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Ladrillerías: un oficio invisibilizado y que aún sobrevive

Las ladrillerías, un oficio que se hereda de una generación a otra. Con varios polos productivos fuertes en la provincia la actividad busca resurgir

Lunes 17 de Mayo de 2021

Hay que saber mirar a nuestro alrededor, valorar las historia de oficios, como las ladrillerías, que sobreviven ante el avance de la tecnología, gracias a hombres y mujeres que no renuncian al sacrificio. Siguen abrazados a un trabajo artesanal que conecta más con la esencia de lo humano, ése que diariamente profesan miles de personas para sobrevivir. En Entre Ríos todavía se conservan ciertas tradiciones que honran el trabajo comunitario, en contacto con la naturaleza, gestionado por familias humildes pero de corazón abierto.

El ladrillo, una de las principales materias primas de la construcción, es el medio de sustento de familias ladrilleras, acá en Paraná, pero también en Concordia y en Victoria. La zona de calle Miguel David, en la capital entrerriana, es el polo productivo por excelencia en la capital entrerriana. Enclavadas en el sector suroeste de la ciudad, emergen las montañas de ladrillos que se secan al sol, a la espera de futuros compradores. Es un predio de una vasta extensión donde conviven un grupo de familias dedicadas a la producción del ladrillo artesanal, un proceso que comienza con la compra de la tierra (aproximadamente tres camiones), el alquiler de maquinaria para esparcirla. A continuación, se vierte el agua y el barro que se forma se “quiebra” con una rueda. Después se incorpora una pasta, más conocida como “liga”, luego la bosta de caballo y en una nueva instancia, el proceso de pisado de un tractor durante 10 horas.

Una vez obtenido el fango, los trabajadores lo buscan en carretillas y lo trasladan a las canchas de tierra para ser moldeados los adobes. Por medio de sus manos llenan los moldes que les darán forma según los diferentes tipos y tamaños de ladrillos. Es muy importante la siguiente: cuando los adobes se pueden manipular, se colocan en recipientes para su posterior secado, para una vez que estén listos se los traslada al horno. “Para sacar un pisadero y quemarlo te lleva dos meses; en la primavera, ya empieza a secar algo: en un mes se quema un pisadero, y en verano quemás cada 20 días, si tenés un capital para reinvertir. Pero nunca llegamos a tener ese capital para sacar varios pisaderos. Ahí se podría ver un poco de ganancia. Vivimos así” hace más de 20 años”, resume Martín “Tede” Cáceres, uno de los referentes ladrilleros de la zona.

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Una producción de 10.000 ladrillos puede demandar hasta dos meses de un trabajo silencioso y extenuante, aunque ese sacrificio después no alcance a cubrir los costos. Tede cuenta resignado que les quedan 3.000 pesos, algo que explica la desigualdad en el proceso de comercialización, donde el que se lleva la mayor tajada es el intermediario. Entonces los precios se van modificando hasta las manos del que pega el ladrillo, pero sin dejar un rédito razonable para los trabajadores.

Poner el cuerpo

La consigna de “poner el cuerpo” se cumple en forma literal en las unidades productivas de Paraná.

Las condiciones de trabajo tampoco son las ideales y lo que prevalece la informalidad, con carencia absoluta de medios tecnológicos para poder competir en el mercado. Según información proporcionada por la Unión de Ladrilleros de la República Argentina (Uolra), delegación en Entre Ríos, los peones para cortar el ladrillo se deben agachar más de 2.000 veces por día. La misma mecánica se debe hacer para trasladar el producto en carretilla y dejarlo en la cancha. “Es una actividad que históricamente ha estado invisibilizada, excluida y no hay política pública que la promocione, tanto a nivel provincial como nacional”, advirtió en diálogo con UNO, Federico Feltes, delegado provincial del sindicato.

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En una recorrida por el lugar pudo observar que los changarines, en su mayoría jóvenes, no cuentan con las medidas de higiene y seguridad adecuadas, al menos para protegerse del contacto con las materias primas, así como también de las posibles emisiones contaminantes que generen los hornos. “Tede” Cáceres reconoce que en días de heladas “hay muchachos que cortan sin zapatillas, porque no tenemos las condiciones para poder cuidar al peón”.

Es la informalidad en su máxima expresión con rasgos casi idénticos al método de producción que los padres enseñaron a sus hijos. Esa tradición que se heredó de una generación a otra no estuvo acompañada del agregado de nuevas tecnologías. “No hay infraestructura para poder producir en gran volumen, es decir acopiar, quemar y vender. Se necesita para poder competir, generar mejores condiciones laborales, algo de higiene y seguridad. El intermediario es el que se queda con la mayor ganancia y es una disputa que le estamos dando, organizándonos en cooperativas”, reflexionó Feltes.

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“Vivimos así hace 20 años”

Cáceres no se cansa de explicar el proceso de elaboración del producto, mientras los peones amoldan el barro, cambian su forma, hasta que la llama lo transforma. En el horizonte asoma alguna esperanza de mejorar la forma de trabajo, generar mejores ingresos y más fuentes de empleo. “Vivimos así hace más de 20 años”, dice el hombre asumiendo una compleja realidad social.

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Para avanzar hacia ese cambio, Feltes planteó que “tiene que existir una política para que esta actividad de la economía popular tenga la posibilidad de generar una producción continúa. Que el productor que tenga un horno de 20.000 ladrillos, lo pueda quemar al mes y repetir el procedimiento con la misma cantidad de unidades. Eso no sucede porque los trabajadores no tiene las espaldas para poder sostener la cuestión estacional, los permanentes vaivenes de la comercialización que responde a la demanda de la obra pública y la obra privada, porque no hay intervención del Estado”, enfatizó el dirigente.

Es una realidad que experimenten las 90 unidades productivas de Paraná, las 140 que funcionan en Concordia, las 120 ubicadas en Santa Elena y las 80 de Victoria. Otras de las características de la actividad es la incorporación de la figura de la mujer, tanto en la actividad ladrillera como en roles institucionales, una situación que se fue naturalizando con el paso de los años. Según Feltes “la mujer planteaba que ayuda a su marido, cuando en realidad trabajaba a la par. Tenemos casos de mujeres que tienen su propio horno y son parte de las cooperativas que están en funcionamiento en Entre Ríos”.

Expectativas versus realidad

La producción ladrillera, a cargo de actores de la economía popular está en un proceso de coyuntura. Lo más parecido a una meseta, donde convergen la cuestión estacional (el otoño con días más cortos y más húmedos) y la retracción de la demanda, que se explica por las restricciones impuestas por la pandemia. “Se aprobó un protocolo, tanto para la economía popular como para los sectores patronales, donde están las fábricas, que nos dio la posibilidad de activar las unidades productivas, a volver producir ladrillo. En junio de 2020 por los índices que veíamos, eran muy parecidos a lo que se comercializaba entre el 2011 y el 2013, cuando fue el boom de la construcción. Eso llegó hasta octubre o noviembre de 2020, donde se dio una caída repentina de la actividad. Insisto que eso tiene que ver con la pandemia, con la caída de la obra pública y de la obra privada. Eso generó que la demanda caiga nuevamente”, graficó el vocero de la Uolra.

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Ese impacto generó inquietud entre los trabajadores, y lógica preocupación en el campo gremial, quienes propusieron a las autoridades nacionales como provinciales la creación de parques ladrilleros cuya función sea procurar la infraestructura básica para mejorar las condiciones de trabajo. La primera experiencia está en pleno avance en Concordia, donde el Concejo Deliberante impulsó una ordenanza y en la actualidad se está tramitando el pedido a la Dirección Nacional de Parques Industriales. De esa manera se daría respuesta a más de 90 unidades productivas, que todos los años sufren las inundaciones. Una idea similar tendría el consenso político el Concejo de Victoria para desarrollar el Parque Ladrillero en la zona de La Isleta. “Concordia y Victoria tienen características distintas; en la primera se resolvería una problemática de hábitat y de caudal productivo, sino que también de lo ambiental que hace a la actividad. En Victoria las unidades productivas están donde se desarrolla el parque ladrillero. De esa forma le daríamos mejores condiciones para poder producción e incorporación de tecnología”, explicó el delegado gremial.

En este polo ladrillero convive la rama de la economía popular con algunos patrones, por así llamarlos que también se rigen por las reglas de la informalidad. “Antes trabajábamos para otros patrones y como éramos explotados, decidimos no trabajar más, aprendimos el oficio mirando como ellos lo hacían”, cuenta Cáceres.

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Otro de los dueños de los hornos, Cristián Guzmán, dijo que el trabajo de ladrillero “es muy duro, no cualquiera hace este trabajo. Es muy sacrificado. Soy dueño, peón, patrón, todo junto. La comercialización del producto ha bajado un poco. Hace un par de meses atrás se movió bastante. Es difícil que la producción se mantenga todo el año, es estacional, y las ventas no son las mismas”.

En cuanto a las expectativas que la situación pueda cambiar, Guzmán señaló: “Ojalá cambie para todos, no solamente para el ladrillero, para los trabajadores, para cualquiera. Es muy difícil la situación y en ese contexto la realidad de los ladrilleros es siempre muy complicada”.

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En otra intervención consideró que la “pandemia nos vino bien, hubo más trabajo porque se vendió un montón en 2020. En algún momento hacíamos ladrillos y demorábamos un mes y medio para vender 15.000 ladrillos. Y en junio de 2020 un hornito de 10.000 ladrillos lo vendías en dos días”.

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Fueron tiempos de bonanza y ahora el sector busca resurgir en un paisaje en continua mutación y donde la esperanza es lo último que se pierde.

Manos solidarias en el corazón del polo ladrillero

En el corazón de las ladrillerías se levantó un comedor comunitario que de lunes a viernes asiste con viandas a unas 350 familias. Con las donaciones que llegan se prepara el menú el día, con el respeto de los protocolos y al aire libre para evitar cualquier de riesgo de contagio de Covid-19. Son mujeres que tienden la mano solidaria para una comunidad de familias carenciadas, donde falta el trabajo y las necesidades son muchas. El salpicón fue el plato elaborado en ocasión de la visita de UNO, mientras las cocineras hablaban de la historia del barrio, las preferencias futboleras y las bromas cuando llegó el momento para la producción fotográfica.

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