Suplemento Aniversario 2018
Domingo 11 de Noviembre de 2018

Letra y huella de un Maestro Alberdino

Traspasó la puerta con su portafolios de cuero. Llevaba puesto su guardapolvo blanco y cargaba con una ansiedad indescriptible. Era tan grande la ilusión que casi no había dormido.

El calorcito a mediados de marzo se hacía sentir y él ya estaba listo para cruzar aquella puertita blanca de hierro coronada por una arcada sutil, del mismo material. Se abría ante sus ojos un patio grande, repleto de árboles y a unos metros, el mástil con la Bandera Argentina lista para ser izada. A la derecha una cancha de fútbol. A la izquierda el edificio escolar, una estructura sencilla, pequeña, de colores cálidos y ambiente agradable.
Atados al cerco que rodeaba la escuela, un grupo de caballos pastaban parsimoniosamente, husmeando en el aire el inconfundible olor de las flores silvestres. Un resoplido cada tanto. El canto de los pájaros. El mugido de alguna vaca cercana y el inconfundible murmullo de los niños. Todo eso, mezclado con el torbellino de emociones que le generaba su primer día como maestro.
Traspasó la puerta con su portafolios de cuero. Llevaba puesto su guardapolvo blanco y cargaba con una ansiedad indescriptible. Era tan grande la ilusión que casi no había dormido.
Ingresaba a la escuela N° 41 José María Berutti y estaba a unos pocos minutos de dar su primera clase, en un plurigrado, con niños de 1° y 2° grado.
Sin embargo, más allá de la emoción que lo embargaba, no era la primera vez que ingresaba a esa escuela. La misma institución lo había recibido cuando niño, con apenas cuatro años, cuando llegaba en sulky, acurrucado entre sus dos maestras y envuelto en mantas para paliar el frío.
Aquel día de aquel año, llegaba a su escuela primaria ya no como alumno, sino como colega de Toti Pross, Rosita Von Furth y de Rubén Colliard, quienes les habían enseñado las primeras letras.
Tenía 18 años recién cumplidos. Sus años de cursado en la escuela normal rural Juan Bautista Alberdi implicaron mucho esfuerzo, no solo de su parte. Su hermana Irma trabajaba para la Superintendencia, cosía uniformes militares y parte de las ganancias de su trabajo estaban destinadas a los pasajes de colectivo de ida y vuelta a la escuela de Oro Verde. Eran otros tiempos y el dinero solo alcanzaba para gastos básicos.
Los viernes, cuando regresaba a su casa, hacía "dedo" y si la suerte lo acompañaba, podía apropiarse de un ejemplar de la revista El Gráfico con las monedas que se ahorraba. Casi como tocar el cielo con las manos, en épocas en que la radio era el medio más económico de acceso a la información.
Miguel Ángel nació en La Balsa, en la zona rural de Villa Urquiza. Su madre, María Elena, enviudó cuando él tenía 4 años. Era el menor de cinco hermanos y la vida desde la muerte de su padre se les había puesto difícil, sobre todo en lo que implicaba la economía familiar.
Desde chico traía consigo la inquietud de ejercer la docencia en escuelas de campo. Sabía, porque lo había vivido en carne propia, que en los parajes rurales el rol del educador era mucho más profundo y comprometido que en otros lugares. Y se era docente, enfermero, cocinero y hasta director técnico si la situación lo requería.
Una de las anécdotas siempre latentes es que, estando en la escuela de La Balsa, cuando se hacían los campeonatos intercolegiales de fútbol trasladaba a los chicos en tractor y acoplado. El equipo era bastante dispar, tenían unas ganas terribles que no suplían para nada la falta de técnica. Pero había uno que la rompía, le decían Negui. Tendrá hoy 20 años. Gambeteaba, corría, dejaba desorientado al rival y le metía pata, era un goleador nato y si se le hubiese dado la oportunidad, hasta atajaba. Sus compañeros le ponían onda, pero los resultados no le hacían justicia.
Una vez, en un torneo en el que encima eran locales, al pobre goleador se le venían sumando las derrotas y le llegó el día en que cayó la gota que rebalsó el vaso: "Nos metieron cinco, señor, y no es poco", le decía agitando los brazos, con los ojos vidriosos por la indignación.
"Nos metieron cinco", como si valiese la pena la aclaración. Si él había sufrido cada pelotazo y probablemente pedía a gritos al menos una salida decorosa. Practicaban en los recreos y en las horas libres, con el maestro como director técnico, y a decir verdad nunca fue muy bueno para el fútbol. El gurí era un crack, y se notaba mucho la diferencia. Aun así, lo de ellos era ir y divertirse.

Espíritu Alberdino
Ser docente siempre lo enorgulleció, era una tarea, una función, un sentido, un modo de estar en el mundo y de vincularse con el otro, consideraba que el docente rural llegaba a formar parte de las familias de los alumnos, se involucraba en la vida y las necesidades de la zona. Implicaba responsabilidad, el compromiso y hasta el desprendimiento personal. La educación no tenía (y no tiene hoy) margen de error y el maestro debía estar preparado para desenvolverse sin angustias y con solvencia en medio de la soledad, de los atardeceres, del silencioso lenguaje de la comunidad, que trabajaba con códigos diferentes.
Su vocación se acrecentó aún más cuando se impregnó del "Espíritu Alberdino". Hay que creer que tal espíritu existe. No conozco un egresado de esa escuela que se diga maestro a secas, son Alberdinos, con un orgullo indescifrable para quienes quedamos al margen de ese mundo que comienza al traspasar el arco de ingreso.
En los primeros ocho años se los pasó alternando en diferentes suplencias. De la N°41 pasó a la N° 36 General Gregorio Aráoz de Lamadrid, a la 130 de Colonia Nueva, Estanislao Soler N° 37 de Puerto Curtiembre, República Dominicana 120 de El Pingo, la 63 Yapeyú de Distrito Quebracho, la Justo José de Urquiza N° 74 de Estación Sosa.
A la 130 iba a caballo o en sulky, porque eran caminos de tierra. Alejado de su hogar, pero no tanto como para no quedarse en su casa y ayudar a su madre y hermanos con las tareas de campo.
En Puerto Curtiembre se quedaba semanas enteras en una dependencia de la escuela primero, luego en la casa que un vecino le prestó para vivir. Eran épocas de lluvias copiosas. Sus alumnos lo ayudaban a sacar el Cuatro Ele cuando quedaba atrapado en algunos pasos de agua de los arroyos, si era un poco más lejos de la escuela, los que lo asistían eran los peones de estancia.
Demoraba tantas horas que en su regreso perdía el domingo prácticamente entero. Los viernes, cuando regresaba a su hogar, eran las 3 de la madrugada y recién pasaba por el paso del eucaliptal de lo Reggiardo.
Cuando fue maestro en El Pingo, vivió en un vagón de tren que estaba a pocas cuadras de la escuela. Se lo prestó un vecino, Carlitos Monzón.
En Estación Sosa, junto a Humberto Polo Poletti, otro docente, vivieron en la escuela. Ahí sí que había mucho por hacer. El techo era de fibrocemento, la puerta estaba corroída y había muchas cosas para arreglar, así que trasladaron ladrillos en la renoleta y pusieron manos a la obra.
La institución estaba rodeada de arroyos, entonces cuando llovía quedaban completamente incomunicados. Una de las últimas opciones era caminar por las vías del tren hasta María Grande. A veces ni eso, entonces, no podían salir para abastecerse de alimentos. Los vecinos llegaban cada tanto para llevarles una gallina o lo que pudieran ofrecerle, y si la mano estaba muy difícil por las noches salían con Polo a cazar perdices.
No solo no había grupos de WhatsApp. No había teléfonos, colectivos, ni transporte escolar. Los chicos realizaban verdaderas travesías para llegar al establecimiento, incluso recorrer varios kilómetros en bicicletas, a caballo o caminando. Aun así, salvo que la escuela se encuentre aislada por la crecida de los arroyos, ellos se hacían presentes como fuese.
Finalmente llegó la tan ansiada titularidad, en la escuela N° 36, a tres kilómetros de su casa. Fueron 26 años en los que pudo conjugar trabajo y una gran amistad con Rolando Rivero, el director de la escuela, años de trabajo en equipo junto a Rolo, Mariela, Nelly, Cuca y Mario, años en los que, entre otros alumnos, tuvo a sus cuatro hijos, en 1° y 2° grado. "Pero si el señor me dijo así", discutían madre e hijo sobre alguna tarea. El señor no era más que su papá, que por la mañana era docente y para no mezclar los tantos, por la tarde se dedicaba a sus labores y no intervenía.
Los sinsabores casi nunca los cuenta. Pero su primer sueldo, por el que viajó a Paraná y en un colectivo urbano hasta la terminal "se lo bolsillearon", ese sí lo lamenta, más que nada por las expectativas que le había puesto. No debe haber persona en el mundo que no tenga gastado su primer sueldo antes de cobrarlo. Con el segundo sí, compró una vaquilla que a los pocos días tuvo una cría.
Pasaron los días, los años y de pronto comenzó a ver que aquellos primeros niños a los que enseñó a leer y escribir se fueron convirtiendo en hombres y mujeres, y no tardó mucho en que los hijos de esos niños estuviesen en los mismos bancos, en las mismas aulas, era como un dejá vu, los mismos gestos, las mismas miradas, ese aire familiar.

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Un día, de la mano de un concurso, el destino le tenía preparada una gran sorpresa. Por tercera vez volvería a ingresar por ese portoncito de hierro por el que pasó por primera vez como alumno a los cuatro años y como docente en su primer día de clases. Esta vez era ya como director, y para transitar sus últimos años de docencia hasta jubilarse, tras 42 años frente al pizarrón. Con los ojos empañados por las lágrimas llamó por teléfono a su compañera de vida, la que tantas veces lo acompaño a caminar el sendero de la docencia con una paciencia estoica, y a sus cuatro hijos. Lo sé, porque recibí el llamado y pude escuchar esa voz quebrada por la emoción. Soy una de sus hijas, fui su alumna, aprendí de él y continúo haciéndolo, dentro y fuera del aula.
De cada una de las escuelas en que estuvo se llevó una historia, amigos, experiencias y la certeza de la labor cumplida, pero ese día obtenía el pasaje de regreso a su escuela, era casi mágico el cerrar una etapa de su vida donde la había comenzado. A los pocos años, mientras trabajaba en el campo, un animal lo atacó y la recuperación lo llevó a estar por segunda vez fuera del aula, la primera licencia en toda su carrera había sido por un problema en las cuerdas vocales, unos dos meses. En esta ocasión fue por dos años. Regresó, organizó los festejos por el centenario de la escuela N° 41 y finalmente el día de su jubilación llegó.
No pensaba ansioso en el día de su retiro. No se veía fuera de las aulas, sentía que aún tenía mucho para dar, pero el ciclo estaba cerrado y tenía que reorganizar su vida. Aún hoy despunta el vicio ayudando a sus nietos, o probándolos, al boleo, como un juego, sobre cómo se escribe tal o cual palabra o haciendo referencia a una reseña histórica y no se pierde ningún acto de fin de curso de las escuelas de la zona en que vive, en La Balsa.
Días atrás con su grupo celebraron los 50 años del egreso de su promoción de la escuela de Alberdi. Cuando me contaba sobre la reunión, sobre las charlas con sus viejos compañeros y veía las fotos, pensaba en esa impronta que envuelve a los docentes alberdinos, su vocación, unión y la entrega de los docentes rurales, sobre las historias que cargan en sus espaldas y que cuentan con alegría.
Miguel estuvo por primera vez frente al aula cuando tenía 18, fue docente durante 42 años, recorrió escuelas, lugares y distintas realidades. Hoy sigue con su actividad como productor agropecuario, la cual siempre fue paralela a la docencia. Su trabajo cumplido: generaciones de padres e hijos que aprendieron a leer, escribir, sumar y restar de su mano. Su orgullo, dos de sus hijos abrazaron la docencia rural con la misma pasión que lo llevó a las aulas. Su satisfacción, sus alumnos ya hombres, lo saludan con respeto y cariño en cada lugar en que lo encuentran.

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