Seguridad vial
Sábado 27 de Enero de 2018

Leonardo: otro nombre de una tragedia que enluta el número 5

El cinco está maldito, desde que los autos llevan ese número de viajeros regalados a los vicios de la velocidad y la indolencia

Pobrecito, Leonardo Sebastián. Pobrecito. La civilización que lo vio nacer no le avisó que aquí la palabra terremoto se pronuncia ruta, la palabra tsunami se pronuncia ruta, y así las palabras huracán, guillotina, catástrofe.
Pobrecito, Leonardo. Pobre gurisito. Nadie le advirtió de la estúpida guerra declarada en las rutas, un flagelo argentino.
Malditas rutas. Y malditos responsables de las rutas. Leonardo sufrió dos flagelos apilados, y por eso el resultado lastima y no sorprende. Primero: integró una familia desterrada de chaqueños en Buenos Aires. Segundo: integró una familia en viaje por las rutas argentinas, con las costumbres argentinas, es decir: el matarnos porque sí.
Es el Estado argentino el responsable de casi 8.000 muertes por año en el tránsito. Más responsable cada año que pasa, porque las estadísticas muestran a la muerte en ruta como la principal causa de muerte en niños y jóvenes, y el Estado, garante de la seguridad en esas rutas, no acierta con un remedio.
Hay que disminuir la velocidad y el Estado se niega. La velocidad es la principal causa de la masacre. En 30 años se mataron bajo tortura 250.000 personas. Los heridos se cuentan por millones, y a cuántas madres, cuántos padres, la ruta (el Estado) les destruyó la vida.

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Perversos
Ni el Estado argentino ni sus parecidos de las provincias, en ninguno de los tres poderes, toman nota del estrago crónico, del que sucesivos presidentes, gobernadores, legisladores y jueces son culpables. Se lavan las manos acusando a las víctimas. Es perverso.
Leonardo Sebastián tenía 6 añitos. Fue hallado por los bomberos una hora después del choque, junto al alambrado, a 15 metros del auto. Su cuerpito permanecía atado a la sillita.
¿Por qué no tenemos esa foto para enrostrárselas a los responsables de las rutas?
Murió cerca de San Pedro, pero fue sepultado con sus dos hermanas, su mamá y su papá, en Las Garcitas, provincia del Chaco. Los cinco fallecieron en un accidente de tránsito, cuando el auto en que viajaban se despistó y fue arrollado por un camión que venía en la otra mano de la autopista.
Desde este espacio hemos señalado que en la Argentina el cáncer del tránsito no se cura con aspirinas sino con bisturí, y ese bisturí tiene grabado el número 70.
Hoy nos matamos de a puñados. De a cinco. Pero ese número 5 dejará de ser yeta si lo exorcizamos con el número 70. Setenta kilómetros por hora, ni uno más, sin excepciones. Basta de muertes. Y al que diga que es muy lento lo invitamos a poner sus hijos en la lista. Que a los muertos los pongan los inconscientes que habilitan estas velocidades en estas rutas con estos vicios.

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8.000 litros
No es lo mismo la Argentina que otros territorios. Aquí tenemos el vicio de la muerte en ruta como el vicio de la inflación. Son cosas muy nuestras, y los remedios deben ser muy nuestros, pero no saldrán de gobernantes pusilánimes, flojos, timoratos, cobardes.
Cuando matan a los cóndores, nos matan. Cuando matan a los pumas, nos matan. Cuando matan a los pájaros, nos matan. Cuando matan a los peces, nos matan. Y cuando matan a los niños, nos rematan.
Nuestras rutas están tapizadas de sangre. Lamentamos las comadrejas en la banquina, los zorrinos, los zorros, pero no vemos a los niños porque a ellos los levantan y los sepultan en otra parte. Es así de sencillo. Si los cuerpitos quedaran en las banquinas o sobre los pavimentos, si se apilaran allí los 8.000 cadáveres que se fagocita un solo año, y viéramos con nuestros ojos el estado de esos cuerpos, esas caras, esos ojos, entonces tomaríamos las rutas por nuestra cuenta, ya que nadie se hace cargo, y chau velocidad.
Con un litro de sangre que vierta cada víctima humana, en promedio (no estamos contando los heridos ni las otras especies), tenemos ahí nomás ocho toneladas de sangre regando las rutas argentinas, cada año. ¿Es crudo nuestro relato? No: la masacre es cruda.

Estado incapaz
Discriminación no es racismo, borrachera no es alcoholismo, ratería no es corrupción, aumento de precios no es inflación, accidente en ruta no es masacre vial.
Para que la discriminación sea considerada racismo debe haber un poder capaz de matar masivamente. Para que un borracho sea alcohólico debe tener un grado de dependencia permanente. Para que un accidente en ruta se convierta en masacre vial tiene que haber un Estado incapaz de controlar el espacio que está su cargo: las rutas.
Como el perro del hortelano, el Estado argentino no controla ni deja controlar. Se adjudica autoridad y no la ejerce ni permite que los demás tomen cartas en el asunto.
Hay un delito de peligro en las rutas argentinas, todos sabemos que este año morirán otra vez unas 8.000 personas. La condición de las rutas, con toda una serie de riesgos, las hace mortales, pero no sabemos quién será la próxima víctima, de ahí que deba acudirse, si es después de un accidente, al delito de estrago culposo; y si es antes de que ocurran los accidentes al delito de peligro, contemplado en las leyes de narcotráfico y de residuos peligrosos. ¿Un fiscal por ahí?
Como hemos dicho, los formularios están impresos, falta completarlos con los nombres. ¿Los nuestros? ¿Y no son, ya, nuestros nombres los registrados en los hospitales y las morgues? ¿No es Leonardo nuestro hijo? Todos somos hoy Leonardo, todos nos volamos con él.
Accidentes hay y habrá siempre. Pero no tienen por qué terminar en la muerte de 8.000 personas al año, 80.000 por década, y gran parte de ellos niños, niñas, mujeres embarazadas, jóvenes. La eutanasia por razones de edad sería más lógica que la masacre vial que sufre la Argentina. Ninguna especie conocida en el planeta es tan estúpida como para chocarse entre ejemplares y masacrarse. No existe eso, aquí el sacrificio sin ton ni son tiene causas exclusivamente humanas y el responsable tienen nombre: se llama Estado.
Mi ciudad de origen, Larroque, cuenta con unos 7.000 habitantes. En solo una década desaparecieron en la Argentina más de diez ciudades como la mía, con sus habitantes torturados y masacrados en las rutas del país. Desde que me marché de Larroque hace unos 35 años han desaparecido más de 35 pueblos como Larroque, regando el asfalto con su sangre. ¿Y vamos a atacar esta sangría con multitas?

Llenar formularios
En agosto de 2015 escribíamos sobre este mismo tema: "Como todos los años mueren en la ruta entre 7 y 8 mil personas, a las víctimas que restan de 2015, y las de 2016, solo hay que ponerles el nombre, pero ya están en agenda". Y bien, esos formularios ya fueron completados. En marzo de 2017 titulamos una nota similar: "El estrago tiene responsables claros"... En noviembre de 2017 titulamos: "La feliz locura de viajar a 70 salvando niños y jóvenes" y llamamos a reconfigurarnos el cerebro. Todos los años advertimos que solo falta llenar los casilleros previstos con los datos que surjan de las rutas, y estamos en 2018 y los estragos continúan.
Cada accidente tiene sus porqués. Pero la mayoría absoluta obedece a la alta velocidad. Primera pregunta: si el auto en que viajaba Leonardo Sebastián hubiera marchado a 70 kilómetros por hora ¿no tenía menos posibilidad de perder el control, y más chances de frenado? Segunda pregunta: si el camión hubiera viajado a 70 ¿no tenía más chances de evitar el choque o frenar? Tercera pregunta: si el impacto hubiese sido inevitable pero ambos hubieran viajado a 70 ¿no se hubieran salvado algunos de los ocupantes del auto?
Sea porque el auto tuvo un desperfecto mecánico o un reventón, sea porque el conductor se durmió o porque alguien torció el volante, ante cualquier imprevisto los riesgos y la magnitud del impacto disminuyen a baja velocidad.
Todos sabemos que si hay sopa llevaremos cuchara y plato hondo, si hay asado llevaremos tenedor y cuchillo y plato playo. Las curvas, el agua en la calzada, la ausencia de banquinas seguras, la lluvia, la neblina, los baches, la imbecilidad: nada de eso es imprevisible en la Argentina, para todo hay respuestas ya. ¿Cuántos gurises y gurisas como Leonardo Sebastián deberán morir para que un día pidamos perdón, y levantemos el pie del acelerador, sea por voluntad propia o porque las normas lo imponen?
Ya no nos matamos de a uno, nos masacramos en familia. Cinco muertos en la ruta, un título repetido en la Argentina. Los periodistas sabemos que los fines de semana largos nos darán noticias. Las rutas regalan vidas y títulos.

Luchemos
En este espacio hemos saludado muchas veces los esfuerzos de la asociación civil Luchemos por la Vida para la prevención. De haberlos escuchado, otra sería la historia. Esa organización nos informa, por estudios realizados en Suecia, que si reducimos la velocidad en ruta 10 km/h, es decir, si en lugar de viajar a 100 lo hacemos a 90, en promedio, el número de accidentes será un 20% inferior, los heridos serán un 30% menos, y los muertos un 40% menos. ¡Lo que sería bajar 20 km/h!
Hay personas en la Argentina que nos alertan desde hace muchos años sobre las razones de esta masacre y las formas de superar esta encerrona fatal. Las normas no se cumplen, es cierto. Lo comprobamos todos los santos días. Pero quizá esas normas no alcancen. Lo de las sillitas está muy bien, y es poco.
Hoy no hallamos otra solución de emergencia en la Argentina que establecer, por un tiempo, una velocidad máxima: 70 km/h. ¿Quién se anima a esta locura, para celebrar la vida? Un añito a 70, máximo, para luego analizar y flexibilizar. Entonces el brindis de diciembre nos encontrará a todos.

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