Descubriendo Entre Ríos
Lunes 14 de Enero de 2019

Malvinas: del frío polar al nido para incubar la paz y la unidad

Una oportunidad a la mirada infantil, para abordar problemas que los mayores no hemos podido tratar en armonía, acuciados por el apuro.

Con sólo mirar a mediano y largo plazo se desatan nudos del momento. Con sólo mirar la región amplia se desatan nudos locales. Si las dirigencias de los estados argentino y británico están incapacitadas para hacerlo, los pueblos sí podemos soñar con alternativas que hoy parecen clausuradas, en torno del Atlántico Sur.
Con pasos firmes por la unidad regional y la paz vendrán frutos extraordinarios. Es cierto: la paz y la unidad son metas en sí mismas, pero además dan otros frutos que exceden el aquí y el ahora.
La paz es como el agua: se la valora cuando se la pierde. En lo que se refiere a la paz, la Argentina no es un país del montón porque carga en su seno un conflicto colonial como ningún otro país de la tierra y viene de una guerra con el imperialismo cuyas heridas no se han cicatrizado. Sería un engaño pensar que el tiempo se encargará de desenredar este matete.
Lo colonial está en las Malvinas y las demás islas y el mar que las rodea, y la colonialidad en simultáneo se expresa en el endeudamiento externo y la presencia abusiva de las multinacionales y el capital concentrado en los resortes principales de la economía, entre otros órdenes. La educación misma suele ser colonial, cuando sostiene categorías de análisis propias del invasor y menosprecia otros modos de conocimiento.

Ruleta rusa
Así las cosas, la tensión entre la paz y la violencia en nuestra región se parece a una ruleta rusa.
La paz ha sido declamada pero como cualquier planta necesita riego. Y no hay garantías de paz en Venezuela, como no la hay en Colombia, en Nicaragua, ni hay garantías de paz entre Colombia y Venezuela.
Qué decir de Chile y Bolivia, cuando los bolivianos acaban de sufrir un revés pero saben que no está dicha la última palabra por su derecho al mar. O de la Argentina y Gran Bretaña por razones obvias.
La relación de la Venezuela de Nicolás Maduro con Rusia ha dado pie al Brasil de Jair Bolsonaro para cerrar filas con los Estados Unidos. Ya no se habla solo de financiamientos y convenios comerciales, sino de acuerdos militares. ¿Paz decíamos? Pocas veces se han concentrado con tanto riesgo los intereses de Donald Trump, Vladimir Putin, Xi Jinping, Theresa May y otros líderes de las potencias en nuestra Abya yala del sur, sea por los alimentos, la energía o las finanzas. La situación no está para que un país poderoso en materias primas como la Argentina se quede esperando de brazos cruzados que todos muevan sus fichas en este tablero. Y eso se nota más cuando imaginamos la presencia que podría tener la Argentina para desatar los nudos de la región.
Nosotros somos argentinos con los hermanos de la región. La Argentina extirpada del continente es un juego de ficción. Pero además, nuestro país no podrá enfrentar los desafíos del futuro en soledad. Es decir: no somos la Argentina en soledad, y tampoco nos conviene serlo.
Los poderosos del mundo han colaborado con el endeudamiento de la región, son tan responsables como sus socias: las clases dirigentes de nuestros países. Tarde o temprano eso entra en crisis, y entonces buscamos culpables en medio del vendaval. Esa actitud provoca soluciones de corto plazo que profundizan y estiran el problema.
En unidad, en cambio, el colonialismo y la colonialidad pueden encararse con fuerza y determinación. Porque la colonia y la colonialidad se sostienen mientras conviene.
Ahora, ¿es que la paz no tiene chances? ¿O esa presunta convicción de que la paz es una puerilidad nos sirve de excusa para ocultar nuestra incompetencia?
La deuda en moneda extranjera es un problema grave para nosotros, y cada país del Abya yala del sur tiene los propios.
Por todo ello es importante abordar el conflicto por las Malvinas. Una solución integral, que involucre a una decena de países y muchas otras naciones dentro de esos países, podría dar frutos extraordinarios a largo plazo y en una amplia región, con beneficios para todos. Para ello hay que estar convencidos de que en una negociación multilateral todos podemos ganar. Ni vencedores ni vencidos, es el gran desafío.
Coro de niños
Hemos dicho en una primera parte de esta saga que nadie puede predecir cómo superaremos el conflicto argentino británico por las Malvinas o Falkland, que los estados no dan garantías de nada y que la Argentina ha sido colonialista, como Gran Bretaña, pero eso no involucra necesariamente a los pueblos de aquí o allá.
Se desprende de ahí que los estados no están sabiendo por ahora cuál será la vía de solución dentro de una década, y que los pueblos tienen margen si se desmarcan. Los gobernantes juegan con fuego, y como efecto de su impericia difícilmente caigan los gobernantes.
Hemos dicho que los habitantes del Atlántico Sur podemos conversar, liberados del peso de los estados, y para ello debemos actuar con sinceridad, en un rueda de mate.
También apuntamos que, mirando desde la experiencia de muchos provincianos de la Argentina, los isleños no debieran dar un paso hacia la unidad con los pueblos de este continente si no es preservando su autonomía. Y esto porque el poder financiero, político, corporativo y mediático en sinergia que ejerce Buenos Aires no tardará en darles la espalda, como lo hizo durante 200 años con los pueblos del llamado "interior". Es decir: si hay una razón para que los isleños descrean, el despotismo porteño debiera hacerse cargo. Si en verdad queremos ser hermanos de los isleños tenemos que sincerar este problema. La autonomía, y no la subordinación, será garantía de unidad.
Prevenidos de este vicio del colonialismo interno que sufrimos, los isleños podrían gozar de una vida a pleno en relación con las naciones del sur del Abya yala (América), entre las que encontrarán sus pares opuestos complementarios (yanantin).
En una segunda parte, señalamos el bello día del encuentro con las artes, los oficios, los sueños, escuchando un coro de niñas y niños de las islas y del continente, ya aventadas las amenazas.
Pero también la determinación de las potencias de arrastrar a la Argentina a la humillación, y la posibilidad de trocar la actual declinación (hacia la fragmentación) por una diplomacia de la unidad, que permita abordar varios temas del sur al mismo tiempo: Malvinas, Antártida, Salida al mar para Bolivia, deuda, por caso.

Liderar la paz
Hay un par de sugerencias conocidas para que las Malvinas sean una provincia autónoma, con una autonomía distinta de las actuales provincias argentinas. Esas posiciones recibieron, claro, el rechazo de la gobernadora de Tierra del Fuego (entrerriana), y es lógico, pero todos comprenderán que aquí no se trata de someter a los isleños a nuestras estructuras rígidas, sino de buscar un punto en el que nadie pierda: ese es el desafío. Que todos salgan de la conversación satisfechos por el resultado, sin ánimo triunfalista y menos vengativo.
Centenares de comunidades argentinas se sienten doblemente vinculadas a las Malvinas, porque uno de sus hijos dio su vida por la integridad de la patria. Y no pocos isleños se sienten con derechos multiplicados, si sus abuelos y bisabuelos ya vivían allí.
Para todos ellos hay una forma de superar las expectativas creadas, y consiste en tomar conciencia de un logro extraordinario para el mundo, el de la paz en el Atlántico Sur, una paz consensuada de la que disfrutarán las generaciones que vienen.
¿Ven los dirigentes británicos de Europa y del Atlántico sur, y los dirigentes argentinos, que este estado de cosas nos presenta como bobos, cuando podrían liderar la paz en el planeta? ¡Den una sola señal, y verán cómo la humanidad nos mira!
Para los combatientes, sea cual fuera su origen, que dieron la vida en las Malvinas o Falkland, el mejor homenaje será una diplomacia inteligente, comprometida, honesta, que genere con los años la confianza imprescindible para empezar a resolver el entuerto, y que apure un proceso de paz y desarme. Hacer que aquellos que hasta ayer nos mostrábamos los dientes nos mostremos el corazón.
Alguna vez tendremos que aceptar que los gobiernos argentinos son tan cambiantes que las personas por fuera de sus caprichos no tienen de qué agarrarse para la confianza. Si los que estamos al lado de estos gobiernos no les tenemos confianza, ¿por qué pediríamos eso a los isleños? Lo que manda aquí es la zozobra. Entonces, si hubiera uno solo de los isleños con ganas de participar de una rueda de mate, nuestros gobiernos se encargarían de espantarlo, y sus vecinos le dirían ¡viste, te lo dije!

Pueblo no es gobierno
Pero los pueblos de la Argentina no somos así, no nos volamos al primer viento. Podríamos dar innumerables testimonios de personas que cumplen con la palabra empeñada, que son honestas, que no cultivan el cálculo, el atajo, la ventaja, nada de eso.
Ahora, como nosotros sabemos que no somos como nuestros gobernantes, también tenemos que conceder que los isleños no son como sus gobernantes. Y ahí hallaremos un lugar común donde nos entendernos.
Colombia está saliendo poco a poco de una guerra interna que le llevó medio siglo. Y lo hace no sin sacudones, conflictos, mezquindades, pero para ello los colombianos debieron inventar modos, leyes, que no estaban dentro de las habituales porque se encontraron con una situación extraordinaria.
Con Malvinas ocurre lo mismo. Llegado el caso, habrá que cambiar incluso artículos constitucionales. Y quien proponga la paz no tendrá el camino allanado: la oposición suele complicar las cosas para lastimar al oficialismo, para cargarle las responsabilidades de cualquier tropiezo. Esa también es una razón para exigir en la dirigencia, sea británica o argentina, un grado de valentía que hoy brilla por su ausencia. Valentía para la paz.Mirada infantil
Se dirá que en el conflicto por las Malvinas tenemos una mirada infantil. Y es cierto, sólo que no le damos a ese adjetivo una condición peyorativa.
Si iniciamos el camino común de entendimiento sobrevolando los estados y sus cuitas (por apreciar los riesgos que los estados nos presentan), advertiremos una diferencia entre las personas mayores y los niños. Mientras los adultos insistimos con la mirada esquiva, con los reproches y acusaciones mutuas, los niños no tardan un instante en celebrar el encuentro. Y en esa celebración, saben valorar el corazón de sus madres, padres, abuelas, abuelos, vecinos que un buen día dicen basta, y se abrazaron.
Todos acá conocemos el frío polar, nadie es ajeno en estos lares a los vientos del sur. Por alguna rendija se nos cuelan. Si nos atreviéramos a un convenio a largo plazo, con un conjunto de protagonistas de la paz y el entendimiento, ¿no estaríamos garantizando a los niños un nido cálido, donde incubar la paz y la unidad?
¿Tanto nos cuesta ver en el horizonte a las Malvinas o Falkland como lugar de encuentro, de armonía entre las mujeres y los hombres del mundo? ¿Qué tendrá para decirnos la Pachamama, la madre tierra en equilibrio, sobre la responsabilidad de las mujeres y los hombres que habitamos este suelo?
¿Escucharán nuestros nietos el paso redoblado del odio y el rencor, o los escucharemos nosotros en un coro de voces en mapuche, guaraní, inglés, castellano, quechua, portugués?
Si nos abriéramos un poquito y comprendiéramos la gama inmensa de posibilidades que nos ofrece la paz que avizoramos, aceleraríamos el momento del abrazo. ¿Nos moriremos sin probar?
Argentina y Gran Bretaña están en un proceso de buscar aliados, ¿qué tal si probamos con una rueda de mate, abierta como son las ruedas de mate? ¿Y qué tal si las diplomacias de Londres y Buenos Aires escuchan a los pueblos y revisan sus políticas de intrigas para abonar alguna confianza por la paz y la unidad?

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