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Diálogo Abierto. Entrevista con el licenciado Alfredo Grimaux

"Los agroquímicos se controlan, pero el problema continúa grave"

Las amenazas contra el monte. Soja, suelo y pérdida de nutrientes. Sin registro de la especies extinguidas. La ciudad y los árboles.

Martes 09 de Marzo de 2021

El profesor de la cátedra de Botánica Sistemática de la Facultad de Ciencia y Técnica de la Universidad Autónoma de Entre Ríos y especialista en políticas ambientales, licenciado Alfredo Grimaux, describió transformaciones ambientales que acontecen como consecuencia del modelo sojero. También, y como parte en el conflicto que sucede por la proyectada obra de ensanche de bulevar Racedo, ya que asesoró técnicamente a los vecinos, fundamentó su posición y analizó un contexto más general de la situación del arbolado en Paraná.

Entre el monte y los tajamares

—¿Dónde naciste?

—En Federal, en el límite de la ciudad con el monte de algarrobales negros y espinillos. Mi casa tenía campo y monte; íbamos a bañarnos a los arroyos cercanos, comíamos frutas silvestres y aprendí Botánica, informalmente, de mi padre, quien era agrónomo general.

—¿Qué se veía al salir de tu casa?

—Monte; estábamos en la zona alta de la Cuchilla de Montiel, de tierra arcillosa, y en la zona de los bañados y tajamares, con mucho guayabo, y cerca de uno de los puentes sobre el río Gualeguay, Paso Duarte, con pajonales y selva en galería.

—¿Les imponían algún límite del lugar?

—Tengo varios hermanos mayores que fueron boys scouts, así que eran grandes nadadores y campamentistas, por eso nos daban permiso para irnos a bañar a los arroyos cercanos y hacer campamentos.

—¿Tu mamá?

—Ama de casa. Mi papá trabajó muchos años en la Dirección de Ganadería, en la lucha contra la garrapata, y por eso conocíamos la mayoría de las estancias y montes. También trabajó en ensayos de nuevas especies agrícolas y lo acompañábamos.

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Para Grimaux, hay mejor tecnología y control en la aplicación de agroquímicos, pero el problema sigue siendo severo.

Para Grimaux, hay mejor tecnología y control en la aplicación de agroquímicos, pero el problema sigue siendo severo.

—¿Qué ancestros eran franceses?

—Mis tatarabuelos, agricultores, quienes llegaron desde la zona de los Pirineos entre 1806 y 1807 al puerto de Buenos Aires y de ahí una rama se asentó en Nogoyá, donde mi abuelo tiene campo, y otra en Rosario del Tala. Mi mamá era de origen español y su familia, por la Guerra Civil, se trasladó a Francia.

—¿A qué jugabas?

—¡A qué no jugábamos! Toda la vida al fútbol, con mis hermanos hicimos mucho atletismo y competimos en Paraná, al tenis criollo, pelota a frontón, mucha bicicleta y juegos familiares.

—¿Personajes del pueblo?

—Nos llamaban mucho la atención los hacheros que venían a trabajar a casa, especialmente uno, don Verdún, un hombre grande y muy sufrido, quien trabajaba de sol a sol. Muchas veces se vendaba la manos, le preguntábamos qué le pasaba, nos las mostraba y estaban llagadas, con cicatrices. Le preguntábamos si no podía dejar de trabajar y nos decía que no. Los hacheros trabajaban en los obrajes de sol a sol y se les pagaba, diariamente, muy poco.

—¿Una vivencia o el primer descubrimiento en el monte?

—El crecimiento de los arroyos y tajamares con las lluvias de verano, y comer fruta silvestre en el monte: mburucuyá, tala, tuna, chañar y tasi. Antes de entrar al monte había mucha carqueja fina, con avispas que hoy ya no se ven, por los agroquímicos. Era una miel silvestre muy rica.

—¿Qué modificaciones hubo desde aquellas prematuras observaciones?

—La riqueza de la flora entrerriana es altísima, tanto en el monte seco como en la selva o monte en galería, cercana a los cursos de agua, y en las zonas de transición, con especies semiduras como el espinillo. Hubo estudios muy interesantes de los ingenieros Jozami y Juan de Dios Muñoz, en un viejo inventario de 1985. La especie dominante eran los algarrobos negros y alrededor distintas categorías de talas, chañares, coronillos, espinillos, chilcas, pajonales y, finalmente, especies herbáceas. Hoy, por haberse convertido el algarrobo en una madera comercialmente valiosa, se sacó ese soporte principal y las otras especies no resisten la presión, con lo cual el monte se empobreció y desequilibró, con problemas de erosión, empobrecimiento del suelo y plagas específicas.

Barnard y las langostas

—¿Sentías una vocación cuando niño?

—Sí; cuando tenía 10 años era el momento de los primeros trasplantes de corazón del doctor Cristian Barnard. Ese verano hubo una gran invasión de tucuras muy grandes y con mis hermanos hacíamos pruebas científicas, con bisturís usados y seccionadores. Las adormecíamos con alcohol, las operábamos para intercambiar los aparatos digestivos de una a otra, y medíamos el tiempo de sobrevida. Imitábamos la experiencia que veíamos en televisión.

—¿Leías?

—Éramos muy lectores, con nuestros padres. En invierno se tostaba girasol y maní, y hacíamos lectura y debates con nuestros padres.

—¿Libros influyentes?

—Enciclopedias generales, para saber sobre los países, y los de Julio Verne.

—¿Qué materias te gustaban?

—Todas; fui muy buen alumno sin esforzarme. Era muy bueno en francés y en Paraná estudié en la Alianza Francesa. Cuando terminé la Secundaria vine al profesorado, donde encontré mucha gente valiosa que trabajaba en el Museo de Ciencias Naturales, como la señora Olga Jordán, Estela Guillen, Magda Schneeberger, Lucía Altamirano y un profesor invitado, muy reconocido, era el ingeniero agrónomo Jozami, quien diseñó todo el arbolado urbano del Parque Urquiza y dentro de bulevares. Tenía una sabiduría exquisita, era un gran dibujante y me orientó hacia la Botánica. Las clases con estos personajes se prolongaban después de hora.

—¿Qué imaginabas a futuro mientras estudiabas?

—Dar clases. Siempre, salvo algunas suplencias trabajé en escuelas agrotécnicas y en la de Villa Urquiza estuve 20 años. Era otro ambiente y un gran desafío, ya que había que hacer lo didáctico y lo productivo. En 1985 se creó un gran equipo profesional y en 2000, con pocos recursos tecnológicos, producíamos alta calidad de hortícolas, hicimos invernáculos automatizados, la escuela creció industrialmente y en 2005 trajimos otras variedades frutales, como mamón, para producirlo localmente, que se entregaba a la escuela para su elaboración, y a la vez se hacía investigación.

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La necesidad de un plan maestro que regule el arbolado en Paraná fue otro de los ejes de la charla con Grimaux.

La necesidad de un plan maestro que regule el arbolado en Paraná fue otro de los ejes de la charla con Grimaux.

Un paisaje alterado

—¿Dos imágenes que selecciones por la alteración de los ciclos naturales?

—Permanentemente nos llama la atención, antes de entrar al monte, que se ve muy poco la presencia de carqueja ancha, medicinal y que es un indicador de fertilidad de los suelos. Por la gran cantidad de agroquímicos solo se la encuentra en algún lugar, escondida, siendo que su semilla viaja en un “panadero” y se reproduce muy eficientemente a kilómetros del lugar original. Segundo, vemos todo el tiempo lo que se llaman “escapes”. El hombre ha mejorado las pasturas y rollos, por ejemplo, de alfalfa, trébol y otras forrajeras. Lejos de las zonas de cultivo se observan esos escapes; una lluvia importante o viento fuerte cuando se está formando la semilla, que es muy pequeña, se traslada y coloniza lugares nuevos. Esto no pasa con las especies nativas sino con las que interviene permanentemente el hombre en su ciclo. Todavía no provocan retrocesos de muchas gramíneas nativas, también forrajeras, pero si se potencia lo harán y perderemos diversidad.

—¿Se extinguieron especies?

—Como te dije anteriormente, cuatro o cinco tipos de avispas, que construían sus avisperos y colmenas con algo de barro y bosta de vacunos y equinos. Hoy hay kilómetros de soja, sin animales, entonces no la tienen. También son muy sensibles a cualquier agroquímico y al veneno que se deposita en las flores. Entonces estos insectos se retiran de a poco hasta que no aparecen más, ya que también hay poco monte. Igualmente no hay un registro de cuántas especies vegetales teníamos antes.

—¿Qué dimensión tiene el problema de los agroquímicos?

—Está en debate, se ha controlado, hay una mejor tecnología aplicada a la soja y no hay excesos tan severos como en otros momentos cuando no había control, pero sigue siendo severo. Trabajamos en un proyecto de extensión de la Facultad de Ciencia y Tecnología, la Facultad de Humanidades, la Municipalidad de Oro Verde y el Museo de Ciencias Naturales en la reserva natural de Alberdi. Las reservas naturales de monte nativo necesitan estar rodeadas de una zona de amortiguación, o sea alejadas a determinada distancia de las áreas cultivadas. Si hay un área cultivada pegada a una reserva se produce una zona de fractura y conflicto. Nos interesa la mayor diversidad porque cuanto mejor esté esa zona de amortiguación, se moverán muchos insectos, animales, roedores y la cadena trófica está completa.

—¿Hay nuevos riesgos inminentes?

—La situación es estable en cuanto a la superficie cultivada de soja. El problema es que es un gran extractor de nutrientes y deja muy poca materia orgánica. A diferencia de lo que hacían nuestros abuelos y hasta la década de 1970, cuando el productor dividía su campo en cinco o seis lotes y en cada uno hacía algo diferente: pradera de alfalfa, trigo, maíz, girasol… y cada año rotaba uno de esos cuadros. Hoy, normalmente, las rotaciones agrícolas son de dos tiempos: trigo-soja o trigo-maíz, una de invierno y una de verano. Si tengo cinco años con soja, el suelo queda pobre, entonces agrego fertilización química, que también afecta el balance de nutrientes. La recomendación es que cada cinco años se haga un análisis integral del suelo para saber qué tengo y qué me falta.

—¿Tenés página en Internet?

—La página del proyecto de extensión en Facebook e Instagram es PEX Reserva Natural Escuela Alberdi, donde publicamos novedades y las salidas escolares y comunitarias.

“Se necesita un plan maestro que regule el arbolado”

El especialista en Botánica criticó las podas mal hechas y la falta de un plan general y continuado de cuidado y mantenimiento del arbolado paranaense. “Falta planificación y tareas permanentes, más allá de las urgencias de determinados momentos”, enfatizó, aunque destacó que la situación general “no es mala”.

—¿Qué observás en Paraná como disonante en cuanto a arbolado público y planificación?

—Gracias a Dios, Paraná tiene bastante diversidad de especies en distintos ambientes, tales como tipas, chivatos, jacarandáes, etc. Lo más agresivo son las podas mal hechas, el sacrificio de los árboles cada dos años, con cicatrices, enfermedades y deformaciones. La motosierra, bien utilizada, es una herramienta espectacular, pero si no es como un arma y podés matar o herir a un árbol en cinco minutos. Quien la maneja tiene que estar capacitado.

—¿La Municipalidad, históricamente, se ha desentendido del cuidado y mantenimiento?

—Tiene que haber un plan maestro, planificación y hacer tareas permanentes, más allá de las urgencias de determinados momentos. Cuando se hace poda, primero hay que tener una mirada paisajística y en perspectiva a varios años, no podar y ver cómo queda.

—¿Cómo calificás la situación global, de 1 a 10?

—No es mala, entre 7 y 8. En las plazas viejas, como esta (Sáenz Peña) en todo su perímetro hay tipas de 20 a 25 metros, muy nobles y eficientes pero que para su poda exigen un equipo especial. Hoy no serían recomendables porque se utilizan especies más bajas y menos pesadas.

—¿Cuál es tu participación y opinión del conflicto por la obra de bulevar Racedo?

—La gente me convocó para hacer dos informes por el “no al ensanche”. El proyecto de la Municipalidad es pobre en cuanto a que tiene una carpeta técnica con solo dos hojas referidas al impacto ambiental, que califica como “bajo” y en un renglón menor relacionado con los otros aspectos técnicos. Se planteaba la tala total de árboles para el ensanchamiento de la calle al doble, y plantación de palmeras, cuando los 80 árboles que se van a extraer están en buen estado, salvo dos. La arboleda de segunda línea es muy pequeña y en muchos tramos, falta, con lo cual se hará una isla de calor y los arbolitos no se sabe si sobrevivirán a los 70º u 80º. Las palmeras para el cantero central son decorativas pero no mejoran el follaje para disminuir la temperatura. Es un proyecto de alto impacto ambiental y no sé si ese error fue voluntario o involuntario. Hay que imaginar cómo se reconfigura ese lugar a 15 años. El fallo del juez es contradictorio, porque los vecinos no querrán que se les instale “una torre”, como son los fresnos, cerca de la casa, cuando, además, hay muchas cañerías y cableado cruzado. Hay consecuencias que se pueden planificar e ideas alternativas en cuanto a obras complementarias con menor presupuesto.

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