Ancestros herméticos. Folclore y momento de fama. Puerto Viejo, vandalismo y desidia constante. La entidad nómade y la sede actual.
Domingo 15 de Diciembre de 2024
Las omnipresentes huellas de la inmigración del País Vasco. Los integrantes de la comunidad vasca representados en la Asociación Urrundik, de Paraná, recibirán 2025 con un particular sentimiento, ya que se cumplirán 25 años de su fundación. Su presidente, Juan Carlos Borrás, recuerda los comienzos, destaca logros conseguidos y demandas sin atención, y se refiere a aspectos históricos cuyos registros materiales son totalmente descuidados en la capital provincial..
Madurez prematura
—¿Dónde naciste?
—En Paraná, y viví hasta los doce años en calle Echagüe 37, cuando todavía no estaba habilitado el tramo de 25 de Mayo, entre Palma e Irigoyen. Se entraba por un pasillo sobre Echagüe y cuando se abrió la calle la casa quedó al frente. Después nos fuimos a Alem al 480, donde vivo actualmente.
—¿Qué otras características tenía aquella zona?
—Por Echagüe pasaba la línea 4, hacia Tossolini, Corona y base aérea, y también se hacían los corsos. Nos conocíamos todos los vecinos y se compartían acontecimientos familiares y sociales.
—¿Cómo era tu relación con el club?
—Allí viví toda mi infancia, porque estaba a metros.
—¿A qué jugabas?
—A la escondida, al hoyo pelota y en el club desde muy chiquito hice básquet, hasta que me casé, y un poco con los veteranos. En la secundaria me interesó el atletismo e integré una posta de 4 x 100 en juveniles, con la cual fuimos campeones entrerrianos. Mi fuerte eran los 110 con vallas.
—¿Qué actividad laboral desarrollaban tus padres?
—Mi mamá era ama de casa y mi papá trabajaba en el Hotel Las Colonias, y luego en el bar del Hotel Plaza, que se transformó en el Flamingo.
—¿Quién de tus ancestros llegó a Paraná?
—No tengo precisiones porque en ese entonces no había mucha comunicación y sólo conocía la parentela más cercana. Mi abuelo nació acá. Con el tiempo entendí que el pasado de muchos inmigrantes fue traumático porque huyeron de guerras, persecuciones y del hambre, y hubo dos o tres generaciones que no lo quisieron contar para no trasladar eso y como forma de protección. Lo de “hacernos la América” era una expresión de deseo, pero algunos la pasaron mal, más las dificultades por el idioma.
—¿Tu mamá?
—Sus ancestros eran alemanes del Volga, quienes ingresaron como “rusos”, hasta que se definió esa situación de engaño, porque fueron llevados allí y cambiaron las condiciones. En la niñez no se me ocurría indagar sobre eso y además tuve la mala suerte de que falleció cuando yo tenía quince años, lo cual fue un golpe muy fuerte que me costó asimilar, mi papá se enfermó y a los cinco años también falleció. Tuve a mi cargo un hermano menor y fue una vida de esfuerzo, porque no tenía ningún respaldo.
—¿Había presencia de lo vasco y alemán en tu cotidianeidad?
—Algunas cosas, aunque no en lo musical. Por parte de mi mamá tenía un familiar lejano, que no conocí, quien tocaba el acordeón a piano. Estaba bien marcada la presencia criolla, como el asado de fin de semana.
“Cantate una” y un concurso
—¿Desarrollaste alguna afición?
—Siempre tuve la afición por el canto y el folclore, tuve mi guitarra desde los 13 años y cantaba en el coro de la escuela. Mi padre se daba cuenta de esa vocación, porque cuando venía algún pariente me decía “cantate una”, festejaban y me daban una propina. Pero no me lo estimuló mucho porque tenía la visión de que los guitarreros vivían en cumpleaños o boliches.
—¿Qué relación tenías con ese mundo?
—Conocí a un guitarrista del pueblo de mi padre, Estación Hernández, donde vivía mi abuelo, y me pareció un concertista.
—¿Continuaste vinculado al folclore?
—En segundo año de la secundaria formamos un conjunto con tres guitarras y un bombo, estilo salteño, lo cual era furor por la aparición de Los Fronterizos.
—¿Tenías formación musical?
—Estudié algo de canto y de guitarra, pero no era nada académico.
—¿Imaginabas hacer una carrera?
—Tanto no, pero lo disfruté. En 1965, con 17 años, vi un programa de folclore, La carreta de los hermanos Abrodos, por Canal 7, en lo de un vecino que tenía venta de electrodomésticos. Los Abrodos, junto con los hermanos Ábalos, hacían música tradicional, y por su programa, auspiciado por Volcan, pasaba lo más granado del folclore. También miraba ese programa en Echagüe, porque no tenía televisor, y quedaba absorto. Anunciaron una competencia, que también se haría en Paraná, y los más conocidos me dijeron que me anotara, pero pensaba que no era para mí. Se anunció que sería en la sede de Echagüe, finalmente me inscribí como solista, participé y gané el concurso. Me permitió ir a Canal 7, donde gané una ronda, en el programa en vivo y en el cual actuaron El Chango Nieto, Antonio Tormo, y Jovita Díaz. A mí me tocó el padrinazgo de Antonio Tormo y canté El rancho’e la Cambicha. En la etapa final no gané el concurso, pero los organizadores me hicieron una propuesta para radicarme, perfeccionarme e incorporarme a la grilla de los espectáculos que vendían.
—¿No te motivó para ser profesional?
—Firmabas un compromiso a muy largo plazo y el porcentaje para mí era mínimo. Volví a Paraná y mi viejo me dijo que había visto el programa y festejado con amigos. “Se tomaron hasta el kerosene”, me dijo, pero yo tenía miedo que lo afectara la emoción por sus problemas cardíacos. A él lo llamó un tipo de Córdoba que había seguido mi proceso, mi viejo me comentó pero le dije “papá, me siento bien acá, quiero estar con mis amigos”. También fui a cantar al Club Independiente de La Paz, y fue de las pocas veces que me pagaron.
—¿Qué decía tu mamá sobre esta repercusión?
—Ya había fallecido.
—¿Quemaste alguna etapa por trabajar tempranamente?
—Sí, porque la enfermedad de mi mamá fue un proceso que viví desde los doce años, cuando se la detectaron y en ese momento la tecnología médica no tenía los avances actuales. Mi viejo me dijo que ella pasaría momentos difíciles y que tratáramos de ser fuertes. Esa etapa, la quemé. Terminé el secundario a los 17 años y comencé a trabajar en Bunge y Born, donde estuve quince años, y también trabajé en Santa Fe. Pero la vida tiene idas y vueltas, y antes de que falleciera mi viejo había conocido a quien es mi señora, lo cual fue una gran ayuda por ser sostén y compañera, y forjamos un proyecto de familia. Estamos por cumplir 52 años de casados, con cuatro hijos y ocho nietos. Ella también apostó mucho a la familia porque cursaba tercer año de Bioquímica, haciendo las prácticas en el hospital, nos habíamos casado, vino el primer hijo y postergó la carrera, que nunca terminó.
—¿Qué materias te gustaban?
—La secundaria fue una linda etapa e integré durante dos años el seleccionado de básquet de la Escuela de Comercio, en el cual estaba la Juana (Juan) Laurencich.
—¿Qué hiciste al terminar la secundaria?
—Un pequeño paso por la Facultad de Derecho, pero tenía problemas con los horarios y mi hermano a cargo, a quien le llevaba seis años y le decía que la base de todo era estudiar y sacrificarse. Nunca le faltó nada, pero fueron momentos ajustados, hasta que terminó la secundaria en la escuela nocturna y también comenzó a trabajar.
—¿Mantuviste la afición por la música?
—Cuando murió mi madre guardé la guitarra por un año y la gente se preguntaba por qué seguí haciendo luto, con una cintita negra que llevaba prendida la camisa y hasta en la camiseta de básquet. Luego seguí en peñas, eventos y espectáculos, hasta que uno de los integrantes del Quinteto Supremo me ofreció reemplazar a una de las voces que se retiraba, estuve 17 años, participamos de encuentros nacionales e hicimos una grabación. Fue una linda etapa con la cual hice mucha experiencia y amigos, hasta el fallecimiento de Beto (Alberto) Wernli, quien era el coordinador.
La construcción de Urrundik
—¿Por qué te vinculaste con las cuestiones vascas?
—Comenzó en 1998 con gente amiga, porque había que crear una entidad que nos nucleara, y así surgió Urrundik el 2 de abril de 2000. Mi señora también es descendiente de vascos. Comenzamos sin tener sede y siempre tuvimos la atención gratuita de Armando Salzman de brindarnos La Hendija, donde se hizo la asamblea y reuniones de comisión directiva, al igual que nuestro incipiente grupo de danza ensayaba allí y se enseñaba el idioma. Comenzamos a leer, investigar y recibir información, trajimos profesores de Buenos Aires para dar charlas y conferencias, y fuimos conociendo la historia de Paraná, que es una ciudad con mucha presencia vasca, evidenciada, por ejemplo, en la zona de Puerto Viejo (Paraná), a través de Izaguirre, Osinalde y la cantera. Estamos tratando de revitalizar y poner en valor en esa zona la deteriorada Plaza Euskadi, pero nuestras gestiones vienen sin respuesta positiva desde hace varias gestiones.
—¿Qué fue lo primero que te resultó un descubrimiento?
—El hecho de que en la zona de la plazoleta, donde desemboca Bajada de los Vascos y comienzo de la costanera, hubo una cancha de pelota vasca, de la cual pude ver algunas fotos y recoger testimonios. El arquitecto Edgardo Paez conoce muy a fondo la historia del lugar, donde él también vive, y tiene un material extraordinario.
—¿En qué otra faceta de la vida social se evidencia dicha influencia?
—En Entre Ríos, por supuesto, por la figura de Urquiza y los (diez) gobernadores, con algunos que no representaron bien a la colectividad y uno que ahora está guardado, cuyos apellidos son de origen vasco. En ciudades como Victoria, cuya patrona es la virgen de Aránzazu, y Gualeguay, los saladeros y otras propiedades. La pelota a paleta tuvo mucho desarrollo y no había pueblo que no tuviera una cancha, constituyendo un deporte y un juego, en el cual se apostaba. En Paraná fueron desapareciendo, Echagüe tuvo una y las que quedan son frontones cerrados, como los de los clubes Catamarca, Belgrano, Ciclista y Estudiantes.
—¿Qué tipo de oficios y profesiones desarrollaron?
—Quienes llegaron a esta provincia provenían de zonas rurales, donde criaban ovejas, pero se adaptaron al ganado vacuno y al tambo, como también en la provincia de Buenos Aires. Algunos comenzaron como peones, luego tuvieron campos e hicieron fortunas. En la colonia militar y agrícola de Villa Urquiza hubo mucha presencia, cuyos testimonios se pueden ver en el Museo Aceñolaza.
—¿Existen estadísticas o censos sobre los descendientes?
—De Paraná no sé, pero siempre se ha dicho, aunque no sé si la base es cierta, que el diez por ciento de los apellidos de los habitantes de Argentina son de origen vasco.
—¿Cuándo lograron consolidar la asociación?
—Tuvimos distintas etapas, porque al no tener espacio físico deambulamos un poco. Un día hablé con el señor José Jorge Echeverría, descendiente de vascos y quien se interiorizó por el funcionamiento de la entidad. Le comenté que no teníamos sede y nos dijo que nos fuéramos a la Cooperativa Vicoer, de la cual era gerente. Durante mucho tiempo fuimos los sábados, allí comenzamos con la proyección de la entidad y ahora nuestra secretaría lleva su nombre, en reconocimiento a su apoyo. Como no era un espacio propio, resolvimos alquilar una casa vieja en calle Alem 297, donde estuvimos tres años, hasta que vinimos acá (España 430), que también alquilamos y nos permite realizar todas las actividades.
Un abanico de actividades con foco en niños y jóvenes
Borrás detalló la oferta de formaciones que ofrece Urrundik y adelantó algo de lo que ya se plantea en función del 25 aniversario que tendrá lugar durante el próximo año.
—¿Cuál es la actividad más sustentable a lo largo del tiempo?
—Una de nuestras banderas son los grupos de danzas, con momentos de gran esplendor, algunos de los cuales están reflejados en estos cuadros (los muestra, en el bar de la entidad). Las enseñamos tanto para niños, jóvenes y adultos.
—¿Cantás folclore vasco?
—No, porque el euskera me cuesta, aunque podría hacerlo por fonética. La profesora que teníamos se fue y estamos preparando a un chico con un curso intensivo, así que para el próximo año estará en condiciones de enseñar. Oscar Giles, de Yuruma, forma parte de la entidad y está incursionando en ello, y se presentó la semana pasada con temas musicales vascos en la Feria de las Colectividades.
—¿Por qué la enseñanza y práctica del ajedrez?
—Si bien desde un primer momento entendimos que la principal actividad era la difusión de los aspectos de la cultura vasca, abrimos la entidad a otras actividades. Cierta vez me encontré con Raúl Acosta, le hice una propuesta, se entusiasmó y hace 16 años que funciona el taller, secundado por José Saluso y otros profesores, y orientado a niños y jóvenes, pero si un adulto se quiere incorporar, es bien recibido. Tenemos grandes satisfacciones porque muchos de esos chicos han avanzado y este año una de nuestras representantes fue campeona entrerriana y participó en el campeonato argentino. Hemos realizado torneos internacionales, con jugadores de Uruguay y Chile, con puntuación para el ranking de la FIDE (International Chess Federation).
—¿Qué otras actividades desarrollan?
—El taller de teatro, a cargo de Augusto Carballal, el cual prepara dos o tres obras por año. Organizamos ciclos musicales y este año actuó María Cuevas. (Hernando) Pico Rubio desarrolla un taller de guitarra desde hace un par de años, también para niños y jóvenes, y este año incorporamos, exitosamente, kung fu. Ya estamos trabajando en la programación del próximo año, con un festejo central, pero todas las actividades estarán orientadas según el aniversario, con visitas de músicos del País Vasco.
—¿Contactos en las redes?
—En Facebook, Asociación Vasca Urrundik, y en Instagram, Urrundik.