma.
—Se vivía y se garufeaba mejor.

 

—En cada pueblo…
—Había que quedarse obligado en los pueblos y ciudades porque no había caminos buenos. Esto no lo publiqués.

 

 

Comercio por fútbol
—¿Cómo coordinaba el trabajo con el fútbol?
—Fueron distintas épocas, cuando me dediqué de lleno al comercio, tenía que visitar a los clientes. La primera liquidación que saqué fue dos veces superior a lo que ganaba cuando estaba en la Provincia.

 

—¿Tuvo otro trabajo antes?
—Sí, desde los 18 años trabajé en el Ministerio de Salud Pública de la Provincia y renuncié cuando tenía veintipico. No voy a tocar temas políticos porque no vienen al caso. Luego trabajé para un tío que me daba una zona para atender.

 

—¿Qué hizo con esa primera suma importante de dinero?
—Fui a ver a un amigo, Mario Mathieu, quien había salido como garante de otro amigo, Manuel Hernández –tesorero del Ministerio de Salud Pública– y le pagué lo que le debía.

 

 

—¿No se dio ningún lujo?
—-Eee.., está de más decirlo (risas). Mentiroso es el que dice que no cometió alguna picardía. 

 

 

—¿A qué ciudades y pueblos le gustaba viajar?
—Concordia, Concepción del Uruguay y Gualeguaychú; hacía toda la provincia. Esas ciudades eran muy acogedoras (risas).

 

 

—¿Tuvo algún problema político en el Ministerio?
—No quiero hablar.

 

 

—Puede decir lo que quiera.
—Me querían obligar a que me pusiera luto.

 

 

—¿Cuándo murió Eva Perón?
—Mi jefe –El Gato Esquivel– me dijo que me iban a despedir si no me lo ponía y le dije: “Mirá có=mo tiemblo, tengo dos manos para trabajar.”

 

 

—¿Militaba políticamente?
—No, nunca tuve ideales políticos. De ahí en más me dediqué al corretaje.        

 

 

—Es una profesión que prácticamente ha desaparecido.
—Ya no existe ni se usa visitar al cliente, por las comunicaciones.

 

 

—¿Cuál era la clave para ser un buen viajante o vendedor?
—Te lo digo en dos palabras: no ser mentiroso e ir con la verdad. Con eso te ganás todo; no mentir.

 

 

—¿En qué sentido?
—En todos los órdenes de la vida.

 

 

—¿Hizo amigos entre los clientes?
—Sí, dejé muchos amigos. (Se pone a cantar) ¿Te acordás, hermano? ¡Qué tiempos aquellos! ¡Veinticinco abriles que no volverán! ¡Veinticinco abriles! ¡Volver a tenerlos! ¡Si cuando me acuerdo, me pongo a llorar! Dedicado a nosotros y a la edad.

 

—¿Una anécdota?
—Estábamos en Hernandarias. Un colega con el que viajábamos juntos se chupaba y se dormía, llegaron los amigos, lo sacaron por la ventana y lo dejaron en la plaza. Hay otras que no se pueden reproducir por televisión.

 

—Pero esto es para un diario.
—Un muchacho amigo consiguió una dama, estaba en la pieza con ella, se enteraron los vagos, entraron, lo cagaron a almohadazos y se fueron con la mujer.

 

 

—Livianita la joda.
—Éramos bravos.

 

 

Liso y sin firuletes
—¿Cuándo comenzó a entusiasmarse por el tango?
—Después que falleció mi señora –quien tuvo un ACV.

 

 

—¿A sus padres no les gustaba?
—No, no eran de escuchar música.

 

 

—¿Cómo era en su época lo que ahora llaman movida?
—Íbamos al club Belgrano, al Apren, Echagüe, Talleres donde se hacían bailes. Asistía mucha gente, jóvenes y familias. No había problemas de convivencia. Por entonces sobresalían los músicos D´Indio, Brandán y Gómez. De Buenos Aires, D´Ángelis.

 

 

—¿Cuál es la clave para bailar tango?
—Como yo lo hago: liso, sin cortes ni quebradas. Me han puesto de sobrenombre “el bailarín de Entre Ríos”. Me gusta el tango tradicional, el de la Guardia Vieja y entre las orquestas no tengo preferencias. Bailo lo que toquen pero me apasiona el tango porque me hace llevar el compás, el pasodoble y la milonga Hay que vivirlo y sentirlo, y tener oído. Hoy estuve escuchando Madrigal toda la mañana y bailé toda la mañana, como un entrenamiento.   

 

 

—¿Cómo aprendió?
—Comencé hace cuatro años a arrastrar las patas con los profesores Enrique y Yolanda Pacher, en una academia. Antes bailaba como podía y si tengo que bailar una cumbia, lo hago. Terminé el aprendizaje con los abuelos de calle Villaguay 130 (Club de los Abuelos) donde creo que me he destacado.

 

—¿Baila mejor que cuando era joven?
—Me fui puliendo y aprendí mucho, creo que bailo bien. Fui progresando y me gané el título honorífico de gran bailarín, por mi forma de deslizarme en la pista. Me reconforta que la gente aprecie que a mi edad soy útil.

 

—¿Le gusta el tango acrobático?
—No me gusta. Lo que se ve ahora no tiene que ver con el verdadero tango porque tiene mucho firulete. Tiene que ser más sencillo y buscando llevar el compás. Es la base.

 

 

—¿Qué le diría a alguien de su edad que nunca se animó a bailar?
—Que me vea, que le voy a enseñar. Es práctica y fundamentalmente tener oído.

 

—¿Se anima a cantar?
—Me regalaron un libro con letras de tango y me invitaron a cantar en una confitería.

 

 

—¿Tiene predilección por algún autor?
—Nunca tuve preferencia, el que venga. 

 

 

—Me dice que estuvo bailando hoy y mañana lo operan.
—Sí, me dijeron que levantara la pata del acelerador pero en un par de semanas tengo que bailar. Un accidente en la columna vertebral me ha postergado, pero apenas me recupere seguiré bailando porque es muy bueno como terapia

 

—¿Desde cuándo vive en esta zona de calle Güemes?
—Hace más o menos treinta años.

 

 

—¿Cómo era por entonces?
—Era una zona brava pero mejor no comentarlo. Te pegaban un manotazo y salían disparando para alguna zona de baldío.

 

 

—¿Y ahora?
—Está más tranquilo porque hay vigilancia en las garitas de la Policía. También hay más edificaciones.

 

—¿Tiene alguna otra afición?
—Escribo sobre lo que venga: siempre hay algo que me motiva, como la noche y el amor. Me invitaron a que edites esos escritos.

 

 

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