Yo Cuento
Viernes 21 de Septiembre de 2018

La última sonrisa (primera parte)

El viejo era un hombre tranquilo, no necesitaba levantar la voz, perfil bajo, de andar lento, siempre con la palabra pausada y serena. Esto no quiere decir que no era inquieto, lo era y mucho, su disimulada energía estaba fundamentalmente dirigida a ciertos proyectos que él mismo fue armando en su vida, individual y colectiva. Don Héctor Gabriel Piérola, "Perico" para los amigos, nació en Paraná un 18 de marzo de 1.919, hijo de Doña Ignacia, madre, padre, tutora y encargada de la crianza en soledad de ocho pichones ama de casa, también laburaba en su casa como costurera para la fábrica Alpargatas que estaba en Bajada Grande.
El apellido viene del lado de ella, ya que el padre del viejo, mi abuelo, parece que tenía otro nido, más oficial. Don Héctor hizo la Escuela Primaria en su barrio y la Secundaria en el Colegio Nacional, después estudio en el Profesorado de Castellano y Literatura que funcionaba en la Escuela Normal. De gurí anduvo mezclado en los orígenes del Club Patronato, cuando en bandada se le prendían de la sotana al Padre Grella antes que emigre del barrio para donde hoy el club está emplazado. Después, con doce o trece años, tuvo la suerte que un grupo de muchachos visionarios, encabezados por su hermano mayor Carlos, tuvieran el privilegio y la magnífica idea de fundar lo que a partir de ahí fue su segundo hogar, el club de su vida, el Atlético Echagüe Club. Así, Don Héctor, "Perico", siguió sus pasos deportivos, Patronato, Echagüe, el Colegio Nacional. Su gran deporte fue el básquetbol cuando las zapatillas quedaban rojas con el polvo de ladrillo, en varias oportunidades llegó a representar la provincia en campeonatos nacionales y en una oportunidad el seleccionado nacional en el año 1944 logrando el título de campeón sudamericano.
Apenas recibido de Profesor, colaboraba con las escasas finanzas familiares como docente y dando clases particulares de Castellano y Literatura. En una oportunidad llegó hasta su puerta una jovencita bastante menor que él, necesitada de mejorar las notas en esas materias en la escuela secundaria. Amanda Mayor era su nombre y vivía en el Barrio Gazzano llamado Corrales por aquel entonces. Amanda tenía un largo viaje para tomar las clases con este joven profesor, con el tiempo, si no tenía problemas con el castellano, los inventaba para verlo. A partir de ahí, quedan "flechados". Se casaron en el año 49 y tuvieron seis hijos, Álvaro, Fernando, Gustavo, María Luz, Cristela y Emilce. Pudieron construir su casa en calle 25 de Mayo, a un par de cuadras de Doña Ignacia y muy cerquita de su querido Echagüe.
Políticamente, Don Héctor estaba más pegado al Radicalismo con algunas guiñadas socialistas, lo que le costó algunas correrías del General, pero no fue lo que se dice, un militante, fue muy amigo de los Perette y otros caudillos radicales. No puedo decir que era un gorilón pero sí que miraba el peronismo con el ceño un poco fruncido, aún así tenía amistades de todos los colores. La profesión lo hizo un gran conocedor de nuestro idioma, desgraciadamente no fue un escritor profesional, pero cuando lo hacía era un placer meterse en su escritura. Sus cartas y escritos, aunque pocos, demostraban un profundo sentimiento y una gran calidez humana. Recuerdo estando en Brasil, en el exilio, las cartas que le enviaba me las devolvía totalmente corregidas, como no pudiendo dejar su reconocida docencia. Me confunde el portuñol yo le decía, ma qué portuñol me contestaba, burro. Uno de sus grandes proyectos, estuvo relacionado a su profesión, junto a grandes intelectuales de la ciudad como Amaro Villanueva, Carlos Álvarez, Francisco Martínez Segovia y otros formaron el Centro Cultural Carlos María Onetti, entidad que se dedicó en un corto período allá por el 47 a traer a Paraná a escritores de la talla de León Felipe, Rafael Alberti, Nicolás Guillén y otros.
Muy machista, actitud frecuente desgraciadamente en una sociedad como la paranaense. Como marido, difícil de opinar, pero la vieja le dijo basta después de 25 años de matrimonio. Como padre, siempre mantuvo una relación bastante seca y vertical, creo que cada uno de sus hijos lo vivimos de diferentes maneras, tal vez con alguno se acercaba más que con otro, pero el viejo siempre estaba. Laburaba y mucho, para bancar semejante tropa, aparte de la docencia en la escuela Industrial y la Alem, vendía seguros y con ese esfuerzo callado y constante permitió que nunca falte el pan de cada día y que todos podamos estudiar algo. Lo caracterizaba siempre un buen humor, no era de mucha carcajada, pero sí de tener siempre una sonrisa fácil, sincera.
—Fernando, ahí coordiné con mi amigo Morresi para que te inscribas en Resistencia.
—¿Y él qué tiene que ver en la Universidad?
—Es profesor de Historia en la UNNE y además vive en la misma Universidad, él va ayudar a ubicarte.
—Grande viejo, la semana que viene nos vamos con Juan.
El viejo era muy amigo de Eldo Morresi, el Bebe, juntos compartieron el básquetbol echagüense, después tuvo que emigrar para el norte por esa posibilidad de trabajo. Fernando ya tenía todo organizado para irse al Chaco a estudiar Arquitectura junto con Juan Nin un compañero de siempre que se enganchó en la misma carrera. Corría el año 70, a partir de ahí, el viejo no viajó mucho a Resistencia, era el flaco que se llegaba por Paraná, pero un par de veces al año Don Héctor se daba una vueltita por el norte. Fernando se fue acercando poco a poco al peronismo, y el viejo tuvo que aceptar esa realidad.
—Es que el Chaco es el Chaco, cuándo viste un radical en las Ligas Agrarias, peleando por los aborígenes, en la comisión interna de una fábrica, en algún ingenio, lo más revolucionario que pueden haber llegado es a un centro de estudiantes. Siempre le decía Fernando.
Y el flaco se metió en todo y con todo, ligas agrarias, tobas, fábricas, barrios, universidad y donde pudo metió su fuerza y su militancia y así llegó a Montoneros. Las veces que anduvo por Paraná en el año 74 y 75, el flaco se juntaba con Don Héctor a charlar, en el fondo de casa, el flaco le contaba de la lucha y de sus sueños, el viejo disimulaba su orgullo por esa lucha y le expresaba sus miedos y la necesidad de ir más despacio. El país tenía varios golpes en el lomo y varias agachadas de la oligarquía y de esa burguesía que no se banca el olor a pueblo y el viejo había vivido unas cuantas, pero sabía que la cosa venía más pesada.
En una oportunidad, estaba el viejo cortando el pasto en el fondo de casa, yo estaba montado en una pared, cortándole el pelo a una enamorada del muro cuando llega Fernando con la más chica, Emilce, a caballito, el flaco recién llegaba de un viaje que se había mandado por Centroamérica y en casa lo estábamos extrañando bastante. Se abrazaron un largo rato, con Emilce todavía en el lomo:
—Viejo, me caso.
El viejo lo miró y lo felicitó con una sonrisa.
—¿Con la hija del Bebe, con María Julia?
—Y claro, ¿con quién más?
—Y bueno, qué sé yo... mejor no digo nada. Le contestó con otra sonrisa pícara, sabiendo que el flaco era muy buscado por el otro sexo.

(Continúa próximo domingo)

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