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Los británicos y argentinos, sisters and brothers forever

El camino de entendimiento entre pueblos de Gran Bretaña y la Argentina, para extirpar en estas Fiestas el rencor y exorcizar la violencia sembrada por los Estados.

Martes 01 de Enero de 2019

Ninguna potencia se compara a Gran Bretaña en violaciones en el mundo, ninguna ciudad se compara a Buenos Aires en violaciones en la Argentina.
Es el poder económico y militar y su brazo político el que viola, es el Estado, no es correcto atribuir esos ataques a los pueblos. Los pueblos, aún aquellos que puedan resultar beneficiarios indirectos de las violaciones, no son responsables ni cómplices.
Argentinos y británicos somos víctimas de esas violaciones, jamás debemos aceptar que se nos endilguen los defectos de los poderosos. Pero además, las naciones son mucho más importantes y profundas que los estados mismos. La confusión entre estado y nación está promovida por las clases que dominan el estado, como quien se ocultara bajo las faldas.
Los pueblos no tienen responsabilidad en los despojos y atropellos del Estado. Los dirigentes de organizaciones más o menos populares sí la tienen, como aquellos que defienden a un "padre del aula" racista.
Pero a muchas mujeres y varones del pueblo Argentino les han ocultado la historia, desde el Estado racista, y por eso le siguen rindiendo pleitesía a los poderosos.
Entre los ingleses ocurre algo similar, el Estado oculta y logra que la gente de trabajo defienda a los verdugos. Querer ocultar el colonialismo del estado británico es como intentar tapar el sol con un dedo. Y qué casualidad, que el Estado británico reclama desde 10.000 kilómetros de distancia, y la Argentina lo hace enfrente, se escucha el sapucay, es decir: no estamos afirmando que Rusia e Inglaterra se disputan unas islas lejanas, las cosas están muy a la vista. Y más ahora, cuando la geología del mundo acepta que las Falkland o Malvinas son parte del mismo fenómeno geológico, están en la misma plataforma, y desvirtuaron ya por completo los relatos inventados por el imperio británico.

Colonialidad
Y bien: los entrerrianos somos a Buenos Aires lo que los isleños a Londres. Y ambos pueblos seguimos colonizados mentalmente. Son casos nítidos de colonización, en que las víctimas intentan parecerse a los victimarios para pasarla mejor, y ocultan los daños que les han causado, sin saben que con exhibirlos pierden más aún.
Claro que los isleños sufren esa colonización interna y nosotros doble colonización, porque tenemos encima la espada de Buenos Aires que a su vez tiene encima la del imperio anglonorteamericano y sus usureros, banqueros, multinacionales varias.
Si analizamos todos los hechos objetivos de manera imparcial veremos que los argentinos tenemos razón en reclamar la soberanía en las islas Malvinas y el mar que las envuelve. Ocultar eso para congraciarnos con los hermanos isleños de las Falkland sería faltarles el respeto, poner la conveniencia por encima, una suerte de intento de soborno.
Gran Bretaña no ha dejado territorio por violar. Es el gran violador del planeta Tierra. Pero eso debe adjudicarse al poder, al Estado, a los intereses económicos y políticos, no al pueblo trabajador, no a las mujeres y hombres que son artistas, que tienen un emprendimiento familiar, que dan clases, que fabrican un mueble o curan a un paciente.
La Argentina ha sido también colonialista,y lo demostró en el ataque de la Triple Alianza al Paraguay, pero se cuentan por miles los que no sólo no fueron responsables de tamaño atropello sino que también se resistieron a pelear a los hermanos, como lo muestran los desbandes de Basualdo y Toledo, por caso.
Eso no quita que admitamos que la Argentina, o mejor, Buenos Aires, actuaba de modo imperialista, colonialista, al servicio de una potencia superior: Gran Bretaña.
No somos los argentinos los colonialistas, son los Estados, los poderosos. No son los ingleses y británicos y menos los isleños los colonialistas, son los Estados, los poderosos.
El historiador inglés Stuart Laycock, llegó a la conclusión de que Gran Bretaña había invadido al 90 % de los países de la tierra e increíblemente dejó afuera de las invasiones al Paraguay, por caso, y otros países en los que está probada la invasión inglesa, a veces mediante terceros países dominados. ¿Por qué pensarían los isleños de la Falkland que el mayor estado violador del mundo obró con justicia justo en su caso?
La bola de cristal
¿Por qué mezquinar emociones? Para estas fiestas deseamos abrazar a nuestros hermanos y hermanas de las Islas Falkland, o Malvinas como les llamamos nosotros, y decirles ¡jallalla!, por la vida.
No somos los únicos que sentimos como una deuda esto de vivir distanciados y privarnos del saludo hasta que la muerte nos una. ¿Por qué esperar que la muerte nos bañe de verdad, si podemos darnos un chapuzón en vida?
Claro, se dirá que andamos de abrazo fácil. Y por qué no, si entre los pecados ese no es de los peores.
Ahora vayamos a una síntesis del razonamiento con el que intentaremos (infructuosamente) sostener nuestro sentimiento.
1: nadie, absolutamente nadie en el mundo puede predecir qué pasará con el conflicto argentino británico por las Falkland o Malvinas. ¿Lo resolveremos en paz?
2: los estados de Gran Bretaña y la Argentina ya demostraron su incapacidad para tratar el tema, al punto que llevaron a miles a la muerte, y siguen sin hallar ni buscar una vía de solución, con lo cual no hay motivos para obtener resultados distintos.
3: nadie puede predecir qué harán los gobernantes argentinos (que cambian cada 4 años, y cuyas alianzas internacionales también son cambiantes).
4: nadie puede predecir qué harán los gobernantes británicos, cuyas alianzas internacionales también son cambiantes, como estamos viendo en este mismo momento con el Brexit, ¿habrá o no habrá un segundo referéndum? Tanto los gobernantes argentinos como británicos prometen a los pueblos grandes defensas del interés común y la soberanía, pero eso mismo indica que con cada gobierno se generan nuevas dudas y por eso se ven obligados a explicar. Una prueba de debilidad.
5: los pueblos no delegamos nuestras vidas en el Estado ni a sus gobernantes, y en la medida que tomemos conciencia de ello podremos actuar sin atarnos a sus caprichos e intereses.

Alerta a los vecinos
6: libres de ataduras, los pueblos podremos conversar entre vecinos, conocernos, darnos las manos mutuamente. Con la actitud de conocernos habremos roto la primera línea de las muchas que nos oprimen. Conocernos, darnos la oportunidad de querernos.
7: el único poder que tenemos los pueblos es el diálogo honesto, sin especulaciones, sin atajos. En otros planos como el "relato" que cada sector político, estatal, corporativo, quiera imponer, los trabajadores y sectores populares vamos perdidos, porque para fijar un relato hay que contar con poder financiero, político o militar, las tres cosas. Visitar a las góndolas de argumentos por los más convenientes cuesta mucho, no está a nuestro alcance.
8: desde esa sinceridad que decimos, los argentinos estamos obligados a alertar a los hermanos isleños sobre nuestra historia, y sobre los riesgos de una integración ligera. Nuestra responsabilidad es mayor.
9: los argentinos no sujetos al poder omnímodo de Buenos Aires debemos bregar para que los isleños, en caso de que un día avancen hacia un vínculo de hermandad con los pueblos del sur del Abya yala (América), lo hagan con autonomía, si quieren disfrutar a pleno de esta relación. El poder financiero, corporativo, político, mediático de Buenos Aires atiende un par de meses los problemas, en la medida en que eso le sirva para congraciarse, o que le de título, y luego pone en marcha su máquina de intrigas, esa misma que funciona desde hace 200 años sobre el resto de los territorios. Los territorios víctimas de ese poder despótico porteño o aporteñado, estadocéntrico, eurocéntrico, tenemos la obligación de alertar a las y los isleños sobre esta malformación.
10: si las Islas Malvinas o Falkland fueran un departamento de la provincia de Tierra del Fuego, como algunos pretenden, tendrían encima cien funcionarios con mayor jerarquía, y cuatrocientas organizaciones capaces de cortar rutas y calles para ser escuchadas. En vistas de este problema, la hermandad puede ser, sí, pero con autonomía, bajo el principio de la revolución artiguista que dice: "soberanía particular de los pueblos". Es decir, con las Falkland o Malvinas convertidas en territorio autónomo, con un grado de soberanía que las provincias argentinas hoy no poseen (y por eso son sometidas al desprecio del poder porteño o aporteñado que se repite en todos los gobiernos y medios sin excepción). Para ser siervos del atropello porteño, los isleños de las Falkland mejor harían en quedarse como están.
11: no crean que el ninguneo propio de la metrópolis en la Argentina depende en algo de las diferencias entre izquierdas y derechas, para nada: los partidos mayoritarios son federales para la declamación, centralistas en la práctica, y ningunean por igual a la mayor parte del territorio. Otras instituciones actúan parecido.

Una amistad soñada
12: si los isleños de las Falkland o Malvinas se abrieran a una relación con el resto de las provincias argentinas, con garantías de autonomía plena, advertirían la maravilla de estos vínculos con todo el continente, con múltiples culturas, idiomas, paisajes, con pueblos de la Argentina y sus vecinos que son trabajadores; pueblos que gozan el arte, que cultivan modos propios y virtudes, con espíritu comunitario y emprendedor, humildes, en fin. Los isleños descubrirían las virtudes de un pueblo de mujeres y hombres que cumplen su palabra, y que poco se parecen a los gobernantes. Y los habitantes del sur del Abya yala nos abriríamos al mismo tiempo, y por fin, a toda una cultura amasada en las islas por décadas. Este es un punto central: ni los británicos e isleños ni los argentinos somos reflejados por presidentes, primeros ministros, reyes, lo que sea. Ninguno de nosotros debiera quedar empantanado en las declaraciones, gustos o promesas de la dirigencia del Estado, porque eso nos dificulta mirar el maravilloso arcoíris de los pueblos.

Pares complementarios
Los argentinos sumamos casi cincuenta millones, los isleños apenas unos miles, pero nuestra relación no pasa por la cantidad, y por eso somos un par. Dadas las diferencias, es muy obvio que los británicos tienen mayores responsabilidades ante los argentinos, y los argentinos tenemos mayores responsabilidades ante los isleños. Nadie comprenderá esta trama si no comprendemos nosotros.
Pares opuestos y complementarios, así decimos en el altiplano: yanantin. ¿Tendrán que pasar mil años para que nos demos cuenta de algo tan elemental?
No ignoramos que hay todo un mundo allí, entre isleños y demás británicos, y tampoco ignoramos que no es con emociones espasmódicas que se encaran los grandes problemas diplomáticos del mundo. Sin embargo, como simples vecinos advertimos que el amesetamiento en que nos encontramos incuba futuras violencias, es una calma producto de la cobardía de los poderosos y anuncia tempestades.
Un diplomático se equivoca y llama "altas autoridades de las islas" a las impuestas por Gran Bretaña, y desde los más diversos sectores le saltan a la yugular. Cualquiera saca el cuchillo y amenaza. Pero esa es una típica bravuconada del poder porteño, no es así el argentino, la argentina, en la mayor parte del territorio. Hay modos de ser cortés sin perder por eso lo valiente.
Ya el muro que nos separa de las y los isleños nos avergüenza, y qué decir ese futuro incierto amenazando con las peores armar a nuestros nietos porque no hemos tenido la valentía y el talento que exigen los problemas agudos.
Como muchos de nosotros somos víctimas de la conquista y la colonización eurocéntrica, y estamos en una etapa de descolonización personal, grupal, comunitaria, nacional (con suerte aciaga por ahora), lo último que haremos será un acto de atropello. Por eso mismo, tampoco nos permitiremos sucumbir al atropello de los Estados. ¿Pero será esa una excusa para que dilapidemos nuestro paso por este mundo sin ese abrazo entre argentinos e isleños? ¿Viviremos y moriremos así, sin perdonarnos, sin intentar un saludo, sin probar el sabor de la amistad con aquellos que el sistema nos ha pintado como enemigos? ¿Desde cuándo, el sistema, merece que nos inclinemos así? ¿No nos rebelaremos, los pueblos, a un sistema que nos priva del amor? ¿No son mucho más importantes el amor, la amistad, que los Estados mismos?
Es difícil pensar que aquellos que se ilusionan con el Estado comprenderán este grito. El Estado, las corporaciones, los poderosos, los centros de la intelectualidad, incluso, no actúan si no miden, su especialidad es el cálculo (con excepciones, claro), y como no se ha inventado el metro del amor, entonces lo ignoran, lo menosprecian, como se burlan de la amistad. Para los motorizados por el verbo ganar, la doctrina del no ganar es cosa de chicos. ¿Estaremos dispuestos, los isleños y argentinos, a no ganar?
En una próxima entrega hablaremos de tratados internacionales menospreciados, del homenaje que debemos, de un coro de niños posible, deseable, y de una madre común que nos tiene reservado un lugar a todos.

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